Fondos de cultura y hambre. Informe de rendición
Sres.
Ministerio de las torturas, las hambres y el insomnio
Presente
I. RENDICIÓN
Estimados/as Sres/as. de la cultura, por medio del presente informe y en conformidad con los procedimientos establecidos, declaramos lo siguiente:
Nos rendimos.
Ya no podemos soportarlo más: llevamos años intentándolo y hemos hecho todo lo que está en nuestras manos, pero ya no somos capaces de cumplir con sus requisitos, plazos y documentos.
Hemos postulado a diferentes convocatorias, a distintas líneas concursables, pero no hay caso. Ya perdimos la cuenta de cuántos proyectos llevamos formulados, postulados y repostulados, con la esperanza de solventar alguna parte del trabajo que realizamos constantemente, en nuestros tiempos escasos y de forma voluntaria. Y si no, ¿quién lo patrocina? ¿Debemos intentar transformarlo en un producto y venderlo en el mercado? ¿O acaso seguir insistiendo en convertirlo en proyecto concursable, apto para competir en los juegos del hambre de la cultura?
Lo sentimos, pero ya no podemos seguir cumpliendo con sus exigencias. Hemos intentado por todos los medios darles en el gusto, adaptarnos a su paladar exquisito. Hicimos siempre lo que nos pidieron: les bailamos, les cantamos, escribimos novelas, ensayos y poemas; respetando siempre la interculturalidad, la diversidad, el patrimonio y las identidades locales. Intentamos hacer proyectos que fueran inter, multi, trans, deco, post, neo. Respetuosos con el medio ambiente y a la vez promoviendo la ciudadanía digital. Descentralizados pero considerando múltiples audiencias.
¿Qué más quieren, Sres.?
Hemos revisado las bases de pies a cabeza. Incluimos cartas de compromiso, apoyo y cesión de derechos, y todo cuanto se podía documentar. Reducimos al mínimo nuestros honorarios para cumplir con las expectativas del mercado. Trabajamos gratis incluso para ustedes cuando fue necesario, aún sacrificando el sueño y la salud. Y todo por una letra en blanco, la promesa de algún depósito que nos librase por un año de la precariedad.
Pero nada es suficiente. No nos queda más que ofrecer nuestra completa rendición.
¡Por favor, tengan piedad de nosotros! Reconocemos que en alguna ocasión pasada malgastamos el dinero que nos entregaron, pero ya hemos aprendido la lección. No fuimos buenos administradores de nuestra pobreza. Hicimos mal las cuentas, nunca nos capacitaron para eso. Y también hubieron gastos que no contemplamos cuando formulamos el proyecto. ¡Es que se demoran tanto en revisar! Pensamos que nos iba a alcanzar, ¿para qué pedir más? No consideramos la locomoción, ni el snack, ni el aumento del precio del gas y la luz. Ustedes saben que todo sube y no deja de subir.
Sres. de la cooltura, sepan ustedes perdonarnos por nuestros errores y fracasos. Lamentamos haberlos defraudado. No olviden que siempre hemos estado para servirles, atentos a cualquier nueva línea de concurso que generosamente decidieran abrir, para dejarnos caer como aves carroñeras sobre un cadáver abandonado. Ustedes saben que somos artistas, es decir muertos de hambre, es decir que cualquier cosa nos sirve.
II. ANTECEDENTES
Bien saben ustedes, Sres., cuánto nos ha costado intentar ser dignos de su reconocimiento. No ha sido fácil para nosotros tratar de traducir nuestros impulsos creativos en formatos estandarizados e indicadores de impacto.
Tampoco ha sido fácil pasar cada año largas jornadas frente al pc, rellenando formularios, justificando presupuestos y consiguiendo documentos de respaldo, para ir a competir con nuestros pares como si se tratara de una lucha a muerte por un miserable botín.
¡Si tan solo pudiésemos comprender algún día cuáles son los criterios con los que deciden qué arte es financiable, qué tipo de producción artística merece realmente apoyo para poder existir!
