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DELICADOS
07 de junio 2026

DELICADOS

A quienes migran

—Son los últimos dos —dijo uno de aquellos hombres, que bien pudo ser una mujer o un joven o el hijo del hijo de aquel hombre—. Que te sepa a gloria, chiquitéatelo, uno nunca sabe…

La incandescencia de ambos cigarros era como dos pequeñas luciérnagas a mitad de la voraz boca desértica en que estaban parados. Los cigarros, cada que eran llevados a sus bocas, iluminaban apenas las dos respectivas narices, rojas del frío. Ambos cuerpos tiritaban y sobre ellos, una inmensa noche, negra como la mirada de aquel o aquellos que se saben vencidos.

—Pero si no es pa tanto, dicen que detrás de aquel monte es puro llano –exclamó el otro hombre mientras se frotaba las manos, intentando ahuyentar el frío—. Y verás que nos seguimos hechos la madre, cuando menos te des cuenta vas a estar fumándote otro y otro como la pinche chimenea que eres.

Ambos se entregaron a una breve risa, que cortaron de golpe a causa del aullido lejano de un lobo, o un coyote, ¡sabrá dios! Dijo uno de los hombres, sabrá dios de qué bestia se trate, pero de dos bocados nos traga, eso tenlo por seguro. El otro ni se inmutó, sus piernas temblaban pero no de miedo sino de frío, su cuerpo intentaba darle batalla al furioso clima nocturno del desierto mexicano. Y quién sabe cuánto tiempo pasó sin volverse a escuchar el mismo aullido, haciendo eco por detrás de los montes. Los cigarros iban apenas por la mitad, cuando el hombre que guardaba silencio, mientras observaba la total oscuridad en busca del aullido, dejó caer la envoltura de DELICADOS en el piso. Ambos decidieron recargarse en una piedra muy grande, lisa, y la mano de uno de ellos sintió líneas, acarició figuras indescifrables, pudieron ser nombres tallados sobre la piedra o probablemente eran instrucciones para los perdidos o los desconcertados o algún último recado que alguien tuvo la fuerza de raspar en la piedra antes de lanzarse al abismo. También pudo tratarse de alguna oración para aquellas o aquellos que se encontraban sumidos en la desesperanza, perdidos en los terrenos malditos, arrinconados en el infierno que viene siendo la tierra desértica y desadueñada entre dos países. Pero nunca se sabe.

—¡Si escuchamos balazos entonces sí nos regresamos, ya no siento las piernas, tengo las nalgas tiesas, tiesas y la boca me tiembla como si tuviera vida propia! –dijo el mismo que dejó caer la cajetilla en el piso.

—Si escuchamos balazos corremos… ¡no digas mamadas! –dijo el otro hombre, y dio una fumada al cigarro, la luz iluminó su rostro, sus cejas pobladas, su frente con varias marcas de una juventud salvaje y austera, después, bajó su mano con el cigarro en ella y sacó el pecho como preparándose para dar un discurso—. Nos escondemos como las ratas, si escuchamos balazos nos escondemos como las ratas, como cuando éramos morros y nos metíamos el pan de doña Juana en los pantalones, pero siempre algún pinche metiche nos cachaba y ahí íbamos los dos, como perros cuando les echan agua y nos metíamos en la vecindad, nadie nos alcanzaba, nadie nos alcanzó nunca y nos comíamos el pan que nos sabía mejor que el bistec o el chicharrón, porque lo robado sabe más rico, o más bien, cuando estás jodido todo te sabe el doble de rico, robar, robar… pues no había de otra, ¿y ahora? ¡Quieres regresarte después de tanto camino! La vecindad no existe, doña Juana se murió de tristeza cuando Manuel y “El Flaco” aparecieron destripados detrás de la charrería del culero aquel, del don Humberto, pinche burgués culero… No soltó más que mil varos, apenas alcanzó para el café, algo de pan y una caja de muerto que acompletamos entre todos, donde metimos a los dos bien juntitos. Los velamos en el patio de la capilla, ¿te acuerdas? Creo que ahí conociste a la Carmen, y mira, la cabrona se quedó llorando pero con un tajo de esperanza en la cara de que vas a mandarle un chingo de billetes y así las niñas van a poder comer como dios manda. Y tú quieres regresarte si los balazos… Yo allá no tengo nada, ni siquiera perro que me ladre, ¡y qué bueno! Pudiera la noche tragarme ahorita, pudiera el pinche coyote o lo que sea, chingarme de un solo bocado. Pero tú, cabrón, tanto que tienes allá en el pueblo, uno nomás tiene silencios, alguno que otro amorío que fue pasando, uno que otro cabrón que se decía mi amigo, ¿pero tú? Y así quieres regresarte por si los balazos, si existen cosas peores que los balazos, existe el miedo de dejarlo todo a medias, que es peor. Existe el chingado miedo de dejarse morir por nada, así nomás, como se muere una planta descuidada o una gallina enferma, como se muere un pinche obrero más de una fábrica donde trabajan tantos y tantas, un numerito, cabrón, un numerito. Existe el miedo, de así nomás porque sí, dejar de existir, ¿qué no? Y tú quieres regresarte si los balazos, y tú quieres regresarte si los pinches balazos…

Aquel otro, el de la cajetilla de DELICADOS, sollozaba y se limpiaba las lágrimas con las mangas de una camisa llena de tierra, su rostro, maltratado por el polvo, reseco y endurecido, ahora parecía más el rostro de un niño que acababa de ser regañado, sus ojos, grandes y blancos, maravillosamente redondos y de un color muy parecido al de la miel o el ámbar, soltaban algunas lágrimas que iban a parar al borde de su nariz, roja del frío. El hombre del discurso, ahora miraba al horizonte, tratando de detectar algún camino que pudiera irse dibujando entre las sombras, tras varios segundos en total silencio, una tenue luz apareció a lo lejos: la noche comenzaba a esconderse.

La línea de luz era suficiente para darle forma al contorno de los montes, a las grandes piedras que les rodeaban, a los cactus y al contorno de sus cuerpos, los de ambos. Y miraron juntos la posibilidad de un camino que les llevara a su destino. Ya no se escuchaba ningún aullido a lo lejos, incluso ambos hombres parecían reponerse del frío, de la noche y su respectiva oscuridad traicionera, de la arena que se levantaba por entre sus pies y sus brazos, de la terrible posibilidad de encontrarse, frente a frente, con la derrota y todo lo que lleva consigo. El otro hombre, aquel que prefería la resignación y el silencio a dar una respuesta que no llegaría a ningún sitio, recogió del suelo la envoltura de DELICADOS y con una rama que también recogió, marcó con fuerza pero sin romper el papel: CARMEN. Al terminar observó lo trazado durante algunos segundos y dejó caer la envoltura, y miró detenidamente, o más bien escuchó, cómo el viento la arrastró por entre las piedras y el polvo, hasta perderse en la total penumbra, en esa oscuridad que se resistía al inclemente amanecer del desierto mexicano.

—Estamos hechos de polvo, ¿verdad? —dijo el hombre que tanto silencio había guardado hasta entonces— a mí se me hace que sí… —se respondió a sí mismo—. De polvo del desierto.

Miguel García Ramírez

(México, 1993) Escritor y fotógrafo. Licenciado en Creación Literaria por la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Autor de los libros Carta de renuncia (UACM, 2024); DERRUMBE (Buenos Aires Poetry, 2024); Poemas mal-habidos (Pez Ciego, 2020) y de la plaquette El corazón afiebrado (Granuja, México, 2022).

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