Bajo la misma tierra: Nada que declarar

En un gran terreno baldío de Patronato, donde alguna vez existió una antigua fábrica de textiles, un grupo de personas se apiña bajo un toldo verde. La lluvia es inclemente y una pequeña bandera palestina apenas se sostiene bajo el agua, el viento y los truenos amenazantes.
Convoca MNWAL, un centro cultural situado en el barrio Patronato de Santiago, creado como un lugar de encuentro para la creación y crítica. Un espacio de resistencia y memoria que aborda la situación actual de Palestina. Nakba, palabra invocada una y otra vez por MNWAL, no solo alude a la catástrofe o desastre del éxodo palestino; también abre camino para invocar la destrucción de territorios urbanos, la expulsión de comunidades migrantes y la devastación ambiental producida por la especulación inmobiliaria como formas de ecocidio lento y eliminación social. «Bajo la misma tierra», reúne a un grupo de artistas en residencia para explorar la crisis del suelo, la memoria y la resistencia.
Ese día, junto a la artista Clara Strabucchi, se nos invita a conversar sobre genocidio y ecocidio y su propuesta “Nada que declarar”. El punto de partida del trabajo de Clara es un hecho ocurrido en 2021: la fuga de seis prisioneros palestinos de una cárcel de alta seguridad, quienes lograron escapar excavando un túnel con una cuchara. Para la artista lo que interesa es la potencia simbólica de ese gesto, un objeto cotidiano transformado, a través de la insistencia, en una herramienta de liberación. La cuchara se vuelve así un símbolo político y poético de resistencia.
A partir de su propuesta, Clara Strabucchi propone pensar el túnel como un espacio simbólico más que como una estructura literal. Una tercera geografía: un espacio subterráneo y paralelo que subvierte la cartografía oficial. La propuesta de la artista se materializa en una acción performativa durante el período de montaje del espacio expositivo: excavar con una cuchara un agujero en el suelo. No se busca completar un túnel, sino activar el gesto repetido de cavar como forma de resistencia. El cuerpo, el tiempo y el desgaste se convierten en los principales materiales de la obra, que puede abrirse también a una dimensión colectiva.

Nada que declara de Clara Strabucchi. Fotografía de Milla Kemp, 2026.
Excavar el suelo, la ruina y los escombros
Excavar el suelo, las ruinas y escombros de un terreno baldío, es también hurgar en ellos como archivos políticos. Es aceptar que la memoria no se conserva solo en documentos, monumentos o relatos oficiales, sino que se deposita y se esconde, en la materia misma del territorio. El suelo no es un soporte neutro, cada capa de tierra removida guarda huellas de lo que fue habitado, expulsado, silenciado. En contextos de borramiento histórico, de guerras y exterminios, de extractivismo feroz, donde la superficie se ordena para producir olvido, el suelo y sus residuos se transforman en un archivo denso, estratificado, resistente al cierre del sentido.
La ruina y sus escombros, en este marco desolador, surgen como una forma de memoria visible, pero incompleta. No narran una historia cerrada, interrumpen en ella. Es un resto que insiste, un fragmento que desobedece la voluntad de borrado. Sin embargo, la ruina no habla por sí sola; necesita ser leída, recorrida, tocada. Su potencia política no está en la nostalgia, sino en su capacidad de evidenciar la violencia del tiempo y del poder que la produjo. De evidenciar las huellas de quienes aquí habitaron. La ruina y los viejos muros de contención exponen lo que quedó a la intemperie, lo que no logró ser eliminado, pero también aquello que fue dejado caer deliberadamente. Es memoria en estado de desgaste.
El suelo, en cambio, conserva memorias que no se ofrecen a la mirada. Allí donde la ruina se muestra, el subsuelo guarda. No como un cofre cerrado, sino como una materia viva que responde al contacto, a la excavación. Excavar con una cuchara tal como esos prisioneros palestinos – gesto mínimo, frágil, reiterado – activa ese archivo oculto no desde la extracción espectacular, sino desde la atención encarnada. Cada cucharada es una forma de escucha. El suelo responde con resistencias, con cambios de textura, con obstáculos inesperados. Así, la memoria no se revela como contenido fijo, sino como relación: aparece en el encuentro entre cuerpo, herramienta y tierra.
En esta práctica, el túnel no es una infraestructura ni una promesa de llegada. Es un proceso sin final garantizado. Su política no reside en el resultado, sino en la insistencia. Frente a una ciudad pensada desde la superficie, visible, vigilada, cartografiada, el túnel configura una política del espacio basada en la opacidad, la penumbra, la lentitud y el desgaste. No confronta el orden dominante desde la frontalidad, sino que lo erosiona desde abajo, desde los márgenes de la percepción. Allí donde el control necesita visibilidad, el túnel produce sombra. Allí donde la vigilancia requiere trayectorias legibles, el túnel introduce desvío.
Entre las ruinas, los escombros y el túnel se configura así una política espacial hecha de tensiones. La ruina interrumpe el presente mostrando la imposibilidad de cerrar el pasado; el túnel lo socava, trabajando en silencio bajo sus cimientos. Una opera en el régimen de lo visible; el otro, en el de lo oculto. Pero ambas prácticas comparten una misma lógica de persistencia: no buscan restaurar lo perdido ni representar la memoria, sino mantenerla activa, abierta, inconclusa.
El túnel emerge, ante todo, como una fisura en la cartografía oficial. En el gesto de cavar con una cuchara, acción mínima, reiterada, casi absurda, se condensa una crítica radical a las formas hegemónicas de producción del espacio. No se trata de conquistar un territorio, sino de desplazar el sentido del habitar, de introducir una lógica de persistencia silenciosa que socava, literalmente, el suelo del poder. El túnel no compite con la arquitectura del control, la evade. En ese sentido, no es solo un espacio alternativo, sino un modo de relación con el espacio, una práctica que rehúsa la frontalidad del enfrentamiento y opta por la lentitud, el desgaste y la obstinación.

