Foto: @pauloslachevsky (intervenida)
Tres razones, entre otras
Sobre No-literal. Ensayos de Filosofía en órbita, de Javier Agüero Águila. Editorial La deriva, 2026.
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Me encontré por primera vez con el nombre de Javier Agüero al leer sus columnas publicadas en las revistas digitales El Mostrador y, luego, en La Voz de los que sobran y otros medios. Me llamó la atención en esas columnas la firmeza de su lugar de enunciación política (un lugar que se declara refractario a la suma de miserias y crueldades que fabrica cotidianamente, mediante abusos y simulacros, el dispositivo neoliberal) y, al mismo tiempo, aprecié la irradiación significante en torno al juego de las palabras que el autor dejaba flotar como excedente metafórico. Se mezclaba la nitidez de una declaración crítica frente a las vicisitudes del acontecer social y político con una vibración escritural que impide que sus comentarios se agoten en la mera efectividad práctica del comentario de actualidad. Quienes hemos transitado por las fronteras entre el ensayismo y las tribunas mediáticas, sabemos que no le es simple a la crítica resolver el dilema entre “escritura” (los pliegues de la lengua que le dan relieve e intensidad a la singularidad del decir) y “comunicación”: la voluntad de no querer renunciar a que una argumentación discursiva referida al presente logre ser considerada de interés colectivo. Me parece que Agüero ocupa dúctilmente los bordes de esta inevitable tensión entre postura crítico-política y retóricas filosófico-literarias, teniendo a la contingencia social como trasfondo de intervención, pero sin que los bucles sintácticos de su lenguaje se rindan frente al pragmatismo de los hechos. Al hacer que el pensamiento y la escritura se desplacen por varios escenarios ambulantes (la cátedra universitaria, las revistas electrónicas, lo sitios digitales, las publicaciones académicas y no-académicas, las entrevistas de actualidad), Javier Agüero multiplica las interferencias críticas de una palabra viajera que atraviesa fronteras para entrar en contacto con lo que Edward W. Said llama “la resistencia y la heterogeneidad de la sociedad civil”[1]. Pero, al mismo tiempo, Agüero se permite las vueltas y los rodeos que, al dispersar el sentido según los meandros de una subjetividad fluida, descentrada, le hacen el quite al requisito de cumplimiento socio-comunicativo del saber-decir finalizado que debe ajustarse a los requisitos de una sociedad de los datos y la información.[2]
Son varias las razones que se tiene para aceptar la invitación a escribir sobre el libro de un autor valioso, descartando el protocolo de la simple formalidad. En mi caso, depende de que el libro en cuestión me ofrezca un régimen de “afinidades electivas” cuya vecindad me resulte cercana y hospitalaria: una vecindad cuya zona de planteamientos e interrogaciones traten cuestiones teóricas e intelectuales que atañen específicamente a mi trabajo crítico y que, además, me haga sentir que la posición del autor es suficientemente dialógica (abierta al otro, a la otra: a lo no-idéntico a sí mismo) como para que se puedan cursar, en los entremedios de una conversación, eventuales desacuerdos que aporten al debate de ideas pero sin tener que pasar por la sentencia del enfrentamiento terminal. Todo lo anterior se cumple ampliamente en el caso de esta invitación-incitación que me dirigió Javier Agüero a escribir en torno a su libro No-literal. Ensayos de filosofía en órbita, pero quisiera ser más precisa en dar cuenta específicamente de, al menos, tres razones del porqué los virajes de este libro me conciernen y atraen.
