Foto: Nicolás Slachevsky
LA DE SIEMPRE
No me gusta que me interrumpan ni que me pidan explicaciones, lo voy a contar todo una sola vez y después ¡a dormir! Agradece que estamos solos, una noche tranquila.
Cuando estudiaba en el Pedagógico, me parecía que casi todo era fácil en los libros de niños. Por ejemplo: X traiciona a Y porque esto y esto otro y luego el castigo es este y este otro. Fácil, todo claro y simple. Pero la realidad es más asá: X traiciona a Y por nada, Y se desquita con Z, la familia de X le hace el quite a Y, Z se divorcia de Y… todos se cagan a Y. Al mismo tiempo todos perdonan a X, quien sigue propagando caos contra otras letras y en total impunidad. Todo queda lleno de dudas y nadie responde nada, nadie se hace cargo. Después, más encima, X se va con otro y tiene hijos. Una vez tuve un profesor/cura, y le gustaba decir que a Dios no le gusta dar explicaciones. Así concluía cualquier tema que se alargara mucho.
Si llega alguien más no vamos a tener espacio para acostarnos, así que voy a ir resumiendo. Agarra lo que puedas porque el río no vuelve a pasar. A cambio, quiero la banca.
A ella, a «la de siempre», la conocí estudiando pedagogía. Vamos a llamarla Judith y no me preguntes por qué… búscalo en la Biblia. Íbamos juntos a las marchas, tomábamos cafecito en las mañanas y pasábamos casi todos los fines de semana juntos. A ella le gustaba el café con harta leche. Harta leche. Yo tenía un dormitorio en un pensionado y ahí era mucho más privado que en su casa, ¿me entendís? Después empezamos a ir a reuniones del Partido y yo le hacía creer que tenía misiones importantes, secretas, del Frente o del MIR. Era esa época. Su familia me odiaba porque no terminé la carrera y Judith sí. Decían que yo no era lo «suficientemente güeno pa su hija». Así nomás.
¿Cómo empezó lo nuestro? No me acuerdo. Un día despertamos juntos, creo, no sé dónde. No hay ninguna historia bonita por acá. Si todavía crees en el amor, piensa de nuevo. Pololeamos diez años en total… por ahí. Imagínate. Nunca la hice así con ninguna otra mina, nunca. Y eso que ya tengo cincuenta y ocho, con dignidad. Por eso para mí es «la de siempre», la polola más larga, si puede decirse así. Y no sé cómo lo hice, porque las misiones del MIR en realidad eran otras minas. Judith se fue cuando supo que yo tenía una hija de tres años con una vecinita. En ese tiempo era distinto: las niñas tenían críos estando jovencitas. En fin, era otra época. ¿Ahora? Ahora tengo más, de todas las edades. Pero si me interrumpes pierdo el hilo y me pongo de mal humor. Está haciendo frío. ¿Dónde iba?
Ah, sí: la Judith. Se fue con un abogado a vivir al norte. Dos años después «la de siempre» vuelve llorando a Santiago. Nos juntamos porque yo todavía era amigo del barrio donde vivía su familia, aunque ellos me odiaban. Fumaba pitos en secreto con su hermano, y él me contó: la mina había vuelto. Nos juntamos, tiramos y después desapareció de nuevo. Así nomás. No supe nada más de ella y su familia no me quiso ver ni en pintura, dijeron que yo era un «aparecido» y otras tonteras, y que no tenían por qué decirme nada. Su hermano, mi compadre, no sabía nada porque la Judith dejó de hablarle desde que se fue al norte. Se hizo cuica y le hizo el quite a la familia. Eso dijo él, al menos. Yo creo que era por despechada, porque me descubrió que yo tenía otra familia. Quiso desaparecerse nomás, quién sabe. Si yo tuviera plata también lo haría.
