Ecos de una voz defectuosa
Sobre Un defecto en la voz, de Martín Cinzano. Editorial Deriva, 2025.
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¿Qué es un escritor? – Ya en varios de sus libros, Cinzano parece dar vueltas en torno esta pregunta, cuya respuesta, lejos del esoterismo extático en el que la crítica suele empantanarse, se despliega como el argumento perfecto para una buena intriga. Así por ejemplo en ¿Un escritor? (Lom ediciones, 2020), donde una investigación académica sobre la tesis barthesiana de “la muerte del autor” se convierte en una verdadera pesquisa policial en torno a los motivos y secuelas de aquella muerte misteriosa, o en más de uno de los cuentos de La Concentración (GO ediciones, 2020)1 y La última casa de Mingus (Cinosargo, 2021), donde las aventuras truculentas de quienes coquetean con los prestigios y las tribulaciones de aquella condición dudosa –escritor– dejan entrever las múltiples posibilidades de un género lateral dedicado a las extravagantes encarnaciones de la misma pregunta.
En Un defecto en la voz, novela publicada a principios de año por Editorial Deriva, Cinzano adopta sin embargo otra estrategia y comienza directamente por una respuesta: «Un escritor es alguien con un defecto en la voz: miembro vitalicio de la sociedad protectora de la contradicción». A partir de esta proposición provisoria –composite fragmentario de otras frases dichas al paso (o quizás no tanto) por Guattari, Thomas Mann y Cortázar– una especie de espacio colateral se abre, espacio desde donde las voces que pueblan esta novela van dibujando el contorno inverso del mismo problema: ¿y qué es un lector?, parece preguntar Cinzano, ¿cómo repercute en él el eco de aquella voz variable que, porque es leída, llamamos un escritor?
«Un defecto en la voz»: la cuña es de Cortázar, que alguna vez ofreció esta explicación para defenderse de aquellos que sospechaban que su célebre eggrrre no era otra cosa que un intento de hacerse pasar por francés. Pero la voz siempre tiene acento, y en este libro, los acentos son aquellos que emergen al contacto de una lengua que ya no es simplemente la del escritor a secas, residente mayoritario de la república de las letras, sino, ante todo, la del escritor latinoamericano. En este sentido, Un defecto en la voz se inscribe en la estela dejada por una obra como la de Bolaño, donde la experiencia iniciática de la literatura constituye el hilo de una especie de relato en clave donde se deja reconocer una parte de nuestra historia reciente, marcada por las inclemencias del subdesarrollo y el irremediable desface respecto del canon en el que se encuentran –siempre ya medio exiliados– el lector con el escritor latinoamericanos. Lo que se particulariza entonces es menos una región de la literatura universal que una especie de territorio en secesión: una comunidad menor y a la deriva cuyos miembros –sentimentales lectores de literatura latinoamericana–, como los protagonistas de la novela leída por el personaje de Continuidad en los parques, terminan eventualmente por abandonar el espacio protegido de la ficción e, infiltrándose por la ventana, vienen a despertarnos por la espalda.
De ahí quizás la figura tutelar de Cortázar, en tanto autor que, a pesar de sus defectos, fue leído –es decir, hizo proliferar algún volátil pueblo de lectores–, y la reivindicación explicita que de su ascendente por sobre el profesionalismo virtuoso de un Aira, que a diferencia del primero pareciera incapaz de despertar el afán o el cariño de una relectura. Y es en el eco de aquella voz defectuosa, precisamente, que los personajes de este libro van a encontrar la suya propia. Un hijo de exiliados que retorna adolescente a vivir a una villa de Santiago, en el mismo periodo de transición en que, a punta de puchos y pajas, la voz le cambia y se le va poniendo inusualmente ronca; la profesora del colegio, hija de un lingüista olvidado que dedicó su vida a recolectar chilenismos, y que lucha, en los primeros años de la post-dictadura, por hacer oír las inflexiones de su propia voz secuestrada; y, finalmente, quien pone las premisas del relato en la primera parte del libro: la voz fragmentaria de otro escritor–lector latinoamericano que, mientras discurre sobre su monolingüismo, recuerda sus primeras cachas con la profe de castellano y la impronta iniciática (hecha de libros prestados y frases graves y enigmáticas) de un amigo de infancia.
Dividido en tres partes, Un defecto en la voz compone así un relato a la vez generacional y autobiográfico, en el que Cinzano va ofreciendo destellos de la memoria dispersa y solitaria de los lectores del Chile del fin de los ochenta-principios de los noventa. De este coro polifónico y fragmentario, del paisaje apático de aquellos años extraños, surge sin embargo el eco de otro enigma. «Algo ocurrió para empezar a escribir así, a lo bruto, directo, sin la delicadeza de la elipsis», dice en algún momento la voz de la primera parte. «Basta con leer, basta con oír, basta con ver la cara de impaciencia de alguien cuando otro alguien le cuenta, hoy, un relato sin “ir al grano”». ¿Qué pasó que nos alejó de la lengua inventiva y efectista de un autor como Cortázar, de la posibilidad de decir con ella nuestra propia experiencia de esos años? ¿Fue quizás la dictadura, la “transición democrática”, la lectura obligatoria en el colegio? ¿En qué momento la lengua de la realidad se separó de la lengua de aquellos grandes narradores latinoamericanos que forjaron nuestro amor por la lectura, y cuya voz defectuosa parece hoy alejarse como una foto en blanco y negro?
Lejos de renegar o cerrar el expediente en una nota cínica o amarga –«antes había muchos mejores escritores de narrativa en español»–, Cinzano considera la pregunta con humor y ternura, confrontando aquellas experiencias con las lecturas que le dieron forma, y reanudando así un diálogo de donde emerge la posibilidad siempre renovada de seguir narrando.
Es, finalmente, en este espacio que se mueve Un defecto en la voz: un lugar donde la escritura se confunde con la lectura y la memoria personal se vuelve, casi sin quererlo, memoria colectiva. Con ello, Cinzanono solo brinda un último y necesario homenaje a Cortázar –hoy tan denostado por los nuevos profesionales de la literatura–, sino que ofrece una reflexión lúcida y lúdica sobre aquello que se juega en el diálogo precario pero vital entre la voz que escribe y aquellas que la leen. ¿Después de todo, qué es un escritor si no, en el mejor de los casos, un lector que se atreve a empezar de nuevo? Otra razón –además del genuino placer de la lectura– para aventurar, aun a riesgo de sonar publicitario, esta afirmación enfática: hay que leer a Cinzano.
Notas
1 La concentración fue recientemente reeditada por Lom Ediciones (2024).