Ilustración: 'En Fôret', grabado de Eugene Viala (intervenido). /Fuente: Gallica
Los árboles también sufren de soledad
Ha resultado ser un poco satírico, así como catártico, haber tomado la difícil decisión de abandonar la ciudad semi-urbana que era mi hogar para ir a una hiper-metrópolis, estudiar biología en una universidad de nombre pomposo, especializarme en dendrología (el estudio de los árboles), para luego, volver a mi ciudad natal, y verla convertida en lo que es ahora. En el bus, a mitad de camino, al verla desde lejos, me puse a llorar. Al transitarla por la fuerza, desde el terminal hasta mi lejano hogar, fue peor. Motivos de estudios me habían impedido volver de visita en mis ocho largos años de estudio. ¿Pero quién podría imaginarse que, en la localidad de La Arboleda, las cosas podrían llegar a cambiar tanto en tan poco tiempo? En tiempos geológicos, 8 años no es nada. Pero pareciera ser que, para el tiempo humano, el tiempo del progreso y la devastación urbana bastan para convertir una precordillera verdosa y llena de vida en una prisión de cemento con distintos corredores y sub-construcciones.
Lo más gracioso es que volví para estudiar la flora nativa de mi tierra, que ahora es cemento. Habrá flores de alambre, me imagino, tratando de bromear con la catástrofe mental que soy ahora.
Tras dos horas de viaje entre lo que parecían túneles en vez de calles, logro llegar a mi hogar, para saludar a mi ya envejecida madre.
-Mi niño, mi canelito, ahora eres todo un hombre, mírate.
-Y tú estás convertida en un cliché de abuelita, mami.
Nos reímos abrazados, llorando de emoción. No hay encuentro con mi padre porque nunca existió esa figura. Cosas que han sucedido siempre en la historia, y quizás siempre sucedan hasta que la especie humana se extinga, y pareciera ser que no falta tanto para eso como creemos. No hizo falta. El amor infinito de una madre, sobre todo en una época tan caótica como esta, basta y sobra. Ella misma me enseñó del amor por la naturaleza, desde una sabiduría bastante… intuitiva. Ella no es universitaria, ni tiene títulos. Pero sí vino del campo, y ahí aprendían todo sobre la naturaleza observando, con paciencia, y trabajando con (no en) la tierra.
Le muestro todos los libros que tuve que leer durante la carrera, enciclopedias gigantes con nombres y mapas y partes de cada una de las plantas, células, especies, y los mira fascinada. No espera ni un segundo para arrebatármelos, emocionada, y empezar a hojearlos, sentada en la mesita de centro, sacando sus lentes de lectura. Decido dejarla ahí un rato, para que pueda profundizar en ponerle términos científicos a todo eso que ya sabe desde su sabiduría popular, y me voy a buscar el álbum de fotos antiguo. Ella va a estar escudriñando información, y yo también.
Y es que cuando joven me encantaba salir a andar en bicicleta por mi querida La Arboleda y sacar fotos, sobre todo cuando vi que se hizo el primer gran edificio. Quise empezar a hacer registro de la precordillera, las áreas naturales, casi como presagiando que esa foto podría ser una despedida. O que estas fotos, impresas en papel fotográfico, más adelante serían un museo. El museo de la ruina de los árboles. Siempre he tenido pensamientos muy catastrofistas. Soy hijo de mi época, no me culpen.
Tras un rato de extraviarme mirando con cariño y nostalgia fotos de la infancia, encuentro mi álbum de “campo”, y le digo a mi mamá que saldré a andar en bicicleta por el barrio. Apenas despega los ojos del libro, mi viejita linda. Pero sí que me dice, muy seria, que anduviera con cuidado, porque con la expansión de la ciudad, hay mucho tráfico, y los accidentes vehiculares son comunes.
Al enfrentarme a la avenida, descubro que tiene toda la razón. Hay vehículos por montones, andando a velocidades que rozan lo ilegal, soltando ráfagas de viento que me desestabilizan pese a que ni siquiera he echado a andar en mis dos ruedas. Y, a cada lado de la avenida, edificios, y más edificios, cada uno con sus luces, sus bullicios, sus peleas. El ruido ambiental es ensordecedor, casi inhumano. Ni siquiera en la hiper-metrópolis en que estudié el escenario es así. Y al mirar hacia ambas direcciones de la avenida, es igual. Edificios y más edificios. En los pocos lugares baldíos que quedan, hay grúas y detrás de los edificios, más edificios. ¿Saben lo más curioso? En La Arboleda ya no he visto ningún árbol.
