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El feudo húmedo, la exudación atávica y la patria subsidiaria: anatomía de un patriarca
26 de mayo 2026

El feudo húmedo, la exudación atávica y la patria subsidiaria: anatomía de un patriarca

Te pregunto dónde estamos
que no nos dejan poner pie


Nos empujan por los bordes
nos desganchan y lapidan
arrancan el fruto verde


Demasiado a la sombra
crecemos como si no fuéramos
la semilla que somos


Elvira Hernández

Hay un fantasma pálido, invariablemente engominado y de sonrisa perpetua que recorre los pasillos ensombrecidos de la memoria chilena, un espectro solemne que exhala un olor rancio a tierra recién llovida de fundo, a incienso de sacristía de barrio alto y a la tinta reseca de constituciones redactadas a medianoche bajo el estricto amparo de sables, corvos y toques de queda. José Antonio Kast, con su compostura incombustible de maniquí de vitrina, de patriarca impecable que parece esconder una fusta de hacendado bajo el abrigo de tweed inglés, vuelve a regalar postales descoloridas de su álbum familiar en pleno set de televisión. Y lo hace con la asombrosa y cínica naturalidad de quien se sabe, desde la cuna, dueño absoluto e indiscutido del país, ironizando sobre la Ley de Humedales con una frase que parece un chiste de sobremesa de la oligarquía decimonónica dictado entre copas de coñac: “El campo de mi padre podría ser humedal porque es todo húmedo”. Luego, sin que se le mueva un solo pelo de su rubia compostura, apela a la empatía relatando las supuestas crisis económicas de su clan, graficadas en la desgarradora tragedia de que “uno no podía ir a estudiar al extranjero”.

Detrás de esta estudiada escenificación mediática del pater familias que sufre, se arremanga y labra la tierra mojada, opera una afilada y oxidada maquinaria ideológica perteneciente a una ultraderecha radical populista que desafía los reordenamientos democráticos apelando a nichos electorales atemorizados por la alteridad y el cambio estructural (Campos, 2021). La sagrada familia, en este esquema profundamente cavernario, no es un mero nido de parentesco, cuidado horizontal o amor filial, sino un implacable dispositivo biopolítico de subjetivación autoritaria y economizante, celosamente diseñado por siglos para habituar a los cuerpos subalternos a la sumisión y al rigor castigador del patrón (Díaz Letelier, s.f.). Las declaraciones emitidas no constituyen un inofensivo exabrupto folclórico, sino la supuración biliar de un conservadurismo que, disfrazado de sentido común, se niega a ceder un centímetro de su hegemonía.

El paisaje acordonado, el feudo y la Fronda Aristocrática

Para desentrañar la profundidad abisal de estas afirmaciones, resulta imperativo comenzar el sinuoso periplo por la tierra, por ese barro primigenio del sur de Chile del que el excandidato presidencial tanto se jacta al referirse a la inmanente humedad de sus vastos dominios territoriales. Ese campo húmedo no es, bajo ninguna circunstancia, un mero ecosistema natural o un trozo de geografía inocente; es, desde la óptica inamovible del poder, pura, dura y sangrienta propiedad privada. El paisaje natural ha sido históricamente politizado, cercado e ilustrado por el nacionalismo para metaforizar una concepción profundamente reaccionaria de la patria, donde el valle central, el huaso estético y la rústica estampa patronal operan como los íconos supremos de un orden inalterable que se resiste a morir frente al asedio del Estado moderno (Jara, 2011). El padre de la figura política analizada encarna aquí a la perfección lo que la historiografía nacional ha denominado clásicamente la «fronda aristocrática», vale decir, aquella élite forjada por grandes señores terratenientes que desarrolló un indomable espíritu feudal a través de la inmensa propiedad agrícola, manifestando a lo largo de los siglos XIX y XX una hostilidad endémica hacia cualquier intervención del aparato gubernamental que osara amenazar su soberanía fáctica (Gazmuri, 2004). Para esta oligarquía patricia, que ha mirado tradicionalmente con desprecio a la plebe y ha concebido al peonaje como parte del inventario semoviente de la hacienda, cualquier intento de regulación pública constituye una ofensa intolerable a la majestad de una élite que siempre ha buscado asir con fuerza las riendas del Estado para asegurar sus privilegios de clase (Correa Sutil, 2005).

