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CARCAJ

Imagen intervenida del catálogo de la exposición "Quiebres y reparaciones".

01 de febrero 2026

CARCAJ

Texto perteneciente al libro Objetos de Memoria, de Francisca Márquez. Editorial Bifurcaciones, 2025.

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El año que mi padre y mi madre murieron, con meses de diferencia, las cuatro hermanas nos distribuimos los objetos que ocupaban los cuartos de la casa. Yo elegí la cocina y sus utensilios: cucharas de palo desgastadas, fuentes saltadas y loza descontinuada, que hablaban de la vida y los quehaceres de mi madre. También heredé de ella una gran bolsa plástica con decenas de medias y calcetines. Los había de todos los colores, cuidadosamente doblados y prolijamente zurcidos en sus puntas y talones. Mi madre reparaba estas prendas con puntadas simétricas y simples, pespuntes en línea que reforzaban la urdimbre original. No es difícil intuir el esmero que ella ponía en esa tarea. Sin embargo, en esos hilos que ella elegía para reforzar y reparar estas piezas desgastadas por el roce del zapato, había algo que aún me sorprende: el color del hilo elegido para zurcir era siempre distinto al de la media. Si la media o calcetín era café, el hilo del zurcido era rojo; si la media era negra, el hilo elegido era morado, y así sucesivamente. Ciertamente esta elección no podía deberse a la escasez de hilos ni al descuido. En casa de mi madre —cocinera, tejedora, costurera avezada y de un refinado sentido de la estética— abundaban los hilos de colores y texturas diversas.

No fue hasta hace muy poco, a propósito de la exposición «Quiebres y Reparaciones» del Museo Chileno de Arte Precolombino, en conmemoración de los 50 años del Golpe de Estado en Chile, que creo haber encontrado algunas claves para comprender esta aparente disonancia en el gesto reparativo. En las salas del museo, bajo una luz cenital, las vitrinas exhibían objetos quebrados y reparados de diversos territorios y culturas de América: maderas trizadas, cerámicas quebradas y agujereadas, fragmentos descartados y textiles remendados. Un sinfín de afanes y técnicas para dar nueva vida a los objetos.

Fue observando un carcaj o bolso para contener flechas, que reconocí los pespuntes simétricos de mi madre. Este porta flechas del Periodo Formativo, Arica, Norte de Chile, entre el 500 a. C. y el 500 d. C., había sido tejido finamente a telar con técnicas de tapicería, en fibra de camélido y vegetal. El tejido tenía diseños zigzagueantes color rojo, verde y natural. Probablemente, señala el guión curatorial, el gesto de sacar y guardar flechas en el carcaj terminó por desgastar sus fibras, obligando a una reparación para continuar sirviendo en la caza. El desgaste y rotura del carcaj fueron reparados con puntadas simétricas de fibras de camélido torcidas de color blanco, resaltando así el zurcido respecto al color de la trama y a la forma de la urdimbre original. No es el único ejemplo en esta muestra del museo. La mayor parte de las reparaciones de artefactos se hacen con materiales diferentes a los originales, evidenciando así la sutura o cicatriz que une y repara el quiebre o rotura. Reparaciones que intencionalmente se dejan en evidencia: una tela azul que reluce afirmando el café de las fibras vegetales; un hilo negro que se teje entre las de colores; un tendón afirmando la madera; pelos que sostienen las roturas de las lanas; e hilos rojos que zurcen el entramado de fibras vegetales de un tocado de plumas.

Pero ¿qué nos enseñan estas operaciones reparativas que dejan en evidencia la rotura?, se preguntan los curadores. ¿Qué historias cuenta una cicatriz?, reclama uno de los muros del museo (Museo Chileno de Arte Precolombino, 2024, p. 8). Por cierto, la reparación es siempre un intento por conservar, por evitar o ralentizar el proceso que derivará, eventualmente, en la transformación de la materia y, por tanto, en el debilitamiento del objeto. Tal como sucede con el carcaj del cazador para la caza o las medias de mi madre para el abrigo de sus pies. Si la reparación del objeto es la señal de que este ha sido rescatado de la desintegración, la huella o cicatriz reparatoria, en cambio, pareciera ser la señal perdurable de su fragilidad. La marca de la reparación, advierte el antropólogo Héctor García Botero (Museo Chileno de Arte Precolombino, 2024, p. 13), muestra que el daño se puede superar, pero la cicatriz nos recordará su inevitable presencia. Más aún, la huella del hilo rojo sobre la media café es la evidencia de la larga vida del objeto, pero también de su versatilidad. El carcaj del cazador como las medias de mi madre han sido reparados porque están irremediablemente ligados a sus vidas, a sus cuerpos y a sus mundos. Pero también es cierto que dejando en evidencia la cicatriz, el gesto cuidadoso del zurcir, pegar o remendar, resguarda la versátil historia de lo ocurrido. La necesidad de exteriorizar la cicatriz es una invitación a habitarla, observarla y recordarla. Gestos que aúnan generaciones, herencias que permiten un vínculo tangible con el pasado. Los quiebres, las reparaciones y los zurcidos como los de mi madre, no fueron hechos solo para resolver o recordar, son también los delicados y efímeros rastros que dejan tras de sí las prácticas del habitar y el cuidar.

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