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Una herida abierta
13 de enero 2026

Una herida abierta

por J.

«Nunca salí del horroroso Chile» — E. L.

A quienes son amigos:

Escribo esto con un dolor profundo, de la guata, de años.

Durante largo tiempo me preguntaron por qué me había ido de Chile y por cómo había llegado a vivir en Alemania. «No lo sé, cosas de la vida». «Pasó no más» o «es complicado». Cuando recibí una carta que me avisaba de una próxima deportación, aunque sabía que era ilegítima y podría revertirse, mi conciencia vacilaba entre una desesperanza total y el deseo irrefrenable de irme a cualquier otra parte del mundo, menos a Chile. ¿Tan terrible era volver a encontrarme con mi familia, con mis amigos? ¿Cómo vi gente volver, a pesar de todo, y para mí era un pase directo al purgatorio? ¿Cómo aguantaban mis seres queridos seguir viviendo allí? Por más que lo conversaba en terapia no lograba desentrañar las razones.

Desde el 17 de octubre de 2019 me encuentro en el extranjero. Esquivé, por obra del realismo mágico, la revuelta y el estado de excepción. Esquivé también la pandemia, con una versión más suave, pero muda. Muda porque no sabía hablar —alemán al menos. Pero viví todo eso de lejos y la distancia fue difuminando poco a poco el recuerdo de mi propia vida, porque sentía que esa vida ya no existía. Quise creer en que Chile despertó y convencerme de que a mí no me pasó nada, que tuve, en general, mucha suerte. Puse un paño decorativo encima, de crochet, para que pasara piola aunque dejara entrever un poquito. Pero nada como a quienes vivieron en dictadura, que sí fueron víctimas. O las víctimas de trauma ocular, abusos sexuales, lesiones gravísimas y otras vejaciones durante el estallido. Comencé a contar una historia en la que no era parte de nada de eso y me fui alejando paulatinamente. Me contaba que elegí hacer otra vida, una vida en alemán, la vida del inmigrante. Porque claro, ¿por qué no iba a migrar? ¿No es lo normal hoy en día?

Haces contacto visual con un cuerpo en uniforme y sientes que se te salen las vísceras, ahí mismo, todo lo animal y lo humano desparramado. Te controlan en el tranvía y sales corriendo, por lo que te agarran y te azotan contra el suelo. Te suben a una ambulancia, y mientras te toman los signos vitales, se suben policías. Te hacen preguntas y no entiendes una palabra: solo pides que no te hagan nada, que envíen todo a tu casa. Cuentas que en ese momento tú no estás ahí. Meses después te piden el ticket en el U-Bahn y te bloqueas, te quedas sin voz. Tambaleas, te caes en el hombro de tu amiga. Noche de película con tu pareja, violencia policial simulada. Pierdes las fuerzas. Pierdes el aliento. Lloras.

 No pasa nada.

Una noche cualquiera me encuentro con chilenos en un bar del barrio migrante. Como es adecuado para chilenos en un bar a altas horas de la noche, hablan de política, de sueños y desesperanza. Sobre desigualdad. Sobre violencia. Sobre el infierno que es Chile. Por primera vez, con un par de cervezas en el cuerpo, cuento lo que me ocurrió cuando tenía 16, cuando vivía en Chile, con mis padres, en La Granja. Cuando tomaba micro en Santa Rosa y un día los pacos «se pasaron un poco».

— Oye, siento que hayas pasado por eso, es muy fuerte.
— Sí… ¿Pero qué cosa?
Tortura. Eso se llama tortura.

Pero para mí la tortura era algo del pasado.