Esta visión panorámica del fundo como una república independiente, clausurada sobre sí misma y ajena al escrutinio ciudadano, tiene un profundo e intrincado anclaje en una matriz ontoteológica, heredada directamente del pensamiento conservador tradicional y de la reacción monárquica europea que cruzó el Atlántico en las bodegas de los barcos del patriciado criollo. Como bien teorizaba el intelectual francés Louis de Bonald, en una influencia palpable sobre las élites locales que abrazaron la cruzada antiliberal, la familia patriarcal se erige invariablemente como el paradigma incuestionable de lo social y la piedra basal de la nación, estructurándose bajo una jerarquía dictada por la providencia divina, donde el padre detenta la soberanía absoluta o potestas, la mujer ejerce un rol ministerial subordinado, y los hijos ocupan la posición de súbditos silentes (Ruiz, 1996). Quien emite estas declaraciones en los matinales asume, con una ligereza discursiva que hiela la sangre, la vocería oficial de esta lengua paterna, excluyente y metafísica. En este universo asfixiante, el linaje de abolengo y la hacienda húmeda se funden en un solo cuerpo místico, una entelequia que rechaza ferozmente la historia secular y la inminente emancipación de los oprimidos en la tan anhelada comunidad imaginada de la república, la cual siempre ha sido delimitada arbitrariamente por quienes ostentan el monopolio de la fuerza material (Anderson, 1993). Se trata, en definitiva, de la perpetuación de un sustrato ideológico forjado en el tenso encuentro entre los dogmas de la religión católica y una estructura agraria indisolublemente ligada al latifundio (Gartenlaub González & Valenzuela Cáceres, 2019).

El carlismo espectral y la teologización de la desigualdad

Para entender verdaderamente cómo este capricho de terrateniente con ínfulas aristocráticas se convirtió en el cerrojo institucional y el candado constitucional que constriñe y amordaza a la sociedad contemporánea, se hace indispensable descender a las lúgubres catacumbas del conservadurismo nacional e invocar a su principal y más astuto arquitecto en las sombras: el asesinado senador Jaime Guzmán. La convicción íntima y visceral de que un apellido y una extensión de tierra son dogmas celestiales intocables no nace por generación espontánea, sino que se amamanta directamente de una doctrina que logró teologizar el discurso político, fusionando el tradicionalismo católico de raigambre integrista con una encarnizada defensa del incipiente mercado libre, combatiendo los procesos reformistas de mediados del siglo XX como si fuesen emanaciones directas de la oscuridad satánica (Molina-Johannes, 2022). Esta febril cruzada contra la secularización cimentó las bases de los grupos de poder civil que rodearon a la Junta Militar desde el primer día de la asonada, operando como los verdaderos cerebros del entramado burocrático y legal que justificaría la represión clandestina y la refundación económica del país (Rubio Apiolaza, 2013). La abierta hostilidad hacia los proyectos de justicia social, hacia la reforma agraria y hacia el clamor popular urbano exhibió sin tapujos un compromiso de hierro con un modo de vida oligárquico, sentando las bases del movimiento gremialista que se encargaría de parir una nueva derecha política, despojada de sus antiguos ropajes democráticos y absolutamente dispuesta a gobernar mediante el terror de Estado (Valdivia, 2008).

