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El engranaje
11 de octubre 2025

El engranaje

Primera parte

Terribles ideas cruzaban por sus mentes. Fragmentados planteamientos, preguntas sobre preguntas, incesantemente emergían desde el fondo de sus pensamientos y los atormentaban. Todas aquellas interrogantes de carácter retórico que surgían pretendían compensar sus mecánicas cerebrales y conducir consecuentemente hacia un “plano orientado”, algo absolutamente necesario para ellos en ese momento. Así fue como, por un período de tiempo indeterminado, no dijeron ni una palabra; solo navegaron en un enigmático mar de dudas mientras oían fuertes ruidos que resonaban familiares.

Cuando determinado factor te ha inducido al estado de inconsciencia por algunos instantes, sueles despertar desconcertado y con la duda de qué ha ocurrido. Generalmente, quienes cursan por esto se inquietan por un instante para, posteriormente, reintegrarse en tiempo y espacio sin mayor complicación. De igual forma, en muchas otras ocasiones se percibe una reintegración lenta, desacelerada y confusa, especialmente cuando el factor que desencadena la inconsciencia es de gran magnitud, prolongando este estado de disposición mental. Es este último caso el que representa el carácter de la situación por la que transcurrieron los sujetos: un despertar lento, aletargado y obnubilado.

Como retornando de una estridente ensoñación, así percibieron el trance durante los breves lapsos de lucidez –si es que la hubo…–.

Se mantenían inmóviles, solos en una extraña quietud, atacados por diversas ilusiones, juicios, modelos, sospechas y representaciones, mientras sus mentes, carburando a toda máquina, pretendían integrar forzosamente aquel repertorio de datos mentales.

El contenido irracional y onírico del subconsciente se revolvía, proyectando figuras que les resultaban difíciles de descifrar. Había innumerables formas circulando por sus cabezas: olores, paisajes, rostros, conceptos y frases desarticuladas, sumadas a otras figuras confusas, no dirigidas a nada concreto, no dirigidas a ellos, sino solo ahí, flotando. No tenían claridad de prácticamente nada, ni de qué eran ellos mismos. Les resultaba difícil recordar sus rostros, pues en sus mentes sus caras se presentaban como imágenes deformadas, sin llegar a definirse.

Siluetas animales, humanas, vegetales; diseños arquitectónicos imposibles; huellas e indicios de otros tiempos; expectativas, entre tantas otras cosas, aparecían destellantes y se esfumaban para dar paso a otras.

Podían recrear, a ratos, supuestos momentos de sus propias vidas, pero no se captaban como reales; era como si todo eso lo hubiesen creado para sí mismos allí, en ese momento interminable y caótico. Encima, casi todo lo que creían recordar parecía no estar sujeto a nada, se sentía inestable, turbulento. Ideas vagas como lluvia, viento, rostros, letras, entre otras, parecían incompatibles con lo que suponían eran “sus memorias”.

No habiendo de dónde sostenerse, y con cada memoria en la cuerda floja, tuvieron que batallar dentro de sí mismos durante un lapso de tiempo que para ellos significó una eternidad.

Intentaron reconectar con el entorno inmediato en variadas ocasiones, pero se sentían más conformes resolviéndose a sí mismos con los ojos cerrados y en silencio.

Violento puñetazo emocional significó toda esta escenita.

Los primeros instantes de razón estuvieron determinados por la intensidad de los mencionados “ruidos familiares” –éstos solo eran audibles dentro de ellos–. Los ruidos hacían alusión a fluidos, aire, burbujas, roce y crujidos. Aquellos sonidos se hacían más fuertes y punzantes a ratos, lo que les generaba gran susto y malestar general, pero luego estos mismos ruidos reducían progresivamente su frecuencia y potencia –aunque no completamente, por cierto–. Este sutil cese les provocaba gran placer y tranquilidad, aun a pesar de ser por solo unos cuantos segundos.

¿Llegaría el momento exacto en el que todo el alboroto señalado se detendría? Les fue complicado dar respuesta a esta pregunta, considerando que lo acontecido no tenía ni pies ni cabeza, o al menos ellos no lograban comprenderlo, dado que no precisaban un comienzo ni un final.

La tormenta cerebral que los acechaba debía tener un punto de término; no podía continuar eternamente.

Intuían que este punto se aproximaba.

Y sí, efectivamente, la “tormenta” amainaba…

Insólita combinación de serenidad y extrañeza percibían los sujetos que habían llegado a este punto del naufragio cerebral.

