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Antihéroes mediáticos: tiroteos escolares y masculinidad
Para los medios sensacionalistas, la sangre y la muerte son sinónimo de clics y visibilidad. Tras el tiroteo en la escuela de Winnenden, en Alemania, en 2009, la revista Focus describió la matanza con un nivel de detalle obsceno: “Una bala en la nuca mató a la joven de 15 años, cuyo torso cayó hacia delante sobre la mesa”. Como si eso no bastara, el diario Bild publicó una animación en 3D del edificio escolar, que permitía al público seguir, paso a paso, el recorrido del asesino desde su propia perspectiva. En una mezcla entre historia de terror y película de acción, los victimarios se transforman en antihéroes y las víctimas quedan relegadas a meras figurantes.
En esta escenificación mediática no hay espacio para las preguntas de fondo: ¿por qué emerge este tipo de violencia? ¿Por qué los autores son, en su mayoría, hombres? En lugar de indagar en las causas, prevalecen los titulares cargados de dramatismo, los detalles morbosos y las narrativas emocionalizadas. La violencia se presenta así como un estado de excepción que irrumpe desde fuera en una sociedad supuestamente idílica.
La violencia como espectáculo
La estetización mediática de la violencia no es un fenómeno nuevo. La cultura pop la ha escenificado desde hace décadas, como demuestra Asesinos por naturaleza (1994), de Oliver Stone. En la película, los protagonistas emprenden una sangrienta travesía por Estados Unidos en la que glorifican la violencia: asesinan indiscriminadamente y siempre dejan un sobreviviente, para que su brutalidad perviva como relato y mito dentro de la sociedad. Cuando los medios de comunicación descubren a la pareja, la elevan a la categoría de antihéroes y la idealizan. El filme critica, precisamente, lo mismo que se observa en la cobertura mediática de los tiroteos reales: el sensacionalismo y la fascinación voyeurista por la violencia.
Cuando Asesinos por naturaleza llegó a los cines en 1994, desató un intenso debate. Muchos críticos acusaron a Oliver Stone de glorificar la violencia, aunque en realidad la película denuncia cómo los medios de comunicación la convierten en un espectáculo.
Tras la masacre escolar de Columbine, en 1999, la discusión volvió a encenderse. Los dos asesinos eran grandes admiradores del filme: en sus vídeos y notas citaban a los personajes principales y expresaban su deseo de que algún día alguien —quizá Quentin Tarantino o Steven Spielberg— llevara su matanza al cine.
Eso nunca ocurrió. Sin embargo, tras su muerte, obtuvieron precisamente lo que buscaban: la atención de los medios. Pronto surgieron en Internet mercancías para fanáticos, retratos y páginas de admiradores.
Columbine fue el primer tiroteo escolar transmitido en tiempo real a todo el mundo, y se convirtió en modelo para muchos perpetradores posteriores, incluido el ataque de Graz, en Austria, en junio de este año.
Miedo reprimido y fantasías de exterminio
Los tiroteos reflejan un miedo existencial que impregna a una sociedad marcada por la crisis: el miedo a perder relevancia social, a ser sustituido, a no recibir reconocimiento o a quedar a merced de las coacciones económicas en un mundo cada vez más autodestructivo.
Ese miedo genera una profunda inseguridad en el tejido social. Sus raíces se encuentran en las estructuras materiales de la sociedad: en las condiciones económicas y sociales que determinan la vida cotidiana; el desempleo, la presión por rendir, la soledad, la desigualdad y la precariedad.
El miedo se manifiesta con especial claridad cuando se entrelaza con los ideales tradicionales de masculinidad: la promesa de fortaleza y control que reprime la impotencia y la dependencia. Esta experiencia de impotencia y temor no queda sin consecuencias: puede transformarse en ira y odio, en la necesidad de compensar la propia pérdida de control.
En su libro Disaster Nationalism, Richard Seymour se pregunta por qué, ante las crisis sociales, muchos no aspiran al cambio, sino al recrudecimiento de las mismas. Atribuye esta actitud a una ambivalencia profundamente arraigada —y al mismo tiempo reprimida— hacia la propia sociedad: una mezcla de dependencia y rechazo que da lugar al odio y a fantasías de aniquilación. Seymour interpreta estas fantasías como una reacción defensiva frente al miedo existencial y la impotencia. En la mayoría de los casos, determinados grupos sociales o minorías sirven de chivos expiatorios para canalizar el malestar colectivo.
En algunos casos, como el de los perpetradores racistas, la violencia se dirige específicamente contra una imagen concreta del enemigo. En otros, como en el de los autores de Columbine, el odio se generaliza: cualquier persona puede convertirse en símbolo del odiado “mundo en conjunto”. “Nuestras acciones son una guerra de dos hombres contra todos los demás”, escribieron. Del mismo modo, en Asesinos por naturaleza, el protagonista responde a la pregunta de cómo puede matar a una persona inocente: “¿Inocente? ¿Quién es inocente, Wayne? ¿Tú eres inocente?”.
Odio dirigido hacia abajo
En la era neoliberal, las relaciones solidarias han sido progresivamente desplazadas por el individualismo, el aislamiento y la competencia. Como resultado, el clima social está cada vez más impregnado de odio y resentimiento.
El resentimiento nace de la comparación: cuando a otros se les concede algo, muchos lo perciben como una pérdida propia. En lugar de reclamar mejoras colectivas, se pisa a los más débiles para compensar la propia impotencia. El odio rara vez se dirige contra los verdaderamente poderosos; suele volcarse, más bien, contra quienes se perciben como semejantes o más vulnerables.
Detrás de todo ello se oculta una necesidad insatisfecha de reconocimiento: ser visto, respetado y reconocido como miembro de una comunidad. Cuando ese reconocimiento falta, la necesidad puede volverse desprecio; quien se siente impotente a menudo busca reafirmarse denigrando a los demás.
