«Palabras hexagonales», de Verónica Jiménez – Carcaj.cl
«Palabras hexagonales», de Verónica Jiménez

"Paisaje con agua", J. M. W. Turner

09 de junio 2025

«Palabras hexagonales», de Verónica Jiménez

Texto leído para la presentación del libro Palabras hexagonales, de Verónica Jiménez (Agata Musgo, 2025), el 14 de marzo de 2025 en la Librería Inquieta.

§

La poesía es invendible, invisible, indigerible; distinta de cualquier forma de discurso. Lo que allí sucede no ocurre en ninguna forma de articulación verbal. Encarna la posibilidad misma del lenguaje entre la palabra y el silencio. Cuando ocurre, como un relámpago, como el relámpago, se expresa tal como afirma Borges: “describe un hecho preciso, y nos deja con la sensación física de estar ante el mar”. La poesía de Verónica Jiménez es un buen ejemplo de esta y otras maneras de comprender a la poesía y lo que sucede en un poema. Palabras hexagonales, desde título, describe hechos precisos de forma precisa, algo que sucede, y también lo que se evoca y lo que se intuye, con la sensación concreta, física, —“erótica”, diría Jiménez —de encontrarnos ante un mundo que nos es tan familiar como abrumador porque es el arco, o círculo, que va desde la vida a la muerte. Algo está firmemente enraizado aquí y comprometido moralmente con esta realidad, en la densa claridad de los versos de Jiménez, proyectando una visión y el revés de la trama, que se desprende (o viceversa) de este momento y lugar.

Verónica Jiménez nos recuerda, citando al Gilgamesh, que la poesía es “ver en lo profundo” y para eso, debemos ir hacia atrás en la memoria, no con la fijación del historiador o el biógrafo del “yo”, sino para escuchar y ver el punto en que las cosas están a punto de transformarse. Tan concreta, terriblemente concreta, diría, como oracular, ambigua y enigmática es esta poesía en su versión más esencial, como el testimonio de un instante que se abre entre el cuerpo y el lenguaje, sin que el significado quede fijado definitivamente. Así, cada poema emerge como una forma de tensión viva entre interpretación, memoria y asombro.

Si la sociedad carece de un sentido de verdad, porque los hechos son materia de una lucha interpretativa, la poesía, como señala William Rowe, describe a través de “duraciones históricas más largas y dimensiones del lenguaje menos obvias que las circunscritas por la batalla de posiciones comunicativas”. Tenemos, por un lado, el lenguaje, la dimensión simbólica que nos obliga a decir, a interpretar dentro del ámbito de nuestra familiaridad, y el contra efecto de sobrecargar esa interpretación con nuestra familiaridad, que tenderá a hacernos pensar de una manera y no de otra. Pues bien, la poesía, como un “ver en lo profundo” está en una permanente pugna consigo misma, con sus referentes en esta dialéctica. El testimonio concreto que es el poema tiene un centro de gravedad vacío en el que el sentido de las palabras no está fosilizado por el significado que fija nuestra familiaridad subjetiva personal. La comunicación de un hecho preciso es, “indagación” un, “recorrido por el lenguaje mismo, no una interpretación. Y ese recorrido está determinado por un sentido, es decir, por una dirección” (Montalbetti). Por consiguiente, tal dirección no es otra que la lectura contingente, la que hagamos aquí y ahora, y no otra.

Palabras Hexagonales, publicado originalmente por Quimantú hace más de dos décadas, en 2002, es un libro breve, conciso, constituido originalmente por cuatro conjuntos de poemas: Palabras Hexagonales, cuatro poemas; Cuerpos contrarios, doce poemas (que cierra con el merecidamente célebre “Nada tiene que ver el amor con el amor”); Marina llega con la lluvia, que es un solo poema-canto de mayor extensión; y Mares, quince poemas (muy relacionados con su primer libro Islas flotantes,de 1996), y en un formato que roza o es algo así como “poemas en prosa”). A estos cuatro “capítulos”, esta edición ha agregado A la luz del invierno, un conjunto de cinco poemas publicados en Plagio en 2003 y, finalmente, la breve reflexión Cómo escribo un poema, donde la poeta se refiere al proceso personal de escritura. Esta reflexión fue originalmente publicada en 2021 en el suplemento cultural Palabra Quebrada.

