Foto: Roberto Contreras Soto
Legumbres
—¡Contesten! —grita alguien del fondo.
De un grupo de jóvenes tras el mesón dando vuelta los ojos, el más grande hace bailar un machete huesero sobre una chaira de acero inoxidable; luego se mete a la cocina por una puerta lateral. Lleva los ojos mezclados de rojo y amarillo.
—¿Ese viejo no se cansa? —dice uno de los dos muchachos que cuentan las boletas junto a la caja.
Comentan cosas entre sí mientras tachan papeles y anotan números en libretillas. Uno de los dos aleja la mirada del papel y se gira hacia la máquina de bebidas detrás de ambos, notando a la nueva, que mira tranquilamente por la ventana. Suspirando a ratos y sentada sobre una java de botellas plásticas, sus manos acarician el medio-mandil laceado alrededor de su cintura. En apariencia se sujeta a la tranquilidad del exterior filtrado a través del vidrio, pero un semblante ovino la delata; está ahí, pero a la vez lejos del restorán, de Puerto Cisnes, de ese profundo sur, de ellos y de ella misma también.
—¿Quién lo creería? —murmura muy bajito, inspirada.
El que primero se da cuenta, toca suavemente el codo a su compañero. Desde el mesón no se escucha nada y sólo ven los labios de la joven moviéndose como la boca un pescado de acuario.
—Te toca atenderlo —dice uno de los dos, quebrando la imagen.
—¿Ah?
El otro le recuerda a la nueva.
—Eres la nueva.
También le confirma la situación.
—Te toca atenderlo.
—¡Yo quiero saber qué es lo que pasa! —se escucha otra vez del fondo.
Uno de los de las boletas contesta apantallando la boca con una mano.
–Señor, cálmese, que ya van.
Luego de gritar da una mirada de vuelta hacia la muchacha. Ella suelta un último suspiro y se despega de la ventana.
—¿Y quién le dijo a usted que necesito ayuda? Lo que sí puede hacer es hablar con el dueño y decirle que éste lugar ya no es lo que alguna vez fue. De paso también tráigame los menuces, yo quiero ver los menuces.
La nueva tiene ambos brazos a la espalda, al modo de quienes se guardan un ramillete. Sonríe con una simpatía impostada y luego muestra unos anillados de papel plastificado que esconde detrás suyo.
—Ahí está casi todo.
Desde la mesa se escucha un ¡Chst!
—¿O sea que aquí falta? —dice el hombre mientras ojea los plastificados.
—Aham…
—¿Aquí? —insiste golpeando con un dedo sobre los menús. Tip tip tip.
—No me entendió caballero —le contesta la muchacha sonriendo una sonrisa plastificada — el menú está bien. En la cocina no está todo disponible hoy, pero dígame qué le tinca pedir y vemos qué se hace.
El hombre mira las hojas apretando la vista. Voltea hacia la muchacha con la misma mueca esforzada.
—¿De dónde es usted?
Suspirando, duda un momento sin contestarle o no al viejo.
—De Santiago —dice sin ganas.
—¡Lástima!
Desde el mesón se escuchan las risas atajadas de los dos garzones contando las boletas.
—Bueno, como sea. ¡Las cosas que hay que aguantar! Tengo que decirle a Chodil que esto ya no da para más. ¡Dígale!
—¿Ah?
—¡Dígale que venga!
Desde dentro de la cocina se escucha un grito sordo. Los dos garzones del mesón se miran, preocupados. Uno de ellos hace un gesto de corta-garganta repetitivo con una mano en el cuello hacia la muchacha, luego ambos entran por la puerta de un costado.
—Caballero, aquí no trabaja nadie con ese nombre —contesta.
—Bueno, bueno. Le dice después… ¡Pero le dice! ¡Hm!
La joven se rasca la cabeza en silencio.
—Ahora —continúa, como hablando solo— ¿En qué estaba? ¡Ah! Aquí está. Esto quiero.
El viejo deja caer los plastificados sobre la mesa y apunta algo con un dedo. La garzona se agacha para ver mejor el menú y lee lo punteado, luego llama a uno de los cuenta boletas. Cuando el muchacho aparece detrás del mesón ella se le acerca y ambos cuchichean un momento. Desde la cocina se escapa un estruendo de ollas que devuelve al garzón por la puerta. Ella también regresa a la mesa junto al hombre.
—Perdón, no tenemos eso.
El restorán está en la costanera de Puerto Cisnes, frente a unos puestos de artesanías en lana y maderas junto al muelle fiscal. Entra luz natural de todo el costado que da hacia la calle y en medio de su único salón lleva una estufa a leña donde los visitantes dejan sus botas de goma o ponchos estilando cuando la caleta y el pueblo se hunden bajo la lluvia, lo que corresponde a casi todos los días del año. Al fondo hay un televisor con música siempre sonando en la repetición de un video, pero en estos momentos la señal se pierde intermitentemente a pesar que afuera el tiempo acompaña. Una incomodidad se sostiene entre la negativa de la nueva y el tronar de dientes del hombre sentado frente al plastificado. Un único plato de otra mesa armoniza el silencio con los choques repetitivos de loza y cuchara.
