Foto: "Herbarium", de Emily Dickinson
Formatos femeninos en el arte: los herbarios de Dickinson y Mistral
Los y las lectoras de Emily Dickinson y Gabriela Mistral saben bien que ambas tenían una íntima relación con la naturaleza. Así se refleja en su poesía y también en su pulsión -bibliófila quizás- de confeccionar herbarios.
Que las plantas son cosas de mujeres es una idea que puede rastrearse a lo largo de la historia occidental hasta la mitología griega: Flora era la diosa de las flores y los jardines. Ya que el espacio urbano del poder masculino ha sido de difícil -sino nulo- acceso para las mujeres hasta hace muy poco en la sociedad, la labor doméstica y el cuidado del jardín han estado directamente vinculados. Así, el infinito universo contenido en la botánica ha sido especialmente atendido por mujeres.
De niña recuerdo recoger del jardín de mi casa camelias y claveles con la necesidad de preservar esas flores. Intuitivamente me negaba al paso del tiempo, a permitir que tanta belleza desapareciera, y aún hoy conservo entre páginas de libros esos testimonios vivos de los dedos verdes que tiene mi abuela.
Sin embargo, los herbarios que menciono han ido mucho más allá de esta intención romántica, y se diría que su contenido y rigor son de un carácter evidentemente científico. Aun así, hay herbarios que además tienen un componente afectivo, un afán de proteger recuerdos que se preservan en los pétalos de un geranio o de un copihue blanco, quizás las flores favoritas de Emily Dickinson y de Gabriela Mistral.
¿Son ciencia o son arte? Pienso que si Whitman o Neruda -por nombrar dos de los “equivalentes literarios” de estas autoras- hubiesen confeccionado herbarios, estos estarían en los museos como parte integrante de una obra profusa. Considerados los autores como artistas totales, admiraríamos la complejidad en su composición y el profundo cariz poético de poner un diente de león junto a un lirio.
En Chile, la editorial libros del cardo y en especial la poeta Gladys Gonzalez vienen hace un par de años investigando y posicionando la obra herbaria de estas y otras escritoras para las y los lectores hispanoparlantes. Pero es quizás el “formato femenino” el que nunca logra entrar por la puerta ancha al reservado salón del arte. Las hojitas verdes recolectadas en cuadernos no entran al salón de la fama donde a codazos ha logrado ingresar la escritura epistolar que por mucho tiempo se dejó en el cajón de las anécdotas. La propia Jane Austen escribió prácticamente toda su obra sentada en el salón de su casa, convenciendo a quienes le rodeaban de que “solo” escribía cartas. Cuántas epístolas han sido cruciales para definir el curso de la historia es una pregunta que tal vez jamás podamos responder.
En unos años, tal vez, la historia del arte o el arte de la historia – y quien sea que defina qué es arte – dará su lugar a formatos menos monumentales o grandilocuentes, pues son las categorías subyacentes a la eterna pregunta por lo artístico las que Dickinson, Mistral y muchas otras artistas ponen en tensión. Un herbario completo no cabe en el Güernica o en un Matta porque son a la vez obra literaria, visual y científica; patrimonio de los afectos y archivo de humanidad.