Eugene Carrière - Le Sommeil. Litografía
La escucha de Larval
Una carta para Gilda Luongo
Tal vez no sea casual que esta presentación de libro sea epistolar, tal vez necesite seguir tu escritura soma-gráfica de relatos y fragmentos a través de la resonancia del envío de una carta. No sé si fue allá, en ese entonces, entre esos momentos, que te conocí -cuando impedimos cualquier intento de clausura- o si fue en cada palabra que te leí entre labios. ¿Cuántas veces escuché tu tono, toqué tu voz? Cuántas veces te leí y pensé que te escuchaba, el sonar de tus pensamientos, el timbrar de tu apetito. Escritura que no te suelta, que te pide. Tal vez esta carta es mi intento de retomar un conversatio, una acción de reunirnos para dar vueltas, un estar contigo que se desvía del monólogo para entrar a una amistad, una inclinación, que sostiene simultáneamente singularidad y pluralidad.
Hannah Arendt dice: “cualquier inclinación nos empuja al exterior, nos lleva fuera del yo”. En su crítica al solipsismo kantiano –solus ipse, solamente uno mismo- Adriana Cavarero, feminista italiana, desmonta el principio metafísico de la verticalidad, del yo erguido, el hombre derecho y erecto, y nos obsequia otra geometría: “un yo inclinado es precisamente un yo que, asumiendo una posición oblicua, se proyecta al exterior respecto del eje vertical que le permite regirse sobre la propia base y alzarse en plena autonomía. Empujándolo fuera de sí, la inclinación desbalancea al yo y, haciéndolo inclinarse riesgosamente sobre este afuera, desplaza el baricentro que, en la postura erecta, está en cambio “adentro” y “en el centro” de la figura” (41). Para Arendt y Cavarero, el ser está afectado, atraído, inclinado en tanto se repliega sobre el mundo, existe por su vulnerabilidad y permeabilidad al estar entre. Tal vez esta carta es una inclinación hacia ti para preguntarme: ¿Cuál es la geometría de la escritura-cuerpo-larval?
¿Podemos contar cuántas veces volviste sobre estos relatos y cuánto tiempo implicó la duración de tu escritura? “Cuántas aguas tiene el mar, Larval?” Me repliego a tu escritura para volver a mí, y a ti, y así la invitación a movernos en una danza que, a diferencia del «larvatus prodeo» (Descartes) «avanzo ocultándome», aparece fugazmente como tacto de nuestra aparición juntas.
…………….
Quiero decir que Larval y Otros Relatos es un libro sensorial o que, más bien, en vez de representar sentidos, tiene un registro que no sólo nos hace sentir o dar sentido con la escucha, el olfato, el sabor, sino que hace de la escritura una acción que lidia con la temporalidad, la espacialidad y la memoria de una voz/cuerpo que dialoga con Larval. Larval, como libro pero también como personaje, es una instancia sensible de la escritura, una forma de escritura –no así un formato-, que hace de ésta una en constante movimiento, no sin la picardía de la juventud, que permite lidiar con las huellas del cuerpo y la simultaneidad de experiencias, recuerdos y fantasías que interrumpen lo lineal. Larval resuena como un eco de un timbre, un sonido que estremece mediciones.
¿Tendrá Larval el ritmo temporal de una escritura que escucha la memoria, el relato, el temblor del recuerdo? “El arrullo, Larval, ese que escuchas desde mi corazón no es un sonido cualquiera, es música … Recitar para Larval, recitar para ella, recitar para ella, recitar para ella… recitar en tono Morosa para ella…”
No sé si tu timbre es pausado, si tu recitar es un asomarse a, o tu dicción una apuesta rítmica, pero sí me parece que es una huella de tu soma-escritura. Larval, su repliegue, su morar, su compañía, una figura que se dispone a la escucha, no sin presencia, no sin actitud, al balbuceo de fantasías, miedos, experiencia ex-carnadas de quién ensaya la escritura del tono de su propio sonido. O, más bien, de quien se dispone intrépidamente a su propio ruido.
Larval es un libro, lo sé, pero también es un ser. Tal vez el ser del libro o la sed de contarle historias a alguien. Contar historias da significado a las acciones humanas a través del entretejimiento de la trama en un relato”. No es una explicación, descripción de hechos o una racionalidad de los sucesos históricos, ni tampoco es personal. Más bien, permite la posibilidad de que surja, con la imaginación, ese estar singularmente con otros, develando su profundo carácter intersubjetivo y abierto.