Ahora, afírmate. Treinta años pasan. Yo tengo cincuenta y ocho ahora, ya te dije. Saca la cuenta. Podrían traernos una frazadita… una para cada uno, incluso. Yo me quedaría con las dos, obviamente. Treinta años pasan. Hice de todo durante ese tiempo, anduve de acá para allá. La única constante: falta de plata. A veces me gustaría olvidar que recibí educación. Otras veces pienso en dónde estará todo el dinero que he gastado. Tres años trabajé en una carnicería de un tío bueno para el copete. Se murió de cirrosis, me agarré a combos con mis primos. Ya no hay contacto por ese lado de la familia. Me casé dos veces, tuve hijos, hijas, en fin. La mayoría pailones como tú. Si viene tu mamá a verte, pídele una frazada y un sanguchito. ¿O te dejaron botado? No, no me digas nada, prefiero no saber.
Una de mis hijas me levantó la mano y me puso orden de alejamiento. Cuando pienso en ella lo único que me imagino es un cuervo. Procrear ha sido lo peor que me ha pasado en la vida, en serio. No me pongai esa cara, yo quiero a mis hijos tanto como ellos a mí.
Me separé dos veces, después de la Judith. Las dos quedaron con guaguas y las dos me demandaron, pero qué le hace el agua al pescao. La última me rasguñó la cara y me tuve que defender con un desatornillador, pero me lo quitó porque estaba muy curao. Imagínate. Sóplame este ojo, porque el otro es de vidrio. Y después tienen el descaro de pedir plata. ¡Plata! ¿Dónde? ¿Debajo de esta banca?
Estuve un tiempo durmiendo en la carnicería del tío, el que se murió por el trago, pero los cobardes de mis primos me echaron con abogados. Les dejé todo lleno de ratones, no me preguntes cómo. Después anduve dando bote y me caí al litro.
Me gustaría tener menos vocabulario, ser más estúpido. Pero no se puede parchar un jarro de vidrio. ¡Ojo! Así como me ves, vas a terminar.
Treinta años pasaron, ya te dije. Ya soy viejo, y tengo claro todo lo que he perdido. Ustedes los jóvenes son al revés: tienen todo y no saben nada. De repente, me encuentro con el hermano de la Judith en una reunión de Alcohólicos Anónimos. El loco está hecho una ruina, pero eso es otra historia. Nos saludamos, le pregunté por su hermana. «La de siempre» seguía cuica, seguía en el norte, seguía casada y tenía dos hijos. Se enteró pero no hay mucho contacto, dijo. Me pide mi correo y chao. Pensé que este compadre me quería escribir para pedirme droga, pero no.
Una semana después me llega un mail de ella, de la mismísima. ¿Coincidencia? Ya te dije que no hay explicaciones, está todo oscuro por acá. Me vendría bien un cartón debajo del culo.
Cuento corto: la mujer está separada, se vino a vivir a Santiago, me invita a cenar. Imagínate todo lo que eso implica: restaurant cuico y yo… tal como me ves. A los diez días me invita a su departamento y ni te cuento como requetecontrafollamos. Estaba loca, desesperada, me dijo que no tenía sexo hace más de siete años. Casi me da una hernia, en serio.
Después me compró zapatos de cuero. Chaqueta de gamuza. Me dejaba manejar su BMW. Me depositó quinientas lucas… y así suma y sigue.
Pensé que por fin… no sé, como que se abría el Cielo. Pensé que se iba a arreglar todo, estaba enamorado, el cáliz de oro, la marmota de fuego… No me importó que usara una faja, que se le cayera el abdomen con las cesáreas, nada. Yo también estoy hecho bolsa. Me enamoré, en serio. ¿Creís que a los viejos no les pasa? La única diferencia es que después quedamos tiesos por una hora y viene la puntada en la próstata.
Pensé que en cualquier momento me iba a invitar a vivir con ella y ahí la habría hecho de oro, era la veta misma ¿cachai? Romper el círculo de la pobreza y todo ese cuento… uff. Todavía le gusta el café con leche, pero ahora le agrega crema y unas gotas de amaretto. Cosas impensadas.
Me puse hueón, como cabro chico. «El amor es así», decía mi abuelo… el viejo se empotó y terminó viviendo en el río. Pero esa es otra historia.
