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LA MÚSICA
17 de septiembre 2025

LA MÚSICA

El país se había ensañado con Gabriel Altamira. Había recibido una educación incompleta, sobrevivido a una revolución fallida, a la posterior dictadura, a toda clase de pequeños oficios precarios y, a sus 65 años, harto ya de abusos y decepciones, había tenido que cambiar de domicilio y mudarse a una cabaña de madera en uno de los cerros que rodeaban la bahía. Confiaba en poder pasar allí en calma sus últimos años de existencia, pero la sociedad tenía otros planes para él. A las pocas semanas, un vecino que vivía en una mansión en la punta del cerro empezó a conectar cada noche su amplificador y a aturdir a todos los residentes con una música electrónica infernal.

No contento con eso, también solía verter sus basuras por la ventana, volcándolas sobre las calles y los tejados de las casas de abajo. Asimismo, era dueño de hasta treinta viviendas del cerro, cobraba precios hirientes a las familias que en ellas moraban y ni tan siquiera se mostraba dispuesto a acometer las necesarias reformas de seguridad para evitar que las filtraciones de agua fueran corrompiendo sus cimientos. Las retumbantes cacofonías con las que ahora empañaba las tardes y noches del lugar no fueron más que la gota que colmó el vaso.

Gabriel no estaba contento con la situación. Tenía la costumbre de pasar el día en el interior de su cabaña, consultando su libreta de gastos, viendo telediarios o releyendo viejos libros mil y un veces manoseados, procurando en la medida de lo posible mantenerse al margen de lo que sucediera en el mundo exterior. Pero era imposible no percibir los agudos y los graves que caían en cascada desde aquella casa en las alturas. Las vibraciones se sentían hasta en la madera, como si un sismo de baja intensidad pero constante se hubiera adueñado de todo el cerro. Gabriel empezó así lentamente a asomarse a la ventana. Torcía el cuello e intentaba alcanzar a ver la mansión, pero estaba demasiado arriba, demasiado lejos como para estudiarla y comprender del todo lo que pasaba. Solo sentía en los oídos y en la piel el estruendo con que aquel tipejo había decidido golpearlos a todos. Con el tiempo, fue creciendo su deseo de que alguien hiciera algo, de que alguien protestara, pero los días pasaban y nadie hacía nada, tampoco él.

Una mañana, sin embargo, Gabriel comenzó a oír, en medio de la melodía electrónica, un pequeño tamborileo metálico proveniente de varios metros más abajo, de donde nacía el cerro. Sacando la cabeza por la ventana y agudizando el oído, notó que aquello no podía ser más que una persona golpeando una cacerola, sin duda como forma de respuesta al estruendo. Gabriel se mostró de acuerdo con la iniciativa, tomó su propia cacerola de la cocina y a punto estuvo de lanzarse a cacerolear también, pero se detuvo. No había nadie más haciendo ruido salvo aquella persona, y eso le impedía lanzarse. Si lo hiciera, no serían más que dos locos caceroleantes, sin organización, sin instrucciones, enfrentados a un escándalo inmenso e invencible.

Pero dos cacerolas se oyeron al día siguiente, y al siguiente fueron cuatro. Gabriel fue siguiendo la evolución de los acontecimientos sin involucrarse, convencido todavía de la inutilidad de la propuesta, por mucho que su puño derecho aferrase con fuerza el mango de plástico y su mano izquierda se dirigiera tímidamente por momentos a una cuchara. Finalmente, el sonido de las cacerolas llegó a su cercanía y, una tarde, mientras miraba por la ventana y comparaba el sonido de las cacerolas con el de la música electrónica, Gabriel vio a Iara, la hija del vecino que ocupaba la casa convecina a la suya, saludarle desde su ventana. Luego desapareció momentáneamente y reapareció portando entre las manos una pequeña olla y una cuchara, que procedió a juntar arrítmicamente, pero sin miedo, con una amplia sonrisa cruzándole el rostro.

Semejante acontecimiento terminó de romper la coraza del ermitaño. Si hasta una niña pequeña se atrevía a sumarse a la protesta, ¿cómo podía él quedarse de brazos cruzados? Quizá el ruido no fuera a cambiar el mundo de arriba abajo, pero Iara sabría que no estaba sola en su osadía y, tal vez, juntos podrían hacerle entender al cacique que les amargaba la vida que un buen número de sus vecinos lo detestaba. Gabriel sacó las manos por la ventana, sacudió su cacerola para que Iara la viese, y comenzó a golpearla siguiendo la pauta marcada por la niña. Ambos hicieron el mayor estruendo posible, rieron juntos y Gabriel durmió aquella noche sintiéndose en paz consigo mismo. 

