Tejer una resistencia. Sobre «Todo lo que tenías que hacer» – Carcaj.cl
Tejer una resistencia. Sobre «Todo lo que tenías que hacer»

Foto: @pauloslachevsky

03 de agosto 2025

Tejer una resistencia. Sobre «Todo lo que tenías que hacer»

Sobre Todo lo que tenías que hacer. Mujeres ayudistas en la dictadura de Pinochet, de Tomás García Álvarez. Alquimia Ediciones, 2025.

§

I.

Dadas unas circunstancias y un momento determinado, ¿qué es todo lo que se tiene que hacer? No pareciera ser, en principio, la fiel característica de un automatismo: de una acción que no tiene causa alguna, ni ningún antecedente. Incluso, todo aquello que se tiene que hacer, ese difícil todo, implica una desmesura, una demasía: no puede medirse por sus efectos (que no logramos visibilizar) ni mucho menos logramos constatar que haya efectos en sí. Sin embargo, ¿importa todo eso?

La ruta de entrega era una sola. Amelia contactaba a su primo, Arnoldo, que vivía en Punta Arenas y a través de un par de curas hacían llegar los bolsones con gorros, calcetines y chombas. Tejían tanto que habría sido imposible recordar qué había hecho cada una. Por eso fue curioso cuando unos años después, a medida que llegaban los relegados a Castro, la hermana de Amelia reconociera en la cabeza de un hombre uno de sus gorros. Era su lana, era su punto, era su obra para enfrentar los malos aires que respiraba Chile.

Todo lo que tenías que hacer (Tomás García Álvarez, Alquimia Ediciones, 2025) es un libro sobre mujeres que ayudaron en medio de esa extrema cultura de la muerte que significó la dictadura. ¿En qué consiste y qué particularidad tendría, en todo caso, la ayuda en clave femenina? La relación de las mujeres con ese significante ha sido históricamente problemática. Porque ayudar ha sido muchas veces sinónimo de un trabajo invisible, una suerte de operación con estatuto de resto, siempre al margen del reconocimiento. Algo así como un empujoncito extra que no cambia en nada mucho el curso de las cosas y transcurre silenciosamente en la trastienda de una escena principal. Este es –y al mismo tiempo no es– el caso de lo relatado en este libro, que hace aparecer en primer plano la densidad de una red de ayudistas que hicieron de lo pequeño algo grande y desviaron el destino de muchxs que iban derechamente a engrosar las listas de detenidxs, desparecidxs, muertxs y torturadxs.

De modo que este libro da cuenta de algo hermosamente paradojal: esa relegación histórica de las mujeres a los confines de lo privado, al anonimato, al segundeo y a la práctica de ayudar, se convirtió en potencia y fue condición de posibilidad para tejer una resistencia. Se trata acá de mujeres que, colocadas en un tránsito histórico, hicieron un estratégico uso de su posición de subalternidad. La dictadura las encontró de lleno en su condición de mujeres. El tejido de las ayudistas implicaba inventar otro mundo dentro del horroroso país sitiado por la dictadura. Un mundo donde fuera posible articular amor, cuidado, confianza, imaginación, viveza. Un mundo donde el medio de comunicación se da mirándose a los ojos, extendiendo una mano amiga, abrazando para compartir el temor, apurando el paso con la cabeza en alto. Muchas veces en silencio y sin siquiera sospechar de lo que sucedería después. Pareciera ser que ese todo frente a “aquello que se tiene que hacer” es poca cosa. Sin embargo, el vértigo en medio de ese desmesurado todo se encaraba con tenacidad. “Colaboraciones pequeñas, pero que eran vitales en esa cadena que de mano en mano hacía mover el engranaje de la sobrevivencia”.

Las ayudistas y los ayudados (unas y otros, muchas y muchos de ellos anónimos) estaban implicados en una red que tenía sus propias formas de operar. El dolor y el miedo, el cansancio y la angustia, pero sobre todo la solidaridad fue el principal motor de este “tejido de voluntades que superaba con creces cualquier chaleco que alguna vez se pudo tejer”. Sacudirse el miedo y el peligro eran la condición esencial para poder encontrar el valor en medio del desgarro de los lazos sociales y las desconfianzas que la dictadura buscaba expandir. Las puertas de las casas se cerraron para que no entrara nadie. Ni siquiera el calor en verano que calentara un poco el cuerpo de tanto frío que empezaba a llevarse adentro, bien adentro. Así como se carga el miedo. El frío en las manos y los pies. El corazón como los barrotes de una celda. Helado”. Las ayudistas son mujeres a las que el miedo y la violencia no les adormecieron las fibras. Les recorrió más bien una urgencia ética. Mujeres que, independiente de sus militancias y orientaciones políticas, entendieron muy bien que “portar un corazón de izquierda no podía significar perder la vida”. En ese sentido, y al tratarse de una urgencia puesta en acto, este es un libro enteramente atravesado por esa materia prima que es el riesgo. El riesgo colinda con la muerte, pero está empujado por la vida. Se origina en la oscuridad y en lo incierto, pero tiene la inteligencia secreta capaz de desmantelar las coordenadas en las cuales se está. Los puntos de encuentro y las operaciones diseminadas por esta red de ayudistas estuvieron siempre en esa línea de riesgo. 

