Colmillo, metacarpo y pastoreo: sobre «Pastoral» de Carl Phillips – Carcaj.cl
Colmillo, metacarpo y pastoreo: sobre «Pastoral» de Carl Phillips

Ilustración: Truck Garden, de Grant Wood (1924). Intervenido

08 de diciembre 2025

Colmillo, metacarpo y pastoreo: sobre «Pastoral» de Carl Phillips

Sobre Pastoral. de Carl Phillips. Traducido por Francisco Cardemil Pérez. Ágata Musgo Editora, 2024.

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Ante la lectura, suelo presentarme indómita. No en el sentido de contradecir al texto, ni de pelearlo, ni de desarticularlo, sino con la idea de dejarme sorprender desde un estado tan primario como lo predomesticado. Es algo que me gusta, que quiero, que intento y que, por lo general, no me significa un gran esfuerzo, y suelo salir vencedora en ese tratamiento, vencedora en el sentido en el que hay un goce en ese ejercicio, en el que el poema y yo, encajamos: bruscos y curiosos, encajamos: tensos y divertidos, encajamos. ¿Qué tiene Carl Philips? ¿qué tiene y qué es lo que no me lo permite?

Sin ánimo de caer en obviedades, me es difícil no hablar de pastoral, pastor y pastoreo, y solo menciono esto para poner la imagen de un pastor, un perro pastor, ubicado en el horizonte como punto de fuga, que corre sencillo detrás de un rebaño, y el rebaño a su vez se mueve como nubes sobre el cerro y de lejos un hombre que camina calmo, contemplando, dejando que las cosas sucedan porque suceden tal como debiese ser. Pero esa imagen no nos permite ver el detalle de la lengua pastosa, la saliva goteando y los colmillos filosos del perro sobre el metacarpo de una oveja asustada, que huye.

Un cuerpo brilla en una esquina (recóndita) de un poema, la piel es tersa, el color plateado casi impune, desnudo y simple como el trazo que haría un estudiante de arte que realiza un boceto. Me cuesta encontrar el poema, porque estoy en el poema que implanta guiones como dios implanta existencias en un terreno pardo y me encuentro dócil. Phillips instala la imagen de la mente mientras sueña. Nadadores sobre un lago, un lago que es la mente, nadadores dando brazadas o flotando guata arriba sobre el agua mientras el sol acaricia la parte de los muslos que se asoman, busco un nombre que no encuentro, quisiera nombrar esa franja de piel ¿cómo nominar todos los detalles que me evoca? ¿cómo precisarlos? y Philips dice verde y yo no busco verde pero en ello encuentro y coincido, y luego dice cisne y acaricio al cisne y después plegaria y yo.

Estoy de acuerdo y él pregunta ¿recuerdas? Y yo, sin memoria contenida de recuerdos, recuerdo que “La forma de cualquier cosa/ es la forma que hace una línea/ a su alrededor” y aun así es difuso ¿o no? El tránsito por Pastoral permite o pide volver, así el avance del libro traza una línea difusa y entre avanzar y retroceder hay una marcha: a veces bucólica, a veces idílica, a veces yerma. Una marcha sencilla, casta, visible, trasparente.

Lápiz en mano, ya en las últimas páginas, como una revelación me pregunto ¿la oveja soy yo? Y el poeta, un poeta ficticio que sostengo en el ceño, sonríe. Después el bosque, el cuerpo, el pájaro, la adoración, el arcoíris, y el poeta sonríe y hay un pacto que asimila una injusticia: “Miré hacia atrás,/ y en vez de verte, vi/ el alma-en-su-labor-de-romper-sus-ataduras/ en la que te convertirías. Tensé/ mi arco:/ / un animal en ataque,/ el otro — el otro/ sufriendo y el amor/ / apagará todo sufrimiento —.”

Una trampa circunda la lectura, que todavía no logro interpretar. ¿La oveja soy yo? La médula acuna con miedo la idea de una flecha insurrecta, que desvía la dirección para tullir. El poeta sonríe.

El escampado paisaje, propuesta tersa como refugio a la mente ingrávida: una mentira ¿piadosa? sórdido terreno para develar una verdad inequívoca ¿solo el amor nos hará libres? ¿solo el amor apagará el dolor?

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