I. “ELOGIO DEL ENSAYO”[3]
Javier Agüero parte diciendo: “Este libro pretende, primero, homenajear al ensayo”, contraponiendo dicho género a la máquina académica de la universidad globalizada que impone un productivismo del conocimiento según los rankings de competencias y rendimientos promovidos por la gestión neoliberal. Antes de haber leído The University in Ruins (1996) de Bill Readings, fuimos algunos los que, a partir de 1990, alertamos sobre la tecnocratización de la función universitaria y la instrumentalización del conocimiento experto que relegaron hacia los márgenes de lo inutilitario aquellas lenguas que no se plegaban al pacto ejecutivo entre redemocratización y neoliberalismo del Chile de la transición.[4] No podría, entonces, dejar de suscribir este “homenaje al ensayo” que, en contra de la funcionalización de los saberes verificables, se atreve a optar por “lo menor” y “lo desviado”[5] como tramas laterales, y a veces inconexas, de exploración sensible de aquellas partículas flotantes que buscan suprimir de su horizonte de conocimiento las racionalidades explicativas de lo político y lo social.
Lo que propone Javier Agüero no es un “ensayo sobre el ensayo”[6], sino aprovechar las orillas de ciertas disciplinas eludiendo los recortes de especialización universitaria y saliéndose del marco de autorreferencialidad académica, para generar espaciamientos y dispersiones entre texto y contexto(s), entre el libro y sus afueras. No-literal. Ensayos de filosofía en órbita indaga en la conflictividad de lo social, pero, fiel a la tradición del ensayo, no deja nunca de preocuparse por cómo se dice lo que se dice en tanto condición de una escritura que (se) piensa en el acto de modelarse estilísticamente. Al deambular por la política y la literatura, la filosofía y la estética sin un itinerario predestinado sino vagando según el rumbo de encuentros inesperados. No-literal. Ensayos de filosofía en órbita entrecruza marcas que se vuelven diseminantes, porque, entre texto y texto, asoma lo exploratorio de una búsqueda que escapa a la pretensión de resguardar un saber privilegiado. Muy por el contrario, el libro pone los saberes a prueba mediante las sorpresivas conjugaciones de nombres de autores que arman un zigzag entre la filosofía (Heidegger, Derrida, Althusser, Foucault, Deleuze, Badiou) y sus otros: Putin o Trump, pero, también, Beckett, Cohen o Jullien, para expandir las redes de contagio entre universos irregulares de clasificaciones y pertenencias.
La reivindicación que hace el autor de aquella parte del título del libro que dice “NO-literal” lo aleja de la obligación referencial a que la palabra cumpla con el dogma de la univocidad del sentido. Agüero exhibe su gusto por las derivas que lo hacen transitar entre la filosofía, la literatura y la crítica política, siguiendo el impulso de un nomadismo conceptual que recorre zonas de pasaje entre geografías cambiantes que usan cada una distintos vocabularios: un nomadismo de las fronteras que se reconoce en lo evasivo y lo digresivo como tácticas de no alineamiento del pensar-decir. La no-literalidad del sentido va acompañado de una disimilitud de armados conceptuales cuyos bordes no están forzados a juntarse en una misma composición de lugar. Por algo Javier Agüero deja espacios entreabiertos entre una proposición y otra cuyas líneas suspensivas admiten la vacilación y la paradoja, oponiéndose así a todo cierre maestro de un juicio categórico. No teme llevar la ambivalencia a ser parte del juicio crítico que se modula no desde lo impositivo de una verdad final (la de Octubre 2019, por ejemplo) sino desde la encrucijada de opciones cuyas marcas tentativas, provisionales, se van corrigendo unas a otras en un camino de alternancias y variaciones continuas.
