El tesoro – Carcaj.cl
El tesoro

Grabado "La Mocha", publicado en 1619 (intervenido). Fuente: Memoria Chilena.

01 de febrero 2026

El tesoro

Jorge estaba tomando con los pescadores del sindicato en la playa El Manzano. La playa era chica, y aún más fea de noche, encajonada entre un restaurant abandonado y el embarcadero. Quedaba frente al hotel Mónaco, un edificio de tres pisos con tejuelas de alerce y persianas de madera construido en 1920, cuando Quintero era un balneario de la aristocracia. Tenía la madera podrida y la estructura podía venirse abajo en cualquier momento.

En esa esquina siempre había vagabundos y alcohólicos porque daban platos de comida en la iglesia de al lado. A la entrada de la playa se levantaba, como memorial a los detenidos desaparecidos, un riel de tren oxidado donde fueron amarradas y lanzadas personas vivas al mar, algunas con el estómago abierto por un corvo. Los alcohólicos lo cagaban y vomitaban por las noches, y los pescadores del sindicato lo limpiaban en la mañana.

Hay vagabundos que nunca pierden su elegancia, como las antiguas casas abandonadas. El Cuchara era así. Andaba hace algunas semanas inventando cosas raras acerca del tesoro que, supuestamente, escondió Francis Drake en una cueva de Quintero.

—En los años 70 toqué con los Jaivas, fuimos de gira a Inglaterra y estuvimos con la Reina Isabel en su velero—decía.

Hablaba demasiado y nunca se callaba, pero a Jorge le gustaba escucharlo. Cuando se lo pillaba en la plaza el Cuchara —con su pinta de viejo campesino ruso (pómulos salidos, ojos hundidos y barba de erizo)—le pedía un cigarro y le contaba sus historias fantásticas.

A Jorge le gustaba tomar y fumar marihuana. Tenía 26 años y se vestía con buzos Adidas falsos. Era moreno, de ojos caídos y nariz gruesa. Había en su cabeza un ideal aventurero que sus pensamientos no sabían pensar. Tampoco sabía dar forma en su cabeza a las injusticias que veía, y a muchas otras cosas, pero el ideal aventurero era algo de lo que carecían otras personas con más ideas que él. Como no pensaba mucho no hablaba mucho. El Cuchara apareció con una bolsa plástica llena de papeles y libros. Jorge le dió un cigarro. La noche estaba silenciosa, sólo se escuchaba el ruido de las olas mojando la pegajosa alfombra de algas.

—Mire, don Jorge, encontré estos papeles, sí, los encontré abajo de la casona, en el sótano, había una estantería llena de libros húmedos que se deshacían.

Se refería a la casa de los Cousiño, antiguos señores de Quintero, que tenía patios interiores de luz, chimeneas de mármol, tejuelas de alerce y un bosque de pinos y eucaliptus gigantes que bajaban hasta el borde costero.

—¿Qué andabai haciendo allá Cuchara?

Cuando el cielo de Quintero se pone gris y aparece la neblina, las sombras ocultas entre las ramas de los pinos emergen y se muestran extrañas formas de ojos y bocas abiertas. El Cuchara vió esos signos y caminó hacia la casona abandonada. Quería encontrar algo, y encontró esos papeles.

—Mire estos mapas—dijo abriendo un libro gordo empastado en cuero, que sonó como la madera de un bote—son mapas del tesoro.

Jorge se acercó a mirar. Decía algo de un grupo de geólogos y científicos, de formaciones rocosas y otras cosas que no entendió.

—¡Oye Cuchara, yapo! Dejate de hablar weas—dijo uno de los pescadores, y se rió con los demás. Uno de ellos, Sanhueza, rió con ellos y nadie notó su inquietud. No miraba al vagabundo y a Jorge, pero escuchaba atentamente lo que decían.

—Aparece una cueva submarina don Jorge, ahí—el Cuchara estiró su dedo largo y huesudo, y marcó con su uña quebrada un símbolo. Jorge alumbró el mapa con el celular: la supuesta cueva quedaba en un alejado grupo de roqueríos llamado los Pozones.

—Ahí escondió el tesoro Francis Drake, don Jorge, ahí fue. Usted bucea, saca cosas del mar, vaya por mí y traiga el tesoro.

Efectivamente Francis Drake estuvo en Quintero, en 1587. Venía desde el Estrecho de Magallanes saqueando los puertos de la corona española, y se resguardó en la bahía unos días para continuar subiendo hacia el norte por el Pacífico. Dice la leyenda que escondió un tesoro y nunca volvió a buscarlo. Uno de los miradores de Quintero se llama “La Cueva del Pirata” por esto, y aún está ahí la estatua de acero de un pirata que mira hacia el horizonte con su catalejo.

El tono de voz del Cuchara no era codicioso. No le importaba el valor económico del tesoro, le importaba encontrarlo.

—Vaya por mí, don Jorge, encuéntrelo.

En sus ojos hundidos brillaba la luz de una pasión obsesiva, como el agua al final de un pozo muy profundo.

—Todos lo buscan, don Jorge. Darwin vino tras su huella, estuvo aquí, en la hacienda de Lord Cochrane, estudió éstos libros y caminó sobre los acantilados siguiendo el rastro quebrado en las piedras.

