El año en que hablamos con el mar: Un cementerio para las almas. Un cementerio para la memoria  – Carcaj.cl
El año en que hablamos con el mar: Un cementerio para las almas. Un cementerio para la memoria 

Foto: @pauloslachevsky

27 de agosto 2025

El año en que hablamos con el mar: Un cementerio para las almas. Un cementerio para la memoria 

Sobre El año en que hablamos con el mar, de Andrés Montero. La Pollera Ediciones, 2024.

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Hay libros que se leen como si uno estuviera ahí, junto al narrador, sentado en el mismo bar o compartiendo un vino chambreao a las brasas, al ritmo de una cueca antigua, de esas que se han escuchado muchas veces pero que, realmente, nunca son viejas. El año en que hablamos con el mar, de Andrés Montero, es así: una novela coral y profunda que se acomoda en una isla desconocida del sur de Chile, con sus mitos, sus silencios y sus voces que, como el mar, nunca callan del todo.

La historia gira en torno al regreso de Jerónimo Garcés, un periodista errante que vuelve a la isla tras cincuenta años al reencuentro de su hermano mellizo, Julián, que nunca se fue. Una pandemia —esa herida global reciente— es la trampa con la que Montero nos atrapa en el libro. Lo central es la memoria, ese tejido frágil que construyen las comunidades a fuerza de relatos y omisiones. En la isla, el tiempo parece haberse detenido, y sin embargo todo tiembla, como si el pasado estuviera esperando una grieta para emerger.

Uno de los grandes logros de la novela es su estructura narrativa, que alterna entre una voz colectiva —los habitantes de la isla, reunidos en una taberna-barco encallado— y las voces íntimas de los hermanos. Esta polifonía evoca la tradición oral (algo que Montero trabaja con maestría en este y en sus otros libros), pero también el rumor, la leyenda, la necesidad de contar para resistir. Leer este libro es, en principio, algo difícil; no se entiende bien quién habla, si es la isla o si es el pueblo; si se está recordando o si algo en verdad está pasando. Pero mientras las estaciones y las páginas van pasando, lo hermoso es que el lector se convierte en parte del coro. Vive en la isla, y, quizás, se queda allá.

El lenguaje es otro de los puntos altos. Montero escribe con consciencia: cada palabra parece medida con el oído. En su lenguaje tranquilo, cotidiano, muy de sur, muy de día nublado, hay algo que, inevitablemente, nos hace escuchar a Jorge Teillier, ese bardo de la melancolía y la neblina sureña; a los contadores de cuentos que dominan el arte de decir sin apurarse. Las metáforas del mar, las serpientes Kai-Kai Vilu y Teng-Teng Vilu, y la campana dorada sumergida dan espesor mágico a la narración, sin que esta pierda su anclaje humano y emocional.

A nivel temático, la novela se mueve entre opuestos: tierra y mar, quedarse e irse, lo dicho y lo silenciado. Jerónimo representa la mirada del que vuelve, con la carga del mundo a cuestas; Julián es la voz del arraigo, el que sabe escuchar lo que no se dice. Entre ambos, y entre los relatos de la comunidad, se construye una reflexión sobre el poder de las historias para sanar, o al menos para acompañar el dolor, así como el cementerio para los ahogados.

Pero El año en que hablamos con el mar no es solo una novela sobre la memoria: es una novela sobre el decir. Cada voz, cada mito, cada historia compartida en la taberna es una forma de resistir al olvido. En ese sentido, Montero propone que contar no es solo recordar: es crear sentido cuando todo parece desmoronarse. Y en tiempos de crisis —sociales, sanitarias, personales—, también una forma de esperanza.

Como lector, uno termina con la sensación de haber pasado un año real en esa isla. De haber conversado con el mar, por fin. Y de haber comprendido que no hay tragedia que no pueda, al menos por un momento, ser contenida por la palabra.

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