Con delicada suavidad comenzaban a reagruparse y reubicarse en sus habituales escenarios todos aquellos revoltijos de cuestiones….

Ahora se alejaba la “niebla”.

Ahora había certeza de algo: ya no todo era caos. Estaban ahí. ¿Dónde? No sabían, pero estaban. Eran dos, eso era seguro.

Creyeron haberse escuchado mutuamente en variadas ocasiones.

Cada uno creyó escuchar al otro como si lo tuviera dentro de sí mismo (se escuchaban respirar muy cerca, a pesar de asumir que se encontraban medianamente distanciados).

Ninguno hasta ese minuto había sido capaz de mantener los ojos abiertos por más de unos segundos e inspeccionar a su alrededor. Si bien pretendían resolver la situación, y eso exigía determinar dónde se encontraban espaciotemporalmente, la cascada de pensamientos que les acechaba con propósitos compensatorios era un arma de doble filo y, por desgracia para ellos, se tornó agobiante e ineludible.

Se mantuvieron con los párpados cerrados por mucho tiempo…

hasta que uno batió el récord de “mantener los ojos abiertos”.

El sujeto que mantiene sus ojos abiertos ahora, y ya después de haber atravesado esa densa niebla cognitiva, se mantiene observando el entorno por algunos minutos. Parpadeante, aprecia despavorido lo que supone ser su contenedor.

Inmediatamente después de eso, pudo traducir los “ruidos familiares” a lo que realmente eran. Al mantener sus ojos abiertos, esos replicativos sonidos oscilantes en su interior tornaron sentido, y dedujo que lo que verdaderamente oía no era más que su mismísimo corazón. Su motor sanguíneo, el que permitía la circulación de su fluido vital, retumbaba claro por todo su cuerpo, fuertemente pulsátil y acelerado. Perturbaba sus oídos, hacía vibrar sus carótidas; escuchaba su pulso abdominal; sentía el pálpito en sus manos, en sus brazos, en sus piernas, en su tórax; agresivo, a punto de estallar.

—¿Qué mierda me está pasando? –se preguntó.

Las burbujas, el aire, los crujidos, los roces, esos que percibía mientras dormitaba y divagaba entre sus ideas, al igual que su corazón, ya no eran lo que significaron hasta hace unos minutos; ahora aludían claramente a su propia respiración, a su estómago en funcionamiento, al roce de su ropa contra el suelo y contra sí mismo, a sus articulaciones y a sus gases intestinales. Mirar su entorno le ayudó a asimilar lo que escuchaba en su trance.

Cuando notó que a lo único que atendía auditivamente era a sus sonidos orgánicos, se conmovió profundamente. No entendía qué pasaba. La sensación de desconcierto permanecía aún después de salir del mar de pensamientos.

Todavía no emitía ninguna palabra y no había ejercido ningún movimiento muscular más que el abrir y cerrar de sus ojos.

Estaba recostado sobre una especie de malla rígida que se distribuía como suelo por toda la habitación.

Debajo de esta contención se vislumbraban relieves geométricos de carácter piramidal, dispuestos de forma regular. Formaban el subsuelo, las paredes laterales y el techo. Reconocía aquel diseño de confección.

Ahora, ya más despejado y con ansiosa intriga, sosteniendo el peso de su cuerpo con el costado izquierdo e impulsándose hacia el contrario con ambos brazos y piernas a la vez, pretendía incorporarse. Miró a su alrededor, percatándose de que la sala donde se encontraba semejaba un círculo —aunque no era un círculo precisamente—; más bien parecía un polígono de muchas caras. Una extraña mixtura de colores iluminaba precariamente la habitación.

Desde su posición podía ver algunas puertas, las cuales eran las únicas superficies que no contaban con las figuras piramidales en relieve. Quedó perplejo unos segundos observando las puertas frente a él para luego espabilar y seguir con la inspección.

Hizo un autoanálisis corporal; lo hizo de manera frívola, sin observar al detalle: en este caso, solo palpó rápidamente sus extremidades, articuló algunos movimientos, tocó su rostro, verificó su número de piezas dentales, sobó su cabeza y sus genitales, e intentó enfocar la vista en sus manos buscando indicios de algo que pudiese aportar información respecto a lo que sucedía, pero no veía bien debido a la iluminación con la que contaba la estructura que permitía su estancia.

Pablo Andrés Muñoz Paredes

Es estudiante de Enfermería en Universidad de las Américas. Email: pablomunozp.93@gmail.com

Un comentario en "El engranaje"

  • Isi octubre 13, 2025

    Necesito que esta historia siga

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