Paisaje exótico con tigre y cazadores, Henri Rousseau (detalle)
“Volvería convertida en un tigre”. Entrevista a Françoise Vergès
Cuando la teórica política, feminista y activista decolonial Françoise Vergès me dijo que si pudiera reencarnar volvería como un tigre, me sentí confundida. De una autora cuya vida y obra están dedicadas a proteger a los débiles de los fuertes y a denunciar la opresión patriarcal y neoliberal, esperaba una respuesta diferente. Una margarita o una mariposa, quizás una cosa menos depredadora habría sido adecuada. Sin embargo, insistió en el tigre. “La forma en que se mueve, la belleza, la velocidad, la sensación de libertad que transmite son características que no me importaría experimentar algún día”. Habiendo clasificado a Françoise Vergès como feminista de izquierda radical, centrada en la dominación masculina y el virilismo exterminador, objeté: “Los tigres son depredadores. ¡Asesinos!”. Al ver dónde quería llegar, se rió. Por supuesto que los tigres son depredadores. Matan para comer, pero no se puede comparar a un tigre con un hombre blanco que va a Estados Unidos a matar 300.000 búfalos solamente por diversión.
Nacida en París en 1952, Françoise Vergès se crió en La Reunión, una isla colonizada situada al sureste de África. Terminó la secundaria en Argelia y trabajó durante ocho años como periodista y editora para varias publicaciones feministas. A principios de la década de los 80, se fue a Estados Unidos, donde vivió ilegalmente durante dos años, “limpiando, cocinando y trabajando de secretaria para gente rica”. Entonces decidió poner en orden un par de cosas. “Fui a México, solicité una visa estadounidense, me matriculé en la Universidad de San Diego, obtuve una doble licenciatura y me mudé a Berkeley, donde completé mi doctorado”. Un exprofesor de la Universidad de Berkeley describió a Françoise Vergès como una auténtica militante. “El anticolonialismo no es algo que aprendió en los libros”, dijo, “está arraigado en todo su ser”.
Autora de una docena de ensayos sobre raza, colonialismo, esclavitud y feminismo, Françoise Vergès es actualmente profesora pública, curadora independiente, activista feminista y escritora. Su último libro, Una teoría feminista de la violencia: por una política antirracista de la protección1, publicado en Francia a finales de 2020, arroja luz sobre algunas instituciones estatales, como el sistema judicial y las prisiones, que, paradójicamente, al intentar reducir la violencia, contribuyen a agravarla.
La misión de Vergès no se agota en condenar la violencia solamente. Su enfoque se centra más bien en formas de violencia no reconocidas e invisibilizadas que aniquilan las posibilidades de vivir con dignidad desde que nacemos. Sin ánimo de ofender a los germanistas, La pantera de Rilke ofrece, en mi opinión, una imagen perfecta del tipo de violencia brutal y ciega que Vergès denuncia. Un maravilloso felino negro aplastado tras las rejas, humillado y reducido a un mero trozo de carne, pero mantenido con vida para divertir a la audiencia.
La siguiente entrevista se realizó vía online en diciembre de 2020, mientras Francoise Vergès estaba en su casa en París y yo en Ginebra.
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¿De dónde viene tu activismo?
Crecí con dos padres activistas que nunca nos ocultaron nada. Cuando la situación se complicaba, por ejemplo, cuando la policía irrumpía para registrar nuestra casa, no nos sacaban ni intentaban protegernos minimizando la amenaza y la importancia de los hechos. Preferían explicarnos qué nos estaba sucediendo y por qué. Esta temprana vulnerabilidad y exposición a la violencia legitimada despertó mi curiosidad: un deseo de comprender qué se esconde tras las acciones que buscan infundir miedo o, por el contrario, crear un sentimiento de protección, amor y solidaridad.
¿Tu estilo, nítido y objetivo, surge de una emoción de ira?
Mis escritos y acciones rara vez surgen de preguntas o teorías abstractas. Se materializan en experiencias que he vivido y que me han enfurecido. Más que ira, diría que siempre he sido particularmente sensible a la humillación. La forma, por ejemplo, en que el patriarcado, el racismo y el capitalismo ganan poder mediante rituales cotidianos de humillación. Recuerdo cómo los profesores humillaban a las niñas negras, llamándolas estúpidas o feas. ¡Esto me volvía loca! Tuve la suerte de tener padres que me apoyaban. Cuando desafiaba a la autoridad, contestándole a los profesores, por ejemplo, mis padres nunca me castigaban. Y hasta el día de hoy, todavía me siento profundamente conectada e inspirada por quienes encuentran el coraje de sublevarse: aunque les digan que no se puede hacer nada, no temen desafiar la violencia de la normalización. Saben que las cosas pueden ser de otra manera y actúan en consecuencia.