La tortura tenía que ser un procedimiento sistemático en un contexto específico. Era lo que pasaba en dictadura. Era lo que pasa en Guantánamo, lo que sucede en Palestina, lo que ocurre en las cárceles. Era lo que sucedió durante la colonización, durante la inquisición. Era el pau de arara, la parrilla, la rueda. La piedra de Sísifo, según cómo se vea. Era de lo que hablaban los libros de historia, los centros de memoria. Era lo que mostraban los documentales y lo que tanto les gusta simular a los gringos en sus películas. Había casi un cierto glamour en la tortura, con instrumentos variados e incomprensibles, personajes excéntricos con lentes oscuros, en subterráneos u oficinas clandestinas. Era lo que le hacían a gente con cierto valor político, a revolucionarios, a enemigos del estado, a los llamados terroristas. No le pasaba a un escolar. A un cualquiera, un día cualquiera, en un lugar cualquiera. No a .

No me enseñaron cómo reconocerla, ni qué se debe hacer, porque de iure no ocurría.

Pero se encogían más las esposas. Tanto si hablaba como si callaba. Y mi mano parecía crecer y volverse violeta. Un violeta cada vez más intenso. Nunca había visto mis manos así, que suelen ser tan morenas. Con la vista nublada por las lágrimas, mis anteojos en el suelo. Mi mano libre, cubierta de mocos. Y el llanto de mi yo-adolescente que nunca había sentido tanto dolor en un instante. Y el desamparo. Y la sonrisa del funcionario. Y que nadie se acercara. No sé si más por miedo de la autoridad o por miedo a llegar tarde a donde tuvieran que llegar. Al menos era invierno y podía ocultar los brazos con esas feas quemaduras que le daban la vuelta. Y por cantidad, como si en vez de quemarme por accidente sacando algo del horno, lo repitiera una y otra vez a voluntad.

Pero seguía siendo adolescente y no tenía que explicar tanto las cicatrices. Cuando las cicatrices se fueron borrando, al menos era Chile y podía ocultar el trauma. Y cuando no, no tenía que explicarlo. Todos habían sufrido cosas mucho peores, que son parte natural de la vida, de crecer, de salir a la calle, de vivir. De Chile y de su historia. Parecía que algunos vivían tranquilos con eso. Parecía que todos nos encontrábamos en nuestra pena. Chile es un país triste, pensaba. Nada nuevo bajo el sol.

El día 20 de Julio de 2016, entre 9 de la mañana hasta el mediodía, aproximadamente, salí de mi casa en La Granja hacia el centro de Santiago, en un bus E11 del transporte público como realizaba a diario. Al virar por Santa Rosa, se suben fiscalizadores. Ese día no me quedaba carga en el pase escolar. Le explico al fiscalizador, al momento de la fiscalización, que yo era estudiante, que no le entregaría mi carnet de identidad, y que podría bajarme simplemente. Éste hace subir a dos carabineros, quienes me bajan del bus en el paradero 27 de Santa Rosa y me exigen mi carnet de identidad. Según entendía en ese momento, una fiscalización, detención y/o multa a un menor de edad por evasión del pasaje era ilegítima y deberían dejarme ir, por lo que les expliqué mi razonamiento. A continuación me dicen «bueno, control preventivo de identidad entonces. Saliste premiado. La ley está fresquita» y proceden a esposarme, con una esposa en la mano izquierda, y la otra a la rejas verdes del paradero. Les digo que también detenerme era ilegítimo y que no estaba ajustado al protocolo, por lo que me aprietan más las esposas. Me exigen que les entregue mi carnet de identidad. Entre eso saqué mi TNE del bolsillo y la lanzo hacia la calle. Con eso se ensañaron y me apretaron más las esposas. El dolor provocado me hizo llorar. Se me cubrió la cara de lágrimas y mocos, por lo que se reían. El que se veía más contento era, si no me equivoco, un cabo 2º. Les digo que me suelten las esposas porque me estaba cortando la circulación (estaba morada), y uno de ellos la aprieta en un grado más. Dejo de sentir la mano y empiezo a gritar que me dejen llamar a mi mamá, les decía que por favor, que necesitaba a mi mamá, que hablaran con ella. Uno de ellos dice «ya, suéltala un poco», a lo que el otro funcionario procede a aflojar la esposa, moverla hacia más arriba en el brazo y volver a apretarla. Me echo al suelo para seguir llorando y me permiten luego tomar el teléfono para realizar la llamada.

