“Todo viajero es en el fondo un viajero feliz: lleno de horror, pero feliz.” Una conversación en torno a Efímera, de Bruno Montané – Carcaj.cl
“Todo viajero es en el fondo un viajero feliz: lleno de horror, pero feliz.” Una conversación en torno a Efímera, de Bruno Montané

Puerto de Valparaíso, año 1900 (intervenida). Fuente: Enterreno.com

29 de diciembre 2025

“Todo viajero es en el fondo un viajero feliz: lleno de horror, pero feliz.” Una conversación en torno a Efímera, de Bruno Montané

Bruno Montané nació en Valparaíso en 1957 y vivió en México entre 1974 y 1976, años decisivos marcados por la aventura infrarrealista, antes de instalarse en Barcelona a finales de ese mismo año. Tres viajes de ida que han puntuado una vida dedicada al trabajo persistente de la poesía: oficio de libretas que ha ido llenando a lo largo de los años, y con las cuales ha ido tejiendo una obra singular y duradera, a la vez reflexiva y política, que aún no se lee con la atención que merece. En los últimos años ha publicado los poemarios Cuaderno del futuro (Los Perros románticos, 2023), Teorías (Pez Espiral, 2024) y Un largo solo (Bordelibre, 2024). En noviembre, salió La tinta en el fondo del mar (Kriller 71, 2025), libro que reúne apuntes a medio camino entre el aforismo y el poema, breves disquisiciones que dejan adivinar la voz de un filósofo oculto. La confluencia entre viaje y poesía, que ha marcado tan de cerca su propia vida, es también el centro de otra obra reciente: Efímera, su primera novela, publicada en España el 2022 por Contrabando y reeditada este año en Chile por Lom Ediciones.

Relato breve y enigmático, Efímera nos sumerge en los recuerdos de Félix, un joven poeta centroamericano que se refugia, a fines del siglo XIX, en un evocador país al sur de Latinoamérica. Dos años marcados por las turbulencias de un país al borde de la guerra civil y por la escritura de un libro destinado a afirmarse como “el umbral de una nueva poesía”. Pronto reconocemos en Félix al poeta nicaragüense Rubén Darío, y en Índigo – aquel opúsculo “inquietante” surgido de su viaje – a Azul, libro emblemático publicado en Valparaíso el año 1888, tres años antes de la insurrección oligárquica que acabaría con el suicidio del presidente Balmaceda. Como confiesa en algún momento el personaje, sin embargo, “relatar episodios que ya han sucedido hace tiempo es intentar reconstruirlos en parte y, aunque uno no quiera, la imaginación siempre logra entrometerse en ese delicado asunto. De hecho, la imaginación que intenta ser fiel quizá es más verosímil que los recuerdos que se presentan desnudos ante la pluma y la memoria, desnudos y secos como un hueso”. En este vaivén entre relato histórico, recuerdo e imaginación poética, la novela va construyendo una especie de juego de espejos, en el que los viajes del propio Bruno parecen filtrarse en el de Rubén Darío, ofreciéndole a su autor la ocasión de un retorno diferido al país natal.

Bolaño definió alguna vez la poesía de Bruno como una escritura hecha “de sangre” y “de pinceladas suspendidas en el aire”, descripción que perfectamente podría aplicarse también a Efímera. Compuesta por quince capítulos breves y un epílogo, la novela traza un cuadro – aunque Bruno preferiría las metáforas musicales – agudo y sensible sobre la vida poética, el viaje y los alcances mordaces, a veces inciertos, siempre descentrados, entre poesía y política. Pero allí, justamente, asoma también la sangre: aquella que se adivina tras la inquietante conformidad de los aristócratas chilenos que Félix cruza en su viaje, cómplices o autores de un crimen pasado o por cometer. En esta tensión muda que atraviesa el relato se perfila una aproximación singular al tema de la literatura y el mal, que no deja de resonar con la del propio Bolaño. Quizás por eso, en Los detectives salvajes, éste bautizó al alter ego de Bruno como Felipe Müller: nombre que, según cuenta el propio Bruno, haría referencia al judío eslovaco Filip Müller, sobreviviente del Holocausto y autor de un testimonio estremecedor titulado Tres años en las cámaras de Gas (1979). Una vinculación extraña, pero que entraña quizás la huella de una sensibilidad política y literaria común: la que, en Efímera, Bruno encarna en la resistencia poética de Félix frente a la labor literaria enajenada, y en la tarea imposible, pero irrenunciable, de preservar la dignidad en las zonas grises de la existencia.

