Foto: Héctor Mérida Céspedes
Jornadas por la vida. Una historia de las y los militantes de derechos humanos en dictadura
“Jornadas por la vida. Una historia de las y los militantes de derechos humanos en dictadura. Arica 1983-1989” de Felipe Delgado Torres, es, ante todo, una historia situada. No solo por su foco en la ciudad de Arica, tan distante de las narrativas centrales de la historia reciente chilena, sino también por su apuesta teórica y metodológica de recuperar las formas en que un conjunto heterogéneo de mujeres y hombres hicieron de la defensa de los derechos humanos un campo de militancia, de experiencia y de elaboración colectiva frente a la violencia dictatorial. Desde la introducción, el texto se posiciona con claridad: se inscribe en la historia reciente, pero con una lectura atenta a los cruces entre memoria, archivo y emociones. En este sentido, hay una filiación con los trabajos que, desde América Latina, han entendido la historia de las resistencias no solo como registro de lo ocurrido, sino como disputa por los sentidos de lo vivido. Y eso exige –como en este caso– una escritura que no despoja a los sujetos de su palabra, sino que más bien los restituye en su densidad histórica, política y emocional. En su historicidad como menciona el autor.
El libro estructura su recorrido en tres momentos cronológicos. El primero, entre 1980 y 1983, da cuenta del contexto de represión en Arica y de la paulatina reorganización social que se va tejiendo desde abajo, en buena medida amparada por la Iglesia, pero también por redes laicas de solidaridad y compromiso. Aquí el foco puesto en las prácticas cotidianas no es menor, puesto que son aquellas acciones las que permitieron tejer una red de sostén a la comunidad en las condiciones de violencia y represión extrema que vivía el país: acompañamiento, escucha, pedagogía, enseñanza, autoformación, denuncia. Tareas diarias que permitieron de alguna manera hacer frente a la dictadura y sus ínfulas todopoderosas en contra del pueblo. En la calle, en lo represivo, en el amedrentamiento, en el dolor, en lo legal incluso cuando todo el aparataje judicial respondía a los intereses y estaba dominado por el poder dictatorial. Lo que emerge, como el autor menciona someramente, es una nueva cultura política, no necesariamente partidista (a propósito de las condiciones del país, pero también por la forja específica de este nuevo espacio de subjetividades militantes), pero sí política y profundamente ética y solidaria.
El segundo capítulo aborda el ciclo de las protestas nacionales entre 1983 y 1986, momento en que el movimiento de derechos humanos en Arica alcanza un protagonismo considerable. Frente a la represión del Estado, estos organismos desarrollan múltiples estrategias, que abarcan desde la formación en derechos humanos y las campañas públicas, hasta las acciones artísticas y territoriales. Esta parte del libro permite pensar, como sugiere James C. Scott en Los dominados y el arte de la resistencia, que la lucha no se dio solo en el escenario visible y coyuntural, sino también en un cotidiano infrapolítico, encarnado en los códigos compartidos y en el trabajo silencioso y persistente de mantener una dignidad colectiva.
El tercer capítulo, centrado en el período 1986-1989, muestra cómo el movimiento persiste y se transforma más allá del momento álgido de la protesta. Aquí el foco se desplaza hacia las memorias, las transiciones y la continuidad de una militancia no necesariamente encuadrada, pero sí articulada en torno a la defensa de la vida. El autor muestra que la historia no termina con el cese oficial de la violencia más explícita, sino que se prolonga en los cuerpos, en las trayectorias, en las preguntas sin respuesta. En ese sentido, el libro también dialoga con autores como Elizabeth Jelin, en su interés por la persistencia de las marcas del trauma y la memoria social, que lejos de cerrarse, se activan y reactivan en distintos contextos.
Uno de los aspectos relevantes del libro es el uso del archivo como espacio de producción de memoria y resistencia. No se trata aquí de una colección documental pasiva ni de una reconstrucción aséptica del pasado, sino de una práctica activa de reinscripción de la experiencia militante en los márgenes de la historia oficial. El trabajo de Felipe construyendo el “Archivo Interno del Movimiento de Derechos Humanos de Arica” (AIMDHA), a partir de los documentos recopilados por los propios actores del movimiento de derechos humanos de la ciudad, constituye una forma de hacer historia desde los pliegues, desde lo que fue guardado para el futuro, para las generaciones venideras, y por qué no, para saberse a sí mismos protagonistas de un momento clave de la historia reciente. Este ejercicio también permite recuperar ese ethos constitutivo de sus identidades generacionales, forjadas al alero del dolor, de la brutalidad, del horror diario al que no nos podemos acostumbrar jamás, pero también de la resistencia, del colectivo, de los bastiones de esperanza y refugio que fueron formados ante la adversidad.
