Simone Weil: La fuerza que todo lo toca – Carcaj.cl
Simone Weil: La fuerza que todo lo toca
15 de marzo 2026

Simone Weil: La fuerza que todo lo toca

Primera Parte: El mecanismo de la fuerza

El pathos agresivo forma parte de la fuerza con igual necesidad con que el sentimiento de venganza y de rencor forma parte de la debilidad” F. N.

1. Para Simone Weil, al centro del poema épico fundacional de Occidente que es la Ilíada se encuentra la fuerza y su capacidad de someter tanto a vencedores como a vencidos. “Desde 1914 la guerra no se ha apartado nunca de mi pensamiento”, escribió Weil en una de sus últimas cartas. Entre los resquicios del imperio de la fuerza, para Weil, se deja ver de manera transparente y casi milagrosa, la gracia: la compasión por la fragilidad humana, un peso que se contrapone a la fascinación de la fuerza. La gracia es la ley del movimiento descendente. La gracia, al igual que la piedad, nos permite desarrollar la capacidad de “alimentarse de luz”, es decir, de la voluntad de no juzgar, puesto que al juzgar rompo “la relación que compone las cosas” y anulamos el principio de conservación (conatus) que está siempre en relación con otros. En palabras de Weil, “varias veces he cedido a la tentación de herir a otros: obediencia a la gravedad, el pecado más grande. Se corrompe así la función de la lengua, que es la de expresar la relación de las cosas”.

2. ¿Cómo explica Simone Weil la fuerza? En sus palabras, “la fuerza es lo que hace una cosa de cualquiera que le esté sometido. Cuando se ejerce hasta el extremo, hace del hombre una cosa en el sentido más literal, pues hace de él un cadáver”. La fuerza transmuta lo vivo en una cosa, es decir, cosifica hasta la inamovilidad. Antes de la fuerza, “había alguien, y, un instante más tarde, no hay nadie”. La fuerza se dirime entre matar y matar no-todavía. Ya sea como fuerza que mata o como fuerza suspendida que puede matar, la fuerza “de todos modos transforma al hombre en piedra”. Para Weil, “un hombre desarmado y desnudo contra el que se dirige un arma se convierte en cadáver antes de ser tocado”. Siguiendo a Weil en su lectura de la Ilíada, “la fuerza lo doblega todo”. La violencia que es exterior e incluso ambiental, envuelve a los verdugos y a las víctimas. En definitiva, de nuevo, la violencia lo aplasta todo. Para Weil, la violencia de la fuerza “termina por parecer exterior al que la maneja y al que la sufre; nace entonces la idea de un destino ante el que los verdugos y las víctimas son igualmente inocentes, vencedores y vencidos hermanados en la misma miseria. El vencido es causa de desdicha para el vencedor, como el vencedor lo es para el vencido”. La fuerza aplasta todo, así “como embriaga a quien la posee o cree poseerla. Nadie la posee verdaderamente”.

3. A nuestro entender la gracia o la virtud, para Simone Weil, consiste en un juego de equilibrio donde el pensamiento, la justicia, la prudencia (la caute de Spinoza) imprimen una cierta pausa en medio del combate que despliega la fuerza. Para Weil, “quien posee la fuerza camina por un medio que no ofrece resistencia, sin que nada, en la materia humana que le rodea, suscite entre el impulso y el acto ese breve intervalo en que se aloja el pensamiento”. Además, “es imposible que no perezcan [por el ejercicio de la fuerza, tanto fuertes como débiles], pues no consideran la limitación de su propia fuerza ni sus relaciones con los otros como un equilibrio entre fuerzas desiguales: no imponen a sus movimientos esa pausa de la que surge la consideración de los semejantes”. Escapar al mecanismo de la fuerza implica “un uso moderado de la fuerza”. Además, “exigiría una virtud más que humana, tan poco habitual como una constante dignidad en la debilidad”. La moderación es igualmente difícil de imprimir a las relaciones en las que dirime la fuerza, “pues el prestigio y la indiferencia orgullosa del fuerte por los débiles [tan contagiosa que se comunica a los débiles mismos] constituye en gran parte la fuerza”. Para Weil, desde el momento en que la práctica de la guerra ha hecho perceptible la posibilidad de muerte que cada minuto encierra, el pensamiento se hace incapaz de pasar de un día al siguiente sin afrontar la imagen de la muerte. Además, la guerra hace desvanecerse toda idea de objetivo, “incluso los objetivos de la propia guerra”. Así, borra el pensamiento mismo de poner fin a la guerra.