Dices que la sumisión y la explotación de un otro no son naturales, sino constitutivas de nuestra economía racista, neoliberal y capitalista. ¿Por qué?
No me malinterpretes. Estoy lejos de tener una idea romántica de una sociedad donde todo era agradable y armonioso hasta que el capitalismo y el racismo llegaron y lo destruyeron todo. ¡Para nada! Sin embargo, creo que el capitalismo y el racismo, que se desarrollaron de la mano de la colonización y el tráfico de esclavos, han exacerbado enormemente la violencia. “El capitalismo implica la invención de una vulnerabilidad y una exposición diferenciada a la muerte prematura”, dice Ruth Wilson-Gilmore. Esto significa que algunas personas están “condenadas” a morir prematuramente, y esto será justificado. La división entre los plenamente humanos, por un lado, y los menos humanos, por otro, se inició con el tráfico de esclavos y no ha parado desde entonces. Hoy, gran parte de la humanidad muere prematuramente debido a la contaminación y la explotación. Las personas trabajan en condiciones que agotan sus cuerpos y su salud, y como intentan sobrevivir, se ven obligadas a aceptar las condiciones que les impone el capitalismo explotador. Esta distinción, entre vidas que importan y vidas que importan menos, volvió a evidenciarse durante la pandemia. Los ricos fueron protegidos frente a las poblaciones precarizadas y racializadas. La esperanza de vida de los esclavos en las plantaciones era de ocho a diez años. Sus vidas no importaban, podían ser reemplazados.
¿Acaso no ha existido siempre a lo largo de la historia la distinción entre vidas que importan menos o más que otras, y, por ende, la justificación de la explotación y la esclavitud? En Bután o China, por tomar un ejemplo no occidental, la esclavitud sigue existiendo hoy en día.
La esclavitud existía mucho antes del colonialismo, pero ninguno de estos sistemas logró imponerse a escala global. Esto no los hace aceptables, pero sí diferentes. La esclavitud que surgió en Europa entre los siglos XV y XIX, y que condujo a la deportación de millones de africanos, transformó la economía mundial. El comercio marítimo se internacionalizó: nuevas leyes, sistemas bancarios, seguros y comercios pudieron expandirse precisamente porque estaban arraigados y sustentados por la antinegritud. Esta antinegritud facilitó el desarrollo de nuevas normas sociales y culturales que justificaron la importación de bienes como tabaco, chocolate, azúcar, etc. Hoy en día, estas estructuras aún no se cuestionan del todo, ni mucho menos han sido desmanteladas por completo.
En “Una teoría feminista de la violencia”, cuestionas una de estas estructuras al analizar el feminismo carcelario. ¿Podrías contarnos un poco más?
El feminismo carcelario o punitivista busca combatir la violencia contra las mujeres abogando por el encarcelamiento y el castigo para los hombres. La idea es que este tipo de delito merece un castigo severo. Sin embargo, como sabemos, enviar a los hombres a prisión nunca ha prevenido la violencia contra las mujeres. Al contrario. Las cárceles son instituciones que promueven la violencia, y donde los hombres son víctimas de dicha violencia por medio del aislamiento, la violación, etc. A su vez, deben recurrir a ella para sobrevivir allí dentro. El otro problema del feminismo carcelario o punitivista es que se trata de una solución basada en la clase y en la raza. Solamente protege, aunque nunca del todo, a algunas mujeres, generalmente las que pertenecen a la burguesía. Las demás sufren violación, asesinato o condenas penales con muy pocos recursos. En cuanto a los hombres encarcelados, suelen ser hombres racializados. Por lo tanto, al delegar el poder de protección a instituciones como la policía o el sistema judicial estatal, que son en sí mismas racistas y sexistas, el feminismo punitivista ha contribuido a la exacerbación de la violencia.
¿Estás en contra de las cárceles?
Estoy a favor de una justicia restaurativa y reparadora. Esta última se ha experimentado en algunas partes de África, América del Norte y del Sur, con resultados prometedores. La justicia restaurativa y reparadora implica trabajar con los perpetradores, por ejemplo, acudiendo a centros de detención juvenil para intentar comprender cómo el delito se ha convertido, para algunos, en la única posibilidad de supervivencia. El objetivo ya no es castigar la violencia con más violencia, sino comprenderla. Vivimos en una sociedad que alimenta la violencia. Las personas están cada vez más estresadas, agotadas, ansiosas, se sienten atrapadas e impotentes. Algunas terminan volviéndose contra los más frágiles para liberarse. No digo que haya una solución fácil para prevenir la violencia contra las mujeres, pero creo que con un poco de imaginación, podemos explorar nuevas posibilidades y formas de reparar en lugar de castigar. Lo que la mayoría de las mujeres buscan cuando acuden a los tribunales es que se reconozca el delito. La sanción posterior no necesariamente las deja contentas. Para estas mujeres, la reparación no se produce mediante el castigo, sino que en primer lugar mediante el reconocimiento.

