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Sobre la insensibilidad

Hokusai, Monte Fuji visto a través de una tela de araña (Intervenido)

16 de julio 2025

Sobre la insensibilidad

Un rapto me distrae del fondo armonioso de una película de Edward Yang. Taipei, vista desde los altos edificios corporativos, comparte un horizonte similar al de Santiago hacia el oriente. El skyline taiwanés es espectacular: el cielo apenas comienza a incendiarse y se tiñe de rosa como un cuadro impresionista. Los cristales de los edificios reflejan la hacendosa vida urbana de mitad de los ochentas. Los autos surcan el aire en los espejos. El protagonista se pierde en la contemplación melancólica de su ciudad exuberante.

Un duro apaciguamiento solo me permite escribir estas líneas, pero no visualizarlas, menos sentirlas. Mi cuerpo simula la atención, la apreciación, pero solo estoy motivado por escenas u objetos que muevan la trama. Soy insensible a la inutilidad y solo reacciono a los bloques que se concatenan. Muevo el mouse para revisar cuánto tiempo queda para que acabe la película. 53 minutos. Parece incierto que pueda disfrutarla hasta el final.

Pauso. Abro un libro de Swift. Discurro entre sus instrucciones hacia la servidumbre. Su ironía me elude. No la percibo. Solo atisbo los gestos generales y la prosa me parece sonsa. Cuento las páginas que quedan para terminar el capítulo. 17 páginas. No estoy dispuesto a ese sacrificio. Cierro el libro y pienso estas cosas.

Hay momentos como este donde pienso que he perdido toda sensibilidad que alguna vez fundó mi personalidad adolescente e inclinó mis decisiones hacia la creatividad y el humanismo. Qué disparate, pienso, haber pensado que se podía escuchar todos los pensamientos y habitar todos los corazones. Los mártires son exaltados o visionarios. Pero esta exaltación contribuye a su altura, y desde arriba no podemos evaluar el esfuerzo de las hormigas hacendosas. Tan insensible es la apreciación mártir, que los más insignes, en la hoguera, les gritaban a sus tiranos: “esta parte ya está lo bastante asada, córtala y cómela, ya está cocida: asa el otro lado”. Habían perdido toda perspectiva de dolor que confundían con la gracia divina.

No es el toque de un ángel el que nos distrae del oficio mundano, el sufrir, sino el embate constante contra el mismo. Disociación pasa a ser el hashtag del momento, ad hoc a las consultas psicológicas. Cuando pienso en el gigante neón de Valdivieso que corona el Parque Bustamante, pienso en dos cosas: primero, algún estúpido creativo decidió que “desde siempre” es un tag más efervescente que “y hoy, ¿por qué no?”, y segundo, ¿quién puede pensar en descorchar un espumante simplemente porque vio el mismo neón que ve todas las tardes al volver desde el trabajo a su casa? Esos neones, tan pirotécnicos, tan desesperadamente alarmantes, nada inspiran, nada suscitan.

Tales impresiones son propias de la juventud. Aunque la juventud es una marca y no un estado. Los hay quienes lloran con Goya y sus fusilamientos. Otros desprecian la lírica y solo pueden sumergirse en la música incidental, donde imaginan todo tipo de vehemencias e historias. Un buen amigo subrayaba su soledad melancolizando comerciales de perfumes; sus idilios le parecían traducir el lenguaje de los sueños. Otro, grandísimo ateo, solo se emocionaba con el canto gregoriano; todo lo demás lo encontraba vulgar. Hablo de sensibilidades que los calaron profundamente, lugares donde hallaron una comodidad de lino, donde podían exponerse a discreción. Neones, artificios o sutilezas de la alta cultura, artefactos que, no siendo útiles del miedo, les inspiraban belleza.

A mí me inspira el miedo, la anticipación, la gloria de la antelación. El miedo es la medida de la precaución, y la juventud no es precavida. Para ser espoleado por algo, se debe andar a medias tintas, algo distraído, fervoroso. Quién lleva la mano oculta tras el poncho, sobre el gatillo, no conoce el placer de la sorpresa. “De entre los sufrimientos ya ningún nuevo aspecto me sorprenderá inopinadamente; todo lo preví y a todo adiestré mi ánimo”. Esta malversación estoica de Virgilio colateralmente insensibiliza, como el neón que encandece pero nunca genera llama: nadie en su sano juicio se calienta las manos a sus expensas.

En el mejor de los casos la insensibilidad es una herramienta útil. La anécdota es pobre, porque mal la recuerdo, pero hace media década caminaba junto a un par de amigos. Uno de ellos hasta el día de hoy se concibe animalista. El otro es un sensiblero que pasaba riñendo y sollozando entre romances mal paridos y peores abortados. En medio de la conversación casual vimos como un auto golpeaba a un perro callejero que cruzaba la calle. Mi amigo “sensible” se puso a llorar, casi gemir, y solo le faltó caerse de rodillas. Yo miraba con la atención del aspaviento pero simulando mesura. Nuestro amigo animalista se arremangó la camisa, paró el tráfico de la avenida y recogió el cuerpo golpeado y sangrante del animal que aún vivía. Cuando lo visito hoy en día, la cadera malograda del animal me recuerda su mirada de sagita y su compromiso con esa causa que llaman animalismo.