Es esta misma y precisa amalgama de ortodoxia religiosa, abismal desprecio de clase y voracidad financiera la que permeó, gota a gota y artículo por artículo, la génesis de las bases institucionales impuestas al país entero a punta de censura, exilio y bayoneta. Al amparar constitucionalmente la autonomía irrestricta de los llamados «grupos intermedios» y consagrar solemnemente a la familia tradicional como el núcleo fundamental de la sociedad, la intelectualidad orgánica de la dictadura instaló una barricada inexpugnable orientada a blindar la tiranía del mercado y asegurar la moralización disciplinaria de la ciudadanía (Sembler, 2022). Esta faraónica arquitectura jurídica se escudó hábilmente en la apropiación de un concepto doctrinario específico, transformándolo en un escudo irrestricto de la propiedad privada, cuyo único fin político, más allá de la poesía retórica de los juristas, era evitar y repeler a toda costa la intromisión de la soberanía estatal sobre las abismales asimetrías de poder del orden capitalista (Cristi, 2014). El afamado principio de subsidiariedad, rescatado quirúrgicamente de las encíclicas de la Iglesia pero brutalmente torcido y vaciado de su ética solidaria original para ajustarlo a las exigencias del autoritarismo civil-militar, postuló de manera astuta que el aparato público solo debía actuar de forma residual, garantizando así el mantenimiento perpetuo de un tejido desregulado donde el libre emprendimiento y la beneficencia del señor feudal reemplazan ignominiosamente a los derechos inalienables (Frontaura, 2016).

Las señoras del té caritativo y la privatización del desamparo

La obscena, frívola y desconectada performance mediática sobre los padecimientos económicos de la élite, sin embargo, no se detiene en la glorificación altanera del lodo hacendal; también invita, con el descaro mayúsculo de quien jamás ha sentido el terror paralizante del hambre o el frío cadavérico de un desahucio en la periferia, a compadecer las penurias de no poder cursar posgrados foráneos en tiempos de supuesta vacas flacas. Quejarse amargamente ante los micrófonos por problemas de movilidad académica internacional en medio de un país históricamente fracturado, torturado y empobrecido es de una perversidad sublime que encierra el objetivo inconfesable del proyecto posdictatorial: la privatización brutal de la reproducción social y la transformación del sufrimiento humano en un problema estrictamente individual, biográfico y carente de cualquier resonancia comunitaria (Améstica Zavala, 2025). La demolición sistemática y celosamente planificada de la red histórica de protección pública obligó a los hogares, desprovistos de su tejido sindical, a sobrevivir en la más absoluta precariedad, consolidando un neoliberalismo autoritario donde la vida misma fue arrojada a la intemperie y a la carnicería de la oferta y la demanda (Santander, 2024). Al mercantilizarse los derechos más básicos y la dignidad humana, se instaló con fuego en la mente de las mayorías la idea atroz de que la pobreza era una falla moral imperdonable, justificando un modelo de fomento privado que engordó obscenamente las arcas del gran capital mientras reducía la acción del Estado a una mera asistencia focalizada y limosnera (Miranda Rozas, 2022).

Para lograr que la población subyugada, brutalmente golpeada por la cesantía masiva, los allanamientos nocturnos y la desaparición forzada, aceptara este desamparo aterrador como un designio inevitable sin incendiar inmediatamente la pradera, el régimen desplegó un ejército capilar, disciplinado y cubierto de perlas. Se utilizó de forma inédita el voluntariado de las señoras de las capas acomodadas como una insospechada trinchera ideológica, implementando a través de fundaciones oficiales una macabra pedagogía del sacrificio en los campamentos, enseñando metódicamente a las madres pobladoras a extremar el ahorro hasta la mismísima inanición y a conformarse dócilmente con la miseria de la mediagua (Gomes, 2018). Estas sonrientes y perfumadas voluntarias, ataviadas de una caridad que escondía un profundo e irresoluble asco hacia la pobreza, fueron el rostro maternal de la crueldad económica; su misión jamás fue empoderar a la mujer trabajadora, sino convencer machaconamente a los sectores marginados de que su tragedia endémica se solucionaba exclusivamente con esfuerzo privado, ingenio doméstico y resignación ante los cielos, desactivando la protesta callejera y transformando a la mujer de derecha en la fiera guardiana del orden reaccionario (Power, 2008). Así, la melosa exaltación del núcleo doméstico no operó como un resguardo de los afectos, sino como el engranaje maestro del anticomunismo, el corporativismo y la consolidación de un nuevo orden hegemónico diseñado para perpetuar la desigualdad como un mandato natural (Bohoslavsky, 2012).

