Vasos vacíos
Todavía sé (o sigo ignorando otra cosa, otro horror) que tengo una ventaja y que estoy de pie en la parte alta, mirando la explanada. Desde arriba todo se ve arder y las cosas ardiendo acaloran el cuerpo y abrigan. Eso es la televisión, las noticias y la disociación. Lo que permite también mantenerse bebiendo sin parar, hasta parar. El cuerpo recibe, la mente se nubla, la resaca horrorifica. La vida completa roza contra ella. Y acalora.
Pienso esto mientras pienso en parar. Pienso en el horizonte de la sobriedad y la vida plena que sugieren todos esos reels que he consumido AM mientras depongo medio dormido aún. Otra mañana, otra victoria y otra oportunidad. Qué ineludible. Qué victorioso se siente el cuerpo trabajando y ganándose la noche y el vino.
Puede ser que haya sido mala idea seguir el thread del reel de Tom Holland contando su desafiante sobriedad y sus beneficios cataclísmicos. Esa cuenta recopilando testimonios de abstemios famosos puede ser algo realmente cruel. Pero por evidente que pueda ser su bofetada, la razón la empuja hasta el tamaño de un explosión solar: algo tan gigante pero tan lejano que maravilla y se olvida con la misma rapidez. Casi todo lo que abriga no se entiende: el fuego, el amor, la vergüenza. Las cosas que encienden las mejillas son evidencia de nuestra ignorancia. Nada peor que alguien que no sabe que no sabe. Yo sé, y me distancio de ello porque prefiero ser promedio y mirar de lejos el momento en el que seré peor.
Para vivir ese sueño, desde la lucidez que propone, habría que abandonarlo todo, hasta la respiración. Un ascetismo oriental severo, casi suicida. Porque, ¿por qué conformarse con la sobriedad si se puede ascender y matar el hambre, el frío y el dolor? Podemos crear todo tipo de bienestar. Su fórmula es imposible. No se resuelve. Es como la ecuación macabra de “Interstellar” que buscaba salvar a la raza pero sólo servía para alimentar nuestro sueño mientras otros colonizaban un planeta y nos dejaban morir. Esta idea florida y sofisticada explica precisamente el alcance de esa mentira: que podemos ser mejores a través de una u otra renuncia. La evidencia aporta uno o dos sobrios victoriosos. Casi siempre alguien tan adinerado como para embriagarse de playas y lujos. Y la gente lo intenta. La gente, toda esa masa resuelta. La gente lo intenta y fracasa, y sana en su confirmación de pobre humano tullido. Pero mientras más se acerca a esa base de humanidad, más se siente descompuesta y alejada de la raza, más se escinde de ella. Es trágico realmente regalarse a un sueño y no tener nada más que vigilia o trasnoche.
Y tampoco es de buen gusto glorificar lo que llaman falta de carácter o debilidad. La borrachera o la glotonería. Debo tener pésimo gusto: yo no veo otra cosa. La sobriedad (en general) es un momento frío. Nada se escribe desde el orden que lo reprime. La sobriedad es la historiadora. Todos los demás somos un busto de Napoleón.
Es religiosa la sobriedad tras el último atardecer de la resaca. El momento porvenir del “ya no más” y la aparición del sentido, el camino que sustituye al vicio. Sin una perspectiva moral, no entendemos muy bien de qué se trata ese vicio. Marguerite Duras dice que reemplaza la ausencia de Dios mientras maduramos hacia el ateísmo. Puede ser… se siente como un consuelo ante nuestra situación “arrojada”, deviniendo muertos. Pero también nada más que una afectación del carácter, como podría serlo una mueca o la calvicie. Los monos enjaulados, ya libres, dan vueltas sobre sus cadenas ausentes, con un gesto que recuerda su cautiverio. El perro azotado, luego adoptado por una familia bien, tirita de miedo en la esquina cuando escucha un chicote o una puerta. El vicio enmarca toda nuestra condición. ¿Cuál es esa? Nadie lo sabe, como un agujero negro, el vicio solo enmarca, pero el cuadro se pierde ante la gravedad inmensa de nuestras definiciones difusas.
“Este continuo estado de espera”. La ansiedad puede definirse como un yunque que no se desploma, pero nunca deja de caer. Las ruinas petrificadas de Pompeya o las carreras armamentísticas son el mejor ejemplo. El horizonte para el colibrí es de desasosiego, una postal incendiada, muerte y severidad de los pares, y algún tipo de castigo. Y así, casi siempre, se vive en renuncia, como ganándole un día más a ese porvenir necrótico, a trueque por privaciones que creemos tendrán sus recompensas. La vida, cruelmente, elude este espejismo. Nadie evitó el camión que lo chocaría porque se abstuvo de beber una cerveza junto a unas papas fritas en la quinta de barrio. La cerveza retrasó su caminata por esa esquina, o la adelantó; en cualquier caso, un asunto de coincidencias…
No presumo de apologético; si de agnóstico del new age. Creyente del alcoholismo funcional. Una actitud que depende del cese que no cesa. La resaca restituye algo de la premura que el bienestar personal difumina. Alineado, ordenado, el organismo depurado, casi sentimos que somos felices, pero el mundo sigue fabricando fiambres. Eludo un bienestar que me enmudecería. La premisa de que un alcohólico, a pesar de que no beba, siempre será un alcohólico, es suficiente para intuir una charada. No busco acá destituir de virtud a los que renunciaron al alcohol para mejorar la calidad de vida de los que le acompañan. Participo de ese sufrimiento colateral. Me he internado en las fauces buscando rescatar a un borracho perdido. He vuelto magullado, adolorido, quebrado. Sin paroxismos: he arriesgado mi vida. Nunca le pediría a mis victimarios dejar de beber. Sería como pedirles que se quitaran la vida.
