De cuerpos y costuras: reseña a Advertencias de uso para una máquina de coser, de Eugenia Prado
Sobre Advertencias de uso para una máquina de coser, de Eugenia Prado Bassi. Palabra Editorial, 2024.
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Que no se olvide el oficio ejercido por tantas generaciones: el de las operarias que pasaron jornadas eternas frente a los hilos. Ingresaban a la fábrica antes del amanecer y, al esconderse el sol, continuaban zurciendo iluminadas por la débil influencia de las ampolletas de bajo voltaje. Esa intimidad es develada por Eugenia Prado Bassi mediante recursos narrativos y gráficos que nos invitan a explorar en los dobleces de la historia de las obreras: “Un vínculo de heridas se teje entre pespuntes y cierres”. Así, la escritora y diseñadora gráfica deshilacha historias para seguir la trayectoria de la tela que, de una manera u otra, siempre nos dirige a la opresión: ya sea en las manos de quienes manipulan los retazos, o bien, en las usuarias que someten su cuerpo a las rígidas estructuras del corsé. Sin duda el taller de costura es un espacio histórico que alberga más que trapos y máquinas.
Advertencias de uso para una máquina de coser es un artefacto literario particular que se organiza como un cuaderno de anotaciones donde el relato se trenza con imágenes de patrones, muestras de paños que sugieren texturas e indicaciones para el buen funcionamiento de los aparatos. El conjunto nos contacta con las materialidades que habitan el taller y se entrecruzan con las vivencias de las operarias, quienes se debaten entre los problemas propios del género –en todas sus acepciones– y las intransigencias del jefe: “Todos los días a la misma hora, las mujeres toman un descanso. Entonces aprovechan de intercambiar historias de sus vidas personales”.
El intenso ritmo de trabajo, la lucha de las aprendices por el dominio del pedal y la presión por los plazos para cumplir con los encargos que luego retirarán las acaudaladas clientas, dejan en evidencia todo un sistema que se sostiene sobre la precarización. En respuesta, urden una red colaborativa para resistir los pinchazos, los dolores menstruales, de huesos y la mala paga, entre otros padecimientos que llegan con las temperaturas extremas. Pese al contexto hostil, el taller de costuras constituye en esta narrativa un lugar en que las mujeres se toman libremente la palabra; allí comparten experiencias vitales particulares, pero siempre interceptadas por un rasgo común: el fuerte lazo con el corte y la confección, heredado por madres y abuelas, adoptado por ser una de las pocas actividades que permitieron a tantas acceder a un salario.
Jefas de hogar, cuidadoras, ancianas. Entre la diversidad/adversidad destaca la voz de Mercedes, quien “no está casada ni pretende serlo”. Es experta en trajes y sabe replicar con rigor los parámetros de la moda, además, ha convertido su cuaderno en una bitácora en que no solo apunta ideas de diseño, sino también las historias de sus compañeras y de los tiempos que se viven. De este modo el texto funciona como un patchwork que Prado ha zurcido con delicadeza, pero portador de una intensa carga testimonial. Es un borrador que trae consigo notas de todo tipo, que tratan tanto de la forma de vestir de las mujeres del siglo XIX, como de los avances de la siguiente temporada. Contiene consejos prácticos, recortes, puntadas y apuntes sobre las antiguas fábricas textiles, fragmentos de archivo que Mercedes comparte junto a las obreras, recreando una práctica de lectura que alguna vez fue institución entre las trabajadoras: “Mientras todas cosían, una leía libros, literatura, y que entre ellas se turnaban. Deberíamos incorporarlo”. De esta manera se da cuenta de la compleja relación tejido-escritura; ambas unen y, tanto en la hoja en blanco como en la fábrica, hay un área disponible para hablar de lo que usualmente se reserva. Un sitio para (d)enunciar prácticas ancestrales y secretas, como las recetas para evitar parir a los fetos que tantas veces “han sido incubados a la fuerza”.
En una de sus críticas, Patricia Espinosa1 planteó una observación muy necesaria para nuestros tiempos: “El trabajo es la gran ausencia en la novela chilena del siglo XXI”. Frente a este panorama, cobra sentido volver a poner en circulación un libro que problematiza las actividades productivas. Una lectura que nos conecta con hechos como el horroroso incendio de la fábrica Triangle Shirtwaist, con muertes que no bastaron para lograr la igualdad salarial y consolidar derechos sindicales. Nos recuerda que nuestra precarización no es una prenda vintage que debería quedar relegada al fondo del armario de la literatura.
Notas
1 “El realismo social no está muerto”, Críticas de literatura chilena, 12 de junio de 2025. https://patriciaespinosahernandez.blogspot.com/2025/06/el-realismo-social-no-esta-muerto-los.html