La profanación de la palabra como experiencia corporal en las voces del Black metal (BM)
Al poeta maldito, esa invención de Verlaine, le sobra un adjetivo para evitar la redundancia, pues se supone que, ante la Ilustración, todo bardo está maldito y obligado, por tanto, a existir bajo ese puente que es la palabra.
Luis Manuel Pérez Boitel
…cual mito recitado a gritos y chillidos por goetas…
La Lechuza en el Laberinto
Si la palabra como reducción del poema es fruto de la maldición iluminista, en el BM ella misma es profanada en la acción de ser sonido distorsionado y vibración oscura. Devolviendo en esta práctica apofática el carácter salvaje y de oposición instintiva a la luz de la razón occidentalocéntrica. Esta instalación de la negación o disolución en los gritos y vibraciones que le dan origen, presenta intensidades que harán a las canciones más o menos comprensibles, si atendemos a la preocupación por las letras cuando están expresadas como tales. Los vocalistas al transformar las palabras e incluso desintegrarlas en vibraciones, movilizan a los oyentes en experiencias que en sus grados de mayor intensidad pueden llegar a ser consideradas de trascendencia. La ambientación teatral, el corpse paint y los movimientos o danzas corporales que transgreden lo religioso normativo y en general cualquier normalidad, abren el espacio a la personificación de fuerzas arquetípicas
como la frustración, la desesperación y la destrucción, en una clara mención a los fenómenos de posesión, vividos colectivamente a través del movimiento frenético de la música. Quien haya participado en una de estas performances musicales comprenderá la intensidad de las sensaciones presentes. A la distorsión vocal, se suman las distorsiones de todos los instrumentos que acaban por generar en su entrelazamiento las atmósferas inmersivas y ruidosas tan características del BM. Como espectadores, en esa masa sonora somos tocados por esa aura negra que el sonido desprende. El mensaje por lo tanto se completa en la imaginación del espectador.
El BM entonces se puede entender como un medio para ingresar en una vibración, en la que lo negro toma un espacio y se produce una especie de alteración de la conciencia que conecta con lo otro, expresado como energías, presencias o partes poco accesibles de uno mismo, como conductos de las fuerzas negras de la psique para las que ni la sociedad cristiana ni la secular tienen nombre ni espacio. Una especie de diablo en el cuerpo que adquirirá mayor o menor asistencia en función del compromiso de quienes participan en cada evento. Así, según este compromiso podrá ser vivido como un espectáculo musical, el momento ritual de un sistema religioso contemporáneo y/o una experiencia de gnosis personal no verificada.
En este contexto la voz suena como un desgarro, inspiración que ahonda en las atmósferas de lo negro. Sabido es que toda voz surge como resultado de un proceso que inicia con la respiración y finaliza en la resonancia de los sonidos producidos en el cuerpo. Como dice Fitzmaurice: “La ‘Inspiración’ denota ambos: el acto físico de inhalar como también el acto mental de crear un pensamiento. La espiración (exhalación), o expresión de las ideas, es igualmente una acción física y mental”. Aquí, participan tanto la memoria muscular de la articulación de los sonidos que dan forma a palabras y canto, así como los mecanismos de resonancia corporal, que amplifican las vibraciones de los sonidos producidos en la laringe de las cuerdas vocales. Además, para las distorsiones vocales, intervienen la presión de aire que se lleva a cabo en el área subglótica, supraglótica, intraglótica y transglótica. Estos sonidos serán un canto que no siempre será palabra o signo lingüístico, pueden ser gruñidos, gritos, llantos o lamentos, entre otras posibilidades. Llámense shriek, growl, gutural, distorsión vocal, forma de meditación, grito, posesión o incorporación, el espectro poético al que se conectan las voces del metal negro busca la generación o evocación de atmósferas para las que priman sensaciones de desolación, tristeza, rabia, potencia e incluso ausencia de lo humano. Lejos de la percepción de seguridad que distintos autores han identificado como la base para la expresión de la propia individualidad. Ejemplar es el caso del depressive suicide BM, cuyas letras de canciones suelen referirse a tópicos como el suicidio y la misantropía integrando el llanto y los lamentos, apuntando así a minar las bases de la zona de confort, cuestionando la ciega confianza en ideas como futuro, alegría, o estabilidad.
La puesta en escena de un concierto de BM es comprensible como ritual apofático en el que la palabra como ya señalamos, en tanto vehículo expresivo fundamental de la modernidad, es aplastada y deformada por el sonido que la constituye, o como ha dicho Niall Scott es convertida en nigredo alquímico. Todo sonido es vibración y la palabra es la limitación de la misma para su diferenciación en un sistema específico de comunicación. Según Rousseau: “El sonido del canto es el mismo sonido de la palabra, sólo que el primero es permanente y sostenido, mientras que el de la palabra vive en un estado de fluxión continua y nunca se sostiene”. Así, la voz se ubica en un espacio liminal en el que se desarrolla el sentido vibratorio que es vehículo para canalizar emociones, incluso a veces más que el sentido de las palabras como vehículo racional para transmitir ideas de forma ordenada. Esto conecta con la creación de atmósferas que antes mencionábamos. Atmósferas que buscan evocar cuando no directamente invocar. Es el diablo en el cuerpo– nos dicen.