—¿Perdón?
La joven no dice nada, sólo traga saliva parada ahí, con su mejor cara.
—¿Y? —le insiste el hombre.
El círculo en la pantalla gira y gira sobre una imagen congelada de un grupo de personas sonrientes tras un engominado de traje, todos junto a una lista de canciones.
—Usted me está tomando el pelo —se contesta solo. —Le salió buena, pero a ver. Yo quiero…
Suena el índice sobre el anillado plastificado. Tip tip tip.
—Caballero…
La muchacha mira hacia el hacia el mesón, donde aún no hay nadie. Desde la puerta de la cocina se escuchan más estruendos.
El viejo golpea el puño con la mesa, haciendo sonar los cubiertos.
—¡Ya estuvo bueno!
Vuelve la señal y suena una canción.
—Perdón, pero no es necesario el escándalo, caballero.
—¿Cómo que no? ¡Pero si es lunes!
La canción es una cebollera romántica.
—Es miércoles, hueón, oh —dice la persona en la mesa más adelante. Es un pescador de jockey sorbeteando una sopa.
La muchacha se deshace en excusas. Que la cocina, que el súper, que el primer día, que la primera pega, que la primera semana, que Cisnes, que Santiago, que lindo el sur de Chile.
—¡Suficiente! —la frena el viejo. —Quiero mis legumbres, y quiero que me las traiga Chodil.
Los mejores temas románticos envuelven el restorán completo, cruzados ahora por taladros de concreto y el atronar de camiones que se activan de pronto sobre el ripio y las calzadas mordidas por las máquinas. Llega todo de fuera al restorán en una versión rumorosa, como pasada a través de una película acuática.
—Son los trabajos de la costanera —dice el hombre de jockey, entre sorbo y sorbo. —Llevan un año así. Trabajan cuando se les canta.
La muchacha se toma la cabeza con ambas manos.
—Y tienen para rato —sentencia finalmente el pescador.
El viejo de las legumbres se para de su asiento, acercándose a la mesa donde está el hombre de jockey cuchareando su cazuela.
—¡Cómo que hueón! A ver ¡Dime!
El redondo y moreno rostro de pescador no se tuerce un milímetro a favor o en contra del viejo y su pregunta. Sin soltar la cuchara ni mirarlo, habla con pausa calmada.
—Vuelve a sentarte si no quieres que te haga volar las babas —dice mientras con un tenedor y una mano comienza afanoso a roer un choclo.
Las canciones en la lista del video se trenzan con el taladro del cemento y la olla ocasional que parece rodar por el suelo de la cocina fuera de foco.
—¡Voy al baño! —contesta el de las legumbres luego de una peorra pausa dramática.
Dirige sus palabras hacia la nueva como un niño hablándole a su parvularia; luego arrastra los pies hasta el final del restorán, donde una cortina de baño colgada con alambres sobre el marco de la puerta hace de membrana entre las mesas y la taza.
La garzona quiere suspirar, pero el aire no circula de la misma forma que previo al inicio de su primer turno. Simplemente se dedica a tomarse la cabeza y mover los labios, sin producir sonido.
—Váyase acostumbrando, señorita —dice el hombre de jockey peleando con su choclo —así son las cosas por aquí.
La soñadora mirada ovina de la joven se troca en el rostro por una mueca pálida, hundida en un mareo de cuerpo completo. Está ocupada en esas lagunas turbias cuando suena la campanilla de la puerta de entrada. La abertura deja entrar un soplo de aire fresco acarreando el estruendo más claro de las máquinas fuera, pero que se aprieta junto a su rápida clausura tras los hombres que ingresan, hasta percibirse nuevamente sólo como un rumor de herramientas mecánicas subacuáticas.
La joven levanta el rostro y ve a un par de hombres muy peinados junto al mesón en la entrada del restorán. Llevan chaquetas térmicas naranjas y apestan el lugar a una colonia cargosa en la que parecen haberse bañado ambos. Saluda el mayor de los dos.
—Muy buenas tardes.
—Buenas, ¿qué les ofrezco? —contesta la nueva levantando los plastificados mientras se acerca a la mesa donde toman asiento.
—¿Tiene legumbres? —pregunta el de aspecto menor.
—Deberíamos, pero no tenemos —contesta la muchacha.
Es un tono que quiere ser simpático pero que acaba sonando plano, anodino.
—Nada que hacer. Déjeme ver entonces —dice el mayor y toma los plastificados, rozándole la mano.