Otra sensibilidad, la del borde o el límite, convive con la frialdad del oficio. Si hemos de diseccionar un homicidio, aunque sea en la ficción, debemos tolerar la sangre y los órganos. Nos puede disgustar el asesinato, pero no la muerte. Lo muerto es nuestro plano y cartografía, y lo navegamos sin mareo o fatiga. Cuando el forense quiebra el plexo para indagar allá adentro reconoce en las vísceras el rumor secreto del envenenamiento, insensible a la descomposición o los gases que el muerto expulsa.

El oficio endurece la mirada y callosea manos y canillas.

¿Cómo le llamamos el embrutecimiento campesino, ese que sumergía a Madame Bovary en las más intensas aflicciones, y que la llevó ronceando al adulterio? Mediocridad de espíritu llegan a llamarle los escritores realistas. Aunque Zola luego los reivindicara, no es injusto sumar a esta descripción la del “callo del alma” que no les permite gozar de un fresco o llorar con la ópera italiana. Estos hombres -casi siempre hombres- dan abrigo y cerveza espesa, pero restan al arte de la conversación y contaminan los salones con sus toscas presencias.

Es fácil tratar de insensible a quienes no comparten nuestra aflicción o no sintonizan con nuestras emociones. En el desamor siempre se escucha esta palabra, cuando el quiebre sorprende a uno y alivia al otro. El otro, sensible a otro horizonte, es tildado de insensible por no apreciar las costas donde se ve varado. Para él, el sol no enciende ni se pone, y los días se suceden tras una mecánica siniestra. Ya no visualiza nada del brillante amanecer del amor que ahora se marchita. Pienso que estos quiebres serían menos dramáticos si a quienes les sorprenden pudiera invocar ese punto de vista singular del desamor: el desinterés, el tedio, el aliento rancio de la boca seca y craquelada que ya no podemos besar.

Todo lo que se opone a nuestros deseos es desdeñable e intruso. ¿Qué se hace con la rata que anida detrás del refrigerador? Mazazo o veneno. Lo mismo con quien irrumpe en nuestra casa. No preguntamos motivos. Atizamos de lleno. Nuestras pesadillas nos guiarán a la fragilidad y la transgresión, pero nunca al cadáver y la vida extinta de un sueño olvidado, un menosprecio, una puerta estrecha que quisimos ensanchar y cruzar.

De Godard mi padre no recordaba más que un plano fijo, largo, de una tela de araña en la esquina de un departamento mal iluminado en el centro de París. La araña nunca aparecía. La tela no se movía con el viento. La escena era prácticamente innecesaria. Nada se movilizaba gracias a ella. Ese tipo de cine fue y será siempre para mi padre, un cine-tedio. Su corazón de cowboy, de Brando, de Bogart repelía esta antítesis, la consideraba anatema. Recordarlo proyecta mi propia tensión con los planos atmosféricos de Yang y pienso: no soy sensible a la trama, la trama me conduce, me anida, me acuna. Soy sensible a la atmósfera, a la calma, al remanso. Es ella la que me enfrenta y me desacomoda. Me desabrocha la corbata. La sensibilidad no necesariamente implica resonar con la nota que cuelga, sino desazonar. Como un aliño que la receta prohibía y explota en el paladar acostumbrado. Esta revelación, un poco menos punitiva, me devuelve cierta juventud y me enfrenta con los gustos que, atávicos, han ido modelando mi carácter biliar.

La insensibilidad no es un rechazo ni un desapercibimiento. Su principio elude descripción porque no se puede apuntar ni culpar. Solo existe en el fuero interno, y solo respecto de algo que se ha perdido. Podemos ser ignorantes, pero no necesariamente insensibles. Podemos ser obtusos, pero no necesariamente insensibles. Todos los que han entrevistado a Bob Dylan y han hecho el ridículo contra esa pared de metafísica zen han pecado de cultos, de educados y de humanistas, pero nunca de insensibles. Insensible me parece quien, tras la bofetada, reconoce la fechoría y no se exime, ni se perdona. Insensible es la acción día a día que permite, no sin esfuerzo, edificar sobre la derrota.

Alberto Parra

Alberto Antonio Parra Asenjo (Santiago, 38 años) es un escritor y músico nacido en Valparaíso. Su primer libro de poesía: “Monumentos” es una autoedición limitada de 100 copias. Con su banda “Vago Sagrado” han publicado 5 LPs con distribución en distintos formatos físicos (cd, cs y vinilo) en distintas partes del mundo. Actualmente trabaja en un segundo volumen de poesía y en un volumen de cuentos.

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