Foto: Guy Debord (intervenida)
Ananoia (IV)
El texto corresponde a la cuarta entrega de los textos intitulados Ananoia, y fue escrito en Febrero del 2026.
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¿Quién no lo sabe aún a través de su inconsciente? La humanidad en su mejor faceta es comunista, fascista en su peor. Sin otras máscaras ni maquillaje que el de una teatralidad libremente consentida, el rostro del homo sapiens tiene la memoria del mono y lleva un sueño de ángel. A ojos del aedo1, nadie encarna mejor su destino global que Charles Chaplin interpretando a Charlot. El discurso final de El Gran Dictador rescata el manifiesto comunista más universal del siglo XX.
No quiero conquistar ni liderar a nadie. Me gustaría ayudar a todos, judíos, cristianos, paganos, blancos y negros. Queremos dar felicidad a nuestro prójimo, no infelicidad. No queremos odiar ni humillar a nadie. En este mundo, cada uno tiene su lugar y nuestra tierra es lo suficientemente rica para alimentar a todos. Todos podríamos tener una vida libre y hermosa, pero hemos perdido el camino.
Desde hace más de medio siglo, Los condenados de Visconti, el Satiricon de Fellini, Salo o Los 120 días de Sodoma de Pasolini, han venido relevando la realidad contemporánea con mayor efectividad que las agencias mediáticas de la torre Panóptica. Banal constatación que invalida los simulacros de indignación escandalizada que regurgita por boca de la industria de la cháchara al servicio del Kapitotal2. Hace treinta y seis años se publicó una novela3 anunciando la llegada de un fascismo libertario, cuyo último capítulo incluía esta cita de Pasolini poco antes de su asesinato: “Lo sé. Pero no tengo pruebas”. El último capítulo de esta novela, La Gran Fraternidad Blanca, desplegaba una escena mefistófélica presidida por un grotesco César de las finanzas y los medios de comunicación; Herr Doktor Bubble Gum. Farsante arrogado de esa subjetividad radical que reclamaba la vanguardia situacionista.
Luna llena sobre la existencia de un joven pobre diablo (Bubble Gum podría haber firmado allí la Gran Medida Hermosa de Donald Trump), describía una tiranía capitalista gobernada por los códigos posteriores a Mayo de 1968. ¿No parece hoy que tal sociedad secreta fomentada por los teóricos de la cultura Cyberpunk posmoderna, influyente en la Casa Blanca, se presenta como una «fraternidad blanca«? La escena ambientada en el castillo del Espejo, en las Ardenas belgas, retrotrae a la respuesta de Jeffrey Epstein cuando le preguntaron si era el mismo diablo: “Tengo un buen espejo”, dijo el ser más incapaz de pronunciar el discurso final de Charlot en El Gran Dictador.
La codicia ha envenenado el espíritu de los hombres, nos ha hecho hundirnos en la miseria y los baños de sangre. Desarrollamos la velocidad para acabar encerrados. Las máquinas que nos traen abundancia incrementan nuestras frustraciones. El conocimiento nos ha vuelto cínicos, y la inteligencia, inhumanos. Demasiado mecanizados, carecemos de humanidad. La vida no es más que violencia y todo está perdido. Los aviones y la radio nos han acercado entre sí, pero estos inventos sólo encontrarán su sentido en la bondad del ser humano, en la hermandad, amistad y unidad de todos los hombres.
Despojado de su ciudadanía estadounidense en 1952, por sospecha de simpatías comunistas, Chaplin huyó de Estados Unidos a Europa, donde una escala en París le permitió presentar su última película, Candilejas. Con motivo de esta sesión, el joven Guy Debord insultó a Chaplin en un panfleto letrista, en el que el creador de Charlot era tratado de «fascista latente». Esta fue la primera manifestación pública de un odio al arte y un nihilismo político que los situacionistas salpicarían en las paredes en mayo del 68. Esta vanguardia revolucionaria ilusoria, que exacerbaba los anhelos del existencialismo al negar toda esencia, aparecía como la matriz ideológica del imperio Bubble Gum en la novela de hace treinta y seis años. Lo que se describió como un capitalismo dionisíaco, opuesto al capitalismo apolíneo de la moderación, no carecía de cartas de nobleza. Así, una cita de Sade publicada el 14 de mayo de 1968: «¿Se pueden comparar los goces permitidos, en una palabra, con los goces que se combinan con atracciones mucho más picantes, aquellas invaluables rupturas de los frenos sociales y derrocamiento de todas las leyes?”. O el «Si nada es verdad, todo está permitido» de Nietzsche. ¿Cómo no podemos ver una relación entre esto y la estrategia del caos aplicada por todos los gobiernos occidentales? Desde que se decreta la ausencia de esencia y de sentido (metafísico e histórico) prevalece la reversibilidad. Nada ha servido mejor al capital que la izquierda en el poder. No hay mejor inspiración para la extrema derecha que la ultraizquierda. Una crítica falaz al «espectáculo» ha permitido equiparar las obras de Visconti, Fellini y Pasolini con los programas de televisión de Berlusconi, a quien François Mitterrand ofreció un canal comercial francés. Sin embargo, Debord y Mitterrand usaban trajes que permitían identificarlos entre los personajes de la novela de hace treinta y seis años. Nada menos que Jack Lang o Daniel Cohn-Bendit. Figuras de angelismo-demonismo en la estructura contrarrevolucionaria de una socialdemocracia liberal y libertaria que vinculaba el mayo de 1981 al de 1968.
