Me voy antes que ellos. Despedidas de célebres suicidas [extracto] – Carcaj.cl
Me voy antes que ellos. Despedidas de célebres suicidas [extracto]

Ilustración: Le suicide, de Alexandre Gabriel Decamps (1835). Intervenida

08 de diciembre 2025

Me voy antes que ellos. Despedidas de célebres suicidas [extracto]

Fragmento del libro Me voy antes que ellos. Despedidas de célebres suicidas, Varios autores. Alquimia Ediciones, 2025.

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EPÍLOGO

Una última palabra

En 1927, el escritor austriaco Stefan Zweig publicó la novela Carta de una desconocida, una extensa epístola –que es la novela– que llega a las manos de un hombre que estuvo vinculado a la remitente. En esa escritura en tiempo pasado nos vamos enterando –el destinatario y el lector– que esas palabras estaban pensadas para ser las frases finales de la desconocida, quien decidió quitarse la vida después de escribirlas, sumando un nuevo capítulo a la carta del suicida, ese tópico de la literatura y testimonio irrefutable de una decisión. Y es que la carta opera como un sistema que logra transmitir un mensaje complejo a un receptor tardío, quien podrá leerlo cuando todo haya sucedido. Cuando ya no haya nada que hacer.

Así, el llamado “diferimiento” (el tiempo del que escribe no es el mismo del que lee) y la ausencia (el receptor no está presente en el acto enunciativo) parecen ser las coartadas claves del suicida: puede reflexionar sobre sus sentimientos –desnudarlos u ocultarlos– sin ser interrumpido ni interpelado en su mensaje y en su acto posterior: lanzarse a esa oscuridad sin retorno. Y este compilado de trágicos adioses es un umbral hacia ese abismo: reúne cartas y notas de despedida –en muchos casos, sus últimas palabras– de escritores, poetas, músicos y pintores que eligieron silenciar su existencia de forma abrupta. No hay morbo, glorificación, ni romanticismo, sino un gesto de escucha hacia voces que, acosadas por la desesperanza, desplegaron su arte en el borde mismo de la vida. Al filo de la navaja.

Cada texto es una grieta que deja ver la tormenta de quienes, en sus horas más oscuras, hallaron en la palabra una forma de despedida, testimonio o súplica. Son documentos profundamente humanos, dolorosos y conmovedores, que nos arrojan a un océano de fragilidad.

Sin embargo, Kafka decía que cualquier carta –por diferimiento o ausencia– puede ser un mero simulacro; en una de sus Cartas a Milena, escribe: “La gente apenas me engaña, pero sí lo hace en las cartas, y en verdad, no solo las de otras personas, sino también las mías propias. La fácil posibilidad de escribir cartas debe haber traído al mundo –vista nada más teóricamente– una terrible desintegración de las almas”. Pero en la carta o la nota final no hay ficción posible, solo una desnuda verdad que atraviesa como una flecha.

Leer estas últimas frases es asomarse a un silencio denso, íntimo, y a veces desolador. Pero también es una forma de recordar que detrás de cada obra, de cada creación, hubo una vida que ardió intensamente hasta consumirse.

En estas páginas resuenan las voces de quienes no solo crearon belleza desde el caos o la amargura, sino que también arrastraron consigo las sombras más densas de la existencia. Es la lucidez hiriente de Virginia Woolf: “Creo que voy a enloquecer de nuevo. Siento que no podemos atravesar otro de esos tiempos horribles. Y esta vez no me recuperaré”.

Es la ausencia de toda aprehensión de Teresa Wilms Montt: “Nada tengo, nada dejo, nada pido”.

Es el delirio tenaz de Horacio Quiroga: “Lo que es seguro es que no seré yo quien vea o cuente el relato de mi contorsión final, sino que estoy entregándole todo ese peso a usted”.

Son las sentencias heridas de Alejandra Pizarnik: “Dejar el bien y abandonar la razón (el sentido) es abrirme al abismo (locura)”.

