– Tú serás el único sentido de lo escrito –
Sobre Los días que pienso en ti, de Emmanuel Montes Álvarez. Avant Editorial, 2023.
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A veces un libro no se publica para ser leído. A veces un libro se escribe para salvar al que lo escribe.
Los días que pienso en ti no busca adornos, no se propone enseñar ni concluir nada. Lo que hace —con una lucidez brutal y una ternura casi sagrada— es recordar. Y recordar no como ejercicio de la mente, sino como grito del alma. Como un volver al cuerpo donde aún vive el eco de la risa perdida. Como si escribirle a Olvido fuera una forma de no desmoronarse del todo. Aquí, el lenguaje es una manta rota que cubre a medias al que tiembla. La voz que narra no narra: se deshace. Dice, pero a veces no puede. Y aun así, escribe. Porque, como él mismo confiesa, “tú serás el único sentido de lo escrito”. Y ese “tú” es Olvido. Pero también somos nosotros. El lector. La ausencia. La persona que alguna vez se fue y no sabemos cómo dejar de nombrar.
Este libro es un cuaderno de sesiones con una psicóloga, pero también un cuaderno de duelo. Es la bitácora de un náufrago que se aferra a una palabra. “Olvido” es más que un nombre: es una trampa semántica, una contradicción, un altar. El personaje no puede olvidarla y por eso escribe. Porque nombrarla es, también, una forma de no perderse del todo. La voz que habla ha vivido cosas que no deberían vivirse tan solo. El desmayo en la guagua, la pérdida del zapato, el robo de sus espejuelos. La salud mental agrietada. La ciudad que no abraza, que apretuja, que empuja y se aleja. Pero aun así, en medio de ese caos, alguien le recomienda escribir. No para hacer literatura, sino para no hundirse. Para sostenerse a flote, como quien se agarra de la última palabra antes del silencio.
Montes Álvarez no narra una historia; nos ofrece un cuerpo: el suyo, lleno de cicatrices y ternura. Y desde ese cuerpo escribe cartas. Cada página parece escrita desde el borde de una cama, desde el andén de una estación que ya no tiene trenes. Es un libro que no se construye: se sangra. Y sin embargo, no es un libro triste. Al menos, no en el sentido habitual. Hay humor en estas páginas. Hay sarcasmo. Hay ironía y crítica social. Hay incluso una escena con un sapo sobre una tanga que desencadena una muerte. Hay ternura, sí, pero también hay rabia contenida. El narrador sabe que la vida no es justa, pero aún así la cuenta. Porque contarse a uno mismo es resistir.
Leer Los días que pienso en ti es entrar a una casa donde todo ha sido dejado tal como estaba antes de partir. Es encontrar las sábanas arrugadas, la taza sin lavar, el diario con la última frase inconclusa. Pero también es encontrar un cuaderno nuevo, con la primera hoja aún en blanco, y una pluma esperando. El estilo no es neutro ni busca serlo. Es barro, es saliva, es susurro. Es una carta larga que no pide raspiest. Cada frase nace como si el narrador no supiera si va a sobrevivir a la siguiente. Y eso es lo que hace que duela. Pero también lo que hace que abrace. Porque hay libros que no se leen con los ojos. Este se lee con las entrañas.
Hay algo profundamente honesto en esta voz. No pretende iluminar a nadie. No quiere ser faro. Quiere ser fósforo. Encenderse aunque se consuma. Aunque arda. Aunque solo alumbre por un instante la habitación cerrada donde vive el recuerdo. Hay una Habana presente en cada página, pero no es la Habana postal. Es la ciudad del hacinamiento en las guaguas, del apagón que daña el marcapasos, del jugo que no alcanza. La ciudad donde escribir no es un lujo, sino una necesidad. Donde escribirle a alguien que no está es el único modo de seguir hablando con uno mismo.
“Cien años lejos de Olvido”, dice en un momento. Y uno no puede evitar pensar en todos los Olvidos que hemos tenido. En todas las personas que nos habitaron y se fueron sin llevarse nuestras costumbres. En lo que se queda en la taza, en el sofá, en la canción favorita. Este libro no es solo una carta a una mujer. Es un altar a la pérdida compartida.
Porque eso también es lo que hace este libro: no deja que el dolor sea únicamente suyo. Nos lo extiende. Y uno lo acepta porque está escrito con belleza, con verdad, con dignidad. Como una herida limpia. Como un cuerpo que no se avergüenza de temblar.
Los días que pienso en ti es también un tratado sobre la fragilidad masculina. Aquí no hay machismos defensivos ni gestos de fuerza. Hay vulnerabilidad. Hay deseo de consuelo. Hay un hombre que se permite llorar, que se permite escribir. Que se permite necesitar. Y eso, en tiempos donde aún se castiga la emoción en los cuerpos masculinos, es también un acto político.
El personaje recuerda, pero también se reconstruye. A través de Olvido vuelve a mirar su infancia, su ciudad, sus aspiraciones, sus miedos. Y en ese volver, encuentra otra forma de estar en el mundo. Más liviana. Más verdadera. Como si escribir le diera permiso para ser. Y tal vez eso sea lo más hermoso de este libro: que en medio del derrumbe, hay ternura. Que en la ausencia, hay poesía. Que donde antes solo había dolor, ahora hay páginas.
Montes Álvarez ha escrito un libro que no olvidaremos. No por sus giros ni por su estructura. Sino porque está lleno de alma. Porque no se disfraza. Porque no miente. Porque no hace literatura: hace memoria. Y en ese acto de escribirle a Olvido, también nos escribe a nosotros. Nos recuerda que aún en medio del desastre, hay algo que podemos hacer: contar. Contar lo que fuimos. Contar lo que sentimos. Contar para que el silencio no gane.
Contar, incluso cuando ya nadie escuche.
Contar, porque ahí también hay amor.