II. LAS MUJERES, LO FEMENINO, EL FEMINISMO
La prestigiosa revista Anales de la Universidad de Chile dedicó, en 2015, un Número especial sobre “El rol de los intelectuales públicos en la sociedad actual”[7]. En una de las intervenciones de la revista, Tomás Jocelýn-Holt recreaba el selectivo listado de los autores que, según él, habían elaborado un diagnóstico crítico de la transición: un listado que, además de su persona, incluía a Manuel Antonio Garretón, Tomás Moulián, Gabriel Salazar, Armando Uribe y José Bengoa. Independientemente de los respectivos atributos de cada uno de estos autores según los criterios de quién eligió sus nombres, llamaba la atención de que se tratara de un listado exclusivamente masculino y que, además, lo identificado como “diagnóstico crítico de la transición” excluyera de su corpus aquellas voces disidentes (salvo la de Armando Uribe, a cuyo nombre habría que sumar rotundamente el de Miguel Vicuña[8]) que provenían, con su “palabra quebrada”, del ensayismo crítico nacido desde los extramuros de la Universidad. En 2016, una encuesta de La Segunda y Feedback, titulada “Chile en Movimiento”, se propuso distinguir a las personalidades más influyentes en el debate nacional: desde José Joaquín Brunner y Carlos Peña hasta Fernando Atria y Alberto Mayol, pasando por Alfredo Joignant, Max Colodro, Ascanio Cavallo, Eugenio Tironi, entre otros. Más allá de los índices en base en los cuales se fue confeccionando ese listado de autores (¿notoriedad intelectual, autoridad académica, certificación profesional, habilitación político-editorial, protagonismo mediático?), nuevamente: ni una mujer incluida y ningún eco de aquel pensamiento crítico que, lejos de las tribunas académicas e institucionales, exploró las trizaduras de le memoria postdictadorial, los desgarros de la lengua y la problematicidad del sentido.
Luego vino el mayo feminista del 2018 cuya energía rebelde traspasó los límites de la Universidad desde donde nacieron las primeras tomas estudiantiles, para alborotar la ciudad entera y desafiar la arquitectura simbólico-institucional de los poderes establecidos. Las prácticas de la desobediencia con las que la revuelta feminista de mayo 2018 impactó en la exterioridad social constituyen un antecedente decisivo para relevar la dimensión performativa de las coreografías de la subversión practicadas en octubre 2019. Sin embargo, tal antecedente fue insuficientemente relevado como precursor de la revuelta pese a que su “revolución simbólica” puso en escena “la festiva experiencia de una transgresión creadora de comunidades”[9], sin la cuál sería aún más difícil comprender la dimensión carnavalesca de las poéticas de la calle que se desplegaron en octubre 2019. Pero, además, la reflexión y el debate feministas en torno a mayo 2018 cuestionaron la economía de los signos que, mediante su codificación de género, regula desigualmente los mundos privados y públicos, además de las esferas institucionales. El feminismo demostró cómo, dentro de la universidad y sus recintos disciplinares, la organización y legitimación del conocimiento avalan una violencia epistemológica que se basa en el supuesto de que lo neutro e impersonal del pensamiento abstracto funciona como garante (masculino) de universalidad.
No deja de ser curioso entonces que, después de que mayo 2018 hubiese activado esta revelación-impugnación feminista en torno a los mecanismos de valor y autoridad que sustentan la legitimación cultural de la dominación masculina en la canonización del saber, las escrituras de la revuelta de octubre 2019 volvieran a ser firmadas mayoritariamente por autores “hombres”[10] que suelen reconocerse entre sí autocitándose unos a otros[11]. Es cierto que varios de los autores que celebraron la revuelta de octubre 2019 están dispuestos a considerar el alcance de las movilizaciones feministas y su masiva capacidad de agenciamiento público concediendo, entonces, que el feminismo le da vitalidad a un movimiento social del que los proyectos de izquierda ya no podrían prescindir. Pero esta consideración socio- lógica dista mucho de que estos autores acusen recibo de cómo la teoría feminista ha revolucionado la crítica social y política. No es lo mismo –habrá que insistir una y otra vez en este punto– valorar al feminismo solo como movimiento social que reconocer que es, además, una teoría crítica: en el primer caso, las organizaciones de mujeres son objeto de la sociología que anexa su potencial vitalizador pero sin modificar por ello su racionalidad (masculina) del conocimiento mientras que, en el segundo caso, el feminismo pasa a ser sujeto de reformulaciones epistemológicas que desestabilizan los marcos dominantes de estructuración del discurso de saber-poder. Las bibliografías de los principales autores del campo académico chileno y la ausencia en ellas de referencias a la producción teórica feminista local, confirma esta doble maniobra en torno al feminismo que lo visibiliza hacia afuera (aplaudiendo sus dinámicas de movilización social) y lo tacha hacia dentro, silenciando sus efectos de reconfiguración del pensamiento teórico e ignorando, además, que las escrituras del feminismo contemporáneo, en su giro ensayístico, “no reconocen fronteras entre la reflexión especulativa, la estética y la política”[12]. Son escrituras que se abren a la dimensión “figurativa” del pensamiento: aquella que “no sólo expresa salidas alternativas a la visión falocéntrica del sujeto” sino que usan la “figuración” (distinta al molde de la “representación”) como “versión políticamente sustentada de una subjetividad alternativa”[13] que innova con sus puestas en escena.