Cabe recordar, además, que Bruno Montané trabajó – y sigue trabajando – como corrector literario. Su obra puede leerse, tal como dice un poema del recientemente publicado Un largo solo, como un “Diario mascullado […] en medio del fragor y el final de las tareas”. En la tensión entre el estrépito de las máquinas de imprenta entre las que se aloja Félix a su llegada a Chile, y la hermosura extraña de los versos de su Índigo se esconde, acaso, otra pista de la afinidad secreta que une a Bruno con la aquí fraguada figura del gran poeta centroamericano.

El 16 de septiembre, nos reunimos con Bruno en la azotea del edificio donde vive en el Raval, y conversamos sobre Efímera, su relación con Darío y el sentido poético, político y musical de su prosa.

¿Cómo surge esta novela? Es decir, ¿de dónde viene el deseo de lanzarte a escribir narrativa luego de toda una vida dedicada más bien a la poesía?

Esta novela viene de la insistencia en intentar escribir otra cosa, lo que en parte tiene que ver con la influencia y la amistad con Roberto [Bolaño]. Bueno, ¡no le voy a echar la culpa a él! Pero sobre todo estaba la idea de salir de lo que uno hace normalmente, es decir, no hacer siempre lo mismo, no repetirse. Siempre me pareció importante insistir en escribir otra cosa, poemas distintos, o incluso intentar aprender el arte de narrar. En este sentido, Efímera es una novela de aprendizaje: tanto por el tema cómo por esta intención de aprender a narrar. Ahora bien, no se trata realmente de mi primera novela. Escribí ya dos antes, que nunca publiqué. Incluso llegué a presentar una para el premio Anagrama 1994-1995. Se llamaba Ruido blanco, y trata sobre un grupo de músicos que van a la deriva por una ciudad arruinada, inspirada en Barcelona. Con Efímera, sin embargo, sucedió algo distinto. Fue el primero de estos relatos que encaré realmente con ganas, y de hecho encontré la entonación de inmediato. Es decir, cuando una frase te hace llevar a la otra, y así: de principio a fin, me sentí conectado con la narración. Era como tener una casa grande de la que uno podía salir y luego volver, ir hasta el último cuarto, prender la lámpara, sentarse y seguir escribiendo.

La escritura, en todo caso, fue un proceso largo, que se extendió por casi 20 años. Tenía las primeras páginas en un cuaderno y Roberto alcanzó a leerlas antes de su muerte. Debe haber sido hacia el 2002. Me acuerdo que le gustó y creo que me dio su bendición. Otra epifanía que tengo presente es el año 2006, estar con mi hijo Paul, en Bremen, escribiendo algún capítulo, y mi hijo, al frente, que hacía lo mismo, es decir, que escribía o dibujaba mientras yo, al mismo tiempo, hacía la comida.

Dejé el texto cuando me pareció haber encontrado una pausa abismal, un momento en el que bien podría haber continuado, pero que también me permitía salir, fugarme de la atención suprema. Y luego vino la publicación, que fue como un rescate. 20 años de trabajo, que pasaron a la vez muy lento y muy rápido. Sin embargo, esa trama podría haberse extendido mucho más.

Aunque no lo mencionas directamente (aparte de los epígrafes), uno comprende rápidamente que el relato va sobre Rubén Darío, y su estancia en Chile entre el año 1886 y 1888. ¿Qué te llevó a querer escribir sobre Darío?

