Cuando me encuentren, si es que me buscan – Carcaj.cl
Cuando me encuentren, si es que me buscan

Imagen: Walter Benjamin, con cuatro años, montando un burro en Heringsdorf, c.1896

18 de mayo 2025

Cuando me encuentren, si es que me buscan

Para esos niños que no pueden aguantar en casa (Dano)[1]

En el acto de huir de la casa se condensa la objetividad y subjetividad de la historia. La familia es una de esas estructuras premodernas en las que el individuo germinó, pero para poder desarrollarse la individualidad necesariamente tuvo que cargar contra la familia. Para dos teorías tan diferentes entre sí como son el marxismo engelsiano del Origen de la familia y el idealismo platónico de La república la familia es algo que tiene que entenderse para poder eliminarse. Por dos razones diferentes: para abolir la autoridad en el primero y para dejar al Estado como la única autoridad en el segundo. Y es que, al final, la individualidad tuvo que ser expulsada de la familia porque ésta es una estructura en la que el centro está puesto en la autoridad, y, como tal, la individualidad no puede aceptar una autoridad heterónoma. En la familia se condensa la heteronomía y la promesa de autonomía. Matar al padre es el acto clásico del individuo que supera la autoridad familiar para luego doblegarse a la autoridad social, el destino; en el mundo moderno, sin embargo, ni el padre ni la sociedad nos presta atención. Tenemos suerte si es que no nos echaron de la casa a los veinte años.

No se pueden establecer, sin embargo, universales vacíos en torno a la individualidad y la familia. Por más que en ella se condense la historia, ésta siempre termina excediendo todo contexto particular. En otras palabras, hay demasiadas formas de ser echado de la casa o de huir, de hecho, a veces es bien ambiguo si nos echaron o si huimos de la casa. Lo insoportable de la convivencia al interior de la familia, pese a que necesariamente pase por la autoridad y el mecanismo social para satisfacer las necesidades (el dinero), tiene muchas formas de expresarse. Hay quienes solo escapamos de nuestras madres, hay quienes, por el contrario, nunca tuvieron nadie de quien escapar. Tanto la autoridad extrema como la falta de autoridad termina dañando al individuo, y en este mundo no hay un punto medio al cual aferrarse. Todos somos, en algún sentido, huachos de la historia. 

Ahora bien, ¿qué significa escapar o ser echado de la casa? Todos lo sabemos: buscársela por uno mismo. Que la vida haya sido dejada en manos del péndulo del dinero es la precondición para saltar a probar suerte por cuenta propia. Nuevamente, individuo y dinero tienen un vínculo muy íntimo acá: escapar de la familia es solo posible porque hay mecanismos históricos (la venta de fuerza de trabajo, la plata, la mercancía) que nos permitirían reproducirnos, si lo logramos, sin necesitar ninguna estructura familiar. A medio camino entre la autoridad directa de la familia y la autoridad difuminada del capital fue abortado el proyecto de la individualidad. Walter Benjamin tiene un fragmento, ¡Vuelve! ¡Todo ha sido perdonado!, en su maravilloso libro Dirección única que retrata muy bellamente el acto de escapar a buscársela:

Como alguien que en la barra fija hace la rueda, así también, de adolescente, uno mismo hace girar la rueda de la fortuna de la que tarde o temprano saldrá el número premiado. Pues sólo aquello que ya sabíamos o practicábamos a los quince años constituirá algún día nuestra attractiva. Por eso hay algo que ya nunca se podrá remediar: el no haberse escapado de la casa paterna. A esa edad, en cuarenta y ocho horas de estar abandonado a sí mismo toma cuerpo, como en una solución alcalina, el cristal de la felicidad de toda la vida.[2]

Este fragmento es bello porque hay algo de hermoso en la inocencia, y, sin duda, tiene mucho de inocente este planteamiento. En un momento histórico donde el capital expulsa más gente del proceso productivo de la que puede absorber es una plegaria (linda pero inútil) eso de que podamos desempeñarnos en lo que nos cautivó de adolescentes. Cualquiera que haya intentado buscar trabajo con un título de humanidades lo ha vivido, peor aún quienes ni siquiera tiene un título para presentarse: con título o sin título todos tenemos sueños y todos pensamos alguna vez cuando pequeños “cuando grande quiero ser…”. Hay algo de una conmovedora infantilidad en establecer la felicidad y el escapar de la casa como correlatos. Muchas veces cuando uno escapa, la nostalgia embetuna todos los horribles recuerdos para hacerlos parecer felices, eso solo refleja la infelicidad que uno carga en sus hombros. Hay algo, más bien, de tranquilidad cuando uno escapa. La tranquilidad de ser la única autoridad en tu espacio privado. En suma, el número premiado no existe, al menos no para todos, y, por tanto, es un arma fría contra los que no tenemos suerte. Seguir perdiendo, en diferentes momentos y niveles, es probablemente lo único seguro. Hay que celebrar con lágrimas los momentos de victoria: “me río de la pena y lloro de alegría” como dice Yung Beef[3].