De ahí que valga la pena resaltar la atención sobre la producción ensayística de las mujeres que distingue a Agüero. Desde ya, en su libro Tres ensayos portátiles sobre la guerra[14], el autor le dedica a Judith Butler el lugar que ella se merece no sólo por su teorización crítica del género sino debido a sus aportes filosóficos en torno a la “guerra” cuyo dispositivo de poder, dominación y exterminio debe ser analizado en clave patriarcal, como máxima expresión de violencia y destrucción que habría que combatir desde la alternativa de una ética feminista: una ética de la vulnerabilidad y la solidaridad con los oprimidos que se proponga revertir el esquema de aniquilamiento del otro sostenido, implacablemente, por las ofensivas bélicas. Además, como editor de las Conversaciones sobre un Chile que no fue[15], Javier Agüero invitó a Kathya Araujo y Rossana Cassigoli a compartir el espacio con Manuel Canales y Alberto Mayol. En su Introducción a No-literal. Filosofía en órbita, Agüero resalta nombres de mujeres autoras y, en el interior del libro, les dedica páginas a sus trabajos de reflexión y escritura[16]. Pero, más estratégicamente, el autor acusa que “frente a la influencia de los ensayistas hombres”, sería necesario pensar “desde la deconstrucción, el registro de “género” en relación al ensayo”[17], lanzando así una interpelación crítica en torno a los mecanismos que llevan la generalización masculina de la figura del intelectual público a omitir tanto la crítica feminista como las inflexiones de género(s).
Javier Agüero no sólo les da reconocimiento intelectual a las autoras mujeres, en lugar de sacarlas del campo de visión para convertirlas en una zona ciega como acostumbran hacerlo varios de sus colegas, incluso después de mayo 2018. Agüero desordena los índices de superioridad (la filosofía como cumbre especulativa del “pensamiento del pensamiento”) e inferioridad: la literatura, la crítica cultural como derivas estetizantes, feminizadas, debido a su gusto por la oblicuidad del fragmento. La escritura no saturada de Javier Agüero ofrece una plasticidad de ritmos y ángulos que estimula la capacidad -metamórfica- de que los puntos de vista sobre política y subjetividad cambien de forma y consistencia según los trazados discontinuos mediante los cuales, en el interior de su libro, un texto entra en correlación o desconexión con otros textos, sin pretensión de abarcar el total de una figura, por mucho que ésta se llame “revuelta”[18].
III. FILOSOFÍA Y REVUELTA
Javier Agüero nos cuenta que el predicado “Filosofía en órbita” que forma parte del título de su libro reclama una filosofía “con filiación mundana”, es decir, una filosofía que le preste atención a las circunstancias del mundo en cuyo presente vivo se inserta y con el cual dialoga o bien se enfrenta, desde fuera del refugio académico de las competencias disciplinares que pretenden mantener el conocimiento a salvo de aquellas controversias que provienen de “la resistencia y la heterogeneidad de la sociedad civil”[19]. Y no cabe duda de que el trabajo de Agüero toma posición -interviene, se pronuncia- frente a cuestiones decisivas tales como las que incluye en su libro bajo los nombres de “capitalismo”, “derechos humanos”. “Gaza”, “democracia del odio” o “política de la crueldad”, “Chicago Boys”, invocando una “ética de la responsabilidad de cara a una realidad estremecida, herida y en la que las guerras, los genocidios, las sonoridades terribles y pavorosas de los nuevos fascismos, en fin, que requieren de una filosofía, justo, en despliegue y contacto con lo que pasa”[20].