Es invierno y está oscuro, lo cual hace que el escenario sea todavía más deprimente para este dendrólogo que quería estudiar la flora de su hogar, y se encuentra con que ya no tiene hogar. He sido desplazado por esta nueva forma hostil de habitar, desplazar y colmar los territorios. Me imagino que en el futuro todas las ciudades serán en realidad edificios gigantes compuestos de edificios pequeños, como mi querida La Arboleda. Paseo por sitios que logro reconocer, anteponiendo la foto de cómo solía ser antes. Tomo registro también de esa diferencia, de ese antes y después que nos enrostra en la cara lo residual que ha sido la naturaleza en este proceso. Huertos antiguos, mini cerros, pies de la cordillera, ahora convertidos en edificaciones grandes y pequeñas o, en el mejor de los casos (sic) en automotoras. ¿Por qué hay tantas automotoras? Ah… claro… como la ciudad se llena de edificios, se llena de gente, que necesita moverse a otras ciudades a trabajar y necesitan comprar autos. Tiene lógica, dentro de su mundo, de su modo de construir su mundo e imponérnoslo.
Vuelvo a casa con el frío encima. Pero, si algo no ha cambiado en esta localidad, es lo acogedor y cálido de mi hogar. Mi mamá llega y me saca la chaqueta, me pasa las pantuflas. La estufa está puesta.
-Hijo, no he preparado la once, disculpa, me quedé pegada leyendo tus libros.
-No te preocupes, mamá. Si quieres, yo la preparo y así al menos terminas un capítulo.
-Con una propuesta así, ¿cómo decir que no?
Me da un abrazo, y vuelve a la mesita de centro, y yo a la cocina.
Al sentarnos a cenar, le cuento de mi triste viaje en bicicleta, y le muestro las fotos que pude tomar del antes/después de los lugares.
-¡Hijo! ¿Y si haces un Instanet de esto?
-¿Para qué?
-Ay, este niñito, tantos años en la universidad y sigue igual de lento. Para que la gente conozca cómo era La Arboleda antes de que nos plantaran encima todos estos edificios.
-Buen uso de la palabra “plantar”, mamá -me río.
-Fue intencional -me mira, picaresca- ¿y, qué te parece? Esas fotos arrumbadas sólo sirven como un tesoro personal. Y yo creo que sería lindo… no sé -de pronto, su rostro se vuelve triste- tratar de honrar lo que alguna vez fue nuestro hogar -le tomo de la mano, la miro, y le sonrío.
-Me parece que es una idea preciosa, mami, lo voy a hacer.
Terminando de lavar los platos, creo la cuenta de Instanet que usaré para la idea de mi viejita. “Plantandoedificios” es el nombre de usuario, y la descripción es “recordando la naturaleza ahora muerta de la zona de La Arboleda, desde la mirada de este dendrólogo melancólico”. De a poco, y con los días empiezo a subir distintas fotos, y empiezo a ganar seguidores, que me mandan sus propias historias y fotografías. Al parecer, entremedio del cemento, sigue habiendo una red de habitantes antiguos de acá, que conectamos a través de los recuerdos de cómo era todo esto antes.
Un día, me llega un mensaje increíble. Es una botánica que trabaja en la biblioteca de La Arboleda. Me cuenta que llegó allá para recopilar los archivos de flora y fauna endémicas del lugar, y que luego la bibliotecaria se enfermó, y se quedó ella. Me dice que tiene algo muy importante que compartirme, y me invita a ir a la biblioteca.
Voy, con curiosidad, al lugar. No es un edificio. Es una construcción antigua entremedio de edificios. Una novedad. Al entrar, me encuentro con Jasmine, la botánica que me escribió a Plantandoedificios. Me dirige hacia una salita de reuniones de paredes verdes, un sofá café oscuro, libreros, y, al medio, una mesa redonda. Nos sentamos en esa mesa. Hablamos un poco de nuestros estudios, nuestros intereses. Me ofrece un café. Se lo acepto. Mientras me entrega el café, se sienta frente a mí, toma un sorbito de su café, y se empañan sus lentes.
– ¿Qué sabes tú de los canelos?