Tú deberías saberlo porque erís joven y a esa edad uno se pega a cualquier falda. Desde que esta mina se fue al norte con su abogado, yo quedé mal, muy mal, en serio. No pongai esa cara. Ninguna relación me resultó, nunca. Pero ahora como que teníamos una segunda oportunidad de ser felices. ¿Tú sabís lo que es tener segundas oportunidades después de perder todo? Uno se aferra hasta el hueso, hasta escupir aserrín. Le escribí cartas (a mano). Le gritaba que la amaba, en la calle y frente a todos. Cosas impensadas.
¡Y el asado familiar! Uff… ese sí que fue un día raro.
«La de siempre» me invita a un asado con sus papás y su hermano, más algunos desconocidos. Así como si nada. La vieja familia que me odiaba, ahora treinta años después. Yo asumí que tenía que ir, porque esto como que oficializaba nuestra relación. Cada día estaba más cerca del premio mayor, el bingo, el…
Sus papás eran ancianos de casi ochenta años. Verlos así se sintió como venganza. El viejo no se movía de la silla de ruedas y la vieja estaba condenada a darle comida en la boca y cambiarle los pañales. El hermano de la Judith no hacía nada y ella ayudaba con plata nomás, así que toda la carga de cuidar a ese estropajo recaía en una vieja que estaba casi igual de mal. Supe que ellos no me darían problemas. Además les quedaba poquito.
El hermano me miró de pies a cabeza y me dijo:
—¡Quién te viera y quién te ve!
Ahora tenía cincuenta años, al menos, y el tiempo lo masacró. Estaba calvo, le colgaba la piel del cuello, tenía manchas en los brazos. Horrible. A ti te va a pasar lo mismo, se te nota, eres joven todavía pero tienes nariz de Rembrandt, igual que el hermano de la Judith. Supe que era un eterno cesante que anduvo dando bote por la vida. Me miró los zapatos, la chaqueta de cuero. Él se vestía parecido y ahí me hizo clic: lo vistió la Judith. Más adelante, después de tomarse unos vinos, me preguntó si acaso no andaba caficheando a su hermana. Imagínate el rostro. Le dije que yo no dejo pasar nada, y que lo «conversáramos» después. A los choros me los como vivos.
De pronto «la de siempre» me dice:
—Llegaron mis hijos. Quieren conocerte.
Yo quedé helado, pero le sonreí y le dije:
—Ya po. Pero necesito ir al baño primero.
Tenía que prepararme. Con la uña larga me metí un jale de esos que te dejan leporino y medio sordo. Después sentí que la chaqueta negra y el copete me daban fuerzas. Me pegué unas cachetadas frente al espejo y eché la corta. Me acuerdo y se me hace agua la nariz.
El hijo menor me cayó como las pelotas. Me miró de abajo para arriba como escaneándome. No me dijo casi nada y después se fue a fumar a una esquina del patio, mirándonos a todos como si fuéramos un zoológico. Era un renacuajo petiso y medio lampiño con manos de señorita.
El otro me dejó sudando frío. Ya te dije que a los choros me los mando sin limón, pero este cabro era harina de otro costal. Me dejó para adentro, en serio. Era un poco más alto que yo, y ya te diste cuenta: mido casi uno noventa. No se parecía en nada al otro escupitajo. Era grandote, barbón, ruliento como yo. Vestía chaqueta de cuero y zapatillas cuicas, todo con la etiqueta de la Judith. Me invitó a fumar un pito al antejardín y yo nunca le digo que no al merequetengue. Pero debí haberme negado porque este cachalote estaba más loco que una cabra. No sé si estaba jalado también pero no paraba de hablar. Se reía solo, decía que su viejo era un canalla que se iba a morir solo. Repetía las mismas cosas, una y otra vez, gritaba, insultaba, todos le caían mal. Todos menos yo… me dijo que debí haberme casado con su mamá, antes, mucho antes. Después me dijo que en realidad siempre tuvo un papá ausente y que sentía que yo era como… Al principio no lo dijo, seguimos conversando y yo veía que el cabro sudaba y andaba como exaltado. Después, cuando yo le conté un par de anécdotas graciosas, lo dijo… así es, lo dijo:
—…erís como el papá que nunca tuve.