4. Para salir del circuito de la fuerza, de la violencia, de la guerra, “es necesario un esfuerzo de generosidad que rompe el corazón”. Pero según Weil, “difícilmente se ha visto tal generosidad en la historia de la humanidad. El poder que posee la fuerza de transformar a los hombres en cosas, es doble y bidireccional: petrifica de forma diferente, pero tanto a unos como a otros, las almas de quienes la sufren y de quienes la manejan. La fuerza, la violencia del combate, la guerra en definitiva, es un tipo de alquimia, de transmutación o transformación que tiene por objeto “el alma de los combatientes”. Para Weil, la “petrificación de las almas es esencial a la fuerza”. ¿Cómo sostener una modalidad de la fuerza que permita afirmar el principio de conservación (conatus) que está siempre en relación con otros, y a la vez no cosifique a nadie ni a nada, ni destine a la inmovilidad a nadie ni a nada?

Segunda Parte: Una fuerza geológica

Si las sociedades se mantienen y viven, es decir, si los poderes no son en ellas ‘absolutamente absolutos’, es porque, tras todas las aceptaciones y las coerciones, más allá de las amenazas, de las violencias y de las persuasiones, cabe la posibilidad de ese movimiento en el que la vida ya no se canjea, en el que los poderes no pueden ya nada y en el que, ante las horcas y las ametralladoras, los hombres se sublevan” M. F.

1. Recurrir a la guerra como matriz esencial desde donde interpretar la realidad en sus distintas escalas, abre el campo de las estrategias y de las relaciones de fuerza que operan en la sociedad. Desentrañar la guerra, entonces, no implica declararla, apropiárnosla, ni concluirla. Más bien, implica comprometerse a mantenerla permanentemente activada: en ningún caso se trata de “hacer la guerra” para la construcción de un mundo exento de dominación, como de ver en la inconclusividad misma del combate el signo de la erradicación de la opresión y de la dominación. Sopesar la materialidad efectiva de la guerra como aquello que habita y compone la centralidad misma de la política y de la realidad, se ha vuelto urgente una vez más para la construcción de un poder y una fuerza propia. Eso que comúnmente llamamos “poder” no es injusto porque haya decaído o se haya corrompido respecto a sus más elevados ejemplos –¿los hay acaso?– sino más bien, porque sencillamente dicho poder no nos pertenece. La rebelión, la sublevación, la revuelta no busca un poder más justo, bello, puro –perdónalos, Nietzsche, no saben lo que hacen– sino que un poder propio.

2. Simone Weil nos dirá que a la paz perpetua (Kant) y a la seguridad infinita del soberano (Hobbes) es preciso contraponerles la certeza del valor de la finitud: el amor a la vida y el valor de esta misma ante la muerte. Para Weil, es preciso mantener intacto el amor a la vida y no dar nunca la muerte sin antes haberla aceptado para sí. Adquirir valor pero sin crueldad es esencial en la medida en que el mito de la seguridad pone al centro la necesidad de matar, aquello que Simone Weil denominará “el sueño irreal de la seguridad”. A diferencia de las concepciones hobbesianas donde la instancia superior de delegación del poder impide la guerra de todos contra todos a cambio de la protección que desde el soberano se proyecta sobre el campo social, para Weil la seguridad no es más que un mito en la medida que es imposible escapar de la fuerza: la guerra, al igual que la fuerza, lo abarca todo y cuando creemos poseerla es cuando más nos posee. En definitiva, la seguridad hobbesiana deviene mito en la medida en que es imposible arrancar y erradicar la acción bélica delegando en una instancia superior la regulación de los conflictos e intereses por medios supuestamente no violentos. Es más, la seguridad como efecto de la acción soberana para impedir la guerra de todos contra todos, no es sino la perpetuación efectiva de la maquinaria bélica instituida por las clases dominante y las metrópolis imperialistas. Si la soberanía se explica en virtud de la cesión de una fuerza al Estado que a su vez representa la finalización de la guerra en tanto que paz, esta cesión o pacto naturaliza la naturaleza bélica de las relaciones políticas, al mismo tiempo que encubre el fundamento de dicho pacto: que el campo, la zona, el territorio completo está escindido entre vencedores y vencidos.