En tu último libro, haces referencia a mujeres, entre ellas Ivanka Trump, que se declaran feministas y apoyan acciones filantrópicas de orientación feminista que, paradójicamente, dices tú, contribuyen a la perpetuación del sexismo, del racismo y la desigualdad.
De hecho, hablo del infame síndrome del salvador blanco: aquella necesidad de salvar a un “otro”, generalmente a una persona no blanca. Esta postura tiende a asumir que estas “otras” mujeres son víctimas pasivas, mientras que por el contrario, la mayoría se esfuerza por sobrevivir, luchando cada día para cuidar de sus familias e hijos. Salvarlas, por ejemplo, con la Iniciativa para el Desarrollo y la Prosperidad Global de las Mujeres 2 de Ivanka Trump, significa integrarlas en una ideología neoliberal emprendedurista, como capital para ser explotado. El objetivo no es invertir en una política de reparación que facilite la autonomía de las mujeres, sino que levantar una propuesta para convertirlas en deudoras del sistema bancario. Hay, en mi opinión, algo obsceno en ir a África con millones de dólares y luego felicitarse por ello. Una reflexión debería preceder a tales acciones. ¿Por qué, cómo y de dónde obtuve estos millones? ¿Por qué las obras filantrópicas son la única manera de cambiar el mundo? No digo que estos millones de dólares no ayuden a la gente, sino simplemente que no desafían el origen del problema. Los estudios demuestran que cuando la Fundación Gates financia un proyecto en un país precarizado, generalmente también busca el control de este. Sabemos que la moda del microcrédito en India endeudó mucho más a las mujeres. Por supuesto que hay ejemplos de mujeres que, gracias al microcrédito y el acceso al capital, han logrado enviar a sus hijos a la escuela o abrir un negocio. Sin embargo, estos escasos éxitos no cuestionan por qué estas mujeres no pueden enviar a sus hijos a la escuela en principio.
Si tienes dinero ¿qué se supone que debes hacer, dárselo al Estado?
No necesariamente, porque la mayoría están corrompidos y han abandonado el interés general y los servicios públicos. Sin embargo, el hecho de que una fundación privada occidental pueda entrar en un país y tomar el control es algo que merece ser cuestionado. La filantropía corporativa, cuyo dinero, como sabemos, proviene de la explotación y la privatización, depende únicamente de la generosidad de una persona. La solidaridad, por otro lado, estimula la reflexión y las soluciones comunitarias. Por ejemplo, hay comunidades en África que intentan crear su propio acceso a productos médicos mediante el desarrollo de su propia investigación y producción, logrando así una cierta independencia. Generalmente, tan pronto como sus esfuerzos empiezan a dar frutos, surge una ley internacional y las grandes compañías farmacéuticas toman el control. No hay solución fácil. No se puede simplemente chispear los dedos y esperar que se produzca el cambio. El camino es largo, requiere una conciencia global y, creo, en el fondo, un cambio radical respecto a la mercantilización de todo.
¿Por tanto, el fin de nuestro capitalismo y de nuestra economía neoliberal?
Sin duda. Porque mientras el capitalismo se perpetúe, no tendremos otra opción más que seguir viviendo en un mundo que está siendo destrozado. El capitalismo significa opresión, extracción, agotamiento de la energía (humana, fósil, del subsuelo, del suelo, de las plantas, de los animales), racismo y explotación.
¿Estás sugiriendo un retorno al comunismo?
De ser así, de una forma muy distinta a la que hemos experimentado, por ejemplo, en China y la Unión Soviética. Estos sistemas se basaban en el productivismo y el extractivismo, y no respetaban en absoluto el medio ambiente. No sé dónde está la solución, ni la tengo. Sin embargo, creo que podemos aprender cuestionando, mirando hacia otros lados, estudiando diferentes maneras de habitar el mundo, por ejemplo, el de los pueblos indígenas. También podemos repensar e inventar nuevas formas de organización social, formas de construir familias que no se limiten a la estructura madre-padre-hijos, etc.