¿Cuántos proyectos nos han sido rechazados, por motivos misteriosos que escapan a nuestro limitado entendimiento? Una vez nos rechazaron por no cumplir con el criterio de paridad, en un equipo de trabajo de… 3 personas. Otra vez, por no incluir detalles del “plan de digitalización”. Pero nuestro proyecto nunca consistió en digitalizar nada. ¿Se trataba de algún mensaje secreto que no supimos descifrar? A un conocido le rechazaron un proyecto por no tener título universitario. ¿Se habrá tenido que matricular en alguna carrera para ser digno de ustedes? A otro le rechazaron su proyecto, no sin antes felicitarlo por incluir indígenas, pero reprochándole «no saber aprovecharlos bien». ¿Debemos aprovecharnos de otros y transformarlos en recursos para lograr ser seleccionados?
Otros amigos se adjudicaron un fondo para hacer una obra de teatro, recursos que terminaron siendo insuficientes para un proceso de creación que se alargó y complejizó más de lo previsto. Solicitaron una prórroga, terminaron gastando más de lo contemplado y poniendo plata de sus bolsillos, endeudándose, haciendo completadas y rifas para reunir financiamiento y lograr concluir el proyecto. Entonces, ¿adjudicarse un fondo significa arriesgarse al endeudamiento?
Y cuando hemos tenido la oportunidad de rendir un informe final, nunca hemos recibido respuesta. Hay preguntas que nos acompañarán para siempre: ¿Lo hicimos bien? ¿Aprobamos? ¿Tuvimos el honor al menos de ser objeto de su revisión? ¿Habrá alguien que haya tenido el privilegio de recibir su evaluación tras una rendición?
Nunca olvidaremos el día que fuimos a entregar un informe a sus oficinas, en plaza Sotomayor, y especialmente a la Sra. que nos recibió, mientras naufragaba solitaria entre cerros de papeles y carpetas, para explicarnos amablemente que nuestro supervisor no nos podía atender porque estaba con licencia por estrés. La Sra. aprovechó la ocasión para quejarse desconsoladamente por las condiciones insufribles de un trabajo tan excesivo como insoportable. Habíamos ido a golpear la puerta buscando una institucionalidad cultural, ¿y qué hallamos? Un castillo de hojas sin leer custodiado por una viejita explotada. ¿Es eso en realidad el famoso Consejo de la Cultura (CNCA)?
Ustedes entenderán de cerca, Sres. de la cultura, la situación desesperada en la que nos encontramos, porque, como se puede ver a simple vista, las condiciones de sus trabajadores no son menos precarias que las nuestras. Por favor, dígannos: ¿cuántas veces se han ido a paro los funcionarios del Ministerio en los últimos años?
Hubo una compañera que se adjudicó un fondo que incluía gastos de contratación a trabajadores extranjeros, residentes fuera del país. Como no tenía idea de cómo hacer eso, envió decenas de correos a su supervisor, que nunca fueron contestados. Estudió los documentos legales, la letra chica, y se asesoró hasta con abogados para no cometer algún error. Nunca recibió una respuesta. Finalmente, una vez rendido su proyecto, recibió un correo de felicitaciones del Ministerio, donde se le pedía si podía hacer talleres de capacitación sobre cómo contratar trabajadores extranjeros. Todo gratis, por supuesto.
Otra amiga se adjudicó tres fondos para este año. Cuando la felicitamos, en vez de alegrarse, dijo que en realidad se sentía triste por las consecuencias de haber postulado esos proyectos que apenas le permitirían asegurar cierta estabilidad económica durante el año: dormir poco, alimentarse mal, trabajar durante largas jornadas encorvada frente al computador. Llegó a sentir náuseas, mareos, inestabilidad para caminar. Altos niveles de cortisol y tensión muscular le provocaron vértigo, por el cual tuvo que someterse a un tratamiento médico. Con tristeza, decía no poder evitar sentir que haber “ganado” validaba que esa era la única manera de tener éxito en esto: enfermarse trabajando por ello.
Tanto proyecto, tanta postulación y trabajo no pagado, nos produce vértigo. Y cada año sentimos exactamente lo mismo: que nos caemos a un abismo de miseria sin fondo ni salida posible.
Lamentablemente, nuestra salud y economía dependen de su selección anual. Al ser el único sistema de fondos públicos para la cultura en este país, la no adjudicación equivale a la cesantía masiva de los artistas que trabajamos sin estabilidad, previsión ni derechos laborales, dedicándonos a distintas cosas para poder subsistir.