“¡Rápido!” fue, según el propio Debord, el eslogan más radical de ese mes (escrito por él mismo). Peter Thiel, Steve Bannon y Elon Musk aplican un mantra similar en Silicon Valley: “Muévete rápido y rompe cosas”, apostando por una ruptura tecnológica, en su afán de hacer “el mundo seguro para el capitalismo” capaz de socavar el Estado de bienestar y sus reglamentos. “¡Qué perezcan los débiles y los fracasados!” para decirlo como Nietzsche, la última referencia. ¿Deberíamos sorprendernos por los vergonzosos titulares mediáticos sobre tal o cual personaje de este gran show? Todo el mundo conoce la ley del proyector iluminando la nada con los colores de un suprematismo sado-nietzscheano. Sea esto lo que une a Weinstein-Madoff-Epstein con el Moloch de dos cabezas de Jerusalén y Washington, quien halaga al pueblo occidental mostrándoles el destino que reserva para quienes se resisten a él. Mirad Palestina, Cuba, Venezuela.
Digo a quienes me escuchan: ¡No desesperéis! La desgracia es un producto efímero de la codicia, la amargura de quienes temen el progreso de la Humanidad. El odio acabará desapareciendo, los dictadores morirán y el poder que le arrebataron al pueblo, volverá al pueblo. Mientras los hombres vivan, la libertad no puede perecer. Soldados, no os rindáis a estos brutos que os desprecian y os hacen sus esclavos, que regulan vuestras vidas dictando lo que se debe pensar y sentir. Os dirigen, os manipulan y os utilizan como carne de cañón para trataros como ganado. No entreguéis vuestra vida a estos seres inhumanos, a estas máquinas de hombres con máquinas cerebrales y máquinas de corazón. ¡No eres máquina! ¡No eres esclavo! Ustedes son hombres que guardan todo el amor del mundo en vuestros corazones. No tengáis odio, el odio es sólo para quienes carecen de amor. ¡No luchen por la esclavitud, sino por la libertad!
Tan claro como es el discurso final de El Gran Dictador, pronunciado apenas medio siglo antes de la novela de hace treinta y seis años, la destreza verbal de Chaplin consiste en traducir un mensaje intrínseco a todas las tradiciones proféticas, filosóficas y poéticas de la humanidad. Al hacerlo, resume una ética, una política, una estética de resistencia a la negación del tecnofascismo contemporáneo. Aunque éste no reproduzca las formas clásicas del fascismo histórico, sí reactiva sus funciones principales: el aplastamiento de la oposición, la brutal reorganización del Estado, la mistificación de las masas sin cerebro por un golpe que impone la desigualdad social como parte de un orden natural inmutable. Es decir, un combate contra el “intelecto general” (Marx) de la especie humana, inherente a su historia. La historia humana como tal, inseparable del intelecto (llamado « noûs » por la filosofía griega), es esencialmente negada en lo que el aedo podría llamar una catalonoia planetaria, la cual se remonta al florecimiento del Espíritu decapitado en favor de su sucedáneo. Esta fue la intuición de la novela de hace treinta y seis años confirmada por los siguientes volúmenes de este vasto canto melancólico. El fin de la Unión Soviética fue el de la Tercera Guerra Mundial. Opuso dos formas antitéticas de capitalismo, una de las cuales portaba el germen de una salida hacia el comunismo. Si el capitalismo se define como una dictadura del valor de cambio sobre el valor de uso, los países socialistas obedecían a la lógica inversa. Ante la miseria que abrumaba el resto del mundo, los intelectuales occidentales habrían de ver la llama espiritual que animaba las precarias condiciones materiales del régimen soviético, y no medir su apoyo a las luchas contra un imperialismo colonial cuya carnicería y saqueo permitían su propio consumismo patológico. En lugar de ello, el pensamiento presuntamente libre y democrático se volvió cómplice de una aniquilación del Espíritu que justificaba todos los crímenes del Imperio Ideológico Informático.