Y, por supuesto, “lo que pasa” -lo que ya pasó pero no cesa de retornar como fantasma- tiene, en su último capítulo, el nombre de “revuelta”: un nombre que apunta a aquella ruptura explosiva (octubre 2019) que dislocó todo el ordenamiento político-institucional, económico y social que sujetó el diseño neoliberal de la democracia excluyente y de mercado de una transición chilena que capturó en sus redes las vidas cotidianas para adecuarlas a un molde de falsa integración social vía el consumo. Octubre 2019 (“Estallido social”, “Revuelta”, “alzamiento popular” o “poder destituyente”[21]) fue leído como irrupción y disrupción de lo que una corriente filosófica contemporánea llama el “Acontecimiento”: el surgimiento de intempestivo cuyo ahora (único e irrepetible) reviste la excepcionalidad de aquel momento que desintegra la secuencia temporal de toda sucesión programada de razones y acciones. Mientras que la sociología, y también la historia, quedaban cortas de palabras frente a lo inanticipable del acontecimiento de octubre 2019 y su sublevación de las multitudes, no sabiendo explicar la magnitud de tal desborde, las voces más fulgurantes de la filosofía no solo adhirieron incondicionalmente al fervor destituyente de la revuelta sino que hablaron -en gloria y majestad- en su nombre: “Chile vive su momento filosófico (…) porque la revuelta trajo a las calles su potencia de pensamiento que suspendió el continuum histórico”[22]. Coincido con Javier Agüero en que “se vuelve necesaria la palabra o contrapalabra filosófica”[23] cuando lo que prevalece, comunicativamente, son los lenguajes –disciplinantes– de las ciencias sociales que persiguen explicar procesos y sucesos mediante una lógica del conocimiento que busca permanecer intacta, indemne, frente a las convulsiones expresivas de los quiebres o los abismos de la historia. Pero, tal como parecería reconocerlo el propio Agüero, la revuelta no se manifestó a través de un solo idioma –por grandioso o sublime que este fuera– sino de una mixtura de dialectos errantes, tránsfugas, sin afán de domicilio consagrado ni de léxico privilegiado. La abigarrada proliferación de estas hablas desancladas que se resisten a la traducción (a ser traducidas a la banalidad de la política común pero, también, a la idealización filosófica de lo descomunal que se juega el apocalipsis del todo o nada) no hizo sino confirmar la dispersión de la multitud en tanto conjunto de pulsiones cuyos flujos inorgánicos pueden ser concordantes en sus rechazos frente a lo establecido y, al mismo tiempo, discordantes en cuanto a sus orientaciones de futuro. Esta dispersión de la multitud la aleja del Pueblo como sustrato orgánico de aquel “nosotros” indivisible que guiaba la voluntad programática de la izquierda. Los dialectos de la revuelta, precarios y disgregados, no se dejaron hiperbolizar por una filosofía del Acontecimiento que, demasiado confiada en la infinita virtualidad de apertura de los posibles desatada por su ruptura absoluta, tiende a subestimar el hecho de que la realización de algunos de estos posibles depende de un materialismo crítico-político atento a las junturas, pero también a las separaciones y bifurcaciones entre el mundo soñado y el mundo real[24]. El énfasis puesto en la imagen de Octubre 2019 como desajuste radical que haría explotar todo el diseño neoliberal, ocultó los desajustes internos entre significantes y significados que escindieron dicha imagen disparando partículas no todas ellas compatibles entre sí ni tampoco alineadas con un mismo repertorio de izquierda. En su libro Futuro anterior. Apuntes sobre un tiempo mutante, Javier Agüero ya había incorporado estos desajustes internos a su lectura crítica de la revuelta, admitiendo incluso la palabra “fracaso” a propósito del Plebiscito de septiembre 2022: “se perdió sin apelaciones y de manera estruendosa”[25]. Decía Agüero, con tinte melancólico: “Quienes, embelesados por el romance octubrista, negamos todo principio de realidad” …. “dejamos a Octubre solo y cada vez más enterrado, esperando ingenuamente que su radioactividad simbólica nos alcanzara para derrotar a la derecha”, confesando finalmente que “todo es desolador para quienes vivimos durante este último en la vigilia refundacional”[26].