Contar historias no es una recuperación del pasado, sino una forma de dar sentido tomando distancia para reconciliar en la medida en que intentamos entender. Es un trabajo de y para el presente, una forma de producción de mundo y, por tanto, una forma de hacer política. De acuerdo a Julia Kristeva (2002): “Actuar, ver, recordar, completar la memoria a través de la narrativa: ese parece ser el camino real hacia la revelación del quién que constituye, en Arendt, una narración verdaderamente política” (p. 19). La condición de la natalidad en Arendt es el impulso de iniciar una acción, una praxis, sin un fin en sí mismo sino como potencia de lo inimaginable, incontrolable, impensable, ¿es Larval tu acción de revelación sonora? ¿Un reírse y narrarse hacia fuera de tu escritura/cuerpo, voz/cuerpo?
Larval, entonces, como gesto político permite narrar tus historias, moviéndose entre lo pequeño tremendamente abrumador y lo inmenso infinitamente fugaz, con tal sólo mirar las huellas y figuras que dejas atrás en la arena.
Narrar, algo que hacemos. Mujeres escritoras: Rosario Castellanos, Simone de Beauvoir, Hélène Cixous, eso me recuerda. Larval se parece a Prometea. Cixous (2023) dice: “Prometea ya puso bastante de lo suyo y además tomó sin medir de sus órganos, sus deseos, su memoria, podemos decir que el texto está hecho en su mayor parte de ella, física, moral, nerviosa y, sobre todo, virtuosamente” (19)… “Porque Prometea duerme y se despierta desarmada. Incluso está tan naturalmente desarmada, si, tan inocente de armas que a veces me siento un poco molesta ante ella, me siento casi impúdica por aparecer ante su desnudez, yo ataviada de desconfianzas, emplumada de presentimientos, de argumentos, de frases, cargada de previsiones, de experiencias, de memoria impura y pesada. Es como si soñara con la Libertad… sos Vos, Prometea, pasás y quedo iluminada silenciosa como una roca en el fondo de mi sueño. Pero está esa luz de plata rosada que me acaricia la piedra y penetra mi dolor hasta las entrañas” (25). Pero Larval no es Prometea, aunque sí es con quien conversas.
Larval es, sin duda, una presencia inquietante: “Larval tenía una forma rara de proyectar su sombra, más aún cuando el espacio era ajeno. Siempre cambiaba de apariencia, me desconcertaba con sus mutaciones insólitas. A veces, como ahora, su silueta veteada se multiplicaba en formas monstruosas y entonces dudaba al contestar sus preguntas, no sabía bien a cuál de ellas dirigir mi mirada, me perdía. Temía”. Una presencia inquietante que te hace recordar, proyectar, estar atenta. Larval te pregunta, insiste, te cuestiona, te acompaña. Larval como escritura de tu propia pregunta sobre el tiempo que pasa, sobre la soledad, pero que insiste en la conversación, en el narrar.
“Me paraste en seco: -lo que escribes, dijiste, lo que te empecinas en escribir son mentiras. Te envuelves en ellas, te arropas, te cubres como si vistieras ropajes antiguos, añosos y otros nuevos que desconoces, ignoras. No, contesté ofendida. No miento cuando escribo, vivo y me doy entera a ese estado vital, sufro, es verdad. Me duele escribir, pero no puedo dejar de hacerlo. Tú, lo sabes mejor Larval, estás allí aun cuando te has ido”.
“En los papeles que me traes generosa… La palabra sonora se pega al papel y lo altera en su silencio mudo”.
“Pero sí, tienes razón, miento… miento porque las pequeñas cosas me abruman, me hacen temblar y no puedo escapar, aunque lo desee con todo mi corazón, tú lo sabes bien Larval, mejor que yo, porque siempre te vas, desapareces”.
Tu texto escribe sobre la inquietante posibilidad de hablar sobre las desapariciones o, más bien, de explicar las desapariciones, cómo se le relata a una Larval las violencias, qué hacer con la reiteración de quien quisiera saber sobre ellas, de las reales, de las de carne y hueso, cuando ella misma desaparece y eres tú la que insiste en invocarla para hablar con ella, estar, discutir, recordar, una figura extraña que pareciera saber más de ti, y no se apacigua antes tus secretos, y, con cierta malicia, te ex-pone y desafía lo que se pretenda dado. Su salto es la sospecha y te toma de la mano, de esa misma que escribe, al espacio incómodo de la vida: su umbral donde habitan el silencio, el rumor, el ruido y los poemas.