-Uf… se viene vómito de información que quizás ya sabes, Jasmine. El canelo, cuyo nombre científico es Drimys winteri – fun fact, ese nombre se lo dio el naturalista sueco Carlos Linneo (Carl von Linné), el fundador de la nomenclatura binomial moderna. El género Drimys viene del griego drimys, que significa «picante» o «áspero», en referencia al sabor de su corteza. El epíteto winteri honra a William Winter, un marino inglés que acompañó a Sir Francis Drake en su viaje alrededor del mundo en el siglo XVI. Es decir, puro europeísmo,- es conocido en mapudungun como foye, es el árbol sagrado del pueblo mapuche, símbolo de vida, dignidad y conexión espiritual. Originario del sur de Chile y Argentina, crece en climas templados y húmedos, principalmente en bosques lluviosos desde la Región del Maule hasta Magallanes. Sus hojas aromáticas y su corteza tienen propiedades medicinales, y es utilizado en rituales de sanación y ceremonias tradicionales como el ngillatun. En el mundo mapuche, el canelo está asociado a la paz y a los machi (guías espirituales), quienes lo portan como señal de autoridad. – ella me escucha, con una sonrisa sugerente. Sé que algo pasa y no me lo quiere contar aún, – Jasmine, ya dime, ¿qué pasa?
-Desde que llegaste a La Arboleda, apenas has visto árboles, verdad?
-Claro.
-Y tú mismo acabas de decir que el Canelo crece en el sur de Chile…
-Si. Ya dime qué pasa, que me está dando ansie…
– ¿Qué pasaría si te dijera que hay un canelo creciendo en una zona de la precordillera, en el límite con los edificios?
-No te creería.
– ¿Por qué crees que te mentiría con algo así?
-No creo que me mientas, pero quizás estás jugando a ponernos en escenarios ficticios, tipo: “qué pasaría si esto, o aquello”. Pero es imposible. Las condiciones climáticas, de sustrato, geofísicas en general.
-Te llamé por eso. Porque hay uno. Pero esto es algo que muy poca gente sabe, porque… al ser un árbol simbólico, así como en siglos pasados en el Primer Mundo lo fueron los “árboles de la libertad”, podrían cortarlo si esta información llega a oídos equivocados.
-No te lo puedo creer.
-Entonces vamos, para que me creas. Qué ocularcentrista eres.
Me lleva en su auto, por una de las calles aledañas a la avenida, y damos muchas vueltas. Luego, al bajarnos, tenemos que caminar un trecho no menor, hasta llegar, efectivamente, a un pequeño canelo. Un milagro de la Mapu, si nos ponemos espirituales, porque explicaciones científicas, en este momento, no puedo dar.
-A veces vienen algunos grupos mapuche a hacer rituales. A veces a meditar. Si te das cuenta, alrededor no hay vegetación, y al frente, sólo la muralla que separa los edificios de una zona en la que, por temas de rocosidades del suelo, ya no se puede construir.
-Esto es inaudito. ¿Tienes alguna teoría?
-Teorías, sí. Comprobables, no. A pesar de las condiciones hostiles del entorno… Es decir, una zona árida, con alta compactación del suelo y sin vegetación aparente, el canelo logró crecer gracias a una combinación de factores anómalos. Bajo la superficie, una fractura natural en la roca madre permitió la acumulación de humedad subterránea, creando un microhábitat oculto. Esta grieta funcionó como una especie de vena hídrica, conectada a un antiguo canal o napa freática residual que no ha sido completamente drenada por la urbanización. Además, el lugar recibe sombra parcial de los edificios durante gran parte del día, reduciendo la evaporación y protegiendo al árbol del calor extremo.
-Tiene sentido… aunque claro, solo son una serie de eventos que están correlacionados pero sin que eso implique causalidad… Déjame pensar un poco -me siento frente al árbol, en silencio-. ¿Podría ser que la semilla fue depositada por un ave migratoria o llevada en un ritual? Teniendo en cuenta que en algunas prácticas mapuche se plantan ramas o brotes como parte del gesto ceremonial. Quizás… no sé. La capa delgada de suelo pudo haber sido enriquecida por residuos orgánicos acumulados, restos de ofrendas o simplemente por el tiempo.
-¿Sabes? -me dice Jasmine-, lo que resulta aún más curioso para nosotros, los botánicos que sabemos de esto es que, mientras ninguna otra especie prospera en el área, el canelo no solo ha sobrevivido, sino que muestra signos de adaptación activa: hojas más gruesas, menor transpiración, y un crecimiento lento pero firme.
-Esta es una actitud muy poco científica de mi parte, pero, de momento, hagamos suspensión de juicio, e investiguemos.
Volvemos al auto, y me lleva a mi casa. Le cuento a mi mamá. Ella ya lo sabía, vieja astuta. Se ríe cómplice. Ahora compartimos un lindo secreto juntos.
-Ese canelo es una expresión de que la Mapu, pese a todo, no nos ha abandonado, hijo.