Al día siguiente, Iara no se asomó por su ventana, pero el caceroleo continuaba desde las mismas casas que llevaban ahora días protestando. Gabriel ya no se lo pensó más y se unió a la resistencia en curso.

Era difícil encontrar el ritmo. Gabriel nunca había golpeado una cacerola antes de estos días, y las primeras sensaciones eran aterradoras. Se sentía observado, enjuiciado, desnudo ante un público que mayoritariamente no aprobaría este circo. A esto se le sumaba que no lograba encontrar el ritmo de los caceroleos cercanos. Tras mucha prueba y error, logró hallar la forma. Había por momentos que detenerse para escuchar los golpeteos y arrancar en el momento en que el verso se repetía. A veces las cacerolas repetían una única letanía, ta-ta-ta-ta, en ocasiones era un ta-ta-ta, ta-ta-ta, ta-ta-ta, y también el que se convirtió en su favorito: ta, ta, ta-ta-ta, ta, ta, ta-ta-ta, y que coincidía, oportunamente, con el estribillo de El pueblo unido jamás será vencido, una canción que le devolvía al pasado, a una época llena de esperanzas y anhelos que habían sido cruelmente destruidos por la implacable codicia de la poderosa minoría del país, por la misma categoría de gente a la que pertenecía el vecino que, allí arriba, se sentía el dueño del cerro. La melodía metálica que entre todos estaban creando se había convertido en una bofetada histórica anunciada desde hacía décadas. En ese momento, ya con el ritmo a punto, sacudiendo cuchara y cacerola en consonancia con los demás, Gabriel se sintió acompañado.

Estar tocando su cacerola a la par que tantos otros vecinos a los que no conocía, a los que ni siquiera podía ver desde su ventana, disparó una descarga eléctrica en su espina dorsal, un mareo solo comparable al del enamoramiento. Todos los caceroleantes estaban en ese momento hermanados, peleando cada uno desde su ventana por fusionarse en la melodía comunitaria, una melodía que creaban entre todos con un mismo propósito, un mismo destino. Todos a una contra el dueño del cerro. Mientras reflexionaba sobre estas cuestiones, percibió el sonido de una nueva cacerola apuntándose a la fiesta, y esta cacerola venía de más arriba, de la casa inmediatamente superior a la suya. 

Solo entonces Gabriel comprendió en toda su magnitud la magia del caceroleo. Hasta el día anterior, aquel vecino probablemente no escuchaba las cacerolas que provenían de metros más abajo. Solo ahora escuchaba la de Gabriel. Y si Gabriel no se hubiera puesto a tocar la cacerola para seguir a Iara, su vecino de arriba quizá jamás se habría dado cuenta de que alguien tocaba cacerolas en la vecindad, y por tanto nunca se hubiera sumado a la cacerolada general, dejándola así manca, tuerta, incompleta y más débil de lo que era en este momento. Pero ahora que aquel vecino había escuchado a Gabriel y golpeaba su propia cacerola, quizá también lo escuchara y comenzara a tocar a su vez algún otro vecino más arriba, a mayor altura. La aportación de Gabriel había sido fundamental para que el sonido escalara un peldaño del cerro. Solo así, comprendió Gabriel, eslabón a eslabón, aquel manto musical podría trepar la empinada ladera y ensordecer al enemigo.

Dos días después, se sentía agotado. Hacía ya una semana que los vecinos caceroleaban, pero el amplificador de la casa de arriba seguía siendo más poderoso que ellos y su dueño seguía haciendo oídos sordos a lo que ellos le reclamaban. Gabriel ya no tenía ganas de seguir participando, de nada servía, los tipos como ese vecino, que tenían las mejores casas, que tenían amplificadores y tiraban basura y les hacían la vida imposible, seguirían siempre en su sitio, aplastando a las personas como Gabriel. Así había sido durante toda su vida, y dudaba que la dinámica fuera a cambiar a estas alturas. Pero el distintivo golpeteo de Iara y el del vecino de más arriba siguieron adelante a pesar de su ausencia. Eso sí, el ritmo ya no cuadraba. Mientras Iara reproducía el golpeteo que venía de más abajo, el vecino de más arriba se perdía en su propia melodía, ya que no tenía otro sonido con el que compararse. De mal humor, pero cediendo a la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros, Gabriel volvió a la ventana y retomó el caceroleo, para que ambas ejecuciones, la de Iara y la del otro vecino, pudieran sincronizarse.