Bueno, la génesis de esto fue que había leído una biografía escrita por un chileno sobre Darío –creo que era la de Jaime Concha, aunque no quiero hacer acusaciones falsas– y que, sospechosamente, en ella se dedicaban muy pocas páginas sobre lo que había pasado con él durante su viaje por Chile. Yo ya había estado hojeando la autobiografía de Darío, y al ver esto, fue como que me piqué. Es decir, “¿qué le pasa a Chile con Darío?”, me pregunté. ¿Qué hay con esta joven gloria que pasó por Chile? Y en realidad, más precisamente: ¿qué le pasa a los cuicos chilenos con Darío? [Risas].

Pero, con todo (y esto es una aclaración muy importante, aunque es una aclaración que de alguna manera sabe a justificación), sé que no puedo defender el proyecto de la novelita como una novela histórica. No sé si caigo en algo así como una contradicción, pero la verdad es que no me interesa presentarla como una novela histórica. Esto a pesar de que es un claro homenaje presentado como una verdadera diacronía, es decir, que aprovecho cosas que realmente sucedieron y que luego han sido montadas con una contextualización distinta.

Esta estructura en episodios la tuve clara desde el comienzo. Muy temprano también, tuve claro hacia dónde iba, y, de hecho, antes de la mitad de la novela, tenía claro cómo quería que terminara. Se trata de una suerte de epifanía que es al mismo tiempo social y solipsista, y que remite a un episodio que el mismo Darío relata en su autobiografía, cuando, al pasar por Panamá, ve en el puerto a unos hombres enjaulados, trabajadores o esclavos que se habían atrevido a protestar por las condiciones de trabajo, y él, horrorizado, decide no poner los pies en aquel país. Es verdad que la novela podría haber seguido. Alguien, de hecho, me dijo: ¿por qué Darío no se baja y lucha, en vez de quedarse ahí, aterido y muerto de asco, tendido en la cama escuchando el horror del mundo? Y en realidad, claro, esa podría haber sido otra posibilidad. De hecho, en algún momento pensé en que Darío se quedara en Chile y se fuera a pelear junto a los mapuches: no hay que olvidar que él tenía ascendencia indígena, y que de esta manera, podía de algún modo entrar en aquel mundo reivindicando su propio pasado. Pero claro, eso ya sería otra novela. Darío lo que hace es quedarse ahí acostado, descansando la cabeza no solo sobre la almohada sino que también sobre el abismo.

¿Cuál era tu relación con Darío antes de lanzarte a la escritura de este libro?

Pues una admiración más bien lejana y musical. Musical en un sentido muy arraigado en la tradición latinoamericana, donde representa, a mi parecer, un caso único en el castellano, donde la métrica está llevada al fluir sanguíneo y a la epidermis con un ritmo absolutamente innegable y maravilloso. Me gustaría saber qué música escuchaba el joven Darío, porque su escritura es como la resonancia neuronal de algo que deja huella en toda la obra. Puede que la marimba haya jugado un rol: en Centroamérica hay marimberos, igual que en México, donde tuve ocasión de escucharlos muchas veces.

Bueno, tú también eres saxofonista… ¿Crees que esa musicalidad estuvo de algún modo presente en tu propio proceso de escritura?

Sí, puede ser. Pero si estuvo presente no vino tanto de los ritmos folclóricos como de la música de cámara, que de alguna manera me permite pensar la triquiñuela estructural de la novela. Es decir, la imagen de la música de cámara me parece apropiada para la diacronía, donde uno va escogiendo hechos, rasgos, elementos evocativos, y los lleva a cierta tensión dramática que luego desembocan en una resolución autónoma: la epifanía. Tal vez por eso el resultado me haya llevado a un lugar intermedio entre la historia y el sueño. No se trata de acumular un montón de datos, sino de coleccionarlos y montar con ellos la escena al modo de una melodía.