Porque, en definitiva, ¿qué otra alternativa tenemos? ¿Buscamos mecenas, coleccionistas, patrocinadores? Seamos honestos: ¿quién estaría dispuesto a financiarnos? ¿Qué empresa, ricachón o filántropo querría apoyar cualquier forma de arte que se atreva a cuestionar o impugnar el orden social del cual se beneficia? ¿Quién financiaría realmente un arte que intente crear, sentir o pensar otros modos de existencia, o que se atreva a denunciar la miseria a la que se nos quiere acostumbrar?
¿Debemos entregarnos a la autogestión? Cualquiera que se haya lanzado a la calle a vender su arte sabe bien lo insostenible que es a largo plazo. La autogestión, cuando no es colectiva, solo se traduce en otra forma de autoexplotación.
Es evidente pues, Sres., que no tenemos otra opción más que recurrir a sus Fondos para financiar nuestro trabajo, aun si es a costa de precarizar nuestra labor, y asumir todas las responsabilidades del caso. Sin orientación ni asesorías, como trabajadores culturales asumimos la responsabilidad de crear las audiencias, gestionar los recursos, generar las estrategias de difusión, así como también asumimos el peso de los fracasos del sistema.
Y como el juego siempre puede ser aún más divertido, los ganadores de entre nosotros son tentados para trabajar como evaluadores en los próximos concursos, y así también tener en sus manos la responsabilidad de seleccionar a sus pares.
III. APELACIÓN
Admitámoslo de una vez por todas: aún no tenemos idea de qué es la cultura, ni mucho menos de cómo se sobrevive en este país siendo artista o “trabajador cultural”, como le dicen. ¿Renunciamos a distinguir entre las lógicas de la creación artística y las del mercado, o bien nos resignamos a seguir repitiendo el mantra del arte por amor al arte, desconociendo toda condición de trabajo en la producción artística, por siempre relegada a “pasatiempo”?
Lejos de la cultura como experiencia de creación colectiva, es la cultura mercantil lo que domina todo. Bajo la máscara de justicia y acceso a “bienes culturales”, no encontramos más que estímulo al consumo y precarización laboral. Basta con ver la implementación del Pase cultural, donde la cultura es ofrecida a los jóvenes en formato de voucher. Y mientras los espacios culturales luchan cada día para no morir, los trabajadores de las artes nos confiamos enteramente a los fondos concursables que ponen a competir proyectos individuales, sin construcción de tejidos sociales que perduren en el tiempo. En este verdadero impasse cultural, lo que importa solo es aumentar el consumo de bienes, a costa de hundir a los trabajadores que producen las obras.
Parece aquí haber un muerto que nadie quiere reconocer, y es que la cultura en este país es solo una pantalla para facilitar la inyección de dineros fiscales en corporaciones privadas, ya sea a través de la evasión tributaria o mediante “ventanillas abiertas”, donde negocios culturales van a competir contra un montón de miserables artistas hambrientos que buscan una oportunidad para financiar su trabajo. ¿Y qué pasa con el resto de la política cultural? Se reduce a crear consumidores, a hacer de todo un producto comercial.
Dependencia y servidumbre, decía Adorno, son los objetivos últimos de la industria cultural. ¿Pero podemos llamar siquiera a esto una “industria”?
¿Qué es lo que hace, a fin de cuentas, el CNCA, aparte de la administración burocrática de un pozo millonario para las iniciativas culturales? ¿Es eso lo que llaman “garantizar el derecho a la cultura”? ¿Promover, en el fondo, el combate silencioso entre los propios artistas y trabajadores culturales?
¿De qué se habla entonces cuando se habla de “cultura”? ¿De la cultura mercantil, de las galerías cuicas y de stgo a mil, a diez mil, cien mil? Pagar diez lucas para ir a ver una obra europea al centro de la capital. ¿Es eso para ustedes cultura? ¿Y qué es entonces lo que hacemos nosotros, en nuestros barrios y en las calles? ¿Qué es lo que se hace día a día en las plazas, en los semáforos, en las veredas o en las micros? ¿Es eso cultura para ustedes?
¿Y qué es esto que escribimos, que no se parece a un ensayo ni a un poema, que definitivamente no es novela ni “puro cuento”? ¿Es arte, es cultura, es contracultura? ¿En qué línea concursamos? ¿Hay acaso alguna línea abierta para nosotros?
Ya basta. Nos rendimos.
El problema del fondo de la cultura, Sres., parece no tener fondo.