Hablaba de manera profética, claramente estaba medio loco, pero tenía razón en que Darwin estuvo en Quintero, aunque un sólo día, en 1834, y no existían indicios de que buscara el tesoro. Fue a las playas de la zona a estudiar estratos de conchas que sobresalían del mar y que eran quemadas para producir cal. Jorge no tenía ese dato, tampoco El Cuchara. Los estratos hacía tiempo habían desaparecido.

Quizás qué cosas hay dentro pensó Jorge.

—Mañana iré a ver, Cuchara. Si el mar está piola me meteré a ver que pillo y te cuento.

Tomó el libro, apagó el cigarro y fue a dormir a su casa. Sanhueza lo siguió con la mirada hasta que dobló por la calle.

El día siguiente amaneció nublado. Decenas de patos cormoranes descansaban en las piedras blancas de la orilla, llenas de huano, y hacían ruidos secos de chancho, como si tuvieran la garganta destrozada. Jorge sintió que lo miraban silenciosamente, aunque hicieran ruidos de algo que se quiebra.

Fue con el bote hacia Los Pozones. Las ramas de los pinos sobre los acantilados le parecieron brazos estirados con las manos abiertas. Nunca había hecho esa relación. Miró el mapa y ancló el bote frente a unas rocas llenas de algas. Debajo debía estar el lugar. Se puso el traje de buceo y entró en el agua.

Bajó diez metros. La pared de piedra tenía cientos de lapas y erizos, el mar estaba turbio, verde pálido, y le costaba ver. Llegó a lo que parecía una entrada cubierta por una cortina de algas. Las corrió con la mano y entró.

El pasadizo en la roca estaba oscuro, pero distinguió estrellas y soles de mar y más lapas y erizos. La vida ahí abajo no tenía ojos, pero lo percibían. Las estrellas de mar pueden distinguir la diferencia entre la oscuridad y la luz. Avanzó cinco metros, subió y sacó la cabeza del agua: había entrado en la cueva submarina.

Sonaban gotas de humedad sobre el suelo resbaloso de piedra. Tuvo la sensación adrenalínica de haber encontrado el lugar. Prendió la linterna y alumbró la cueva: tenía unos 50 metros cuadrados y dos metros de altura. Observó unos minutos las paredes y se demoró en ver las decenas de cajas plásticas apliadas al fondo. Una transpiración fría salió desde su rostro y su pecho. Se acercó lento a las cajas pensando en el tesoro. Como tenía en su cabeza a Francis Drake, sus piratas y sus barcos a vela obvió el hecho de que las cajas fueran de plástico. Como el detalle no le cuadraba, lo eliminó mientras se acercaba.

Destapó una y vió muchos paquetes rectangulares blancos. Sintió que la imágen de las embarcaciones antiguas se trizaba, y recordó, intentando evitar ese recuerdo, lo que se comentaba entre sus compañeros pescadores: que había buzos que sacaban paquetes de droga en alta mar. Se decía que eran dejados por algunos de los barcos petroleros que llegaban al puerto. Otros piratas habían encontrado la cueva antes que él y la ocupaban de bodega.

Intentó evitar esa relación, y separar los rumores de las cajas de plástico que tenía delante, pero no pudo. Ambos elementos se unían con fuerza dentro suyo, llenando todo y dejando fuera las reminiscencias de cañones, cofres con diamantes y galeones de madera.

Retrocedió los pasos ahogado y volvió por el túnel. Apareció un pitido en sus oídos. La turbiedad del agua había sido trasladada a sus pensamientos, y no podía pensar más allá de la imagen de los paquetes.

Apartó violentamente las algas y, mientras ascendía con el corazón latiendo muy fuerte, vió un bote al lado del suyo. Asomó la cabeza del agua. Ahí estaba don Mariano, apoyado en el bote, mirándolo con su sonrisa bonachona. Don Mariano era dueño de varias embarcaciones, y uno de los pocos pescadores artesanales en tener licencia para sacar merluzas y reinetas. Sanhueza estaba con él.

—Cómo andas, Jorjito, veo que pillaste la cueva. Tendremos que conversar.

—Sí, don Mariano, vea que…

—Ch ch ch… no digas nada. Ven mañana al sindicato y habla con Sanhueza. Siempre tenemos encargos, y creo que necesitaremos tu colaboración ¿Cierto?

Cierto, pensó.

Al día siguiente Jorge tenía un nuevo destino, unas coordenadas en alta mar escritas en un papel, a dos horas de navegación. El Cuchara iba pasando frente al Mónaco.

—¿Y, don Jorge? ¿Cómo le fue? ¿Encontró la cueva?

—No Cuchara, no había nada.

—Vea usted… ¿y miró bien?

—Sí, habían puros erizos, algas y estrellas de mar, nada más.

—Y otra vez será, don Jorge— dijo, y miró pensativo el mar durante un par de segundos—¿Tiene algún cigarro que le sobre?

Jorge le dió un cigarro, le devolvió el libro con el mapa y caminó hacia el embarcadero.

Una semana después el Cuchara olvidó el tesoro de Francis Drake. Los libros y papeles los ocupó para prender una fogata en la playa, frente a las algas mojadas. El cuero reseco de los lomos fue desintegrándose y las hojas gastadas iluminaron en sus ojos nuevos secretos. Miró el antiguo hotel Mónaco, a punto de caerse, y recordó cómo era cuando llegó a Quintero, hace cuarenta años. No le importó. Sabía que encontraría lo que buscaba.

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