PALABRAS HEXAGONALES, como imagen y como concepto, incluso, apela al lenguaje en su forma más elemental. Las formas hexagonales se encuentran repetidamente en la naturaleza en panales, copos de nieve, columnas de basalto, cristales, etc. La poeta buscaba lo que todo poeta busca conscientemente o no, esa articulación que está a un micromilímetro de disolverse en la perfección del silencio. Siendo así, sorprende la rasgadura de esa invocación o de esa declaración:

Y era el llanto de las procesiones de la infancia
lo que les daba sentido a las rodillas.
Eran las manos buscándose debajo de las sábanas
la bolsa para cazar mariposas lo que les daba sentido.
El viento en la ventana anunciaba la presencia del mundo
la oscuridad de los pasillos nos rompía los ojos cuando niños
el diablo tal vez escurriéndose por debajo de las puertas
su fetidez alcanzaba a los perros en el patio y los enloquecía
el puño se persignaba entonces sobre la boca. Todo así era sentido.
Dedos y labios al encuentro, mano de la mano
carne de la carne que crecería una y mil veces desvestida
dentro de la fina corteza intacta de los cuerpos infantiles.

Primero un sonido, el llanto, luego la infancia, luego el cuerpo, luego el lugar que cubre a ese cuerpo, las sábanas, y allí la extraña aparición de la bolsa para cazar mariposas. Ya se sabe, interesa el vuelo recortado de la mariposa, imagen de la articulación, quebrada, azarosa, impredecible, del verso y de la imagen. Y en ese plano de la maravilla que es la infancia, como suele suceder en la infancia, la presencia más que real, concreta, del diablo, la fetidez, el miedo ante el cual no podemos sino persignarnos. La boca bajo la señal de la cruz. La palabra.

II

Despierto soñando con el fruto maduro del almendro.
Las cáscaras estallan cuando se abre la semilla
y en reguero se esparcen sobre el suelo húmedo del patio.
Los niños miran todo desde el otro lado de la reja
sus ojos son ratas inquietas, las veo asombrarse, correr
hacia el fondo oscuro de los lunares de mi blusa
hacia el ruedo de la falda que gira y se convierte en un plato.
Despierto soñando con el fruto maduro del almendro.
Todo me alcanza, el vestido es esta piel y mis manos
buscan a tientas brazos o piernas en la oscuridad.
Mi hermana duerme
dice cosas sin sentido y se abraza a mí.

Las cáscaras son palabras que no resisten más la tensión de lo que debe decirse; lo que debe decirse tiene una naturaleza doble, al umbral entre un estado y otro, tanto a la vigilia como al sueño. La mirada de los niños, descrita no como algo bello sino como algo amenazante o como pobreza real elimina de cuajo cualquier rastro de ingenuidad o demagogia: las ratas son la peste. El poema III vuelve al sueño y termina en el silencio que es el fuego original, el misterio de donde surgen los fenómenos.

Enciendes la leña como quien se hunde en un sueño
y entre las llamas puede ver
azorados campos en los que el trigo estalla / Enciendes la leña y en el fuego escancia/ el mutismo de un rostro/ que extrae para sus hijos/ las brasas originales del silencio.

El cuarto poema aparece como una plegaria a quién: al dios terrible-paternal, parecido al Dios del Viejo Testamento al que suele apelar/interpelar Mistral. Como lo importante no es la naturaleza de eso, a quién se dirige la plegaria, sino que el poema sea una plegaria, lo que se pide a lo divino dice y define mucho más de quien habla, antes que de ese silencio sobrehumano.

IV

No me devuelvas cuando me lleves contigo / Una pequeña piedra arrojada contra el viento soy. / Déjame caer. Hazme liviana.

