El asalto de Ghuznee y Kelat, litografía de W. Taylor (1839)
Buscar la guerra en el rostro de la madre. Presentación de Daño severo, de Aria Aber
Sobre Daño Severo, de Aria Aber. Cicada Editora, 2025.
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“Dentro del prado / indómito / de mi cuerpo / una manada de yoes / suspiran para exponerse” (89), nos dice la voz poética de este libro, donde la lengua se escribe por fuera de sí misma y por fuera del discurso.
Es inevitable, entonces, que esta voz sean muchas. Que la “manada de yoes” se derrame hacia el mundo y que en la lectura de estos poemas encontremos a un yo que es a la vez singular y múltiple.
En palabras de Aria Aber: “hay una voz en el vientre tibio / de mi garganta que / me incita a intentar, a intentar”. De allí que esta voz sea también un cuerpo que se dice en la escritura; un cuerpo ex-crito, siguiendo a Jean-Luc Nancy (2003), que palpa con las manos el rostro de su madre y luego toca, con esas mismas manos, una zanja “que contiene todos los proyectiles de granada” (80).
El vientre acuna a la garganta y la garganta aloja el intento por decir. “Intentar, intentar”, como nos advierte el yo poético, donde el lenguaje se recoge a su músculo en estado larvario, a su voz infinitiva: intentar. “Una vez resplandecí muda como un gecko”, –dice uno de los poemas–, “mi pelo dentro de su boca giraba como un organismo de anguilas / húmedas y arenosas / solo se puede temblar hasta cierto punto dentro / del aliento de alguien” (83).
Es en esta mudez, en ese intento de arrastrar el lenguaje con las manos, donde la historia íntima se reúne con la monumental.
Se busca la guerra en el rostro de la madre (157) al mismo tiempo que se busca a Dios. Las casas caen silenciosas como cuerpos en duelo (159), mientras los funerales se llenan de urracas azules que lloran a sus muertos, cuyos cuerpos se han disuelto en zanjas o sueños.
La guerra se comporta como un animal. Trepa el mundo, Afganistán, un país entero, pero también la casa, el cuerpo, la garganta, la voz. El territorio minado es también sagrado. La casa es refugio, pero también un lugar de refugiados. La lengua es afgana, pero se escribe en inglés, en alemán. La urraca azul es la hermana y el cuerpo herido es un fantasma que recorre las ruinas de una ciudad.
En palabras de Aber:
“Cuando digo Dios,
lo que quiero decir es: apenas aguanto mirar
el rostro de mi madre. ¿Y qué si nunca he visto
lo que ella vio? Tomé la forma de sus doscientos
seis huesos, no elegí sus ojos.
No elegí masticar la ceniza del testigo” (33).
No se ha escogido mirar con los ojos de la madre, y sin embargo, su rostro salpica todo el campo de visión. La madre que cuida, pero también la madre patria, y a su vez la madre que se pregunta si es acaso aún madre al ver que sus hijos han desaparecido.
La guerra equivale a una totalidad. Nada hay fuera de ella y todo lo que dos ojos miren tendrá la forma de un duelo.
En otro poema, leemos: “detrás de la granja lechera, la bandada / de cuervos sacudiendo el suelo / como espasmo de balas (…) / por un instante, lo consideré / sagrado” (183).
Es el roce entre lo mundano y lo sagrado lo que me hace pensar que este poemario evoca algo así como un misticismo pagano. La guerra ha sido inevitable, pero no solo eso: es una totalidad, un adentro sin afuera. Es adentro de ella, entonces, donde el yo hurga en su intimidad. Las balas que alcanzan el pecho son también las alas de una bandada de cuervos. La voz que trepa hacia el cielo en busca de algún dios es también el silencio que tiñe al lenguaje de su mudez. “Como buenos afganos, fingimos que no ha ocurrido, desechamos el fósforo, ponemos la tetera en el lugar donde ahora hay una pequeña lágrima del tamaño de una pestaña” (115), dice uno de los poemas.
Habrá, entonces, una exploración del yo poético en este perpetuo adentro, al que se resiste, sin embargo, escribiendo en una lengua menor. Recolectando escenas minúsculas que contrastan con las imágenes totalizantes de la guerra. La frase “lo que queda de mi hogar está en la boca húmeda y en el oído” (161) podría ser el faro que ilumina la noche de esta lengua, que intenta decir, sin que su lenguaje termine por cristalizarse.
O hacerse unidad.
“Quién / soy tratando de regresar a / Nunca he sido” (67), balbucea la voz poética. Su cuerpo es sostenido por yoes en conflicto.
La manifestación de una identidad unívoca, cerrada en sí misma, es un imposible, igual que los cuerpos que se han ido tras la ceniza.
El yo se vuelve ajeno, incluso a sí mismo. Su enunciación es todas partes, en vertical, como un pájaro en pleno vuelo o como la granada que atraviesa el cielo. “Qué ajenas éramos, en esas horas / azuladas e inclementes cuando lo natural nos sacaba / del sueño / queríamos / carne. El olivo más gordo / Cuando tus palmas / me tocaron para defraudar el frío” (73).
Lo real se vuelca a los sueños al mismo tiempo que las pesadillas se tornan reales. Los insectos visten uniforme y la idea de un país es como “un bostezo que no contagia a nadie” (199). El grito de la madre se oye a lo lejos, en un “sueño pesado” (99) y la voz poética es una constante otra.
Otra del mundo, otra de sí y otra de un país que se ha vuelto inubicable.
Celebro hoy la publicación de este poemario, cuidadosamente traducido por Catalina Ponce y Enrique Winter. Celebro la escritura de Aria Aber; en particular, su modo generoso de mostrarnos el rostro en luto de la guerra, las manos que buscan a otras en medio de la noche, mientras las urracas lloran también a sus muertos.
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* ARIA ABER (1991) es poeta, editora y profesora de ascendencia afgana nacida en Alemania. Criada en persa y alemán, escribe en su tercer idioma, el inglés. Su primera colección de poemas, Hard Damage (2019), fue galardonada con el Prairie Schooner Book Prize y el Whiting Award. Es editora de poesía en la revista Amulet, colaboradora en The Yale Review y profesora asistente de Escritura Creativa en la Universidad de Vermont. Reside entre ese estado y Brooklyn, Nueva York. Su primera novela, Good Girl, se publicó el presente año, a través de las editoriales Hogarth (EE.UU.) y Bloomsbury (UK).