Notas sobre la desnudez del capital y el tercer mundo
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En el capitalismo no existe derecho internacional ni soberanía en términos reales. Solo existe la relación de fuerza y sumisión entre saqueadores y saqueados, para mantener el ciclo de acumulación. EEUU, así como lo hizo antaño en Medio Oriente, intervino directa y militarmente en un país de Latinoamérica y no solo no hubo mayor resistencia, sino que los países de la región no hicieron nada al respecto. Este es el comienzo del saqueo y la balcanización, este es el fin de nuestra ilusión de equilibrio. Ahora veremos poco a poco cómo se nos impone la primavera.
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El capitalismo, para mantener los niveles de producción que sustentan la ganancia de la élite empresarial, destruye y seguirá destruyendo la estabilidad de países que, en el panorama global, se encuentran en posición de dependencia. La erosión de la soberanía de nuestra región no será, según se desprende de la situación actual, para que no nos atrevamos a romper con nuestro rol en el esquema mundial de circulación del capital, sino más bien porque van a necesitar que nuestras instituciones se agrieten, se debiliten, para así aumentar el margen de plusvalía extractivista, a partir de la imposición de sus condiciones bajo la relación más asimétrica posible. Así como alguna vez le tocó al continente africano y luego a Oriente Medio, para las potencias occidentales es nuestro turno, como parte del tercer mundo, de ser exprimidos hasta los huesos en favor de su desarrollo (el cual en algún momento, es evidente, agotará los recursos y, por lo tanto, atentará contra la existencia de la humanidad en sí misma).
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La actitud de los líderes occidentales, la estética mediática de la obscenidad, sirve para entender realmente cómo se erige el capital en términos de conciencia: no hay otro amo más que su reproducción. No hay valores, no hay derechos, sólo la necesidad de la continuidad del ciclo de acumulación. En este sentido, para el nuevo tipo de sujeto político capitalista, la democracia, la patria, la nación o la soberanía son conceptos que no tienen sentido. Lo único que tiene sentido es el flujo de mercancías, para lo cual la sociedad o, inclusive, la humanidad se convierte en un mero medio. Ahora, la historia nos enseña que cuando la lógica del capital se muestra desnuda, es porque ya no le importan, paradójicamente, los ojos del otro. Es porque se viene la era de la anulación, el tiempo de los asesinos.
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La obscenidad en el discurso traduce la desnudez del capital: se disipa la falsa ideología y el interés de clase se muestra tal cual es. Sin embargo, al menos durante la presente época, esto parece una potestad de la élite y sus seguidores. El proletariado y la intelectualidad de izquierda conserva, aunque confundidos, su pudor, en tanto todavía creen que es una lucha por la moral, la razón o la verdad, cuando en realidad todo valor o concepto ya ha sido vaciado: el saqueador no conoce la compasión, el saqueador es un caníbal que solo responde al placer de su propia imagen alimentándose de las entrañas de sus víctimas. O dicho de otro modo: el capitalismo solo tiene ojos para su propia pornografía. En este punto, uno podría recurrir a lo evidente: por dialéctica, los que vamos a ser saqueados deberíamos incurrir en un movimiento análogo. Erigir en principio nuestra propia desnudez, liberar la obscenidad de su deseo. Pero todavía pervive la mentalidad de que, solo con el beneplácito del victimario, seremos su victimario. Nuestra salvación, al contrario, se debe encontrar en el placer de nuestro narcisismo: debemos levantar nuestra propia imagen como vanguardia y, a la vez, destructora de la historia, pues esta no es nada más que la constatación de los distintos retratos que el saqueador ha pintado de sí mismo.