Esto me remite a la cuestión de la voz, otro aspecto muy importante de la novelita, que para mí buscaba ser a la vez homenaje y ejercicio de estilo. “¿Qué hago?”, me pregunté entonces: “¿me leo entero a Darío y hago una especie de refrito, un desplazamiento levemente mimético de su propia voz? ¿O intento otra cosa, un punto de vista distinto pero que, digamos, consiga generar una presión mental, una sedimentación que me permita crear una voz propia, a la vez contemporánea y antigua?” Y claro, elegí la segunda opción…

¿Por qué decidiste no mencionar los nombres reales de tus personajes? Es decir, tanto el del propio Darío, que en tu libro se llama Félix, como los personajes históricos que aparecen en la trama: el Presidente Balmaceda, su hijo, etc. ¿Quisiste tal vez hacer un juego?, ¿montar un enigma?

Bueno, queridos entrevistadores: ¡es que el nombre de Darío era Félix Rubén! Y Félix, por supuesto, es también Feliz. Todo viajero es en el fondo un viajero feliz. Lleno de horror, pero feliz. Y mi libro es antes de todo un homenaje.

Pero si, en todo caso, así como no puedo defender la idea de la novela histórica, sí puedo asumir la idea del enigma. De hecho, tuve incluso la tentación de jugar con alguna línea de escritura inspirada de la novela negra. Porque, si mi personaje se iba con los mapuches, para qué se habría ido allí, sino para resolver un crimen. Algún crimen tramado por la aristocracia chilena, sobre el cual Darío conociera todos los secretos. Pero ojo, ya desde los epígrafes, el lector puede advertir que la novela va sobre Darío. Entonces, no puedo decir realmente que haya un secreto allí. De hecho, un crítico español muy virtuoso fue capaz de desmontar todas las referencias del libro, como quien dice, desarmó el reloj de las humildes andanzas del joven Félix en Chile. Desmontó el enigma, por así decirlo (si bien no dijo casi ninguna palabra sobre la calidad de la novela).

¿Habrá que inferir que el verdadero enigma es la poesía?

Es que, claro, aquí nos topamos con la gran idea de Bolaño y, antes que él, de Joyce: que la mejor poesía del siglo XX ha sido escrita en prosa. No hablo de mi novela, por supuesto. Pero justo en estos días estaba leyendo El Entenado de Juan José Saer y, ya hacia el final, tuve que frenar la lectura, ir muy despacio, porque me contagió la minuciosidad e intensidad de su prosa, donde todas las frases están tan perfectamente urdidas como un poema. Y de hecho por ahí, en mi novela, puse a un personaje que ciertamente daba para más, el tal capitán Yoyer, que en algún momento declara que si bien él también escribe versos, no escribe poesía, porque la poesía la vivió en los siete mares: la poesía y el horror. Me parece que la narrativa permite hundirse en esa mezcla. Ahí nos encontramos otra vez, entonces, con el tema del terror, el misterio, el enigma y la búsqueda.

Algo que nos pareció notar también a la lectura del libro, es que los personajes, las figuras, parecieran estar en una intimidad que remitiera de algún modo a tu propia memoria. Es decir, no nos pareció anodino que se trate de una novela de aprendizaje: el aprendizaje del viaje y de la poesía, lo que de alguna manera nos hizo pensar en tu propia experiencia desde que saliste joven de Chile a México, y luego de México a Barcelona, siempre en relación con la poesía.

Bueno, claro, en la medida en que se trata de la novela de un joven poeta que viaja, hice de algún modo la trampa de colarme o sumergirme en ella. Hay como una especie de efecto espejo, que remite en parte a mi propio viaje, cuando me vine a vivir a Barcelona. Aunque claro, hay que decirlo, a mí no me fue tan bien al comienzo como a Darío. ¡Ni tampoco al final! Pero sí, de mi parte hay algo así como un regreso diferido y enmascarado. Y, de hecho, en mitad de la escritura de la novela sucedió mi primer regreso a Chile, treinta años después de haber partido. Fue el 2004, cuando me tocó acompañar a [Leopoldo María] Panero. En este sentido, el libro era como una posibilidad de viajar otra vez, de otro modo, y con ello, es todo un territorio el que se abría para ir produciendo otras conexiones.