Hay una suerte de oposición entre ese déjame caer y el deseo de ser liviana. Caer sin peso, como un entregarse, como un ceder, quizá; o un caer que es flotar. ¿Por qué? La sección que sigue da la respuesta. Cuerpos contrarioscomienza con la clave del porqué de ese deseo por deshacerse de lo que se es:

Uno se extravía, busca el alma en el cuerpo y el cuerpo en las cenizas. Hasta que llega el punto en que los espejismos se hacen patentes: un trozo de espíritu brilla sobre la piel, pero la imagen procede de los ojos. Uno llega a saberlo y se rehúsa a enfrentarlo. Así nace la cobardía.

Los opuestos entre cuerpo y alma, entre lo material y lo inmaterial, entre esto y aquello; habiendo nacido al lenguaje, al llanto y al dolor se nace a la primera cagada que es el lenguaje (la expresión es de Fogwill). El error del lenguaje encarna en la presencia del mal y del diablo. Ese “no me devuelvas” del último poema de Palabras hexagonales es una plegaria por librarse de esto que aquí se revela como extravío, división y cobardía. Así como ese “déjame caer” es casi déjame desaparecer, déjame morir, que sea de una vez lo que tiene que ser, para que ocurra la transformación deseada, aquello que cae, es decir que pesa y es arrastrado por la gravedad hacia un polo/centro, lo hace para luego ascender libre de peso, libre de cuerpo.

Cada poema de la sección es una constatación de la precariedad que encarna el sujeto: “atrévete a cruzar cuerpos contrarios” dice, “aunque descubras que los pies son el contrasentido de los pies”; “la flor pierde las mieles que la humectan / la carne se repliega hacia el vientre de la nada:” “Las visiones de la luz sobre las solitarias estepas de la piel”; “Aguas de dolor, tallo desgajado”, aunque, como en Job, esta misma descomposición sea la respuesta más justa ante la plegaria que antecede a los cuerpos contrarios. Si lo que deseas, dice el Dios o la Diosa o lo que fuere, es caer y ser liviana, primero debes cruzar el umbral doloroso de la vida, pasar por sus etapas corporales, concretas, materiales de miseria y miedo. El cuerpo, la materia es “la sensación cae al alma/esa abstracción son colorear/ esa palabra/ que nombra lo que carece de materialidad// y lo altera todo.” Lo altera todo la palabra, porque nos separa de la materia condenándonos a ser testimonio de su decaer. El problema, obviamente, es que uno “ama esas rodillas” y por eso el último poema, el que cierra este ciclo de manera perfecta es “Nada tiene que ver el amor con el amor/ nada tiene que ver el amor con las palabras que engendra”. Parece una obviedad, las palabras serán ante el amor una suerte de mímesis, de semejanza torpe y frágil, que, como se nos ha dicho, están contaminadas por el extravío, el error y la cobardía.

Así como Cuerpos contrarios es una continuidad de Palabras Hexagonales, el poema que viene, un canto, en realidad, “Marina Llega con la Lluvia”, es también una respuesta a lo que le antecede. ¿Qué hacer ante el error, el extravío y el amor transformado en palabras inútiles? Este canto es el contrapunto, las palabras nuevamente, pero sublimadas, transformadas en lo hexagonal, es decir en lo perdurable, en lo constante, y que, además, es un sustrato común a todo y a todos, el amor de verdad como expresión del ciclo o del eterno retorno, lo imperecedero. Ante el miedo se alcanza su opuesto que es la esperanza.

Espéranos en tu orilla
lluvia que está en la lluvia
míranos cómo estamos
ve cómo caemos en esto
una permanente presa del tiempo
esto que es la vida.

Yo sueño con una niña enredada en el aire.