Voces sordas se escuchan en diálogo a través de la puerta de la cocina, luego otro estruendo de utensilios.
—¿Y eso? —pregunta el menor mientras lee los menús.
—No hagas caso, siempre pasa acá —contesta el mayor.
—Siempre pasa acá —gesticula la nueva sin emitir sonido, luego se repasa la mano por la frente sudada.
Se escucha la cadena del baño y por entre las cortinas de nailon agujereadas con alambres reaparece el viejo de las legumbres.
—¡Ah no! ¡Así no! —grita, acercándose a la mesa con los dos recién llegados.
—¿Y este quién es? —pregunta el mayor, con aire desencantado.
En su mesa para uno, el hombre de jockey ahora humedece la coronta de choclo en lo que queda de cazuela y luego la chupa como quién se lleva una esponja a la boca.
—Una maravilla —murmura entre chupe y chupe.
—No sé, caballero —contesta la nueva.
—Yo conozco a este viejo —afirma el más joven entrecerrando los ojos, con un hilo de duda en la voz —pero, ¿De dónde?
El hombre de las legumbres se para frente a la mesa junto a la estufa, donde están sentados los dos aperfumados. El viento vuelve a soplar la señal lejos de allí, reapareciendo el círculo sobre el retrato de las y los músicos junto a una lista de canciones en el video de la televisión. La ausencia de música reafirma las máquinas fuera y el revuelo menor cocina adentro, adornado con el chupeteo del pescador de jockey y el tronar de muelas del viejo junto a la garzona santiaguina desorientada.
—¡Verdaderamente este lugar ya no es lo que era! —suelta junto a los dos hombres.
—Quizás venir aquí no fue buena idea —murmura la muchacha.
—¿Perdón? —dice el mayor.
—Ustedes son salmoneros, ¿O no? —dice el viejo de las legumbres, en alto volumen.
El hombre de jockey pierde su concentración y suelta de su boca la coronta de choclo sobre el resto de caldo, provocando un chapoteo que le mancha la camisa.
—¡Estos dos son salmoneros! ¡Mírenlos nomás! —insiste el viejo.
Un pequeño trozo de tiempo que se suspende le permite a la nueva llevar a cabo una inspección al detalle. No los ven muy distintos a los demás en el restorán o a cualquiera dando vueltas en Cisnes, como si todos en el sur pudieran ubicarse mutuamente sutilezas que escapan al ojo poco entrenado de quienes están de paso o vienen de fuera. Vuelve la señal un segundo, pero sólo para caer inmediatamente. La pantalla del televisor se va a negro y alcanza a aparecer la imagen de otro video con otro grupo de gente sonriente junto a otra lista de canciones, pero ahora tras un hombre de sombrero vaquero.
—Este lugar no es como en mi sueño —declara nerviosa la muchacha mientras se lleva una mano al pecho, que ahora se contrae y expande como un fuelle de acordeón bajo del uniforme de garzona.
—Disculpe, pero ¿y usted quién es? —le pregunta el mayor de los aperfumados al de las legumbres.
—¿Dónde lo habré visto? —comenta el otro, como hablando solo.
—Salmoneros, ayayai —dice el pescador de jockey levantándose las mangas de la camisa mientras se seca el caldo de los labios con una servilleta.
Se restituye la música y la ranchera se expande desde el televisor. La garzona se mueve hacia la puerta junto al mesón para tomar algo de aire fresco, al tiempo que ve abrirse la puerta de la cocina. Es el más grande, con el cuchillo en una mano y la chaira en otro, forcejeando con los dos cuenta-boletas para que lo dejen entrar al salón del restorán.
—¡Déjenme! dice mientras le cae espuma por la boca.
—¡Callen a ese viejo! ¡Que se vaya! —dice uno de los garzones, mientras agarra como puede la mano con el machete.
—¿Ah? —suelta la nueva.
—Ese viejo siempre viene y le saca los choros del canasto al colega —dice el otro garzón sujetando como puede la chaira
—¡Llámelo! —dice el viejo de las legumbres en dirección a la garzona.
— ¡Agh! ¡No puedo acordarme! —divaga el aperfumado más joven.
La muchacha a punto de descompensarse da una mirada suplicante a los tres idiotas. Los garzones logran someter al muchacho enojado. Luego uno de ellos trata de decir algo inteligente, un aporte que dote de sentido a la escena.
—Le da a veces, pero al rato se le pasa —es lo mejor que se le ocurre.
Ante el desorden, el mayor de los dos hombres de chaquetas térmicas se pone cuidadosamente de pie y trata de calmar las aguas con un tono pausado.
—Estimados, por favor. No queremos problemas. Tengamos todos la amabilidad y la decencia suficiente para comportarnos como se debe en un lugar como este.