Hay algo de infancia añorada en el planteamiento de Benjamin que es correlativo a la época en la que escribió. La Infancia en Berlin de comienzos del siglo pasado, al interior de las familias burguesas, necesariamente pasaba por una vida de ensueño atormentada por la figura de autoridad de los padres, particularmente del padre. Probablemente Benjamin hacía alusión a Kafka cuando dice que lo imperdonable es no escapar en la adolescencia de la casa del padre. Kafka fue un escritor valiente porque planteó la contradicción punzantemente, pero tuvo una personalidad cobarde al no hacer nada para buscársela lejos del papá. Eso lo llevó a ser una cucaracha, a considerarse, en realidad, una cucaracha que, justamente por no ser realmente una, podría trabajar en lo que el papá quería para él. Como en sus personajes, la individualidad se gana, en el caso de no ganarla simplemente quedamos reducidos al más fuerte, al que tenga más autoridad.

Esta infancia añorada de las familias burguesas del siglo XX también se encuentra en la figura de Adorno. Sus múltiples alusiones a la vida como una búsqueda de la infancia perdida lo demuestran, su famoso aforismo en Minima Moralia (que primero fue una carta a Benjamin), “El pasado reciente se nos presenta siempre como si hubiese sido destruido por una catástrofe”[4], es una alusión directa a la infancia que fue pero que ya no es más. La destrucción es escapar de la casa. No podemos caer en la nostalgia de este tipo, eso sería ir contra los huachos de la historia, para los que la infancia fue un campo de batalla, un campo minado del que tienen suerte si viven más de 27 años. La catástrofe no destruyó el pasado reciente, éste ya era catastrófico.

En un momento histórico donde la familia está carcomida y es demasiado evidente el cortocircuito histórico que lleva haciendo desde hace siglos, necesitamos otros referentes, otros ejemplos de lo que significa ser huacho, de lo que significa escapar de la casa. Quisiera analizar, en esta línea, Everything’s gonna be alright de Naughty by nature. La canción describe como la vida es una catástrofe, desde la niñez hasta la adolescencia problemática donde escapamos de la casa: Why did I have to live the life of such a bad one? Why when I was a kid and played, I was a sad one? And always wanted to live like this or that one. La infancia marcada por la necesidad culmina con la necesidad de expulsarte: “my mother couldn’t afford us all, she had to throw me out”. No hay culpables solo necesidades. La infancia burguesa, rica y llena de deseos, para nosotros, contemporáneos, pobres contemporáneos, es más bien la crianza en la sensación de ser desechable: Mama said I’m priceless. So why am I worthless? Starving is just what being nice get.[5] No podemos obviar el hecho de que las crisis del capital determinan todo: la familia burguesa que añora una infancia quedó aplastada, la proletarización, los huachos de las periferias que son educados para, ojalá, vender su fuerza de trabajo por lo mínimo histórico, no tienen ninguna infancia que añorar, la vida es una constante sensación de no valer nada. Muchas veces para estas subjetividades, a una infancia de carencias se le intenta hacer contrapeso con una adultez acomodada, estrechamente acomodada. Lo cual no es otra cosa que intentar tapar la mierda con perfume. Pero la mierda es mucho más grande porque es la vida de muchos de nosotros.

Podemos decir, para cerrar, que la historia se escribe en sangre y la vida en cicatrices[6]. La sanguinaria historia de las familias, con su autoridad particular y absoluta, actualmente está atravesada por la sanguinaria historia del dinero. La promesa de felicidad de la humanidad quedó a este medio camino. La familia no puede desaparecer, aunque el dinero mitigue la autoridad que emanaba de ella en las eras precapitalistas, esto a causa de que el dinero mismo es la nueva autoridad. Estas tres cosas hay que superar: la familia, el dinero y la autoridad. Mientras que la familia y la propiedad privada siga existiendo, el amor tendrá demasiadas obstrucciones, a las que de todas formas tenemos que enfrentarnos para poder ver, al menos momentáneamente, el lado brillante de la vida.


Notas

[1] Dano, Cuando Me Encuentren (Bonus Track), en Saturno, Ziontifik / MÉCÈN Ent., 2014.

[2] Walter Benjamin, Dirección única, trad. Vicente Felíu y Ana María Gómez (Madrid: Taurus, 2005).

[3] Yung Beef y Steve Lean, “#Freemolly (Intro),” en #Freemolly, La Vendición / EMPIRE, 2014.

[4] Theodor W. Adorno, Minima moralia: reflexiones desde la vida dañada, traducción de Joaquín Chamorro Mielke (Madrid: Ediciones Akal, 2004).

[5] Naughty by Nature, Everything’s Gonna Be Alright (Ghetto Bastard), en Naughty by Nature, Tommy Boy Records, 1991.

[6] Elio Toffana, Cuento Sin Moraleja, con Dano, en Jóvenes Bajo Presión, Ziontifik Music, 2006.

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