II.

Los secuestros se sucedían uno tras otro, a plena luz del día y las balas corrían fácil en medio de la noche. A cualquier hora, en cualquier momento. De igual manera, las ayudistas entendieron la agilidad con la que debían actuar en las calles donde andaban sueltos los cazadores. Y si alguien no hacía algo para detener la persecución y la matanza, entonces quién. “Si alguien no hacía algo para detener la razia de la que eran víctimas miles de chilenos y chilenas, el país iba a quedar vacío. Peor aún, sin personas con sentido común y repleto de derechistas de poco corazón”. Y si bien el peligro era real tanto para las ayudistas como para sus cercanos, para los ayudados y para todo el tejido de solidaridades, precisamente ese saberse en red, esa colaboración y confianza de saberse con otras, aplacaba el temor.

Mónica nunca supo qué pasó con los dos tupamaros extraviados que debía trasladar. La puerta del departamento simplemente no se abrió. Pero sin darse cuenta, ella terminó abriendo la suya. Otra puerta. Una que la llevó a otra y luego a otra. Terminó abriendo tantas que ya no recuerda cuántas fueron.

-Así llegué a esta vida de ayuda que no sabía que era ayuda -dice hoy.

¿Qué es, entonces, todo lo que se tiene que hacer en medio de tanto golpe, en medio de tanto horror que parece no va a detenerse? ¿Cómo se trenza una resistencia? Hay algo en los detalles, en el ir juntando y pasando de mano en mano, punto a punto. Hay algo en las minucias, en la delicadeza y en la atención lenta pero densa de cada situación. Entonces, lo molecular agarra fuerza y desmantela el esquema “vanguardia/retaguardia” porque no podríamos decir que en medio de la multiplicidad de resistencias contra la dictadura, imaginadas o llevadas al acto, el rol de las ayudistas fuera poca cosa. Es más, la paciencia debía ser otra aliada imprescindible en todo momento donde no existían manuales para lograr dar pasos certeros, pasando al frente o por el costado de los puntos de vigilancia. “Dejar pasar el tiempo antes de volver para así asegurarse de que las casas se ventilaron, era lo correcto”.

Hay algo particularmente llamativo en este libro. La porosidad de los relatos a los que llega y construye, da cuenta de esa urgencia puesta en acto, donde las palabras llegan después. Lo más fascinante es que no queda realmente claro que las ayudistas sepan hoy –o hayan sabido– lo que hicieron. De algunos de sus enunciados se desprende un haber hecho despersonalizado. Se miran a sí mismas con distancia y con una cierta ajenidad. Son opacas a sí mismas. Probablemente este libro, como intervención, las condujo mucho tiempo después a dimensionar, a partir de sus efectos, el mecanismo que echaron a andar. 

III.

La certeza del combate no es posible sin la certeza del segundeo, de saberse en medio de un tejido que no logramos ver dónde comienza ni dónde termina pero que sabemos que está allí sosteniéndonos en la medida en que lo sostenemos todxs. “A veces el susto que le venía llegaba hasta la garganta y se deshacía rápidamente como un dulce bajo el paladar. Pero la tranquilizaba saber que no estaba sola. Que había una red tejiendo igual que ella. En algún lugar de la ciudad otras personas hacían algo parecido, aunque no las conociera”. Las historias de resistencia y ayuda son así, nos dice Tomás García Álvarez. Nadie sabe cómo terminan porque nunca nadie sabe cuándo y cómo comienzan realmente.

Ese imperativo del “todo lo que tenías que hacer” no fue tanto un mandato como una opción. Habría que preguntarse, de todos modos, de qué clase de opción se trató. Hay algo que algunas de las ayudistas transmiten, y es que no sabían bien en qué se estaban metiendo. Se trataría entonces de una ayuda a ciegas, que no sabe bien a qué consienten, con “la obligación de tejer sin importar lo que pasara y callarse la boca, no hablar”. En ese silencio y esa ceguera enigmática pero pulsante, lo único que queda es el cuerpo en su dimensión de acto, comandado por una suerte de convicción suicida violentamente dirigida a defender la vida e imprimir algo de solidaridad y de ternura en medio de tanto horror. Y es que sin cuerpo no hay resistencia ni revolución posible. 

Es, por tanto, en la urgencia ética, en ese consentir impuro, en su relación vital al riesgo y en la posibilidad de ponerse a disposición de un tejido que excede y diluye el nombre propio, que radicó la resistencia de las ayudistas. Este libro es una muestra de lo bello que hacen e inventan los pueblos para defenderse y del modo en que unos palillos pueden transformarse en armas. Armas que abrigan, en este caso.

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