Para algunos hombres, el odio no solo brota del miedo reprimido, sino también del anhelo de encarnar un ideal heroico. Esperan experimentar una descarga extrema de adrenalina, una especie de catarsis cuya intensidad rompa la monotonía de la vida cotidiana.
Uno de los autores del tiroteo de Columbine describe con crudeza ese sentimiento en sus Basement Tapes, las grabaciones en vídeo en las que ambos autores documentaron sus pensamientos y preparativos semanas antes del crimen: “Espero que matemos a 250 de ustedes. Cuando las bombas estallen y esperemos para irrumpir en la escuela, serán los 15 minutos más angustiosos de mi vida. Los segundos me parecerán horas. Estoy impaciente. Temblaré como una hoja al viento”.
“Sé que soy Dios”
El anhelo de poder, euforia, reconocimiento y control alcanza proporciones desmesuradas en los autores de tiroteos indiscriminados. Se presentan como figuras superiores, aunque al mismo tiempo se perciben a sí mismos como víctimas de la sociedad. Esta contradicción desemboca en fantasías de omnipotencia: creen tener el derecho de decidir sobre la vida y la muerte. “Entonces los miro profundamente a los ojos y sé que soy Dios”, escribió el autor del tiroteo de Emsdetten, Alemania, en 2006. Los asesinos de Columbine también se veían a sí mismos como seres divinos, como entidades todopoderosas situadas por encima de la “escoria humana”.
En muchos casos, las fantasías de omnipotencia están estrechamente ligadas a una misoginia abierta, que constituye un componente central de la visión del mundo de muchos autores de tiroteos indiscriminados. Detrás de ello se oculta una contradicción profundamente arraigada en las concepciones comunes de la masculinidad heterosexual.
La autonomía y la independencia se consideran ideales fundamentales, pero se tambalean en cuanto el hombre depende de las mujeres para satisfacer sus deseos. Esta dependencia se experimenta como una humillación, porque pone en entredicho el ideal masculino de control e independencia. En lugar de aceptar esa impotencia, se la reprime y combate. Del sentimiento de debilidad surge una ira compensativa, que puede descargarse en forma de misoginia y sexismo.
Una concepción tradicional de la masculinidad es, por tanto, el denominador común más amplio en este tipo de actos. Los autores de tiroteos escolares y los extremistas de derecha, como Anders Breivik, comparten un mismo potencial de impulso de autoafirmación violenta, arraigado en la socialización masculina.
El psicólogo social Ralf Pohl identifica un patrón similar en ambos casos: una autoimagen cargada de violencia, combinada con susceptibilidad, fantasías de venganza, misoginia y una disposición permanente a la confrontación con el entorno social, independientemente de que el acto tenga o no motivaciones políticas.
Normalidades monstruosas
Los tiroteos escolares son poco frecuentes. Sin embargo, los llamados atentados de lobos solitarios —es decir, actos cometidos por individuos sin una ideología política claramente definida— han aumentado en los últimos años. La forma en que los medios de comunicación abordan estos actos violentos refleja una profunda incertidumbre social.
¿Cómo conciliar la violencia extrema con la imagen de una sociedad pacífica y democrática, una imagen que es más un deseo que una realidad?
Las reacciones sociales ante este tipo de actos tienden a ser evasivas o defensivas. Resulta tranquilizador considerar a los autores como excepciones, como extraños que no forman parte de nuestro entorno. Esa explicación, sin embargo, apenas roza la superficie del problema.
Los medios de comunicación adoptan y refuerzan esta perspectiva: presentan la violencia como algo que irrumpe en la sociedad desde fuera y que, al mismo tiempo, puede emerger en cualquier momento desde dentro. Así surge la figura del enemigo oculto: aparentemente externo, pero en realidad entre nosotros.
Los medios estetizan la violencia y patologizan a los perpetradores. Sin embargo, sería mucho más importante confrontar las causas de esta forma extrema de violencia. En lugar de abordar las condiciones sociales que hacen posibles tales actos, la violencia se desplaza hacia los márgenes, relegándola al ámbito de lo patológico y lo anormal.
Lo esencial sería, más bien, dirigir la atención a las dinámicas sociales que posibilitan estos actos y que continúan operando en las estructuras fundamentales de nuestra sociedad. Precisamente porque esas dinámicas están tan profundamente arraigadas, la frontera entre normalidad y patología se vuelve difusa: ambas están más próximas entre sí de lo que quisiéramos admitir.
En lugar de ver a los autores como “anormales”, cabe hablar —con Theodor W. Adorno— de “normalidades monstruosas”, formas de violencia que emergen desde el corazón mismo de lo cotidiano. Incluso los sujetos aparentemente adaptados —moldeados por relaciones conformistas y estructuralmente excluyentes— pueden volverse capaces de una violencia extrema en momentos de crisis social o personal.
No todos los autores de tiroteos escolares se sitúan en la extrema derecha, pero muchos comparten una afinidad con visiones autoritarias del mundo, en las que la masculinidad heroica desempeña un papel central. Los tiroteos escolares, por tanto, no deben entenderse únicamente como una patología individual, sino como la expresión de una necesidad desmesurada e insatisfecha de reconocimiento en una sociedad marcada por ideales de masculinidad y relaciones de explotación. La violencia no brota de una existencia marginal, sino de una estructura básica de masculinidad “normal”; y precisamente eso es lo que la hace tan inquietante.
* Este texto fue publicado originalmente en el periódico digital suizo Das Lamm en noviembre de 2025, bajo el título «Keine Monster, sondern Männer»: https://daslamm.ch/keine-monster-sondern-maenner/