Escribes sobre el mar, las olas, árboles, plantas, miradas, ojos, mañanas, enojo, espanto, miedo, regalos, anhelos, imágenes, carcajadas, imaginaciones, colores, pieles, errancias, sueños sudados, apariciones, cine, muertes, repeticiones, llantos, placeres, asfixias. ¿Cómo llegaste a esos lugares?
Escribes: “No sé cómo llegué a este estado, Larval. La habitación se había vuelto fría y las paredes tan blancas, parecían caer sobre nosotras. Ambas hacíamos como que no nos dábamos cuenta de ello”. A veces parece un sueño, a veces es a carne viva. En cualquier caso, tu escritura no escapa del cuerpo. Larval te acompaña, te pregunta, sobre un cuerpo que cambia. Y tal vez, estamos en él a través del tacto. Tu escritura es feroz en mostrarnos esa posibilidad del tacto que no es sin todos los sentidos juntos, tu escritura suena y toca para insistir, porfiadamente.
Te propongo esta pregunta, pero quedo atenta a su respuesta. ¿Es acaso Larval también una materia pre-experiencia que te acompaña en el hacer memoria del cuerpo/escritura. Cuerpo que le habla a una sombra, un cuerpo que se envejece. Larval es el rumor rumiante propio del cuerpo no propio, que devela la im-posibilidad de la apropiación del cuerpo, Larval como un des-género literario desde donde brota la excritura de una vida que, en tanto larva pre-vida, es potencia de escritura con un cuerpo que en potencia está reconociendo su tiempo y por tanto, re-mira su recuerdo. Larval como placenta1 que insiste para que la escritura no se vuelva literatura. Resistir a la institucionalidad de la escritura para resguardar el cuerpo y la relación primaria con la materia. Es, así, anterior y con el mundo, reconociendo la imposibilidad de quedarse en lo primario o de prescindir de él, porque es placentero y malestar simultáneamente, pues la potencia convive con lo fragmentado, la sequedad, la muerte.
Con Larval hay una imposibilidad de quedarse solamente con lo larval, lo placentario, e incluir con el recuerdo la materia que sigue su tiempo, donde la larva queda y se sigue transformando.
Tal vez es la escucha de Larval, en la primera parte del libro, que permite el esbozo de una proto-escritura, una somagrafía para que cuerpo y voz aparezcan, no desaparezcan en los Otros relatos: sobre el 11 de septiembre donde “esos sonidos y esa sensación de orfandad se quedarían para siempre”; o sobre las hermanas muertas que se reproducen y abortan y vuelven a empezar amores; o sobre las confesiones con Pet en la cama de mimbre; o sobre las pantys de nylon y placas de dientes como juegos de niñas que ríen hacia fuera interrumpiendo encierro y clausura.
Quienes te leemos larvamos en el acontecer de tu escritura, porque no nos pertenece la ciudad letrada, nos tomamos la villa. Tomarla camino por la lectura atenta, vívida de ellas, de otras, de aquellas que juntando palabras levantan el cuerpo y lo vuelcan hacia las letras, y traicionan las reglas de enunciación. Es una seducción, leer, escribir, volver a leer que ridiculiza el sentido común, el panfleto, lo correcto y lo permitido y, transformando crean e imaginan, un mundo infinitamente hacia el cielo, sinuoso hacia los lados, que amasa, amalgama los regímenes de la voz. Larval es el despliegue de esas historias y relatos que las mujeres escritoras, las que escriben en la villa de las lenguas, echan a torcer en un diálogo. La conversación es el sonido de Larval, de una autora que se vuelve sobre sí misma, un sí abierto, para volverse sobre otra, otras, todas nosotras. Contar historias es un anhelo que nos vuelve sujetos narrables en la trama, frágil, de las relaciones. Tal vez Larval escuchó tu sonar, para que luego la escritura de Otros relatos deviniera en tu acción política vital.
Agradezco tu porfía escritural, agradezco tu impulso hacia la escritura, porque nos recuerda que en ella encontramos una potencia que nos acoge.
Me despido cariñosamente,
Rosario
Notas
1 Placentario, planetario, sin carne, de flujos en movimientos.
Bibliografía
Arendt, Hannah (2023) [1958] La condición humana. Uruguay: Paidós.
Cavarero, Adriana (2022) Inclinaciones. Crítica a la rectitud. Santiago: Palinodia.
Cixous, Hélène (2023) El libro de Prometea. Buenos Aires: Interzona Editora.
Kristeva, Julia (2001) Hannah Arendt: life is a narrative. Toronto: University of Toronto Press.