A los 15 minutos llega mi madre en un taxi, y les dice que «cómo se les ocurre hacer esto, que qué tienen en la cabeza» o algo así. Mi madre —usuaria de silla de ruedas— llama a mi hermana, quien sale por urgencia de su trabajo y llega al lugar. Carabineros decide trasladarme a la 13° Comisaría de La Granja, en la Población San Gregorio, y les dicen que vayan allá a firmar. Dentro de la patrulla uno de los carabineros me explica: esta hueá es lo que te pasa por andar hablando como revolucionario, es pa’ que aprendai a no ponerte rebelde, es pa’ que no te caguís la vida.

Cuando llegamos a la comisaría me llevan a un lugar oscuro, al calabozo. En la comisaría tampoco había nadie más, ni un supervisor, nadie. Reiteran que es para que aprenda y uno de los funcionarios me cuenta que él a mi edad andaba tomando y drogándose en las plazas pero que jamás le faltó el respeto a la autoridad y que la institución lo ayudó a salir de ahí. Me retienen hasta que hacen pasar a mi familia, quienes firman un formulario de rutina que confirmaría que todo estaba en orden y que podría volver.

Una vez en casa hubo llanto. Y cariño.
Pero no se volvió a hablar del tema.

En aquel momento se decidió la pasividad para no retraumatizarme. Ya que no estaba en la ley vigente, no existía —ni existe, por el principio de irretroactividad— gran incentivo para buscar justicia: en Chile hasta entonces aún no se tipificaba la tortura como delito. Aunque Pinochet firmó la Convención contra la Tortura en 1988, el proyecto de ley respectivo demoró 28 años en llegar. Recién en noviembre de 2016 entró en vigencia la Ley Antitorturas, por lo que hoy se encuentra bajo el Art. 150 del Código Penal, como parte de los apremios ilegítimos que prescriben como cualquier otro delito. Para cuando una víctima se encuentre en condiciones de buscar justicia, puede ser demasiado tarde.

A pesar del silencio, la experiencia vivida derivó en desarrollar, con el tiempo, un síndrome de estrés postraumático no identificado. Comenzaron los ataques de pánico inmediato frente a funcionarios. Al recibir tratamiento psiquiátrico y psicológico, se atribuyeron los síntomas a diversas aglomeraciones sintomáticas, porque nunca mencioné que fui víctima de algo que tenía nombre. Pensaba que así como un día te podían robar el teléfono, al otro día te podía pasar eso. Por mucho tiempo pensé que se habían pasado un poco, y que lo mío no era realmente grave debido a que era fuera de cualquier contexto que le pudiera otorgar un significado. Era tener mala suerte, un tropiezo. Era salir premiado.

Demoré 7 años en conectar el recuerdo con la palabra, más de 8 años en reconocer sus secuelas, y más de 9 en denunciar. Porque apenas este 17 de diciembre de 2025 pude describirlo y dejarlo por escrito por primera vez. Porque desde la elección del domingo pasado que he estado reviviendo este episodio, una y otra vez. Porque Chile eligió el negacionismo; porque parece que Chile eligió olvidar. Mas creo que la memoria de quienes prefieren olvidar no desaparece: se obliga a otros a recordar por ellos.

Al menos hasta 2022 se siguió hablando del estallido de manera constante, compartiendo experiencias, intentando dibujar desde fuera lo que era Chile. Me daba vergüenza contar que cuando ocurrió, no estaba allí y no tomé mi vuelo de vuelta. Vergüenza contar que mi familia me ayudó a mantenerme afuera para protegerme. No compartía lo que me había pasado, cuando había tanta gente que perdió familiares, o la vista, o fue víctima de abusos sexuales, violaciones. Cuando siguen asesinando mapuches mientras yo disfruto de la tranquilidad del primer mundo. Contar que me habían lesionado en un brazo hace años no era nada, era normal.