La arquitectura psíquica del sometimiento: la fábrica en el living

Para comprender a cabalidad, y desprovistos de tibios eufemismos académicos, la toxicidad letal y el profundo calado tiránico que destilan las aparentemente inocentes anécdotas rurales de la casta privilegiada, resulta del todo indispensable utilizar el bisturí de la filosofía continental y descender a las humedades de la arquitectura psíquica. Renombrados analistas de la cultura advirtieron tempranamente que la sociedad represiva y capitalista tiene un inmenso, utilitario y enfermizo interés en preservar inalterada la figura de la familia patriarcal moderna, precisamente porque esta vetusta institución se ha convertido, de facto y por diseño sistémico, en la fábrica central de estructura reaccionaria y en el crisol candente donde se forja la ideología de la sumisión de masas ante la bota militar y patronal (Barría Asenjo et al., 2022). La aguda sociología de la sospecha demostró con una crudeza que no admite réplicas complacientes que la sacrosanta autoridad del padre no descansa, en lo más mínimo, en el uso ecuánime de la razón dialógica ni en la superioridad magnánima de su intelecto, sino que exige y obtiene una obediencia perruna fundamentalmente porque concentra en sus rudas manos la fuerza física punitiva pura y el monopolio ineludible de la provisión material (Sembler, 2020). Esta célula primaria, astutamente aislada del colectivo y regida por intransigentes líneas verticales de mando, modela la arcilla del inconsciente desde los primeros balbuceos del infante, reprimiendo la pulsión emancipadora y preparando meticulosamente a los individuos para establecer indisolubles lazos de subordinación libidinosa con líderes autoritarios, figuras carismáticas que encarnan a escala nacional al mismísimo padre primitivo, protector celoso y amo implacable de toda disidencia (Freud, 1921).

La genialidad francamente perversa, camaleónica e innegable de las figuras más rutilantes del conservadurismo contemporáneo radica en su asombrosa capacidad estética, comunicacional y publicitaria para travestir exitosamente todo lo inmensamente arcaico, polvoriento y teológicamente reaccionario con los relucientes, asépticos y esterilizados ropajes de la aplaudida modernidad gerencial. El protagonista de estos discursos no comete el burdo error táctico de cabalgar por las grandes avenidas repartiendo latigazos ensangrentados desde su alazán a los peones insubordinados; él encarna a la perfección, de manera infinitamente más insidiosa, el modelo celebrado en las portadas de revistas financieras del «neopatriarca», ese gerente exitoso de la élite que se involucra fotográficamente en la crianza, vigila el colegio bilingüe de sus hijos, pero que, una vez cerradas las pesadas puertas blindadas de su mansión, declara sin el menor rubor que la casa es operada exactamente como una empresa comercial y él es su intocable gerente general (Valdés, 2009). A este inquietante, moderno y a la vez cavernario fenómeno sociológico se le ha denominado acertadamente un «conservadurismo fracturado», un estadio hipócrita en el cual la hermética oligarquía selecciona cuidadosamente del amplio menú de la globalización tecnológica todo aquello que le resulta placentero o económicamente útil, pero, simultáneamente, se atrinchera con furia casi inquisitorial en los valores morales más punitivos para mantener un férreo control sobre los cuerpos subalternos, castigando con el infierno y el desprecio cualquier intento de autonomía sexual (Martínez & Palacios, 2000).

Reacción política, pánico moral y las trincheras del capital

En el inestable, polarizado y turbulento panorama político contemporáneo, marcado a fuego por el desdibujamiento de las certezas tradicionales y el irremediable colapso de los pactos transicionales de los años noventa, la avasalladora irrupción de este ideario de patrón de hacienda tecnologizado evidencia una profunda y estudiada adaptación programática orientada a capitalizar la frustración, el endeudamiento y el miedo al crimen de las clases medias (Rovira Kaltwasser, 2019). Esta dinámica asfixiante se articula a través de un brutal contragolpe sociológico donde los sectores privilegiados que sienten amenazada su hegemonía cultural despliegan una agresividad militante insospechada, orquestando una feroz política de «derecha contra los derechos» que ataca las legítimas demandas feministas, condena la autonomía reproductiva e intenta reponer un orden moral restrictivo bajo la falsa excusa de la protección de la vida y la pureza de las tradiciones occidentales (Escoffier & Vivaldi, 2023). Es la manifestación de manual de la extrema derecha populista que, frente a la agitación tectónica de las mayorías en las calles, evoca con melancolía patricia una época dorada de calma rígidamente forzada, negándose en bloque a expandir los anhelados derechos solidarios mientras exige mano dura y represión a destajo, vaciando por completo de contenido a la democracia liberal con el único fin de proteger los sagrados enclaves de acumulación de la élite (Díaz, Rovira Kaltwasser, & Zanotti, 2023).

