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Tantos trozos de pan había en nuestros bolsos

Foto: Nicolás Slachevsky

29 de diciembre 2025

Tantos trozos de pan había en nuestros bolsos

Presentación a “Pabla pies de fuego”, de Patricia Águila. Ediciones Delakostra. Santiago, 2025.

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A contracorriente del panorama poético metropolitano contemporáneo que brega constante —y, a veces, hasta impúdicamente— por una afanosa legitimación literaria a partir de una escritura pensada para ser traducida, y, por tanto, exportada, las poéticas del sur, amplísimas como son hasta decir lo más fiordo, suelen responder y estar respondiendo a unas formas de concebir el tiempo y la propia relación entre los seres con quienes compartimos —sean estos humanos, muertos y muertas, animales varios, retamos, plantas y renovales donde ¡ay! y hay cadáveres, como recordaba Perlongher, la prima trasandina— que no encierran en sí el germen de una secuencialidad, sino que, por el contrario, moldean su propia forma de concebir el tiempo a partir de las cadencias de la mar, que a su vez lo es todo —luga, kollofe, limen, botadura, arte de pesca: ¡tanta lengua en función de las mareas!—, a la manera de un largo gerundio cuya forja no acaba, a fuerza de estar siempre siendo.

Y sin embargo, digo las escrituras del sur, y de estirarlo es que me atoro. Por partida doble la arcada es tentacular. Porque, por un lado, las escrituras del sur son muchas, demasiadas como para asirlas incluso a un pivote o estructura; y, por otro, porque la literatura de Chiloé merece un acápite mayor.

De modo que, para empezar, sin perder el hilo, venga un primer recuerdo.

Con la Pata nos conocimos en Valdivia, hace diez años casi, tal vez un poco más. La había oído en unas sesiones de poesía punketas donde oí gritar, llorar, recitar y derramarse en variada lid a un grupo sensible e impreciso, rayano a menudo en lo ñipa —para quienes sepan lo que eso significa— que se hacía llamar “Sociedad de ratas”, y cuya amiga más dura, en el buen sentido de la palabra, un sentido siempre a punto de escindirse, es quien doy ahora en presentar.

Venía de Chiloé, procuraba con frecuencia decir, lo que era como decir otra tierra. Otra tierra y otro mar, un mar o muchos mares a la siga de una insularidad infinita, aunque entonces yo no lo sabía. Quizás todavía no sé, por mucha isla me haya sido mostrada, y de tanto en tanto, ni siquiera. El archipiélago es aparte, lo sabe y estima todo el sur, allí donde siempre hay un chilote presente antes que un chileno, huilliches mediante y de primera. Es aparte, pero por ahí no lo es tanto, o no al modo que desde la metrópolis se quisiera. Allí se maneja un lenguaje que el continente resiente. Lo resienten porque quisieran o quisiéramos a menudo aprehenderlo; no obstante, se nos termine escurriendo siempre. No hay, en ese sentido, lengua en Chile más lábil que la lengua chilota, pues se ha valido como ninguna de la [lengua] castellana para cambiarla y darle nuevos usos, hasta el punto de hacerla tan maleable como las mareas. Dentro de ese corpus rara vez atendido, la poesía de Patricia Águila ocupa un rol paradojal. No tanto porque se haya ampliado hacia la dramaturgia, un derrotero que muchos podrán considerar natural en vista de su desarrollo poético, sino por situarse en una contemporaneidad confusa, a la que muchos se verán tentados en llamar generación bisagra. Es la generación que escribe sabiendo que el puente sobre el canal de Chacao lo cambiará todo. Depositarios de la memoria en el afónico corazón de la distopía.

Entonces, antes que todo cambie y, ¡Dios jamás quiera!, se gentrifiquen del todo los canales, las islas como bosques sin sustratos a su haber, alguien preguntará a los cuatro vientos: ¿Qué es? ¿Qué fue, al fin, la poesía chilota? Y las sombras de una amiga o vecina responderán: En Chilwe la poesía es una cocina a leña donde todo está por fraguarse, “como un lunar de sangre que nace en todos los tiempos”, al decir de un verso de Pabla; un lunar repleto “de dibujos que siempre apuntan hacia el mar”, como agrega otro poema. La poética de Patricia Águila, en ese sentido, hace suya y retoma una idea de tiempo circular que, siendo oriunda del archipiélago, hoy peligra por su ausencia bajo el paraguas de la asimilación cultural, cuyo hito material estaría signado por la construcción del puente Chacao. No obstante, dicha forma de concebir el tiempo está atravesada por relaciones familiares, vecinales, amatorias y amistosas, donde permanencia y demora se presentan como reflejos paralelos: “Que tu voz se parezca a una niña / que todas las tardes / espera en la cancha / a que su madre vuelva del trabajo”.