Es solo hoy que puedo también declarar con firmeza que amedrentar, golpear, atacar con armas químicas —gas lacrimógeno— y castigar física y psicológicamente de manera reiterada en el tiempo no puede ser normal. Nunca y en ningún lugar. Es solo recientemente que, en terapia, pude contarlo, y me doy cuenta de la gravedad que conlleva que un funcionario del Estado, a través del monopolio de la violencia, torture a un menor en edad formativa —no existe quizás mayor asimetría de poder—, pasando a llevar no solo tratados de derechos humanos y convenciones internacionales, sino que provocando un daño inconmensurable, muchas veces silencioso, en el desarrollo integral de la persona. 

Desde que tuve 13 años participé en la organización política de mi liceo, en San Miguel, y en asambleas estudiantiles. Presencié continuamente cómo compañeros y compañeras recibían abusos por funcionarios del estado y cómo la justicia se mantenía ausente. Muchas de las veces no se denunciaba por falta de medios o por el miedo a represalias, pero en su mayoría se guardaba silencio porque así era la cosa. De esta vulneración continua, en el marco de expresión política de jóvenes, se habla poco, porque juntar adolescente y política es tabú. Aún así, los funcionarios del estado intentan arrastrarte e introducirte al mundo roto en el que viven, cubriendo el lenguaje político con un manto de dolor, para impedir llegar a él. Se inscribe así el poder en el cuerpo a través de mecanismos de violencia traumática para obligarte a aceptar una única realidad, reduciendo la autonomía a futuro e implantando una idea de inevitabilidad. Quienes viven violencia a edades tempranas crecen manteniendo rasgos de esa etapa de vulnerabilidad. Sabes que eso te pasó y que te volverá a pasar. Inexorablemente. Así es el mundo: una tragedia.

Luego de las elecciones del domingo pasado casi no he conciliado el sueño y se me ha llenado el cuerpo de una pesada angustia, lo que me ha obligado a enfrentar lo innombrable que llevo dentro, donde el adolescente que fui aún existe y sigue siendo vulnerable. Me ha sido importante poder reconocer que los abusos previos a octubre de 2019 no eran para nada casos aislados, sino que fue una forma de terrorismo de estado, adoctrinamiento y, en el mejor de los casos, negligencia. Una violencia física ejercida principalmente hacia los sectores más bajos, en los que la precarización de la vida es tal que el abuso policial logra camuflarse entre sonidos de balas. Cuando se reconoce, es en la inmediatez de un rostro —este u otro policía—, lo que opaca la alternativa de conformar un relato común.

Para mantenerse, el estado de Chile exige de su población demostrar un alto grado de distorsión de la realidad. Necesita de una memoria vacía y un lenguaje errado: desconocemos la riqueza de nombres en nuestra flora, de las aves solo vemos a las palomas, y ser emprendedor se piensa más honorable que ser poeta. Aunque hace más de cinco décadas se libre con todos los medios existentes una guerra neoliberal contra la población, esto es algo que, aunque evidente, no se puede decir. Fue Piñera en 2019 quien por torpeza lo hizo explícito y rompió la ilusión, por lo que la política institucional tuvo que inventar un discurso para salvarse a sí misma que, o se desmarcaba de los dichos, o le daba significado dentro del binario de orden y delincuencia. Si no solo llegáramos a observar y reconocer tal absurdo, sino que llamáramos a las cosas por su nombre, el Estado colapsaría como un castillo de naipes. O lentamente por deserción de sus funcionarios. O se iría quedando paulatinamente sin población. 

