Y a eso se resume el significado del Yermo – Carcaj.cl
Y a eso se resume el significado del Yermo
03 de agosto 2025

Y a eso se resume el significado del Yermo

Camila había ido a casa del editor para saber si era aceptada la publicación de su último cuento. Era un lugar pudiente y posicionado en una zona privada. Él revisaba las páginas y ella jugaba con las papitas fritas desparramadas en la mesa. Las conectaba con precisión y modelaba edificaciones inhabitables. Eran más un conjunto de terrazas que un hogar funcional. Le encantaría vivir ahí. De vez en cuando su editor pasaba una hoja, levantaba su rostro, absorbía la mirada sobre la puerta unos segundos, y de cero a cien, soltaba una carcajada. 

—Me gusta ese humor tuyo.

Ella no había escrito nada gracioso, pero la risa incondicional del editor fue el modo de evitar la angustia que le causaría emocionarse por algo que no esté en su biblioteca personal… la lógica de esta fobia inundaba cada aspecto de su vida. En la habitación siguiente estaba su esposa. Ella inhalaba cocaína y cantaba La Marsellesa a toda voz. Su esposa era tan horrorosamente alegre que solo un suicida podía ser más alarmante. El editor cerró la puerta. 

La Marsellesa es cautivadora, sin embargo la interpretación de esta mujer me pone de nervios… No me concentro, ¿te molesta si leo tu cuento en voz alta?  —preguntó él. 

—Adelante. No hay problema —respondió Camila. Y su editor comenzó a leer: 

«De la juventud, a diferencia de la vejez, no se es propietario, sino deudor»; un joven comienza el relato enlistando las frases de su padre. Otra frase: «No he acabado de vivir y he muerto ya un par de veces». El joven se dirige a la municipal de Santiago con su hermana. Papá falleció dos días atrás, «como quien sobrevive al holocausto y muere atropellado por un triciclo», en las palabras del mayor de los cuatro hermanos. Van solos los dos porque ninguno otro se dispuso a intervenir en el papeleo burocrático que persigue al difunto por medio de sus vivos. El auto anda en el asfalto con tanta presión al suelo y al mismo tiempo nosotros tan levitantes de la tierra, piensa el muchacho, y regresa a enumerar las frases que repitió papá. Había una que personalmente le agradaba, la más sencilla: «¿Por qué, Don Juan?». Al señor le gustaba el tango, y esa era una línea que robó de él; la decía al quejarse de no entender alguna situación, y el chico tenía la impresión de haberla oído más de una vez todos los días. Él, además, admiró a Robespierre, el verdugo de la monarquía, y llegó a defenderse diciendo que él se apegaba a la fórmula de Kafka: «vivir en la verdad». Se contó que sus últimas palabras fueron: «Debo aguantar hasta el final. El final no llega y tengo que vivirlo. Y no es fácil». La mentira duró unas horas, resulta que el tío del chico lo inventó o lo sacó de una antigua telenovela mexicana, por cualquier razón que a nadie le interesó.  «Te diré con sinceridad… que es cierto, desde joven he sido un viejo rehusado en su ataúd, mecido, mínimo, en el mar», esas fueron sus últimas palabras, no obstante, el tío que las escuchó también es anciano, y ni escucha ni recuerda. 

Es una aclamación en especial la que el joven prefiere de su viejo; en ocasiones llegaba a casa y les decía a los hijos que todavía habitaban ahí, mirándolo a él: «¡Felices que están estos cabritos!», era extraño que lo exclamara de golpe, pero a cierto niño le alegraba y sonrojaba. Ellos no eran felices o al menos, cerca de ninguno lo fue. El muchacho era el menor por lejos; el padre tuvo a los cuatro primeros entre los veinte y treinta, y el quinto a los cincuenta. Era un escenario escandaloso. De vuelta en la carretera, su hermana, sollozando, le confiesa: «Treinta años en los que no estuviste presente fueron años en que papá abusó agresivamente de nosotros, y a mamá, con más saña…». 

Hubo una vez que, entre sus reuniones secretas en la sala de la tele, el chico, entonces de siete años, escuchó a sus hermanos platicando entre risas de lo despreciable que fue papá.  Impotente, le platicó al padre la conversación que a él le sonaba difamatoria y deforme. En seguida, sus hermanos lo tomaron de traidor y, al pelear, lo apodaban el espía. Ahora las reuniones secretas tienen perfecto sentido.

Su hermana termina de llorar y él comprende las frases semejante a si las hubiese dicho él mismo. Y las dice, una tras otra, una a cada cobrador, a cada hermano: «No he acabado de vivir y he muerto ya un par de veces». «De la juventud, a diferencia de la vejez, no se es propietario, sino deudor». «¡Felices que están estos cabritos!», «¿Por qué, Don Juan?». Su hermana cree que se ha vuelto loco. Él las ha dicho y todas ellas son ya sus favoritas. El auto tan levitante y nosotros tan presionados a la tierra, piensa el muchacho.

De la casa sale un armado para vengar a su madre, una de las amantes de papá. Recién descubrió que hace tiempo murió a punta de golpes por culpa de ya se sabe quién. ¿Y quién rendirá las cuentas? 

Con el tacón, su hermana marca sobre el yermo un círculo pequeño como un nido; ni él ni el enrabiado entienden que ella quiere ser enterrada ahí.

—¿Vienes a asesinarnos por lo que hizo el viejo? Bien, —se responde— castiga al muerto. 