Esa materialidad conformada por cartas, boletines, fotografías, listas de detenidos, proclamas, entre otros elementos, es también una forma de testimonio. El autor lo sabe y lo honra: ese gesto de archivo es también un gesto político que nos recuerda que hay documentos que aún esperan ser leídos, testimonios que aguardan ser escuchados, verdades que aún no encuentran justicia. Y particularmente, en lo que nos atañe a quienes trabajamos historia reciente con sus protagonistas, un tiempo que apremia. En ese sentido, los testimonios compartidos por 9 mujeres y 7 hombres que integraron la Comisión Chilena de DDHH, el Servicio de Paz y Justicia, SERPAJ, y el Movimiento Contra la Tortura Sebastián Acevedo, todas en sus filiales de Arica, y que fueron entrevistados por Felipe, adquieren un valor inconmensurable, les ha dado forma y espacio en las páginas de la historia, un testimonio que ya ha quedado inmortalizado.
Otro de los aspectos valorables del libro salta a la vista. Su apuesta por descentrar la historia. Al trabajar desde Arica, Felipe no sólo nos ofrece una historia «desde la región», sino que rompe con la idea de que lo relevante ocurre siempre en el centro. Esta descentralización no es decorativa ni coyuntural, sino parte del enfoque y también nos viene a invitar a volver a mirar nuestras historias locales. Como han planteado historiadores como Mario Garcés, pensar las resistencias desde lo local permite no solo diversificar las fuentes, sino también comprender las múltiples formas en que se materializó la lucha contra la dictadura. Incluso con sus propios tiempos, dinámicas y espacios, que escapan al cotidiano del centro. En este caso, Arica no es un ejemplo de lo nacional: es un territorio con una historia propia, con sujetos con agencia, con modos específicos de entender y vivir esta militancia que se estaba gestando, incorporando también elementos característicos del lugar habitado, los que otorgan matices de bastante interés investigativo para comprender las subjetividades político-sociales configuradas en la zona. Como el propio autor menciona en ocasiones, el carácter multicultural de una ciudad fronteriza otorga ciertas particularidades que permiten entender el desarrollo del movimiento en la región y que incluso, nos podríamos aventurar a decir que este trabajo eventualmente podría hablar sin problemas desde la interseccionalidad.
Al respecto, es ineludible mencionar el lugar de las mujeres en esta historia. Aunque el texto no construye una narrativa en torno al género, sí permite leer –en los testimonios, en las acciones, en las formas de resistencia cotidiana– la centralidad del trabajo sostenido por muchas mujeres ariqueñas. Mujeres que cuidaron, organizaron, escribieron, denunciaron, escondieron, acompañaron duelos, criaron bajo vigilancia, buscaron a sus familiares, fueron presas, exiliadas, torturadas o amenazadas. El libro muestra, sin subrayarlo, cómo el movimiento de derechos humanos desde sus orígenes se constituyó como un espacio de militancia con alta pertenencia de mujeres, no siempre reconocido como tal. Algunas de ellas eran esposas, madres o hijas de presos políticos, detenidos desaparecidos o ejecutados políticos; otras eran dirigentes sociales, profesionales, educadoras o pobladoras. Pero más allá de aquel rol, todas compartían una ética activa de cuidado y acción, que en muchos casos fue el soporte de la organización colectiva. En ese sentido, hay una línea que vincula a estas mujeres con las actuales luchas feministas, por la memoria, la justicia y por la vida digna. No porque se pensaran ni mucho menos se autodenominaran feministas entonces –aunque algunas, en la práctica, ya lo fueran—, sino porque encarnaron, muchas veces en soledad o en redes de mujeres, una resistencia política, ética e incluso corporal. Incorporar esa mirada de género a la historia reciente no es sólo una cuestión de equidad o justicia historiográfica. Es también reconocer que, sin ellas, esta historia no existiría.