Con el tiempo, los vecinos pudieron ser testigos de una reacción a su continuado concierto. Un helicóptero policial comenzó a sobrevolar las inmediaciones, algo que nunca había sucedido hasta entonces, ya que, aparte de aquella casa que vertía basura y música electrónica, su cerro era considerado una zona de bajos recursos y con poco interés para la nación. El helicóptero, que inicialmente se dejaba ver de manera discreta, de lejos, fue acercándose cada vez más, cegándolos con su foco de luz y provocando un estruendo entre el rotar de sus hélices, los ladridos de los perros asustados, los clamores de los vecinos esputando insultos, una cacofonía que conseguía por momentos anular la música electrónica que les impedía descansar, pero que mataba también el sonido de su mismo caceroleo y tranquilidad, llenándolos a todos de terror.

Dos días después, representantes de las fuerzas del orden hicieron una ronda por el lugar. Llamaron a la puerta de Gabriel y lo multaron por generar contaminación acústica, tomando nota de la música electrónica del vecino de arriba, pero sin mostrar particular comprensión ni deseo de hacer algo al respecto. Al parecer, más importante era acallar el repique de cacerolas baratas que los bajos y agudos que provenían de un equipo de música y su amplificador, artículos mucho más exclusivos. Como Gabriel respondió duramente, y algunos otros vecinos aumentaron sus golpeteos para ahuyentar a los policías, estos respondieron propinándole una bofetada a Gabriel y disparando bombas lacrimógenas por las calles cercanas, enrojeciéndoles los ojos a los vecinos, quemándoles las gargantas, extinguiendo sus energías. Requisaron muchas cacerolas y a algún vecino nunca lo volvieron a ver.

Gabriel sintió el desánimo embargarle. Pensó que todo había acabado. Él ya era viejo para tenerle miedo a los pacos y a los milicos, pero probablemente muchos vecinos, multados y golpeados como él, abandonarían sus cacerolas para no tener que sufrir más represión. Cuál fue su sorpresa cuando, a la mañana siguiente, despertó oyendo un estrépito como nunca antes se había escuchado en el cerro. Todos golpeaban sus cacerolas con furia, con toda la fuerza de sus brazos, solidarizándose con los vecinos reprimidos y mandando un claro mensaje no solo al vecino privilegiado de lo alto del cerro, sino también a los esbirros armados que el sistema había enviado para acallarlos.

Ya no hubo modo de detenerlos. Golpeando juntos sus cacerolas, llegaron a hacer que el cerro temblara. Era cuestión de tiempo que el tipo de arriba se rindiera. Pero las disidencias pronto brotaron en el seno de la cacerolada. Algunos vecinos comenzaron a buscar una melodía entre tanto desorden acústico. Golpeando sus cacerolas con más fuerza, propusieron determinados ritmos y pautas que seguir, y algunos les hacían caso y otros no, y a veces había dos melodías sonando a la vez, intentando imponerse una sobre la otra, mientras que la mayoría de los vecinos seguía caceroleando a su manera y según su fuerza de ánimo.

Con tanto afán y empeño siguieron todos caceroleando, que el dueño de la casa que amargaba a todos realizó un movimiento. Le encargó a una empresa que les entregase gratuitamente a todos sus vecinos una bolsa con tapones para los oídos, puerta a puerta, con una tarjeta dedicada. Para la mayoría de los vecinos, aquella medida no fue más que un insulto, pero aquel tipo no había jugado aún todas sus cartas. A sus vecinos más inmediatos les regaló además equipos de música, más pequeños y baratos que el suyo, pero eso no impidió a los agraciados comenzar a conectarlos y usarlos, reemplazando las cacerolas por sus propias melodías electrónicas para generar armonía en su sector. De esa forma, los habitantes situados un poco más arriba pasaron a colaborar, conscientes o no, del escándalo de las alturas contra la base del cerro.

Sin el apoyo de esos vecinos, que ahora los habían abandonado, llevar el sonido del caceroleo hasta la cúspide se convirtió en una labor todavía más difícil y que obligaba a los que seguían sufriendo en los tímpanos a golpear las cacerolas con más fuerza, ya casi sin aliento, hasta parecer enfermos de rabia, suscitando así la desconfianza y el desprecio de sus vecinos del sector superior, que ya no se sentían identificados en nada con semejantes plebeyos gritones.