La lluvia canta en el corazón de la semilla
escarba la tierra y arranca raíces: palabras
recién venidas.
Hija de la lluvia, detente
dentro de mis ojos, examina el fuego
tus visiones como llamas
colman mi sueño, un sol
de raíces doradas
sube por tu espalda,

El poema de la madre, el poema de la maternidad, el poema del árbol y de la tierra que fecunda y florece, da, cede; el árbol del cual el sujeto se agarra y luego se desprende para añorar siempre aquello que pierde, la unidad con la madre, con el árbol con la tierra. En Mistral, según Patricio Marchant, con Dios y con Cristo también, pero la madre-poeta, siguiendo a Marchant, lo sabe y ese es, aquí parafraseo al filósofo, su saber diabólico. Desprenderse o hacerse liviana es también la madre que dice a su vez “tu madre ha muerto” que la madre anuncia/sentencia/interpela a su descendencia, su prole. Pero eso es casi un lugar común, y a estas alturas como ya deberíamos saber más aun, no es lo único y quizá tampoco lo más importante, aunque es importante. Este es un canto en que Jiménez ensaya o simplemente le nace, un tono muy distinto. La solemnidad es evocativa, tierna, suave. La niña que viene es un canto a su vez a lo que aún no hay, a lo desconocido que va cuajado como una fuerza y un símbolo nuevo dentro de su antigüedad. La poesía es tan primitiva como la maternidad. Si la poesía es, como cita Jiménez en su reflexión poética, “mirar en lo profundo”, este poema es precisamente lo profundo con una cierta esperanza, y la esperanza es el antónimo del temor que inspira el mal. Ante la pregunta sobre el amor, Jiménez cambia de ángulo y plantea un amor de otra naturaleza. El amor en que el otro/la otra nos importa sin ningún tipo de perturbación o transacción propia del deseo, como sí lo hay en el amor romántico, el erotismo, la pasión, etc.

Con Mares,el conjunto da un giro, digamos hacia el mundo exterior. Si en los poemas que anteceden la poeta proyecta sobre todo la imaginería esencialmente interior, su lenguaje, la infancia, el sueño y la vigilia, lo ético y la espera, aquí, nuevamente recurriendo al agua y a la simbología del mar (la vida y la muerte), la mirada parece decantar en una cierta objetividad descriptiva del mundo físico que la rodea. Podrían estos poemas relacionarse con el trabajo de Rosabetty Muñoz, pero creo que debemos recordar que, desde su primer libro, para Jiménez es importante el trabajo de otro poeta para quien el mar, la costa y las islas son imágenes fundamentales y recurrentes: Yorgos Seferis, sobre todo en Mythistorima. La diferencia es que allí donde Seferis escribe acerca de un paisaje y una luz mediterráneas, aquí se trata de un Chile sureño. En cualquier caso, tanto para la poeta chilota como para el griego se trata de poner en evidencia la precariedad y el desamparo del ser humano ante el paisaje y el tiempo. Si veníamos del mundo interior de la mente y el corazón de la poeta, ahora estamos ante el mundo que ve más allá de su espacio más cercano e íntimo. Fijémonos en cómo abre la sección:

Anochece
el cielo ahora está cambiando de color
y a poca distancia de la playa
aureolas de aceite dejadas en la superficie por las lanchas
engañan la vista de novatos cazadores de lobos. //
Llingua, loma negra y silenciosa atestada de perros vagabundos.
Arenas ásperas crujen bajo los pies del visitante
que va dejando tras de sí dos huellas de implacable soledad.//
La leña verde humea y la columna asciende hasta chocar con la bandada
de aves marinas que realizan su última ronda.//
Es hora de rezar por los enfermos, los hambrientos y los encarcelados
y también por los pescadores que fuman junto a frágiles lámparas en altamar.
Al amanecer remontarán las olas en dirección a otras islas
como el afligido que va juntando los trozos de un salmo ya olvidado.