¿Por qué “Efímera”? ¿Se trata de un adjetivo con el que buscas calificar algún aspecto de la historia (la juventud, el viaje) o de otra cosa más?

Bueno, consideré en realidad también otro título, más testimonial: “El pasajero del Uarda”, en referencia al barco en el que Darío viajó a Chile. Ese podría quizás haber sido el título para la novela negra, o para una crónica. Pero en realidad, la idea de “Efímera” venía ya de antes y proviene de una práctica que tengo para escribir poesía, donde muchas veces pienso en un sintagma, un sintagma que me convoca, que me hechiza, y luego lo anoto. En la parte final de mis libretas suelo escribir una lista y, según el deseo de escribir del día, voy ocupando estos sintagmas que se convierten en el verdadero disparadero del poema. El sintagma puede entonces servir de título, pero funciona sobre todo como una especie de cifra, una vibración neuronal en la que se concentra el momento concreto en el que uno escribe: tal día y tal hora, el instante exacto en el que esa palabra se presta a revelar o entregar algo. Con “Efímera” me pasó entonces algo similar. El título surgió de pronto, sugiriendo el tono que quería usar para la novela. Y, de hecho, en un primer momento me puse como loco buscando efímeras en la poesía de Darío, con el miedo de encontrarme con una y que la referencia no me gustara. Las efímeras, como saben, son insectos que aman el pelo de la gente, pero que viven sólo durante un día: crecen, vuelan, pierden las alas y luego mueren, todo en un día. Y claro, yo expando esto a la idea del viaje corto. Aunque dos años y unos meses, que es el tiempo que pasó Darío en Chile, no es tan poco. Ahí aparece de nuevo el juego de espejos, el misterio espacial de la simetría: dos años y tanto es también el tiempo que yo viví en México.

Hacia el final del libro, hay un momento en que recordando, ya a la distancia, su paso por Chile, Félix se lamenta de no haber encarado a toda esa aristocracia con la que le toca codearse, de no haberles dicho lo inmerecido de sus privilegios, y entonces define su propia posición o postura poética como la de “una vida y una obra vividas por y contra el poder”. ¿Qué sentido tiene esta consigna en tu novela?

Bueno, eso viene del aspecto programático de la novela: joder al cuiquerío chileno de la época. Y de hecho, es el propio Darío quien, en su autobiografía, hace esa reflexión, de que debería haber encarado a toda esa gente. Recuerdo una vez un viaje a Logroño, con Vila-Matas Rodrigo Fresán e Ignacio Echevarría, donde yo iba leyendo esa autobiografía, y ellos me miraban extrañados, así como preguntando: “¿qué hace este infrarrealista leyendo a una de estas glorias del Canon, un poeta tan oficial?”. Pero, aún ahí, lo que a mi interesaba marcar era la diferencia del poeta respecto de todo ese mundo. Como dice Félix en un momento de la novela, hablando de uno de esos tipos: “él, un pez en el agua; yo, un papagayo en el desierto”. Por eso la reflexión sobre el poder. Puede ser, sin duda, que ahí me haya puesto un poco panfletario. Pero el panfleto, no hay que olvidarlo, es un gran género literario, y hay que reivindicarlo. Yo tengo una admiración enorme por el Manifiesto del Partido Comunista. Entonces, esa fórmula daba quizás para mucho más. La crítica podría haber sido formulada mucho mejor. Pero bueno, así termina. El poeta que enuncia su pequeño y modesto manifiesto. Y todo lo demás queda para una segunda novela. O incluso para la póstuma, si hay fuerzas para soñar o escribir otra.

Efímera, de Bruno Montané. Lom ediciones, 2025.

Samuel Monsalve

Samuel Monsalve (1989) vive en París y es traductor al francés. Ha traducido, entre otros, Consejos de un discípulo de Marx a un fanático de Heidegger, de Mario Santiago Papasquiaro, publicado en Francia por la editorial Allia el año 2023.

Nicolás Slachevsky A.

Santiago, 1991. Doctorante en filosofía y miembro del equipo editorial de Carcaj.

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