Esta forma de ser uno con la temporalidad, o mejor dicho, de ser y hacerse comunidad a contramarcha de los sortilegios de la muerte, ha sido advertida tanto desde las ciencias sociales como desde el mismo ámbito poético. Respecto a la primera, la antropología austral ha hecho hincapié en los modos en que el archipiélago instaura para sí un tiempo más fronterizo que nuevo, cíclico y circundante.

En Chiloé el tiempo se concibe y se nombra como entorno, como ritmo cíclico, como horizonte. […] Es por ello, que en el binomio tierra-mar, el espacio se torna cadencia marina: los ritmos de las mareas marcan las horas de mariscar y de zarpar o de regresar a tierra […] La orilla es bisagra entre la agricultura y la pesca, entre los cultivos de tierra y los de mar, entre el mar-adentro y el mar-afuera, entre el mar interior y el mar abierto (Valencia et al 2020, p. 721).

Dicha cadencia marina, propia de un mar que constantemente se pliega, repliega y se despliega, permite que la memoria insular se haga lo mismo carne que makuñe en la poética de quienes lo habitan. La poeta Yolanda Lagos Garay (1929 – 2020), en ese sentido, también chilota, perteneciente a la generación del 50 —y de quien Pablo de Rokha, siempre altisonante, dirá que “su poderosa voz poética emerge como una campana colosal”— escribió a propósito de ello: “No hay tiempo tardío en la catadura de la muerte / El olvido es la ceniza de las edades” (Contreras 2014, p. 85)

Contra ese olvido como ceniza de las edades, Pabla pies de fuego retoma la figura de Pabla Llancalahuen, buceadora, recolectora y mil-oficios durante el atribulado siglo XIX, cuyo nombre apenas si figura en la historiografía local o nacional, y que, cuando aparece, suele estar en relación a su marido, Pedro María Ñancupel, apodado el último pirata de las Guaitecas, condenado y fusilado por el estado chileno en 1888. “Hoy soplarás el fuego / como quien anuncia / el comienzo de una batalla” dice Patricia Águila en Pabla, y uno ya no sabe si la batalla anunciada es una que ya fue —otra más, quizás, de la violentísima toma de Ancud—, una que está siendo o acaso la batalla que será. Pero, ¿no son todas parte de la misma? ¿O han cesado, acaso, las desapariciones? Otro verso en Pabla agrega: “Se las llevaron en abril / Pusieron trozos de pan en sus bolsos”. Los trozos de pan que los cuentos infantiles utilizaban como metáfora del retorno a casa aparecen aquí ligados a labores (ahora) industriales de extracción acompasadas entre rancheras u ochenteras melodías: “y una voz anciana cantará / Bella Elena encantadora dueña de mi amor primero / mientras llegan las demás de la faena”.

Por todo ello, Pabla pies de fuego se inscribe en un corpus de tiempo cíclico, situadamente insular, que toma a Pabla Llancalahuen para trascender hacia los y las habitantes del presente de la Isla grande. Como escribe Roxana Miranda Rupailaf en el prólogo, este es “un homenaje a las mujeres que buscan a sus desaparecidas y a aquellas que se desvanecen en el rumor del mar”. Tales rumores y homenajes, para cerrar con un verso de Pabla, “sabré reconocerlos / desde mi asiento al final del minibús”.


Referencias

Aguila, P. (2025). Pabla pies de fuego. Ediciones Delakostra: Santiago de Chile.

Contreras, M. [Ed.] (2014). 100 años de literatura en Chiloé. Repertorio bio-bibliográfico de autores (1900 – 2000). Ediciones Oximorón y Alquimia Ediciones.

Valencia, G; Díaz, A., Ther, F y Saavedra, G. (2020). De tiempos y de mareas: Construcción social del tiempo entre pescadores artesanales del sur de Chile. El caso de Chiloé. Chungará 52, 4.

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