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El capital necesita mantener, en diversas gradaciones, un estado de devastación permanente, ya que sólo así alcanza el potencial que le permite abrir la puerta a su desnudez. Los márgenes de producción de la industria de la muerte solo pueden mantenerse a través del genocidio y la catástrofe. Por cada enfermedad y por cada cadáver, los monopolios globales se han asegurado de obtener algún rédito. Por cada debacle, por cada estado fallido, por cada esperanza rota de desarrollo, la oligarquía financiera ha concentrado más recursos, ha sentido el placer de ostentar su propia imagen como protagonista del ciclo de acumulación. Nuestra destrucción continua, como tercer mundo, se ha convertido en una necesidad. Y, paradójicamente, el discurso de nuestras instituciones y medios de comunicación establece que también es nuestra necesidad, porque así opera el poder, porque así se forjaron las bases de occidente. Debemos, entonces, para superar el estado actual de las cosas, estar dispuestos a abandonar los que nos han dicho que somos y debemos ser, pues el problema no está en la forma, que solo se orienta a enmascarar al capital en el tránsito hacia su desnudez, sino que está en el fondo, en la inminente imposición material del saqueo.
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Estados Unidos puede utilizar aranceles y robar recursos para soportar el peso de su deuda creciente, pero eso no quiere decir que esta no sea parte natural del desarrollo del capital, no sea quien lo empuje en el tránsito inexorable hacia su desnudez absoluta. En última instancia, el ciclo de acumulación luchará por cumplir su destino: la negación de la misma clase global que lo sostiene (que intentará condenar a la especie misma con ella: su potencia es el suicidio colectivo). Debemos comprender, entonces, que en el proceso los saqueadores actuarán sin ningún tipo de consideración. Ellos, al igual que la mafia, solo responden a sus propios intereses, los que imponen a través de intimidación, chantaje y muerte (no hay excusa que detenga su afán por el terror, por nuestro terror), por lo que necesitamos diversificar nuestra mirada sobre la resistencia. En este contexto toda forma de generar contrapoder es legítima, pues ante la posibilidad de la devastación y el derrumbe, por sobre el discurso, está la sobrevivencia. En este sentido, ¿es posible una revolución hoy en día? La élite no le teme a esa palabra, de hecho, es capaz de otorgarle un significado en torno a sus intereses (aquella impostura fue parte de la primavera). Es la izquierda la que siente temor, todo el tiempo, pues le ha otorgado, al menos durante el siglo XXI, a la burguesía la potestad exclusiva de protagonizar la historia, mientras ella se ha regocijado en la ampliación, casi publicitaria, de su propia identidad y capacidad administrativa, de su capacidad de ordenar y diversificar la fila que nos conduce y conducirá al abismo.
En EEUU suele pasar que algunas personas, antes de suicidarse, toman un arma y asesinan gente a mansalva. Como es arriba es abajo. Esa es la imagen que explica nuestra coyuntura actual.
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La historia para el capital no necesita ser coherente. Hoy no es importante dotar de sentido a ciertos hitos, no es necesario concatenar los elementos en pos de un futuro plausible (no hay promesa imposible detrás del horizonte). Un ángel ya no mira las ruinas que dan paso al progreso. Las ruinas hoy son reemplazadas por un espejo. La operación mundial que está en curso se orienta a distraer a las clases oprimidas de la existencia de los procesos históricos, de las categorías políticas, de cualquier posibilidad de análisis, para que la única verdad sea la que se necesite para llegar a la desnudez del capital, sea la que sonría ante la imposición obscena de la voluntad de los saqueadores. Hoy no hay verdad, hay algoritmos. Hoy las víctimas son los victimarios. El genocidio israelí contra los palestinos en Gaza marcó el precedente: no existe historia si no queda absolutamente nada (cabe preguntarse, en todo caso: existió Gaza, ¿existe Dios?). No hay necesidad de la historia si tenemos comentaristas en internet. No hay necesidad ante una nueva generación de fanáticos de un mercado dentro del cual no son siquiera individuos, sino agentes anónimos, irrelevantes, innecesarios. ¿Podemos responder desde el tercer mundo? ¿Podemos hacer algo más que ser testigos de cómo el capital desarrolla su cuerpo a través de nuestra muerte? Debemos aglomerarnos, pero para eso debemos también pensar en los conceptos que lo permitan, en categorías universales, en darnos cuenta 一nuevamente一 de quiénes componen la base de la pirámide.