El gesto y la cuchara
Vamos ahora al gesto y al artefacto mínimo – una cuchara – que nos propone Clara Strabucchi para articular estas ruinas, suelos baldíos y túneles realizados por palestinos en busca de la libertad. Lo primero es decir que una cuchara no es un azadón; una cuchara no es una pala. Pero una cuchara, muchas cucharas – nos relata Clara – pueden excavar y abrir camino. Una cuchara se ha hecho para abrirse camino entre nuestros labios, y alimentar nuestros cuerpos. Aquí las cucharas de los palestinos que excavan han invertido su camino; van de la mano a la tierra, como una extensión del cuerpo hacia el suelo y la piedra.
Una acción performativa, cavar con una cuchara, un acto de hacer que genera conocimiento y relaciones. En lugar de utilizar una herramienta poderosa o maquinaria, emplear una simple cuchara vincula íntimamente el cuerpo, la herramienta y la materia en un mismo gesto. La cuchara se vuelve una extensión sensible de la mano, un instrumento modesto que obliga al cuerpo a acoplarse al ritmo y resistencia de la tierra. Cada pequeña excavación es un diálogo: el terreno ofrece resistencia o cede, y la persona que cava ajusta su movimiento en respuesta. Así, cuerpo y material se “corresponden” mutuamente. La excavación con cuchara no impone un diseño previo al suelo, sino que deja emerger posibilidades del subsuelo a través del contacto atento. Trabajar la tierra cucharada a cucharada es una forma de pensar desde el hacer.
Excavar sin llegar, cavar sin dominar, insistir sin conquistar: esta es la ética que emerge del gesto. El cuerpo que cava se convierte en archivo, no porque acumule información, sino porque registra el tiempo en el cansancio, en la repetición, en la atención sostenida. La memoria se vuelve corporal, situada, colectiva en potencia. Cada gesto remite a otros gestos, a otras excavaciones, a otras historias de refugio, huida o resistencia. Así, el túnel no pertenece a quien lo cava, sino a quienes reconocen en ese acto una forma común de estar en el mundo.
En contextos de borramiento histórico, de guerra y de Nakba, esta política de excavar el subsuelo propone otra relación con el territorio. No como propiedad ni como escenario, sino como interlocutor. El suelo no se domina, se corresponde. Y en esa correspondencia emerge una memoria que no puede ser completamente vigilada ni controlada, porque no se deja fijar en una sola imagen ni en un solo relato. Es una memoria que insiste desde abajo, que se filtra por las grietas, que se transmite en el gesto mínimo de seguir cavando.
Entre la ruina que permanece a la vista y el túnel que se construye en la sombra, se dibuja así una cartografía alternativa del poder y de la memoria. Una cartografía donde la persistencia no es resistencia heroica, sino trabajo paciente; donde la política no es proclamación, sino gesto; donde el archivo no se conserva intacto, sino que se activa cada vez que una mano, con una cuchara, vuelve a tocar y excavar la tierra.
Recoleta, 25 enero 2026