Eso dijo. Así, tal cual. Empecé a toser como enfermo y le dije que me iba al baño. Salí tiritando y le dije a la Judith que me dolía la cabeza, y que nos podíamos ver al día siguiente. Como me estaba sangrando la nariz ella no discutió nada y me fui. Hasta me mandó mensajitos más tarde, preguntando cómo me sentía y todo eso…
Aquí la historia como que se mete en un embudo, así que disfruta la banca los últimos minutitos que te quedan. Es en serio. Tengo educación, pero la he pasado mal y ya he dormido suficiente tiempo en el suelo. Escucha y aprende.
Esto fue la semana pasada. Esos días hablamos por mensajes de texto… pero cuando la llamaba, no contestaba y después me escribía diciendo que estaba ocupada. Después intenté coordinar para que nos juntáramos el sábado (hoy) porque no tenía niuno y tenía ganas de comer algo rico. Pero dejó de contestarme los mensajes.
Yo había dudado cuando conocí a los hijos y todo ese lío, obvio, fue todo rarísimo… pero después, cuando ya era miércoles o jueves, me dije:
—No es tan malo. Solo tengo que esperar y tendré un lugar donde caerme muerto.
Pero hoy en la mañana recibí un llamado de teléfono privado: no salía el número en la pantalla. La última vez que me pasó eso fue cuando me llamó un fiscal para citarme a declarar por el lío que tuve con mi hija. En fin… contesto y un gallo me dice:
—¿Con el Señor Mauriaca? Sí, mira, yo soy el marido de la Judith.
Empecé a sentir que me hervía la cara. Pero como todavía no tomaba nada, no supe qué decirle… andaba con los temblorcitos y todo. Traté de explicarle que ella me dijo que estaban separados… pero él respondió que era abogado y que legalmente seguían casados, que ella ahora vivía con él, que tenían familia y… al final me dijo algo más raro todavía. Me dijo que estaba sentado en la misma cama que habíamos usado con la Judith, y que sabía que yo tenía causas en tribunales. Dicho eso, cortó.
Fui al baño: uña larga. Fui a la cocina: cervezas del refrigerador, seis botellas de vidrio. En la micro me tomé dos. En la segunda micro, otro par. Caminando me tomé la quinta. Y la última me la tomé mirando la portería de su edificio. El conserje me dijo que ella, «la de siempre», ya no vivía ahí. Todo esto fue hoy en la tarde.
—¡Pero cómo! —respondí—. Siempre vengo a verla acá.
El tipo, más encima, se acordaba de mí perfectamente, pero no quiso dejarme entrar. Tenía la cara de aquellos que saben más de la cuenta. Insistí para que llamara al departamento, pero cuando cedió terminó diciendo que no le contestaban el citófono y no quiso volver a llamar. Me sentí como solo en el mundo, de nuevo. ¿Me había enamorado y ahora no la podía ver más? ¿Y me lo prohibía este esbirro?
Igual quise entrar, pateando la reja y llamándola a gritos. El conserje dijo que iba a llamar a los pacos. Le pregunté si su mamá era bonita y si quería presentármela. El tipo salió con un palo. Entonces empecé a sacar las botellas vacías, una a una, y lo mandé a la posta.
Al final me agarraron entre cinco vecinos. Mordí al único que dio la cara porque no se puede morder el aire, todos los perros saben esto. Cuando uno ha atrapado carne entre los dientes y te sacan el pedazo de la boca, después las dentelladas son diez veces más fuertes.
Si crees que solo por eso terminé aquí, te recuerdo que las explicaciones son el consuelo de los tontos. Hace frío, es tarde… y la historia ya está contada. Ahora sal de la banca y déjame dormir.