No-literal: filosofía en órbita concluye con una parte titulada “Volver de la Revuelta” y me parece que, en ella, se superponen y entrecruzan las tramas necesarias para, a través de la figura del “palimpsesto”, conjugar sugerentemente la relación entre acontecimiento, huellas y desciframiento: una relación que reafirma que lo acontecido (la revuelta) no debe desaparecer pero que insinúa también que sus distintas fracciones de sentido son susceptibles de ser recombinadas, poniendo en acción un diagrama de relacionalidad móvil entre las partes que no encajan con el todo. Tal como lo consigna Javier Agüero, “palimpsesto” es “una palabra del griego antiguo que se traduce como «grabado nuevamente». Se trataría de un manuscrito en el que se inscribe una escritura sobre las marcas de otra que fue borrada. En breve, las huellas de una escritura que fue se dejan entrever en la que ahora es”[27]. La técnica del palimpsesto permite, entonces, la conservación de huellas que, aunque no sean expresamente visibles en la superficie, permanecen en estado de latencia (en espera de…), disponibles para que cualquier demanda nueva de inscripción las haga reaparecer para desordenar, pero también desordenarse, otra vez. Agüero insiste –y tiene razón en hacerlo– en decirnos que “aunque hoy la escritura que supura la superficie sea la de los poderes tradicionales, (la revuelta) no puede ser tachada porque dejó una archihuella que no podrá ser borrada”[28]. Pero, si bien las trazas del acontecimiento persisten como inscripción vivencial de lo inédito de octubre 2019, esas trazas requieren de una memorialización crítica para que la relación entre tiempo, acontecimiento y relectura (o entre síntoma y crisis) se beneficie de un desdoblamiento del recuerdo que pasa de la irrupción a la tacha-dura, de la tachadura al resurgimiento, del resurgimiento a la transfiguración de tal modo que Octubre sea parte (no-literal) de una memoria-palimpsesto. La memoria-palimpsesto que nos propone delicadamente Javier Agüero supone no la repetición sino el desplazamiento de las huellas: lleva creativamente la revuelta a estar “de vuelta” no para coincidir consigo misma en la imagen detenida de un Octubre mítico, sino para ser reconvertida críticamente en función del dar vueltas (girar, virar) de las nuevas potencialidades significantes que subvierten el original.
No-literal: filosofía en órbita retiene lo que la revuelta de Octubre 2019 contiene de abismante como marca irrenunciable de lo que dejó como impronta en nuestras biografías existenciales. Pero también impulsa, sutilmente, su materia y experiencia a seguir trabajando intersticialmente en el presente ocupando las hendiduras no para rellenarlas con la misma euforia de antes, sino para meditar sobre el tamaño y la profundidad de aquellas grietas que le impiden a la subjetividad individual y colectiva volver a la ficción de origen de la revuelta como el Todo indescomponible de una promesa de culminación anti-neoliberal. Este es el gesto deconstructivo (Derrida mediante) que rescato, agradecida, del libro de Javier Agüero, acentuándolo a mi manera: el de decirle que “sí”, decididamente, al acontecimiento en cuanto ruptura posibilitadora de futuros imprevistos sin tener que abandonar el “sí pero no” o el “sí y no a la vez” que, interrogativo, no rehúye de las contraposiciones internas sino que, al revés, les da vida reflexiva y creativa a estas contraposiciones mediante el juego de inclinaciones hacia un lado u otro que activa, intermitentemente, la subjetividad crítica.