Con el fusil en la nuca, el joven piensa que tal vez sus hermanos no lo considerarían más un espía, un traidor. Muerto, se da cuenta de que, por amar a su padre, siempre lo fue. Termino el cuento con su título —dijo el editor: Y a eso se resume el significado del yermo… —Tu cuento, tu cuento, tu cuento…  no sale de la anécdota, ajá, no va más allá de lo anecdótico. ¡Sabes de lo que hablo!, tú sabes qué opino de eso, si es anecdótico es anecdidiótico. 

»Además, de primer rebote las reflexiones que haces no van a lado alguno, inconexas todas… te lo he dicho ya cuántas veces, mejor léete a los grandes… Verdad y pura verdad que esto no tiene ni pies ni cabeza. —Él se parecía a Papá Pitufo, y le gustaba responder por tal sobrenombre porque le excitaba la idea de ser el mandamás de la aldea editorial.

—¿Qué quieres que escriba? Yo misma no tengo ni pies ni cabeza dijo Camila. 

—¿Cómo no? —replicó acercándose. Tenía aliento a genital y frituras. Le dio unos golpecitos en las mejillas y sonrió. 

Ella le agradeció cuando le entregó una bolsa de caramelos mentolados de manzana, y entonces el jefe de la aldea agregó con ambiguas intenciones: 

—Mira, te lo digo más que como tu editor, como tu amigo. Eres una buena candidata, es solo que no pasas de eso. —Se podría enunciar que Papá Pitufo le dio una mentada de menta y una de la otra. 

Escucharon tacones corriendo en el pasillo y una llave en la chapa, su esposa abrió la puerta. Ella había cambiado de ropa. Vestido blanco, elegante. De puntillas y de lado, evidenciando sus tonificadas pantorrillas y una sonrisa que se asemejaba más a una parálisis facial. Conservaba su irresistible belleza a manera de lo abominable. —¡Escúchenme! —dijo, y tensamente sus torneadas piernas pálidas se asentaron en posición de jinete. Se fue de un salto con el pie izquierdo y luego de otro con el derecho. Regresó a cantar a su habitación. Había aparecido como desesperada, medio luchando contra su desbordante alegría y medio ahogándose en ella. En esa habitación no fue la única que luchó contra algo que uno mismo produce. El mandamás sacó una cajetilla y, compitiendo con Camila, fumó como si se tratara de boliche profesional: los cigarros como los bolos y el deseo de adormecer el hastío como la bola. Papá Pitufo se puso a hablar de William Carlos Williams, un poeta del que disfrutaban los dos. Es un poeta al que ella admiraba porque, en algunos de sus poemas, cuenta anécdotas pequeñas de una manera en la que desmiente la idea de lo monótono. Hasta lo más usual de una rutina supone experimentar una especial intensidad. Todo lo contrario, el jefe de la aldea engrandecía asuntos que nada tenían que ver con la anécdota frente a su nariz. Enlataba en intelectualismos cada una de las palabras y, a fuerza de erudito, las asociaba con referencias a la literatura grecolatina. 

Con los labios todavía pintados de humo, Camila comía los dulces reclinando la silla. Tenía los pies hormigueantes y somnolientos. Una iglesia descargaba sus campanadas marcadas las tres de la tarde y se conjugaban, simpáticas, con los cantos de la esposa de su editor. Él volvió a sellar la puerta, esta vez con una brutalidad sin parecido. 

—Le escupiría en la cara de ser por mí —le confesó a Camila refiriéndose a su esposa. Cerró la ventana y su aliento a genital y fritura se extendió alrededor de la habitación. 

Una parvada sobre los cables conversaba de cosas más interesantes de las que sucedieron ese día, y Camila se daba cuenta de que bostezaba con mayor frecuencia. El aburrimiento no quedaba aquí, el aburrimiento era general, atemporal. 

Al despedirse, pensó en el futuro «descanse en paz» de la esposa del mandamás. Fue curioso, ninguno resultó tan presagiable hasta que se imaginó el de ella. La imagen le causó disgusto. Camila no supo resolver si sería por esnifar tanta coca o porque la brutalidad con la que Papá Pitufo selló la puerta acabaría por tener repercusiones sobre el cuerpo de esa mujer. 

—Pero qué mujer bala es esa, descanse en paz —se repitió saliendo de la casa y adelantándose a su muerte futura. 

Ouali Samir Belkacemi Estrada

(Estado de México, 2000) es un poeta, curador y artista interdisciplinario egresado de la carrera de Lengua y Literaturas Hispánicas (Facultad de Filosofía y Letras, UNAM). Enfocado en el pensamiento poético y la teoría crítica, su interés se encuentra en desentreñar la experiencia en los tiempos de la postmodernidad y explorar la búsqueda de una identidad más allá de los bienes de consumo. El núcleo de su práctica se encuentra en el estudio y la reapropiación de los lenguajes a partir de la cultura, el cuerpo y sus sentidos. Posicionado desde la crítica a la representación, define su trabajo como la motivación de abandonar la imagen para, en su lugar, crear Verbo: corrosión y energía, tal como opera la naturaleza sobre el mundo, el mundo sobre el lenguaje y el lenguaje sobre la identidad. Ganador de la “Convocatoria de Literatura Visceral 2022” , ha sido publicado por la revista argentina Extrañas Noches, la revista estadounidense The Devilla diaries Magazine y la revista peruana Santa Rabia Poetry. Como docente, impartió el taller de poesía experimental “Para decir algo, primero el decir se tiene que romper” en La Tallería (2024).

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