Recordemos, Palabras hexagonales comienza con la infancia y el llanto, Cuerpos contrarios con la búsqueda del alma y el cuerpo, Marina llega con la lluvia es un canto íntimo de espera, digamos de maternidad, aunque no es solo eso, y aquí la mirada se abre hacia afuera, hacia lo que hay más allá del lugar desde donde nos hablaba en las secciones precedente. Es el mar que afuera está como amenaza, pero también como lugar en que se habita: la playa, las lanchas de los pescadores, las aureolas que deja el aceite en el agua, perros vagabundos, arena áspera, las huellas de una soledad implacable, el humo de leña húmeda, el rezo por los enfermos, los hambrientos, los encarcelados y por los pescadores en altamar, despojos de un lobo muerto, caminos pedregosos, codicia de mariscadoras, la sal que quema las gargantas, minerales que estallan pulmones, globos oculares/cavernas interiores, pobreza de los sin casa, sin tierras, sin dientes. El viento se arremolina en el agua: malos presagios, una cruz en la arena, todo eso “Es lo que ocurre”, “La madre se persigna seriamente ante la cruz hallada/ pero las dos niñas cavan una fosa en la playa/ y se tumba con los ojos cerrados y muertas de risa”. Es la fe, quizá inútil, la muerte y lo grotesco en tiempos de penuria.

La humanidad apenas sobrevive a orillas del mar. Se nos recuerda que “para el océano mil años son como ayer y otros mil serán mañana”, es decir, nuestra insignificancia solo podría trascender en la medida que el poema nos permite comprender y recordar esta condición a través de la sucesión de imágenes atemporales, atávicas. Entre todo aquello, el visitante, la poeta misma “vacía en el ruido del océano sus pensamientos”. Ese ruido de las palabras hexagonales, de los cuerpos contrarios, de la espera en y desde Marina. Ante el mar, como dice Borges, que debe dejarnos un poema, cualquier poema, y vaciando sus pensamientos, el visitante, la poeta, quizá, digo quizá, Veronica Jiménez, finalmente, uno mismo, solo se puede afirmar “Tus aguas me han cercado continuamente / y al amigo y al compañero de mí has alejado”, para rematar, “La soledad se pega a la sal, pero no se desvanece// Cuando sube la marea a las tumbas las cubre el agua.”. Bien, mar, muerte y soledad irreparable. Todo aquí es naufragio. No en el sentido amoroso-erótico nerudiano, sino en el sentido existencial que contiene una de las metáforas más tradicionales de la poesía: la vida como un naufragio.

Finalmente, A la luz del invierno se agrega como una suerte de “yapa” de seis poemas no incluidos en la versión original del libro. Y aunque no fueran parte del volumen, opera como transición entre el final de Mares y el texto Cómo escribo un poema. Luz de invierno, ya que parece abordar la escritura, es “la frase que se enreda”, “lo que en este tiempo recogimos al tacto”, son “regiones de lucidez” “a pesar de la duda”, “el peso de lo que imaginé”, “lo que se destruye después de recordarlo” y sentencia “No vuelvo a repetirlo”. No es difícil comprender que todo eso que se destruye es precisamente todo lo anterior que ha sido dicho, desde la infancia, la soledad, la espera, el mar, un “razonar simplemente sobre la abundancia o la falta de rigor”.

No creo que sea necesario especular psicoanalíticamente más de la cuenta. Aunque el sueño es un elemento fundamental como símbolo de uno de los polos de la consciencia, que podríamos definir como la dimensión aural, los símbolos son reconocibles y la ambigüedad reside, precisamente, en lo ambiguo del lenguaje, antes que en la perspectiva ética de los poemas. Es más, creo que podríamos decir que Jimenez, su mirada, es incluso conservadora: la lucha del bien contra el mal se despliega en cada uno de estos poemas, incluyendo el canto de la madre a Marina. Por último, solo tengo que agradecer a Ágata Musgo el que vuelvan a publicar este libro que conozco desde su origen y que considero honestamente uno de los mejores libros de poesía escritos al menos dentro de la que sería la generación de Verónica Jiménez. Aunque, personalmente, y sé que esto viene de muy cerca, sospecho que supera los límites de esa generación.

14 de marzo de 2025

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