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Y detrás las mujeres que se pepenan por el desierto

Ilustración: Anne Vallayer Coster - Sea Panaches (intervenida).

29 de diciembre 2025

Y detrás las mujeres que se pepenan por el desierto

En torno a Y detrás las mujeres que se pepenan por el desierto, de Josefa Vecchiola Gallego. Editorial Inti, 2025.

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Si el lenguaje se tornara una superficie resbaladiza y una joya lúbrica naciera en su seno, y esa joya brillara y tuviera un cuerpo maleable, transportable y accesible a todas las lectoras atentas, ese cuerpo nacido sorpresivamente de esa joya que ocupa el centro del lenguaje sería con certeza el libro de poemas y detrás las mujeres que se pepenan por el desierto escrito por Josefa Vecchiola Gallego y publicado bajo el sello editorial Inti en el año 2025.

El libro comienza con una dedicatoria a la ternura causada por la escucha ajena y cierra sus fauces con la prolija enumeración de las referencias literarias que reverberan a lo largo de los poemas, reunidas en el “Florilegio” de las páginas finales. Cuatro son las partes que aglutinan los poemas: “Desierto”, “Nervaduras”, “¡Albricias!” y “Medusas”. Y cada una de esas partes está inaugurada por un epígrafe que propone una clave de lectura posible para los poemas allí reunidos. Y en ese espiral de diálogos, cruces y referencias aparecen cinco cianotipias, con su dejo acuático, para pausar y ampliar la lectura.

Hojas secas desperdigadas por una superficie rosa, fotografías laureadas por tallos otrora verdosos, animales marinos indescifrables en su contextura y escurridizos en su tacto alimentan el terreno rocoso y fluvial de los poemas. Una amalgama de conversaciones recuperadas a través del tiempo signa la escritura. Una especie de reiteración cántica dibuja los contornos de los poemas. Las palabras se repiten, se reanudan, se reordenan, cobran diferentes formas en distintas partes del libro. Los territorios hápticos florecen, se marchitan, vuelven a aparecer. Los poemas pueden devorarse, hacer vibrar la lengua, estremecer con suavidad los cabellos y los ojos.

En su búsqueda por delinear un paisaje vivo –por instantes erótico, por destellos amoroso, sólo a veces pujante y tenso– el poemario se transforma en un palimpsesto. Está escrito sobre los rayones y las huellas de una escritura olvidada, aquella femenina de los márgenes, aquella desplazada que, insistente, da puntadas al canon literario. Rondan en el lenguaje devoto las santas del desvío literario chileno: Soledad Fariña y Rosabetty Muñoz en los epígrafes, Gabriela Mistral, María José Ferrada, Guadalupe Santa Cruz en el florilegio. También pululan las venidas de un tiempo lejano y un terreno distante, como la belga Margarita Porete o la estadounidense Elizabeth Bishop.

y detrás las mujeres que se pepenan por el desierto es un tránsito desde la conjetura inicial “toda espera permite leudarse” hacia un atisbo de certeza: “cruzando yo les digo que en quebrada todo hielo pasa a ser cauce de otros ríos”. El verso libre del principio se va reconvirtiendo, atestado como está de voces y ecos, de imágenes azules y rosas. En la última parte, “Medusas”, el yo poético se transforma en aquella “bocacomepalabras” anticipada en “Desierto” que necesita de la prosa para construir mundo. Las oraciones se suceden vertiginosas como en una bocanada se apresa todo el aire posible. En el traslado desde la aridez a la espesura del fondo del agua, la que alberga la ondulación danzante de los seres acuáticos, el campo semántico de Josefa Vecchiola Gallego se hincha de referencias naturales. El territorio del encuentro amoroso y los roces del cuerpo expectante es fantástico porque en él convive lo imposible: las flores del cactus desértico en las aguas del Pacífico que se juntan con el río Itajaí movido por el viento altano. Todos los sentidos se despiertan por la conjetura del inicio y por la espera que se hace carne en la voz que admira y desea a otra, escabullida y silenciosa en los poemas.

La fusión del espacio se traslada a la indeterminación de los límites del yo: “la dicha tuya / es la fascinación mía / de que mi obsesión, ahora / sea también la tuya propia” o “tu boca en mi oído, mi oído en tu canto / procuras declamarme mientras yo / comienzo a tocar la noche oscura con mis manos”. La mezcla, el enchastre y lo poroso son el tridente que sostiene el poemario. Aquella cordillera que se diluye para dar paso a las aguas, aquella boca que se hace oído o se hace flor. Todos los elementos confluyen en un Todo enigmático y perenne, el yo se embebe en los movimientos de una tierra propia y ajena, de una enamorada suya y escurridiza, de unas mujeres juntas y confiadas. Aquellas, las de la herida, las de las cartas, las que encuentran refugio en el desierto acuoso.

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