Está escrito en el Evangelio según Lucas: “El Reino de Dios está dentro del hombre’. No en un hombre ni en un grupo de hombres, sino en todos los hombres, en vosotros, vosotros el pueblo tenéis el poder: el poder de crear máquinas, el poder de crear la felicidad. Vosotros, el pueblo, tenéis el poder de hacerlo: de hacer la vida bella y libre, de hacer de esta vida una aventura maravillosa. Así que, en nombre de la democracia, usemos este poder. Debemos unirnos, luchar por un mundo nuevo, decente y humano que dé a todos la ocasión de trabajar, que traiga un futuro a la juventud y una seguridad a los mayores. Estos brutos te prometieron todo esto para que les dieras poder: están mintiendo. Ellos no mantienen sus promesas, nunca lo harán. Los dictadores se emancipan tomando el poder pero esclavizan al pueblo. Entonces, ¡luchen para cumplir esta promesa! Se debe luchar para liberar el mundo, para abolir las fronteras y barreras raciales, poner fin a la codicia, el odio y la intolerancia. Debemos luchar para construir un mundo de razón, un mundo donde la ciencia y el progreso conduzcan a la felicidad de todos. Soldados, en nombre de la democracia, ¡unámonos!
La Tercera Guerra Mundial, declarada en Hiroshima, terminó el 25 de diciembre de 1991 con la capitulación soviética. Inmediatamente, según el aedo, el polo central noético de la humanidad colapsó. Su legado intelectual y espiritual más elevado, expresado en pensamientos y creaciones críticas sobre el capitalismo, fue vertido en la fosa común al mismo tiempo que florecía una subcultura industrial bajo el dominio del crimen organizado. La guerra en la que estamos inmersos ya no puede cifrarse al modo de todo lo que obedece a la tiranía de la cifra. No hay otro uso de la Palabra que no esté sujeto al Valor. El Homo numericus ha integrado la abolición de las mediaciones colectivas tradicionales (sindicatos y partidos de la oposición), de la cual solo sobreviven sucedáneos. ¿Qué mejor instrumento disciplinario que la precariedad? La novela de hace treinta y seis años, publicada por la editorial del Partido Comunista Francés, apuntaba al situacionismo como agente del descrédito teórico lanzado sobre todas las superestructuras mediadoras –arte, cultura, instituciones judiciales y universitarias, sindicatos y partidos de la clase trabajadora– en nombre de los intereses de un proletariado fantasmático. Esta ideología radical con el lema del disfrute sin restricciones serviría de combustible para el mercado del deseo, el motor de un capitalismo festivo y transgresivo liberado de las viejas inhibiciones morales, cuyo síntoma planetario es el caso Epstein. ¿Ha habido alguna vez un situacionista más subversivo? Aquí está la Industria Cultural bajo sus formas editoriales, cinematográficas y televisivas, ridiculizada por la creación de situaciones de un revolucionario que, mejor que nadie, pudo lograr la superación del arte y la política. ¿No resulta desteñido toda intriga romántica, todo escenario cinematográfico, comparado con las burlas de un personaje que encarna los vínculos entre el Kapitotal y la torre Panóptica? Jamás los fetiches del mercado impusieron una trascendencia divina por encima de las leyes humanas, en la impunidad del Olimpo y el Sinaí, como esta figura opuesta a la ananoia de Charlot en El Gran Dictador:
Hannah, ¿me oyes? Dondequiera que estés, ¡eleva tus ojos! ¡Mira arriba, Hannah! ¡Las nubes se están disipando! ¡El sol brilla! ¡Salimos de las penumbras para encontrar la luz! Estamos entrando en un mundo nuevo, un mundo mejor, donde los hombres dominarán su codicia, su odio y su brutalidad. ¡Mira hacia arriba! El alma del hombre ha recibido alas y al fin comienza a volar. Vuela hacia el arcoíris, hacia la luz de la esperanza. ¡Eleva tus ojos, Hannah! ¡Eleva tus ojos!
1 Narrador popular de la Antigua Grecia que recorría ciudades a través del canto y la epopeya. Esta figura está presente a lo largo de la obra de Anatole Atlas.
2 El término es una evidente combinación de Capital y Total, presente a lo largo de la obra de Anatole Atlas.
3 Como el propio texto explica, se trata de una autorreferencia a la novela Pleine lune sur l’existence du jeune bougre (‘Luna llena sobre la existencia del pobre diablo joven’), publicada bajo el nombre de Jean-Louis Lippert.