Es toda la premisa aséptica del bien vivir. Mira nada más esta historia de instagram: sobre una postal de Santiago Oriente, una conocida se apronta para irse a vivir al primer mundo por tercera de vez; el mensaje dice:
Querides amigues:
Mi tiempo en este hermoso
pueblo llega a su fin y me traslado
a BARCELONA.
Busco piso apto para una pareja
a partir de octubre 2025 (con
flexibilidad de fechas) con
presupuesto max. 1000E
(hasta ahí normal: clave contemporánea, el que puede puede, pero luego:)
Somos unos inquilinos
excelente: muy responsables,
limpios, no fumamos, no bebemos
ni tenemos mascotas
(y luego se despide y entrega la data para su seguimiento)
Se intuye la plenitud y aceptación que le sugiere la sobriedad. Cómo le equipara con la higiene. Cómo su punta del cerro (que como yo, también mira la explanada) es el último cerro o la atalaya. Un panóptico que se esconde de los presos (o los rotos). Uno empieza a pensar qué le pasa a esta gente, dónde se le desabrocha la corbata. ¿Follan de pie? ¿Se gritan en las escaleras? Se dan golpes que maquillan o flotan y disfrutan las bondades del mundo moderno.
Es un ensañamiento general con una escala de valores que sólo se respeta a sí misma. “Chain of command”. Marciales, pero sin la pregunta. Adscribo a la siguiente advertencia: “La virtud que no duda de sí misma culmina en atentados contra el mundo”. ¿Hago bien en lustrar mis botas o solo quiero ver mi reflejo en el cuero cada vez que me agache para saldar a un vagabundo con cien pesos? Declaro mi excelencia, y con ello, arrojo por la pirámide una batería de tullidos, mancos, ciegos, sucios y pobres seres humanos que, hasta la muerte, nunca los deja de acosar la sobrevivencia. Para todos aquellos que tienen su arte, oficios y familia, la calma es un commodity a la mano. Para los otros existe el suspiro del primer trago del día.
10 de cada 9 personas quieren ser mejores que tú. Algo los enfrenta contra ti y contra mi. Ser mejor les taladra un espacio. Se vuelven específicos, aptos, hábiles. Hay dos respuestas a la pregunta del qué haces: la primera es hippie o zen: “hablo contigo”, la segunda es la oferta académica de la universidad. Entre medio siempre hay otra cosa. Otra intención. Deseo y desesperación. No recomiendo el vaso lleno: empotrarse en una esquina hasta perder el apellido. El vaso vacío, con su altanería, es tan peligroso como un escupo. El vaso a medias, el cristal vacío y abajo la turbia experiencia del alcohol se conjugan y muestran algo distinto. Un camino de imperfecciones que conducen hacia la característica, hacia el rasgo, hacia el color. “Por la mácula me conocerás”. Longino entierra la lanza para comprobar si Jesus está vivo o muerto. Solo por el dolor reconocemos la vida. Es la lógica de la carne trémula. La insignia de esta condición.
Quizá tenga que ver con algo de identidad nacional, ese mito. Somos caídos al litro de una forma alevosa y el caballero chileno, sádico, prefiere “existir por contraste”. Así hemos sido, en estas costas o en las lágrimas fosforescentes de Los Andes. Caminando al filo le da raza. Roteándonos y quebrándonos. Echándonos la espantá y separando las aguas. Lúcidos, compuestos, dirigentes, mercadotécnicos pilares a los que les ha crecido el pulgar de golpe tienen del otro lado del ojo unas bestias que contaminan el paisaje y lo incendian. Son los borrachitos, los indecisos, los que no conocen otra cosa que el triunfo animal de no morir. Así, Chile realmente parece un país mitológico. Cóndores embriagados de altura y ratas que comen uvas podridas. Fauna antagónica y espléndida.
Pienso en el cuerpo que trota por la costanera metropolitana. Su traje ajustado, sus zapatillas de marca. Va sudando concentrado, enfocado, hacia adelante. Cerca, un perro agoniza en el pasto. Los ciclistas lo eluden. Por el borde de las gafas de running el cuerpo distingue el dolor, pero no le duele. Persiste en su meta. Entre ese sudor y ese propósito, un encañado transita a la deriva. Maloliente, se aprovisiona agua y pan. Descubre al perro magullado entre un flujo fitness que no repara. Se lo echa encima. Un bulto de sangre le cae en la mano y se traga la arcada que suscita.
Mientras bienestar e indolencia sean sinónimos del éxito, la borrachera tiende a consigna y se iza como bandera.
Parra nos arrastra como ratas de cola herida por los rincones del mundo que es el mundo entero en una calle o avenida de Santiago, nos deja heridos, agónicos y culpables, tiene en su pluma la espada qué hiere y mata, borbotea el alcohol para sentir en un segundo algo de paz. La maestría de sus rincones literarios son la misma 5ta Avenida en New York, es sin lugar a dudas, la historia del hombre y su oxidada conciencia global.