Ilustración: "San Jeronimo", Christopher Paudiss
Contemplar el abismo
Existe una imagen romántica de la escritura como un oficio en donde el artista se reposa sobre el pasto y escribe. Esos que escriben sentados en sus despachos, rodeados de libros, mirando el mundo desde una distancia prudente. Esos que escriben y escriben y escriben contemplativamente a las masas, tibios con la imaginación. También persiste la idea de que escribir a mano es un gesto casi sagrado, una forma de conectar pensamiento y lenguaje de manera más profunda, más auténtica. Probablemente haya algo de verdad en todo ello. Pero contemplativo. Contemplativo a un abismo absurdo e inmenso.
La gente con tiempo discretamente omite que el pensamiento crítico es algo que debe ir avanzando, en sincronía de buenas políticas públicas con la sociedad. Desafortunadamente, la tecnología avanza más rápido que nuestra capacidad para comprenderla. Antes podíamos entender cómo funcionaba un auto del siglo XX. Hoy convivimos con sistemas, algoritmos y conceptos que usamos a diario sin comprender del todo. Habitamos una época en la que la complejidad se ha vuelto cotidiana y donde la explicación sencilla parece cada vez más escasa.
En ese contexto, resulta curioso escuchar diagnósticos permanentes sobre la supuesta decadencia del pensamiento crítico. Pareciera ser que están convencidos de que alcanzó su cúspide y que todo irá en retroceso; que todo será peor; que la idiotez social es contemplativa y natural en nuestra identidad individual y colectiva.
Pero no. Esa conclusión parece apresurada. Tal vez el pensamiento crítico no está desapareciendo. Tal vez está cambiando de forma.
La escritura también lo ha hecho. Ya no ocurre únicamente en escritorios silenciosos ni en cuadernos cuidadosamente ordenados. Hay que escribir donde sea: sin tiempo, en el baño, en el transporte público, en una sala de espera, en el celular, después de una película, en medio del cansancio escuchando música, en el sillón, durante el ocio, ahí echado; escribir. Tipeando, apurado y con rabia.
La era de la digitalización nos embobó con la «batalla cultural» que comenzó a inicios de este siglo, mientras buena parte de la discusión pública se distrae en interminables paradojas sociales y encrucijadas morales, menos atención prestamos a una disputa mucho más profunda: la de nuestro pensamiento imaginativo. No se trata solamente de qué opinamos, sino de nuestra capacidad para imaginar alternativas, construir relatos propios y pensar más allá de los marcos que nos son entregados.
Su valor reside en otra parte, en que obliga a ordenar el pensamiento, el escribir es un acto de resistencia social y comunitaria, sacar las garras por sobrevivir, no sucumbir ante un modelo que se ríe en tu cara. La escritura continúa siendo un ejercicio de autonomía intelectual en una época que premia la velocidad, el consumo inmediato y las respuestas prefabricadas.
Quizás la verdadera resistencia cultural de nuestro tiempo no consista en escribir contemplativamente sobre lo que está ocurriendo, sino en seguir escribiendo a pesar del apuro, de la esclavitud moderna, pensando hacia el futuro. Conservar la capacidad de imaginar sigue siendo un acto profundamente necesario. Tiene que haber resistencia. Por eso hay que escribir donde sea. Botar la rabia; que la escritura sea el puente a lo que sea. Pero no a esto.