La población chilena continúa en una etapa temprana del trauma, al este nunca haber cesado. Una etapa de desarrollo truncado, previa a la posibilidad de un discernimiento pleno. Un pueblo que ha sido agredido ininterrumpidamente para mantenerlo en un estado infantil prolongado, y que ha sido convencido de que no existen otras formas de vivir, porque significaría que todo lo que hubo antes no fue solo incorrecto sino que horroroso. Y si no está la figura del padre agresor, se mutila a sí mismo, prolongando el sufrimiento para nunca llegar a tener que verse lleno de cicatrices. Chile es una herida abierta.

Ha sido lejos de esta herida que aprendí de nuevo a hablar y a nombrar las cosas. Fui configurando poco a poco un lenguaje propio y multilingüe, absorbiendo realidades que me parecían lejanas, historias ajenas que se transformaron en historias comunes. Un lenguaje vivo, con raíces móviles extendiéndose y multiplicándose hacia todas partes, conectando con mundos que no se limitan a un lugar geográfico y que perseveran en su propia construcción, como las personas, como todo aquello que está vivo. Un lenguaje migrante, un rizoma. Es hoy y a través de este lenguaje que puedo hablar del trauma y darle un sentido. Entenderme nuevamente como sujeto político y actuar en consecuencia de ello.

El próximo mandato de Kast no debe ser visto como una derrota, sino como una alerta de la urgencia de volver a trabajar en nuestro trauma, agudizado nuevamente en los últimos años, y oculto bajo nuevas capas de racismo, clasismo y xenofobia, y entendido como un estado depresivo del individuo, arrancado del terreno político. Pero quienes viven en el territorio que comprende Chile —como quienes persisten en la vida— han demostrado a lo largo de la historia poder actuar en conjunto de manera organizada, inteligente y solidaria. Es imprescindible entonces que Chile aprenda de nuevo a hablar, construyendo juntos un lenguaje nuevo, abierto y adecuado. Uno que permita comprender la crisis social en salud mental como fenómeno fundamentalmente político, que sea capaz de nombrar lo innombrable y que permita abrir caminos nuevos para vivir en comunidad, para dejar de negar nuestra experiencia y lleguemos a admitir, comprender y sublimar nuestro dolor. Así pasaremos del silencio al relato, de éste a la indignación, y finalmente al optimismo. 

Anhelo que el pueblo de Chile descubra su herida y que pueda actuar sobre ella, para que así pueda sanar. Que exija una vara incluso más alta para los derechos fundamentales y se defiendan como tal. Espero poder reconciliarme algún día con el país del que vengo. En el que aún tengo derecho a residir y participar políticamente. En el que seguiré teniendo familia y amigos. El que dejé sin aviso. Que se reconozcan los abusos del Estado, que no prescriban y, sobre todo, que dejen de ocurrir. Que las generaciones futuras no tengan ni la capacidad siquiera de imaginar esos horrores y que solo se describan en los libros y en los monumentos con fines educativos. Que vivan lo que alguna vez fue imposible. Que puedan escribir una poesía verdadera, llena de pasiones alegres, y que esa sea nuestra historia.

Con el alma saludable,
con ánimo y cariño,
para que nunca más,

J.
26 años

Agradecimientos

A mi familia, por apoyarme siempre incondicionalmente y darme a conocer el amor y la libertad.
A A., quien ha estado luchando, creciendo y avanzando conmigo.
A M. y H., quienes me proveyeron hospitalidad y protección en momentos difíciles.
A N. y P., quienes me escucharon y dieron —sin saberlo— el puntapié inicial a este proceso.
A aquellos con quienes compartí en Chile y forjamos un espíritu común.
A quienes vivieron y a quienes viven la poesía, por entregarme la capacidad de soñar.
A las comunidades migrantes de Leipzig, donde encuentro fuerza, solidaridad y optimismo frente a la adversidad.
Al pueblo palestino, por seguir mostrando al mundo una resistencia ejemplar.
A mis amigos, que los quiero tanto.

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