Sin embargo, habiendo nacido y crecido en un sistema capitalista, no veo cómo el mundo podría funcionar mejor de otra manera. Medir la productividad a través del dinero parece ser el único camino que nos brinda, al menos, una ilusión de libertad.
Nuestras vidas están tan saturadas de mercancías que es difícil ver e imaginar otra cosa. Sin embargo, sabemos que este sistema, basado en el productivismo y la extracción, está destruyendo el planeta en el que vivimos. ¡Y no hay otro planeta! Según la ONU y la OMS, una de las principales causas de muerte prematura en el mundo es la contaminación. El mundo ha sido profundamente dañado, no solamente a escala humana, sino que por todas partes: los bosques, la tierra, los océanos. Así que no tenemos otra opción más que pensar en maneras de reparar nuestro mundo. Es una responsabilidad colectiva que puede, por ejemplo, comenzar desafiando la violencia racial, capitalista e imperialista infligida a la humanidad y la naturaleza. Al imaginar y encontrar modos de vida diferentes, podemos evitar que la desigualdad se expanda. No hay manera de que podamos seguir justificando la comodidad de unos pocos a expensas de la explotación total de otros. El hecho de que los niños vengan al mundo cada día sin esperanza ni posibilidad de ir alguna vez a la escuela y que estén o vayan a estar privados de una formación psicológica sana, es sencillamente inconcebible.
Pero ¿no ha sido el mundo siempre un lugar terrible e injusto, asolado por hambrunas, guerras y epidemias?
Sí, pero la mayoría de estos males no fueron consecuencia de un estilo de vida neoliberal. Sin duda fueron destructivos y causaron un sufrimiento extremo, pero no fueron consecuencia del consumismo desenfrenado, el comercio global, la agroindustria, la explotación, las guerras ni la militarización de las fronteras. El colonialismo impuso un sistema global de desigualdad e injusticia. Y hoy, las hambrunas son resultado de una economía neoliberal y capitalista que sobrevalora la productividad y sacrifica la vida de muchas personas.
¿Qué se puede hacer?
Reparar. Restaurar, trabajar a través de múltiples temporalidades para sanar colectivamente el pasado, el presente y el futuro. Pasar del Hombre (blanco, burgués, masculino) a la humanidad. La forma en que el racismo se infiltró en las instituciones europeas, no solo con el nazismo y el fascismo, sino también con las ideologías liberales, aún no ha permitido una autorreflexión profunda. El racismo todavía se ve como algo del pasado que solamente sobrevive entre las personas sin educación. El hecho de que las cárceles en los EE. UU. estén predominantemente llenas de jóvenes negros, en Francia llenas de jóvenes negros y árabes, y por qué las personas de color [people of color], como decimos en inglés (aunque no soy fan de esta expresión), siempre estén entre las más explotadas, necesita ser cuestionado desde el antirracismo. La reparación solamente puede ocurrir si comenzamos por cuestionar cómo se fabrican la vulnerabilidad y la exposición diferenciada a la explotación, cómo se justifica la explotación de las personas racializadas y cómo la riqueza y la comodidad del Norte global se perciben como “normales”.

Digamos que soy una madre blanca, burguesa y feminista que contrata ilegalmente a una trabajadora de limpieza o una niñera filipina para que cuide de mi casa y de mis hijos, mientras yo me empodero escribiendo artículos o lanzando una marca de ropa ecológicamente sustentable por internet. Si no le doy trabajo a esta mujer, podría acabar en la calle. Entonces, ¿no estoy haciendo bien en contratarla?
Querer “hacer el bien” es, en mi opinión, problemático, pero dejemos este tema de lado. En la situación que describes, creo que lo crucial es que esta mujer burguesa tome conciencia de que sus privilegios se basan en la explotación de otros. Su tiempo libre, el lugar en el que vive, la posibilidad que tiene de perseguir sus metas, no solamente son el resultado de sus talentos y competencias excepcionales, sino que son, en gran medida, posibles gracias a la mujer que explota: una mujer que probablemente no tuvo otra opción que dejar su país para venir a trabajar doce horas al día en un país donde no tiene papeles. ¿Cómo es que esta mujer no tuvo otra opción? ¿Es normal? Lo importante es comprender que esta situación no es normal. La esclavitud llegó a normalizarse. De igual manera lo es, hoy en día, el hecho de que algunas vidas privilegiadas se basen en la opresión de otras. Y esto no es normal ni natural.
¿Qué podría hacer esta madre feminista burguesa además de ser devorada viva por la culpa de sus privilegios?
