Ilustración: Le fou, de Victor Hugo
En la vejez se despiertan los fantasmas
Cuando se ha sido artífice de graves pesares es, tal vez, el más insensato de los actos pensar que la paz es una certeza.
Creo, de todos modos, que ninguna horrenda decisión alguna vez tomada se desprendió de otra fuerza motora que no fuese la supervivencia.
¿Por qué esto no es juzgado en el caso de las fieras de la sabana? ¿Acaso lo que entendemos como raciocinio ya nos excluye de la amnistía en los actos salvajes?
Cuando conocí y luego amé a esa mujer, poco podía suponer que vientos enemigos arrastrarían su mirada y aroma hacia la ventana de otra habitación. ¡Todo lo tenía!, aquello que ninguna mujer de mi familia podría haber aspirado jamás.
Ojalá alguno de aquellos lujos hubiese sido entregado a mi madre. Pero no lo quise así, todas mis riquezas se embarcaron hacia un único puerto. Aquel país era generoso en paisajes y admirable en recursos. Sin embargo, ¡cuán pocas veces pude visitarlo!
Fue por ponzoñosas voces que oí la verdad, maldita verdad.
Mi respuesta fue instantánea: aquella ingrata y su amante serían encerrados en lo alto de la torre de mi castillo más remoto. Allí podrían seguir entregándose a sus placeres.
¿Para qué iban a necesitar agua y comida? Evidentemente, lo único que los saciaba eran sus propios cuerpos, es así como impedí que se les facilitara todo suministro vital.
Solo se iban a tener a ellos mismos.
Sé que las mismas ponzoñosas voces que habían corrido a mí en una primera instancia, para deleitarse con mi sufrimiento, luego ocultaban su rostro ante el horror de verme pasar. Fui tildado como el más espantoso de los monstruos.
Qué podía importarme eso.
No solo me deshice de aquellos dos que se habían aprovechado de mis esfuerzos, sino que facilité que se alejaran de mí todos esos seres miserables que solo vivían de habladurías e intromisiones.
Pasaron años y jamás me arrepentí de mi decisión. Ni una sola noche soñé con dos esqueletos tomados de la mano y en ningún momento sentí estremecimiento al pasar por aquel castillo.
Solo para no propiciar nuevos chismorreos es que decidí no pisarlo nunca más, pero jamás por miedo.
Solo hoy, mientras se asoma la luna a mi vida, ha ocurrido algo que me ha retrotraído a esos días de mi castigo ejemplar.
Este porte encorvado y este lento caminar con los que me estoy familiarizando desfiguran cualquier recuerdo que alguien pueda tener de mí. Por ello, puedo caminar sin custodia por el pueblo y pasar como un peatón más mientras recorro las calles.
Y fue hoy, mientras escogía moras, que miré a los ojos al joven mercader y ví allí la misma mirada de aquel que sedujo y apartó de mis comodidades a esa mujer.
En ese sencillo y flacucho niñato, me pareció encontrar resucitado al hombre al que mandé a morir en la más inenarrable desesperación, aquel que seguramente acudió a las medidas más desgraciadas para aliviar el hambre atroz.
En esos ojos pobretones, ví también un reflejo cobrizo, y pensé que aquello pudo haber sido lo único que había seducido a la que mandé a morir de sed y pesadilla, aquella que seguramente asesinó a su amante para vencer la demente necesidad de silenciar su vientre y su cabeza.
Apreté las moras fuertemente. Tal vez fueron siglos los que demoré en escudriñar esa mirada que jamás gozó de ninguna belleza, puesto que sería incapaz de apreciarla.
¿Por qué esos ojos sirvieron como túneles que me llevaron a aquellos dos? ¿Por qué la pareja que ahora es solo una osamenta arrojada en lo alto de una torre hoy regresó a mi memoria?
¿Será que mi memoria ya es esa torre?
¿Lo que le espera ahora a mi recuerdo es morir de hambre y abandono?
Pestañeé y arrojé los trozos jugosos en el suelo. Le dí la espalda al joven y regresé tan rápido como mis insoportables piernas me lo facilitaron.
Ningún leño pudo apaciguar el frío de mi espalda, el mismo que siento en mis manos mientras escribo lo que, por vez primera, podría comprender como arrepentimiento.
En la vejez se despiertan los fantasmas, aquellos que vienen a llevarnos al tribunal de nuestros crímenes con inapelable sentencia.