[1] Edward W. Said, El mundo, el texto y el crítico, Buenos Aires, Debate, 2004. p. 42.
[2] Ya J. Agüero había dado cuenta de su reticencia al formato académica- mente reglamentado cuando, en Tres ensayos portátiles sobre la guerra: Freud, Zizek, Butler, comentaba sus tránsitos entre géneros fugaces: “Lo que se presenta es una especie de artefacto sin otra ambición más que la de la responsabilidad de una respuesta. Por esto es que el libro se escribe en primera persona y no tiene un estilo específico, jugando aleatoriamente con intercambios epistolares, notas de prensa, discurso, poemas, películas, novelas, en fin.” Javier Agüero, Tres ensayos portátiles sobre la guerra: Freud, Zizek, Butler, Viña del Mar, Pecado Ediciones, 2023. p. 19. En No-literal: filosofía en órbita, nos dice que “se trata de explorar fórmulas; el pensamiento cuando no es formateado es una casa de apuestas y, pienso, hay una belleza en ese riesgo”. p. 95.
[3] Así se titula un célebre texto de Horacio González, incluido en la selección de: El discurso sobre el ensayo en la cultura argentina desde los 80 de Alberto Giordano, editor, Santiago, Mímesis, 2019. pp. 97-101.
[4] Conviene recordar que la defensa del ensayismo crítico, ya iniciado el ciclo transicional en Chile, tuvo lugar principalmente en revistas culturales independientes (por ejemplo: la Revista de Crítica Cultural (1990-2008)) y en publicaciones asociadas al proyecto editorial que dirigió Federico Galende en la Universidad de Arte y Ciencias Sociales ARCIS: la revista Extremo Occidente, la colección de cuadernos La invención y la herencia cuyo primer número (1995) se titulaba precisamente “Crisis de los saberes y espacio universitario en el debate contemporáneo”. El libro de Willy Thayer, La crisis no moderna de la universidad moderna. Epílogo del conflicto de las facultades (Santia- go, Cuarto Propio, 1996) ha sido clave para reflexionar sobre la posibilidad del sentido en tiempos de conversión de la Universidad a las reglas de facticidad que estandarizan el conocimiento. Mauro Salazar y Miguel Valderrama coordinaron la publicación de Dialectos en transición (Santiago, LOM, 2000) que sirvió oportunamente para deliberar sobre la condición intelectual, los formatos universitarios y las lenguas profesionales. A su vez, los libros publicados en la colección “Crítica y ensayos” de la Editorial Cuarto Propio reunieron, a partir de 1998, las voces más más relevantes del pensamiento filosófico y estético en América Latina que, a través del ensayo, analizaron el “pensar en/la postdictadura”.
[5] Nelly Richard, Residuos y metáforas. Ensayos de crítica cultural sobre el Chile de la transición. Santiago, Cuarto Propio, 1998. p. 12.
[6] Así se llamaba el libro de Martín Cerda, La palabra quebrada. Ensa- yo sobre el ensayo. Valparaíso, Editorial Universitaria de Valparaíso, 1982.
[7] Anales de la Universidad de Chile, Número 9, 2015, Universidad de Chile. Editora: Faride Zerán.
[8] Ver: Armando Uribe – Miguel Vicuña. El accidente Pinochet, Santiago, Sudamericana, 1999.
[9] Michel de Certeau, La toma de la palabra y otros escritos políticos, México, Universidad Iberoamericana, 1995. pp. 34-35.
[10] Coloco el significante “hombres” entre comillas para distanciarme del naturalismo sexual que sobredetermina las identidades de género, basado en la anatomía o biología del cuerpo sexuado. Siempre he defendido la perspectiva antiesencialista según la cual no existe una correlación lineal entre cuerpo originario (“ser” hombre o mujer) y actuaciones de género. La categoría de “autores “hombres”” no condena mecánicamente estos autores a ser agentes de reproducción (activa o pasiva) del patriarcado, justamente porque la relación entre sexo, género y posición de identidad es objeto de montajes y desmontajes discursivos y representacionales. Así y todo, debemos mantenernos alertas en torno a cómo se van naturalizando aquellas cadenas de autorización que refuerzan, en el campo cultural, el paradigma de la autoría masculina.