En términos metodológicos, el trabajo se sostiene sobre una base sólida: archivo institucional, comunitario y personal, entrevistas personales, prensa local y oficial, documentos internos, fotografías, entre otros. Pero más allá de la diversidad de fuentes, lo que destaca es la forma en que estas se articulan. Hay una ética de la escucha, imprescindible para todo historiador oral. Las entrevistas no son adornos ni ilustraciones: son parte activa del análisis, y permiten acceder a una dimensión afectiva de la experiencia que muchas veces se pierde en el lenguaje de la academia. Aunque existen muchas miradas suspicaces al respecto, incursionar en una historia de estos afectos, de estas emociones resulta también un interés relevante, dada una experiencia anclada en cuestiones éticas, morales y altamente emocionales. ¿Cómo no contemplarlo en un estudio sobre los días en que el horror gobernaba las calles y el impacto emocional fluctuaba en un constante vaivén por la realidad observada y experimentada en carne propia? “Si tú me preguntas por qué lo hacíamos, era amor, puro amor por tu pueblo, de querer sacarlo de esta situación en que vivíamos, amor a la memoria de la gente que perdió la vida (…) por ese amor nos levantamos”. Son palabras de Kika Cisternas, una de las entrevistadas, militante de derechos humanos.
Concepto que, tal como lo desarrolla el autor, es otro de los aportes significativos del libro. No se trata de pensar esta militancia como una alternativa «de reemplazo» ante la represión del militante clásico, sino como una forma política en sí misma, que produce subjetividades, valores, sentidos de pertenencia, discursos y prácticas concretas. Como señalara E.P. Thompson, los sujetos no simplemente habitan una estructura, sino que se forman en el proceso de imaginar un horizonte, de resistir desde su trinchera creada, y de actuar en concordancia con ello. La militancia en derechos humanos, en este libro, aparece como una suerte de escuela política, una trama comunitaria, una ética activa y colectiva.
En los tiempos que corren en Chile, donde las memorias de la dictadura se ven sometidas a nuevas formas de negacionismo, y donde los derechos humanos son a veces esgrimidos con cinismo, relativización y desdén, este libro recuerda que, entre las múltiples formas de resistencia, hubo –y hay aún– quienes eligieron poner el cuerpo, el tiempo, el saber y el afecto al servicio de una vida más digna en lo colectivo. Aunque con encuentros y desencuentros personales, por cierto, pero puestos en conjunto ante un objetivo mayor que el ego individual. No desde el heroísmo ni desde el relato épico, sino desde la construcción minuciosa del día a día, desde la persistencia y la tenacidad.
“Jornadas por la vida…” no es solo una contribución historiográfica más. Es una invitación a mirar la historia desde otro lugar. A escuchar esas voces que hasta ahora habían sido olvidadas, voces que, desde su posición en la historia, de alguna manera, intentaron sostener el mundo, como lo fue en aquellos años. Es un libro necesario, y también profundamente bello, en su forma de narrar y de cuidar. Nos recuerda que hacer historia en nuestro país también puede ser un acto de compromiso, de amor y de alguna manera, de reparación, ante el olvido y la desidia institucional. Porque en esta historia, como en tantas otras, no hubo solo víctimas ni solo verdugos. Fueron militantes, cuidadoras, madres, profesionales, pobladoras, dirigentes, individuos, cristianos, ateos, jóvenes y viejos, que defendieron la vida en medio de la muerte. Que hicieron política con una vela encendida, con una carta de denuncia, con una ronda de solidaridad o con un mitin silencioso. Que se armaron de dignidad, tantas veces silenciada o postergada. Esa dignidad encuentra aquí un lugar escrito, colectivo y político.
En tiempos hostiles como los actuales, este libro también es un llamado: a no olvidar, a no relativizar, a no dejar pasar. A defender la memoria como parte de las luchas del presente, a cuidar los gestos pequeños que sostienen lo colectivo, y a reconocer que, en cada archivo abierto, en cada testimonio recuperado, hay también una forma de resistencia que se vuelve urgente. Porque la historia no es solo pasado, es herramienta. Y en este libro, a través del trabajo del autor, esa herramienta se ha convertido hoy en un puente generacional, territorial, y finalmente, un puente entre las luchas por la dignidad de ayer y hoy.