No pocos se vieron forzados a reconocer que el movimiento iba perdiendo fuerza. Algunos ya solo caceroleaban por la mañana o por la noche, según sus horarios laborales, otros habían empezado a reunirse en casas para cacerolear juntos, intentando crear caceroleos particulares que tuvieran éxito y se impusieran al resto. Gabriel acabó reuniéndose con los pocos vecinos de su cercanía en la placita en la que se alzaba el ascensor que llevaba a la bahía, y desde allí buscaron mantener viva la llama de la protesta.

Por desgracia para él, una noche, volviendo a casa de la plaza, se encontró su casa desvalijada. Alguien había aprovechado su ausencia para apedrear una ventana, asaltar el interior y llevarse su televisor y los pocos dólares ahorrados que todavía conservaba en la funda de la almohada. Gabriel se sintió herido, traicionado. Había querido combatir junto a sus vecinos por mejorar sus condiciones de vida en el cerro, y sus compatriotas (quizá sus propios vecinos, los padres de Iara) le habían recompensado vandalizando y saqueando su hogar.

Con el correr de los días, el sonido de las cacerolas fue amainando. Gabriel estaba entre aquellos que lo habían dejado. Aquello no tenía ya ningún sentido. No importaba cuánto cacerolearan, aquel tipo solo había bajado el volumen un poquito y seguía matándolos de insomnio. La basura que vertía cerro abajo seguía contaminando la vecindad. Su forma de tener a sus inquilinos extorsionados se mantenía. Todos seguían revisando sus libretas de gastos. No habían ganado, todavía perdían, pero, desde la cima, aquel tipo no se desgastaba como ellos. Le bastaba con pulsar el botón de Play. Ellos dedicaban horas a la respuesta, y había que hacerlo con las manos, dándolo todo hasta la extenuación.

Cuando todos dejaron de cacerolear y el silencio se impuso, frío, implacable, Gabriel volvió a asomarse a la ventana, incrédulo. Se habían rendido todos. Todos estaban agotados. Ya nadie caceroleaba, y seguían escuchándose de fondo los chirridos electrónicos de lo alto del cerro. Solo por probar, Gabriel sacó su cacerola, la golpeó, y oyó la estridente voz de un vecino: ¡No se le ocurra empezar de nuevo! Ya fue bastante. ¡Deje de huevear!

Gabriel volvía a estar solo, y solo en el silencio, no se atrevía a golpear cacerola alguna. Pero sus libros manoseados ya no le inspiraban nada. La radio de segunda mano que se había comprado no le hacía compañía ni le importaba en absoluto. A veces creía escuchar un golpe en la distancia, apagaba la máquina, corría hasta la ventana… pero nada: solo el silencio, la gente dormida. La derrota parecía incuestionable, un pozo sin vida ni sonido era lo que imperaba, y a pesar de todo, Gabriel no podía aceptarlo. Le había costado décadas, una vida, pero había escuchado la música, las notas, ese ritmo torpe, difícil de mantener pero común, compartido, y ahora no podía volver para siempre al silencio gris de su cuarto, al monótono murmullo de las voces a sueldo.

Así que, sosteniendo en alto la cuchara, y a pesar del miedo y de la inseguridad, de la vergüenza, de considerar su acto insignificante, inconsecuente y fútil, a pesar de las quejas de sus vecinos, de que lo hubieran criticado, golpeado, de que sus propios aliados le hubieran decepcionado y robado, Gabriel se lanzó a golpear la cacerola con decisión, con paciencia, con toda su fuerza, con todo su amor, entregado a aquella música que ahora sabía que existía, y solo más tarde, solo más lejos, en otro cerro, en otro tiempo, alguien le respondió.

Facundo Ortiz Núñez

(Buenos Aires, 1985) Es licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Salamanca (España). Compagina la escritura con la traducción audiovisual, subtitulando series, documentales y películas. Ha vivido en España, Argentina, Bolivia, Perú, Chile, y actualmente reside en Italia. Es autor de La fila de Mario (Ediciones Oblicuas) y ha publicado cuentos, artículos o crónicas en las revistas Crisis (Argentina), CTXT, El Salto (España), Escrófula (México) y en el antiguo suplemento EP3 de El País.

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