3. Ahora bien, la relevancia que tiene dicha cesión o pacto no es que sea un momento radicalmente otro de la guerra, como lo sería la paz perpetua y el mito de la seguridad. La tregua, el pacto es una transacción que permitiría reintroducir la dimensión política del combate, abriendo espacio a la pregunta por qué hacer con la violencia. En otras palabras, despertar la resistencia o mantenerla adormecida, estas dos alternativas son las que definen dos tipos de política: la de los vencidos, en el primer caso; la de los vencedores en el segundo. Al reintroducir la guerra en la política por medio de la tregua –o, lo que es igual, la política como tregua–, León Rozitchner mantiene como fundamento de la política la estructura de las fuerzas que en el enfrentamiento determinaron resquebrajar el pacto anteriormente vivido como paz: los más fuertes seguirán manteniendo la ofensiva, mientras que los más débiles se mantendrán a la defensiva pero fuertes por otros medios. Por los medios de la política, va a decir Rozitchner. Así, una estrategia defensiva ya no tendrá por finalidad despojar al adversario, conquistarlo, extender los límites del propio territorio avanzando sobre su territorio. Más bien, defender y conservar lo propio, algo así como una máquina de guerra nómade antes que un ejército profesional regular. La tregua, entonces, no se vive como un momento otro por afuera de la guerra o como una “aparente paz perpetua” sino más bien como un elemento cualitativo de la fuerza que permite hacer puente entre una estrategia ofensiva posible y una estrategia defensiva en acto.

4. León Rozitchner destaca que la paz encubre el fundamento violento de una tregua anterior. Es decir, la paz encubre la política como tregua de una guerra anterior puesto que la guerra forma parte de la política como violencia encubierta enel principio de legalidad del Estado. Reintroducir la guerra en la política, abre la posibilidad de elaborar una territorialidad heterogénea en donde ensayar formas de estar y hacer juntos y en contra. Asumir la guerra como estrategia, asumir una percepción estratégica de lo real, sin aplastar su complejidad ni perder de vista la conciencia histórica de la enemistad, permite develar la matriz oculta de la guerra: la conquista y la colonización permanente de los territorios y la expoliación de los cuerpos. Acá no se trata tanto de desenmascarar la paz y mostrar que allí reside la guerra (ambas en su perpetuidad) como de articular la tregua con la política, desestimando toda lectura purista y maximalista que rehúye de las tensiones y articulaciones entre la macro y la micro política. Lo importante respecto de la tregua es que permite religar guerra y política, abriendo así un campo donde la violencia tiene por destino la construcción de otra cosa distinta que la guerra, la posibilidad de elaborar una fuerza propia que tenga por destino otra cosa que la guerra y la masacre como fundamentos de la soberanía y del ordenamiento jurídico.

5. Si para Simone Weil la fuerza lo abarca todo y cuando creemos poseerla es cuando más nos posee, ¿qué sería en este sentido lo propio de una fuerza propia? Defender y conservar lo propio quizás tenga relación con una cierta fuerza popular que radica en un conocimiento del territorio: lo propio y singular de cada territorio por el cual nos movemos y la capacidad que nos damos para la edificación de puntos, lugares, zonas, e infraestructuras que permitan dinamizar la fuerza. Lo propio, entonces, de una fuerza defensiva es el conocimiento que se tiene del territorio, de los flujos, de los espacios de encuentro y pasajes fronterizos. Así como también de la memoria que portan estos territorios, espacios y campos. Una fuerza propia, entonces, en tanto que fuerza geológica que es al mismo tiempo el lugar humano de repliegue donde se sigue elaborando, frente al poder físico del enemigo, la resistencia. La fuerza defensiva se esfuerza en su conservación, en la lucha por su autodeterminación: la fuerza defensiva es, en último término, una lucha de liberación.

6. Una fuerza propia, una fuerza geológica sería distinta a la fuerza que define Weil en la medida en que escapa al poder perpetuo de muerte, ejerciendo lo propio de la fuerza propia como destino de otra cosa distinta que la guerra y la crueldad. En otras palabras, lo que es propio de una fuerza geológica es que está en función de la vida, del conatus vital de un territorio o de una territorialidad. Es radicalmente una fuerza inmanente: el amor, la ternura y el resguardo por aquello que no ha tenido lugar todavía y que pervive allí cuando le entregamos atención.

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