Para coronar el blindaje de este feudo, las redes de pensamiento conservador operan incansablemente como guardianes celosos de la pureza de la abstención estatal, disparando alarmas de guerra fría ante cualquier iniciativa que busque democratizar la intimidad. Así, frente a los incipientes proyectos de establecer un sistema nacional que alivie el peso histórico e invisible de los cuidados, estos influyentes centros de estudios acusan de inmediato una estatización que amenaza la autonomía moral, argumentando que el Estado no debe entrometerse en las cargas que la providencia le asignó a la parentela, perpetuando con frialdad matemática el encierro doméstico y la condena al trabajo no remunerado (Libertad y Desarrollo, 2025). Es la defensa corporativa de un mundo donde el dolor privado no puede jamás volverse un asunto público, permitiendo que la «familia» opere como un amortiguador silencioso de las brutales fallas geológicas del modelo (Payne, 2023).

La miasma supurante de un orden agónico

Al desmenuzar pacientemente y con el escalpelo implacable de la crítica las bucólicas, romantizadas y profundamente deshonestas metáforas agropastoriles, los clasistas chistes de mal gusto sobre terrenos pantanosos y las frívolas anécdotas de salón aristocrático protagonizadas por José Antonio Kast, se constata que no asistimos a un escenario ingenuo de tiernas remembranzas de un hombre de campo. Estas palabras constituyen, despojadas de toda la cosmética publicitaria y el barniz del matinal, la exudación atávica y la miasma sintomática de un orden agónico que, inmensamente aterrorizado ante el peso de la historia y el clamor del bajo pueblo, se niega a soltar las riendas de una sociedad que fue construida, moldeada y sostenida a base de violencia estructural, desapariciones y una opresión férreamente silenciada en las grandes alamedas de la patria (Salazar, 1990). Qué inmensamente revelador y paralizante resulta escuchar al gran patrón, reluciente y altanero en su privilegio, utilizar los micrófonos nacionales para evidenciar sin sonrojarse el minúsculo lugar preconcebido que le otorga a los desposeídos, reafirmando a viva voz una geografía del poder donde las élites se resguardan en sus suntuosos cuarteles de invierno mientras el resto de la nación padece, a la intemperie y sin abrigo, las heladas inclemencias del mercado salvaje (Alenda, Le Foulon, & Suárez-Cao, 2020).

Ante el inmenso, inenarrable y épico dolor de su refinada estirpe rubia por no haber paseado la estampa de sus privilegios por los frondosos campus europeos durante una lejana época de crisis macroeconómica que los barrios periféricos pagaron con destierro, cárcel, cesantía y hambre, solo queda advertir la macabra persistencia de un gremialismo que, transmutado en maquinaria de partido, continúa defendiendo y administrando celosamente el legado intacto de un dictador bajo el amparo de la legalidad (Huneeus, 2001). Queda en absoluta y descarnada evidencia que, en la impoluta patria subsidiaria y perfecta que se añora restaurar a punta de negacionismo y mano dura, la intocable familia de los catálogos de Isapres no es más que el escudo heráldico de mentira para legitimar eternamente el feudo privado. Y que la inmensa, adeudada, rota y exhausta mayoría de la nación jamás deberá conformarse con ser el conjunto gris y prescindible de inquilinos desdentados que besan y agradecen, con sumisión heredada, el barro húmedo que Su Señoría, desde las alturas de su señorío patronal, les permite dócilmente pisar.


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Cristian Solar-Valenzuela

Psicólogo Clínico. Miembro del Centro de Estudios Contracoloniales y Abigarrados

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