Nadie recuerda desde cuándo estaba ahí. A las afueras de las construcciones, el árbol crece solo, sin sombras de otros árboles. Su corteza se raja como si hablara en una lengua que nadie ya entiende. Los drones de limpieza no alcanzan a llegar a su territorio, así que sigue en el anonimato fuera de los círculos de fanáticos de la fauna y grupos chamánicos, que también nos reunimos en secreto, como si lo que supiéramos fuese algo que requiriera del máximo hermetismo. Las lamngen creen lo mismo que mi madre: que el hecho de que un foye, un canelo, haya crecido en un sitio así, es una señal espiritual de que no estamos abandonados. Aquel canelo había echado raíces en un suelo que nunca fue suyo, y aun así, resistía. Sinceramente, me cuesta escapar de la idea de que es un milagro, o que mi mamá tenga razón.
Lo visito en silencio cada domingo, como si de una misa se tratara, o un ritual del día del Sol. Voy oculto tras unas gafas de sol -que ya nadie usa, si no hay para qué, en La Arboleda el sol ya no llega, las sombras de los edificios son la norma-. Llegado a cierto punto, he dejado de estudiar al árbol, y he comenzado a escucharlo. Racionalmente sé que aquel árbol no debía estar vivo en ese clima, en esa tierra seca, tras kilómetros de hormigón. Y, sin embargo, cada semana lo encuentro distinto. Se ha empezado a empequeñecer. Algunas hojas caen como si fueran mensajes. A veces huele a humedad, como a bosque del sur después de la lluvia.
Estoy perturbado con el hecho de que, con las semanas, el árbol está dando señales de estar secándose, así que voy a visitar a Jasmine, para que juntos estudiemos por qué puede estar pasando esto. Causas hay muchas. La más probable: el árbol se siente solo.
Sí, no es un “sentir” en el sentido humano, sino un sentir biológico. Les mostramos el informe con las opciones, para discutirlo con las comunidades que saben de esto.
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Posibles causas de decaimiento de árbol – especie Canelo
1) Pérdida de la red subterránea (Wood Wide Web): En los bosques, los árboles se conectan a través de micorrizas, una red de hongos simbióticos que une sus raíces. Esta red permite: compartir nutrientes (como nitrógeno y fósforo); enviar señales químicas de advertencia (por ejemplo, si hay una plaga); apoyar a árboles más jóvenes o debilitados.
Un árbol aislado no puede participar en esta red, y pierde esa forma de colaboración y comunicación. Queda literalmente desconectado del “bosque”.
2) Más vulnerabilidad al estrés: los árboles aislados en ciudades enfrentan: mayor exposición solar (sin la sombra de otros); vientos más fuertes (sin barreras naturales); temperaturas más extremas (efecto “isla de calor” urbano); menos humedad del suelo, porque el cemento y el asfalto no permiten buena infiltración del agua.
Todo esto debilita sus defensas inmunológicas y puede hacerlos más propensos a enfermedades, plagas y envejecimiento prematuro.
3) Menor intercambio químico: los árboles emiten compuestos orgánicos volátiles (VOCs) como parte de su sistema de defensa y comunicación. En un bosque, estos compuestos son detectados por otros árboles, que activan sus defensas. Un árbol solo: emite VOCs “al vacío”, sin nadie que los escuche; no recibe señales de advertencia de otros; en términos evolutivos, pierde una ventaja adaptativa.
4) Raíces restringida: en la ciudad, los árboles a menudo no solo están solos, sino encerrados en pequeñas áreas de tierra rodeadas de concreto, o, en este caso, de rocosidades naturales, lo que: limita su expansión radicular; reduce su capacidad de absorber agua y nutrientes; causa estrés crónico.
5) Impacto en la vida microbiana del suelo: la soledad también implica menos diversidad biológica en el suelo. Al haber un solo árbol, hay menos materia orgánica cayendo (como hojas, frutos); menos alimento para hongos, bacterias y fauna del suelo; menos posibilidades de formar un ecosistema subterráneo estable.
6) El árbol desarrolla una “memoria del bosque”: en algunos estudios reales, se ha observado que los árboles pueden almacenar señales químicas del estrés que han sufrido y transmitirlas a sus descendientes (esto se llama epigenética). Imaginemos que el árbol recuerda los cantos del bosque, el murmullo de sus vecinos, y en su “soledad”, esos recuerdos se vuelven residuos químicos persistentes que lo hacen delirar o resistir.
7) Los edificios bloquean las feromonas del árbol: como ya mencionamos, los árboles emiten compuestos orgánicos volátiles (VOCs) que funcionan como señales. El concreto o el smog actúan como bloqueadores de comunicación, y el árbol “grita” químicamente, pero nadie lo escucha. La ciudad es una cárcel sensorial. Tanto para nosotrxs, como para él.
