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Habitar la fragilidad

Ilustración: Paisaje (1890), Georges Seurat.

26 de julio 2026

Habitar la fragilidad

Durante una salida pedagógica, pedí a mis estudiantes que permanecieran algunos minutos en silencio junto a un curso de agua. La instrucción parecía sencilla. Observar sin hablar, escuchar sin registrar nada, sólo permanecer atentos al entorno. Después de unos minutos comenzaron a aparecer comentarios que no habían surgido al inicio de la actividad. Algunos mencionaron el sonido de la corriente entre las piedras, otros repararon en aves que hasta entonces no habían notado o en la forma en que el viento modificaba los sonidos del paisaje. También se detuvieron en el barro de la orilla, en sus distintas texturas, en las pastas del territorio que luego utilizamos como materia de trabajo. Aquella experiencia me recordó algo que con frecuencia olvidamos; la relación con el territorio también se construye a través de la atención.

La crisis climática suele expresarse mediante cifras, informes y proyecciones futuras, sin embargo, muchas de sus consecuencias ya forman parte de la experiencia cotidiana de numerosos territorios. En Chile, la megasequía iniciada a comienzos de la década de 2010 ha transformado de manera sostenida la relación con el agua en la zona centro del país. A esto se suma el retroceso de glaciares en la cordillera de los Andes y la disminución de caudales en distintas cuencas. En localidades como Quintero y Puchuncaví, la contaminación industrial ha configurado durante décadas una situación ambiental crítica, ampliamente documentada como zona de sacrificio.

Algunos cambios ocurren de manera abrupta, otros avanzan lentamente hasta volverse parte del paisaje habitual. Ríos que disminuyen su caudal, humedales que reducen su superficie, especies que dejan de aparecer en determinados lugares, zonas costeras tensionadas por actividades industriales. El deterioro ambiental modifica ecosistemas completos, transforma memorias, vínculos y formas de habitar el territorio.

Pensar las relaciones entre cuerpo y territorio implica reconocer una condición de interdependencia. La sequía altera hábitos cotidianos, el calor modifica los tiempos de trabajo y descanso, la contaminación afecta la respiración y los procesos extractivos desplazan comunidades completas. En ocasiones, las primeras señales aparecen antes de hacerse visibles. Se perciben en el cansancio, en la incertidumbre compartida o en la sensación de que ciertos paisajes han comenzado a cambiar sin que resulte fácil identificar exactamente cuándo ocurrió.

Existen lugares que han desaparecido o se han transformado profundamente. La laguna de Aculeo, en la Región Metropolitana, por ejemplo, llegó a secarse casi por completo en la última década, convirtiéndose en uno de los símbolos más visibles de la crisis hídrica en Chile central. En paralelo, extensas superficies de bosque nativo han sido reemplazadas por monocultivos forestales, agricultura intensiva o expansión urbana. Algunos humedales urbanos sobreviven fragmentados entre carreteras e infraestructura, manteniendo ecosistemas en condiciones de alta presión.

Incluso allí donde los ecosistemas permanecen aparentemente intactos, las transformaciones climáticas dejan huellas cada vez más evidentes. El retroceso de glaciares, la disminución de precipitaciones y la pérdida de biodiversidad forman parte de procesos que alteran territorios completos y las formas de vida que dependen de ellos.

Frente a estos cambios, diversas prácticas artísticas han desarrollado formas de aproximación al territorio que privilegian la observación, la escucha y la experiencia situada. Algunas trabajan con registros sonoros de ecosistemas amenazados, otras construyen cartografías comunitarias, recuperan memorias locales o acompañan procesos de conservación impulsados por las propias comunidades. Estas experiencias invitan a detenerse en aquello que suele permanecer fuera del centro de la mirada.

Escuchar el curso de un río, registrar los sonidos de un humedal o seguir las marcas que deja el agua sobre un territorio permite percibir dimensiones que con frecuencia permanecen ocultas tras los discursos técnicos. La escucha invita a reconocer ritmos, ausencias y transformaciones difíciles de advertir en una fotografía o en una estadística. También recuerda que los territorios poseen historias que continúan inscribiéndose en el paisaje.

La dimensión intercultural atraviesa estas discusiones de manera inevitable. Diversos pueblos y comunidades han sostenido históricamente relaciones con el entorno basadas en la reciprocidad y el cuidado. Estas formas de comprensión cuestionan las lógicas que entienden la naturaleza como una fuente inagotable de recursos y ofrecen otras maneras de pensar la coexistencia entre seres humanos y ecosistemas.

La crisis climática tampoco afecta a todos los cuerpos de la misma manera. Existen territorios convertidos en zonas de sacrificio, comunidades expuestas permanentemente a la contaminación y poblaciones que enfrentan con mayor intensidad las consecuencias del deterioro ambiental. Las desigualdades sociales y ecológicas suelen superponerse, configurando experiencias marcadas por la enfermedad, el desgaste y la incertidumbre respecto del futuro.

En este escenario, algunas prácticas artísticas continúan insistiendo en la importancia de sostener formas de sensibilidad capaces de reconocer las interdependencias que hacen posible la vida. Observar la fragilidad de un ecosistema, escuchar las transformaciones de un paisaje o participar en experiencias colectivas de cuidado, permite resistir la normalización del daño y recuperar cierta atención frente a aquello que desaparece lentamente.

Tal vez habitar la fragilidad consista en permanecer cerca. Cerca de los territorios que cambian, de las memorias que persisten y de los vínculos que continúan sosteniendo la vida cotidiana incluso en contextos adversos. Permanecer cerca de aquello que todavía puede ser escuchado, aun cuando parece desaparecer. 

En tiempos marcados por la emergencia climática, aprender a percibir esas relaciones adquiere una relevancia particular. La fragilidad forma parte de los ecosistemas amenazados y también de nuestra propia condición. Reconocerla implica asumir la dependencia mutua que compartimos con los territorios que habitamos y con las múltiples formas de vida que hacen posible nuestra existencia.

Catalina Villalobos Díaz

Licenciada en educación, profesora de inglés, magíster en literatura comparada y diplomada en literatura infantil y juvenil.

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