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Para poder esbozar una imagen de nosotros que nos otorgue un lugar en la historia, debemos tener una noción de quiénes somos, no en un sentido particular sino en uno general (ya que en la actualidad tenemos suficientes elementos para diferenciarnos, pero pocos para unirnos: hemos pasado la fina línea que separa la diversidad de la atomización). Se habla en algunos círculos de intersecciones, pero no se levantan categorías a través de puntos de encuentro (¿quiénes somos si estamos juntos?). Al contrario, los sectores que se autodenominan progresistas pareciera que tienen miedo a usar palabras como “clase” o “trabajadores”, y obviamente nunca se les escuchará mencionar al tercer mundo. Como administradores del yugo del capital, les acomoda la situación de periferia, por lo que sólo aspiran, al igual que la élite local (ya que pertenecen a los mismos círculos), a mantener una imagen decente según los estándares del centro: David, en este relato, se comporta según los preceptos de Goliath. Por lo que nosotros debemos salir del relato, debemos erigir un dios con nuestro rostro, a través del cual tengamos todo permitido. Debemos situar el análisis del fetichismo y luego debemos comprender cómo este afecta nuestro ser, cómo se convierte en un fetichismo ontológico. Solo así apuntaremos a alcanzar el derecho a nuestra propia desnudez, solo así no nos detendrá pudor alguno.
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La tecnología actual no opera en pos de mejorar las condiciones de vida, sino en mejorar todo lo concerniente a la circulación y reproducción del capital. La tecnología actual no opera para satisfacer necesidades, sino para crearlas. Sin embargo, para mantener el nivel de producción y extensión del consumo que se requiere para, a su vez, aumentar el margen de plusvalía de los monopolios transnacionales, los capitalistas necesitan extraer los recursos del tercer mundo, sobre todo del sur global, el que, además, se mantiene a través de su exportación, en tanto tiene estrictamente prohibido quebrar su rol monoexportador. Esta relación, aunque básica, se sustenta en una verdad brutal: nuestra soberanía no es más que el régimen de administración idealizado de un intercambio asimétrico, extorsivo y abusivo (el estado como mera entidad colonial). El mundo se organiza a través del Síndrome de Estocolmo. Y lo que se nos quiere imponer como historia y moral no es nada más que la justificación y el orden del secuestrador. Bajo este panorama, no solo necesitamos vincularnos en diversos niveles (el conjunto de oprimidos organizándose a partir de categorías comunes cada vez más generales), sino urgentemente plantear un modelo alternativo basado en nuestra ecología y realidad material (el tercer mundo creándose a sí mismo). ¿Somos capaces de pensar nuestra autonomía? ¿Qué estamos dispuestos a sacrificar para obtenerla? ¿Seremos capaces de alzar con nuestras millones de manos nuestro rostro mestizo? ¿Nos atreveremos a abandonar la idea de su desarrollo?
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No más creer que el poder se reproduce únicamente en el discurso, que es una potestad exclusiva del lenguaje. Si la muerte es material, el poder implica una relación material. No más caminar tras el flautista. No más seguir a los emisarios de occidente. Derrocar a Kerenski es una necesidad transhistórica. No más creer en gestos o características aisladas: así como la humanidad no reside en la altura o el tono de la piel de ningún individuo, ningún proceso social real reside en una declaración o en una fotografía. No más luchar por otorgarle un rostro humano al capital: su desnudez es distinta a la nuestra (una necesariamente enterrará a la otra). No más someternos a otra cosa que no sea nuestra propia imagen, nuestra propia inserción en la vanguardia de la historia. Pero para eso debemos cambiar: no sirve hoy la ortodoxia fanática, necesitamos pensar proyectos que sean posibles según nuestras condiciones materiales, necesitamos pensar la revolución como necesidad situada (o sea, no como abstracción teórica). Necesitamos una teoría y praxis específica para el tercer mundo de ahora, necesitamos tener en cuenta el peso de la inmediatez de la circulación de la información, necesitamos pensar en un nuevo qué hacer. Necesitamos entender que la única manera de enfrentar la primavera es tejer un octubre, pero también que tejer un octubre es levantar una pirámide horizontal. Necesitamos escarbar la tierra hasta encontrar un acorazado. Necesitamos volver a correr hacia el horizonte pensando en que podemos alcanzar el sol. Necesitamos volver a creer que podemos habitar la tierra de lo imposible.
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