Es el grito contenido de Anne Sexton: “He pensado en ti –en que algún día estarás viajando a algún sitio sola y puede que yo esté muerta y que quieras hablar conmigo”.

Es la dignidad inquebrantable de Violeta Parra, apagando toda llama de mitología: “Yo no me suicido por amor. Lo hago por el orgullo que rebalsa a los mediocres”.

Es la pugna entre el vacío y el deber de Kurt Cobain: “Ya hace demasiado tiempo que no me emociono ni escuchando ni creando música, ni tampoco escribiéndola, ni siquiera tocando rock”.

Es el oscuro sentido estético de la posteridad para Sid Vicious: “Por favor, entiérrenme junto a mi novia. Entiérrenme con mi chaqueta de cuero, mis jeans y mis botas de motorista”.

Cada uno de los más de treinta nombres convocados en estas páginas –que abarcan un periodo de tiempo que se extiende desde el poeta japonés Misao Fujimura en 1903 hasta la cineasta belga Chantal Akerman en 2015– escribió, pintó, cantó o filmó desde una frontera en la que el lenguaje se vuelve un último refugio o una única trinchera. No como un gesto accesorio, sino una urgencia: la necesidad de fijar en palabras, en imágenes o en sonidos un fragmento de aquello que estaba a punto de desvanecerse. Son voces que, aun cuando se proyectan más allá de la muerte, conservan el temblor de la inmediatez. Una voz póstuma que ya no está para sostener con su presencia física aquel aullido final, pero que, sin embargo, insiste, resuena, se filtra en los intersticios de la memoria colectiva.

Me voy antes que ellos. Notas de célebres suicidas no es solo un archivo de despedidas y dolores, ni un inventario macabro de últimas palabras. Es, más bien, una constelación de llamas: breves, intensas, desmesuradas, que ardieron con una desesperada belleza. Allí donde algunos podrían ver únicamente una derrota, se alza también la paradoja de una afirmación: la de haber querido decir algo, dejar un rastro, asegurar que la voz, aun quebrada, siga teniendo un destino. Este libro no pretende ofrecer respuestas ni redención, pero sí invita a detenernos un instante ante la intensidad de quienes vivieron al límite de sus quebrantos, con la sensibilidad a flor de piel y una herida siempre abierta.

Quizás leer sus últimas palabras no nos acerque a comprender del todo sus decisiones –complejas, siempre atravesadas por un espesor que ninguna biografía ni diagnóstico puede agotar–, pero sí nos permite sentir el peso de su humanidad, la vibración de su vulnerabilidad, el arrojo trémulo con que sostuvieron su propio derrumbe. Y en esa escucha atenta que no juzga, tal vez hallemos no solo tristeza, sino también una forma inesperada de cuidado: un recordatorio de que incluso en la caída hay verdad; incluso en el final hay algo que permanece, un último resplandor que se resiste a extinguirse totalmente.

Porque, aunque esas voces se apagaron, sus palabras –rotas, desgarradas, a veces apenas un murmullo– siguen hablando. En ellas palpita una extraña continuidad: una insistencia que atraviesa el silencio de la muerte para instalarse en la vida de los que leen, de los que escuchan, de los que miran. Y al leerlas, volvemos a mirar ese escalofriante abismo. No para lanzarnos, sino para recordarnos que estamos vivos.

Felipe Reyes

Felipe Reyes F. (1977). Ha publicado la crónica biográfica "Nascimento, el editor de los chilenos" (2014); las novelas "Migrante" (2014) y "Corte" (2015, 2021); los recopilatorios "Rodolfo Walsh, reportero en Chile" (2017) y "Roberto Arlt, la química de los acontecimientos" (2020); el volumen de ensayos "Un reflejo en el agua movido por el viento" (2019), y, en coautoría, la crónica "Chacarillas, los elegidos de Pinochet" (2019).

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