No creo que la culpa sea constructiva. Puede impulsar la reflexión, pero luego debería ir acompañada de algo más: la consciencia. Si esta mujer se proclama feminista y anda por ahí hablando de justicia e igualdad sin reconocer que su estilo de vida es posible gracias a las mujeres que hacen el trabajo que ella debería estar haciendo, entonces es problemático. Toda mujer oprimida del mundo sabe que siempre puede hacer dos cosas para sobrevivir: prostituirse o trabajos de limpieza. Haciendo una u otra, se mantiene activa, lucha por mantener su dignidad. También podemos decir, con toda honestidad, que si esta mujer pudiera elegir, quizás haría otra cosa. Lo esencial en el caso que describes es el reconocimiento y, por lo tanto, el fin de la explotación. Entender que no es el dinero que se le da a esta mujer lo que la ayuda, sino el reconocimiento de su decisión de ser explotada para poder sobrevivir, poder alimentar y educar a sus hijos. Esta es su dignidad y merece respeto. Ella no es una víctima pasiva a la que estás ayudando.
¿Cuándo empezaste a escribir?
Siempre me encantó escribir. En la escuela escribía ficción. A los 13 o 14 años, comencé a escribir textos activistas mientras participaba en diferentes luchas en La Reunión. Más tarde trabajé para un periódico militante, me convertí en periodista profesional y ya sabes todo lo demás.

¿Tienes alguna rutina?
Generalmente me levanto muy temprano y empiezo el día leyendo las noticias de todo el mundo: Europa, Asia, África y América. Me interesa ver qué importa en cada lugar y cómo. Luego salgo a caminar, hago yoga o me pongo a escribir en el computador. Cocinar también es fundamental en mi rutina. Cocino algo nuevo cada día. Además, veo muchas películas y leo harto. Cada semana intento leer al menos una novela para evitar quedarme metida entre puros ensayos. A veces, la literatura responde mejor que los ensayos a la psique humana y sus dificultades.
Además de la lectura, ¿de dónde sacas tu inspiración?
A través de la interacción social. Y al ser desafiada y obligada a reevaluar mis puntos de vista. Esto no siempre es fácil, ya que nos disgusta reconocer nuestros errores y limitaciones. Como valoro mi independencia, puedo ser bastante terca, pero afortunadamente soy incapaz de guardar rencor. Disfruto de las interacciones sociales informales, como por ejemplo cocinar y comer con otros. Siempre que viajo, voy a mercados para descubrir nuevos ingredientes, nuevas formas de cocinar. Me apasiona el arte del tejido y los textiles, su olor, su tacto. Y me maravilla la capacidad humana para crear belleza. De hecho, solía confeccionar mucha de mi propia ropa y planeo volver a hacerlo. Por lo demás, participo regularmente en marchas, manifestaciones, activismo político, debates y acciones feministas decoloniales.
Si fueras un multimillonario filántropo, ¿en qué causa invertirías?
Financiaría un enorme campus universitario intergeneracional, es decir, no únicamente para jóvenes. Sería un lugar donde se enseñen todas las ciencias y humanidades, además de artesanía. También habría un espacio dedicado a reflexionar sobre la reparación e imaginar el futuro.
Si pudieras reencarnar y elegir país, profesión, personalidad, lo que sea ¿qué elegirías?
Me gustaría experimentar la vida como un animal. Si pudiera elegir, volvería convertida en un tigre, a la India o a Siberia.
Notas
1 Existe edición en español: Vergès, F. (2022). Una teoría feminista de la violencia. Por una política antirracista de la protección. Akal. Traducción de Ana Useros Martín
2 Creada en 2019, la Iniciativa para el Desarrollo y la Prosperidad Global de las Mujeres (W-GDP, por sus siglas en inglés) es un esfuerzo del gobierno de Donald Trump para promover el empoderamiento económico de las mujeres en todo el mundo. Su objetivo principal es ayudar a 50 millones de mujeres en países en vías de desarrollo para el año 2025, a través de tres pilares clave: la formación profesional, el apoyo a emprendedoras y la eliminación de barreras legales y sociales que limiten la participación económica de las mujeres. Criticada por organizaciones de la sociedad civil que cuestionan su contribución efectiva, la iniciativa busca poner fin a la pobreza extrema por medio de préstamos intermediarios, dirigidos a las llamadas “emprendedoras de alto crecimiento”. Por lo tanto, es poco probable que llegue a las mujeres más pobres. Organizaciones por los derechos de la mujer como WIEGO y Womankind Worldwide, han argumentado que esto socava el acceso de las mujeres al trabajo digno, criticando la iniciativa porque no llega a abordar las desigualdades estructurales del trabajo mal remunerado, informal y precario que realizan las mujeres.