[11] Para corroborar fácilmente este dato, basta con revisar el conjunto de la abundante producción editorial local en torno a octubre 2019 con sus listas de autores y, también, las voces del debate público que un guion maniqueo repartió según el eje “anti-octubrismo” / “octubrismo”, instalado hegemónicamente por las fuerzas defensoras del status quo político e institucional. Ambas revisiones confirman el dato de la predominancia de lo “masculino” en las intervenciones en torno a octubre 2019.
[12] Ana Amado, “Cuerpos intransitivos, los debates feministas sobre la identidad” en revista Debate feminista, N. 21, abril 2000, México, p. 225.
[13] Rosi Braidotti, Sujetos nómades, Buenos Aires, Paidós, 2000. p. 26.
[14] Javier Agüero, Tres ensayos portátiles sobre la guerra: Freud, Zizek, Butler, Viña del Mar, Pecado Ediciones, 2023.
[15] Conversaciones sobre un Chile que no fue. Editor: Javier Agüero, Tal- ca, Editorial Universidad Católica del Maule, 2023.
[16] En la Introducción, aparecen los nombres de Marta Brunet, Gabriela Mistral, Amanda Labarca, Diamela Eltit, Sonia Montecinos, Elvira Hernández. Dos capítulos del libro se llaman: “Rapsodia nictálope. Sobre Hacer la noche de Constanza Michelson” y “La historia va de Re-vuelta. Sobre Tiempos y modos. Política, crítica y estética de Nelly Richard”. El libro de J. Agüero no pretende operar un rastreo exhaustivo de una genealogía de mujeres ensayistas y, por lo tanto, no constituye ningún reproche señalar ausencias. Desde ya, estoy casi segura de que Javier Agüero estaría de acuerdo conmigo en destacar los otros nombres de: Julieta Kirkwood, Guadalupe Santa Cruz, Elisabeth Collingwood-Selby, Pía Montalva, Paz López y varias otras autoras relevantes en la confección de un registro ensayístico en Chile.
[17] Javier Agüero, No-literal: filosofía en órbita. p. 5.
[18] Dice J. Agüero: “Defiendo la múltiple formación de los sentidos, pero nunca la imposición canónica de las verdades. Sospecho de quien, a la verdad, la sensacionaliza y retoriza construyendo pirámides conceptuales y sistemas cerrados en donde los puntos de fuga quedan para siempre en latencia”. Futuro anterior, op. cit., p. 43.
[19] Edward W. Said, El mundo, el texto y el crítico, Buenos Ai8res, Debate, 2004. p. 42.
[20] Op. cit. p. 8.
[21] Javier Agüero, “Octubre fue multitud” en: Crítica, escritura y revuelta, editor: Mauro Salazar, Santiago, Palinodia, 2024, p. 15.
[22] Rodrigo Karmy, Stasiología, Guerra civil. Formas-de-vida, Capitalismo, Valparaíso, Voces Opuestas Ediciones, Valparaíso, 2024. p. 49. Las cursivas son mías.
[23] Javier Agüero, Op. cit. p. 89.
[24] El “acontecimiento puro” es proyectado por muchos como el “Uno-Todo ilimitado” que, en la pureza de su abstracción filosófica, no alcanza a tomar en cuenta “el estado de cosas en el que se encarna” para dar lugar a la efectuación de los posibles que promete, pero nunca garantiza, el acontecimiento en sí mismo”. Gilles Deleuze –Felix Guattari, ¿Qué es la filosofía?, Barcelona, Anagrama, 1993. pp. 37-39.
[25] p. 19.
[26] Futuro anterior. Op. cit. pps. 19, 37 y 20.
[27] No-literal, p. 87
[28] Op. cit. p. 87.