Habla mientras mira a la nueva parada junto a la mesa. Contrae los labios mostrando una dentadura que casi pasa por prótesis de loza, de no ser por una de las tapaduras de oro en uno de sus incisivos. Termina su pausa cerrándole un ojo, a lo que la muchacha contesta soltando una pávida risa nerviosa.
—Veamos cómo podemos hacer —prosigue — para llevar la fiesta en paz y quedemos todos contentos.
—De dónde… —sigue el otro, pensando sentado.
El hombre de pie se levanta el térmico para sacar algo de un bolsillo del pantalón. Las máquinas fuera se detienen y la ranchera cruza el salón hacia el nuevo azote de ollas y forcejeos en el íntimo espacio fuera de vista. Es una billetera de cuero, gorda de recibos de petróleo, comprobantes de pago y algunos billetes.
—Déjeme, que yo pago lo de los amigos.
Inclina la cabeza con falso cancherismo mirando al viejo de las legumbres parado frente a él y también al pescador en su asiento, el que está arremangado y con los ojos bien abiertos, pero sin decir una palabra. Cierra dedicando un momento escogido al final de su intervención hacia la joven: levanta una tarjeta plástica amarilla bien en alto, para que todos la vean.
—¡Ahí está! —resuelve en un aplauso el más joven. —¡Este viejo era capataz de un centro!
—¿Ah? —suelta el mayor, volteándose hacia su compañero aún con la tarjeta en la mano.
—Lo largaron de un centro porque se le pelaron los cables —elabora desde su asiento el más joven, haciendo al mismo tiempo una espiral con un dedo junto a su cabeza.
—¿De cuál? —pregunta el mayor.
—Chodil, creo —contesta su compañero.
Se escucha de golpe el arrastrar de una silla y luego la voz del pescador del choclo.
—¡Los mato! —dice avanzando hasta los tres, empuñando sus dos manos como piedras.
—¡Eso! ¡Llame a Chodil! ¡Dígale! —suelta el viejo mientras se larga a llorar, poniéndose del lado de los recién llegados.
—No entiendo nada —dice la garzona temblando y como para sí. —nada, nada, nada, nada…
El fuelle de acordeón en el pecho de la nueva se descontrola hasta hacerla perder el equilibrio. Cae al suelo y como puede, se mueve buscando resguardo tras el mesón, apoyándose con el cuerpo en el piso y los brazos sobre la java de bebidas.
Vuelven a retumbar las máquinas afuera formándose una madeja entre los repiques mecánicos, el tronar de loza, los timbales de las rancheras, el arrastre de muebles, la fractura de las maderas, los tironeos de ropa y las puteadas bufadas como a través de apretadas quijadas de animales babosos. En mitad de todo ese desorden, un último estruendo cocina adentro anuncia la apertura de la puerta de par en par. Su golpe produce como consecuencia el tirón de la curiosidad —que es más fuerte que cualquier cosa—, levantando la mirada de la garzona, algo más compuesta, en dirección al salón.
Ve al pescador de jockey con la ropa estirada, jadeando junto a la estufa, parado frente a dos bultos anaranjados en el suelo.
—¡Tu plata no vale nada acá! —dice pasándose el antebrazo por la boca para secarse.
El viejo de las legumbres tiembla de pie junto a los dos salmoneros apaleados en el suelo, pero se aprecia intacto. Repite una palabra en voz baja, compulsivamente, pero la nueva está muy lejos para escuchar. El viejo sólo se quita las manos de la cara una vez se escucha el grito de una voz distinta a la del pescador. Es el más grande, de pie en la puerta de la cocina y con un sartén en la mano, libre de los otros dos garzones. Lleva los ojos como yemas inyectadas en sangre.
—¡Cuántas veces lo tienen que decir viejo hueón!
El pescador da un paso al frente, adelantando un brazo para cubrir con el cuerpo al anciano.
—A este pobre viejo no le funciona, compañero. Déjelo así.
—¡Usted no se meta! —contesta el grandote, abanicando el sartén.
—¡Deme mis legumbres! —dice el viejo detrás de su protector.
Todo vuelve a reanudarse como una tormenta de voces y acciones que la garzona capta sólo parcialmente. Puede ver a su colega y al pescador trenzándose como dos culpeos en la estepa, en mitad de ese espiral de violencia insuflado por las rancheras, las máquinas, y también un viento marino que asoma corriendo a golpear los ventanales del restorán, azotando sus marcos de madera a medio digerir por la lluvia y callando la música. Luego su vista comienza a nublarse, mientras el fuelle mueve aire a toda capacidad. Antes de irse a negro y desparramarse al suelo definitivo, alcanza a desatar el nudo del medio mandil. De un tirón lo toma y lo levanta sobre su hombro, dejándolo ir en dirección al desorden por sobre el mesón.
Es la mecánica de quien tira una toalla.