8) Los árboles urbanos se suicidan o rebelan: ya hay estudios sobre autopoda, una forma en la que algunos árboles sacrifican partes para sobrevivir. ¿Y si los árboles urbanos desarrollaran una conciencia rudimentaria y decidieran no florecer más, o “desconectarse” como protesta? En un acto final, podrían liberar toxinas en el aire, o cambiar la química del suelo para impedir la construcción.
9) El árbol no está solo: guarda una red dormida bajo tierra, o está en búsqueda de una. Tal vez bajo la ciudad quedan fragmentos de micorrizas o raíces de un bosque antiguo, como una red fantasma. Si un día algo reactiva esa red (una lluvia inusual, una vibración sísmica, una música ancestral), el árbol despierta una memoria ecológica colectiva. Podría ser el inicio de una contraofensiva vegetal.
Resumen: El canelo se siente solo. Para descubrir si puede sobrevivir, habría que excavar para estudiar la extensión de sus raíces o fragmentos de micorrizas.
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Las lamngen se negaron a que interviniéramos en la tierra alrededor del canelo, ya que podíamos pasar a llevar sus raíces y matarlo, o hacer enojar al espíritu del foye y espantarlo. Así que, básicamente, quedamos de manos atadas sin poder hacer nada más que esperar.
Ya cuando todos pensamos que el canelo moriría, que finalmente la ciudad ganaría su última batalla contra la vida, sucedió algo que nadie pudo anticipar. Una mañana, después de semanas sin señales, veo un brote. No uno seco o quebradizo, como los anteriores, sino un brote nuevo, tierno, de un verde desafiante. Es como si el árbol hubiera recordado algo antiguo, como si algo —o alguien— lo hubiera llamado desde las profundidades.
No dudo más, y pidiendo permiso al árbol, excavo. Casi con rabia. Casi con fe. Y lo que encuentro es más grande que cualquier predicción: una raíz delgada, viva, que no va hacia arriba, sino hacia abajo, hacia muy abajo. Con instrumentos especializados, y con la ayuda de Jasmine, trazamos su recorrido: su larga raíz atraviesa el concreto, sortea y rodea, hasta levanta escombros, pasa entre tuberías oxidadas, rodeándolas en espiral, desciende más allá de lo previsto. No es solo una raíz. Es un vínculo. El árbol ha logrado enlazarse a una red micorrizal milenaria, una red de hongos y raíces que conecta árboles distantes entre sí, algunos tal vez ya muertos en la superficie, pero aún palpitantes debajo. Los tocones, esos mismos que todos creemos inútiles, también están conectados a esa red y cumplen una función biológica en los bosques. Para que lo sepan, aquí estamos para eco-alfabetizar(nos).
El canelo, por fin, ya no está solo.
Frente a esta revelación, no puedo hacer otra cosa que llamar, emocionadísimo, a mi viejita. Le hablo entrecortado, como quien vuelve de una visión.
—Tenías razón, mamá. La mapu no nos ha abandonado.
—¿Viste? —respondió ella con ternura—. Siempre pensamos que la tierra necesita de nosotros. Pero somos nosotrxs quienes necesitamos que ella no nos olvide.
Subo el brote de canelo en Instanet, sin filtro, sin descripción. Solo una imagen pura, limpia, que es compartida miles de veces. Como si el algoritmo, por un instante, no supiera qué hacer. Como si algo más fuerte que el mercado guiara los dedos de quienes miraban. A los pocos días, empezaron a llegar otras imágenes: un arrayán creciendo entre una grieta de asfalto en Temuco, un boldo que rompía una losa en Valparaíso, un quillay detrás de una antena en Chillán. Solitarios, sí. Pero visibles. Resistentes. Vivos.
“Podrán tapar la tierra, pero no podrán desconectarla”, escribió alguien en los comentarios. Y se volvió frase.
Vuelvo al lugar del canelo. Está más erguido. Toco su corteza, áspera y tibia. Llevo en la mochila un pequeño papel que había encontrado entre las cosas de mi madre, que ya no recordaba tanto, pero seguía cantando las mismas canciones de infancia. Lo pongo entre las raíces. Dice:
«Küme mongen. No estamos solxs. La tierra recuerda.”
Andar en bicicleta por lo terrible que es esta montonera tétrica -de tetris- de edificios, se hace más llevadero cuando sabes que, por debajo, en lo subterráneo, hay otras redes activándose, otras vidas pasando.