Nuevos fascismos y la reconfiguración de la contrarrevolución global – Carcaj.cl
Nuevos fascismos y la reconfiguración de la contrarrevolución global
18 de mayo 2025

Nuevos fascismos y la reconfiguración de la contrarrevolución global

Este texto se redactó originalmente como material para el taller impartido por “Colapso y Desvío” en el Sitio de Memoria Providencia (Antofagasta, Chile), titulado: Guerra, Crisis y Fascismos, el cual constó de dos sesiones durante el mes de marzo. Las modificaciones en el texto posteriores al taller se hicieron a partir de las discusiones e interacciones con les asistentes y colaboradores, por lo que extendemos las gracias a todes. El texto en su versión completa puede ser leído acá.

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III. Los fascismos en la era de la dominación total del capital.

Si el primer fascismo adoptó la forma de un movimiento de masas de carácter nacionalista y estatista, inherente a una forma particular de racismo biológico, que tenía como objetivo la destrucción del proletariado y de sectores disidentes, lo hizo porque emergió en una fase particular del desarrollo del capitalismo que condicionó dichos rasgos por sus necesidades: la transición de la dominación formal a la real[1]. Es decir, el paso de un capitalismo que se apropia del trabajo sin cambiar cómo se produce, hacia un capitalismo que reorganiza completamente la producción, creando fábricas, dividiendo el trabajo en tareas repetitivas y usando tecnología para aumentar la explotación. Aquí, el capitalismo ya no solo se apropia del trabajo, sino que lo moldea según sus necesidades. Mientras, que en el presente estadio del capitalismo avanzado en su fase dominación total, los caracteres determinantes son otros: la descomposición del proletariado, la descentralización del trabajo, la desindustrialización, la crisis ecológica, la globalización del capitalismo, entre otros.

Si debemos de entrar a reflexionar en los términos por los que se expresa el capitalismo en su actual fase, un teórico nuevo fascismo no sería necesariamente desarrollista, puesto que los procesos de modernización tardía que los fascismos y el socialismo de Estado lideraron ya tuvieron lugar en la mayor parte del mundo. La emigración del campo a la ciudad que impulsó la última gran ola de industrialización (1950-1973), —al entregar una importante y constante fuente de mano de obra barata—, no puede ser repetida, puesto que la disminución de la masa y el valor del trabajo, a través de la expulsión de los trabajadores desempleados de las urbes durante el declive de la industria nacional no se tradujo en un retorno al campo, sino en el aumento tendencial y estancamiento de la población marginal devenida superflua. Fue esta misma ola de industrialización la que borró el lugar que ocupaba el trabajo agrícola en la sociedad capitalista, que aún era prominente en el mundo durante la primera mitad del siglo pasado.

El desarrollo técnico-productivo del capitalismo durante su fase de dominación real supuso la progresiva desmantelación de las industrias nacionales de los países ya industrializados, y su reubicación en países del Sur Global, —en un proceso denominado desindustrialización—, así como, la reducción de la masa de trabajadores y su reemplazo por la máquina en distintas áreas de la producción, de la mano con los avances técnicos requeridos bajo la tecnificación capitalista-automatizada. Mientras, que en el caso de las industrias no reubicables y necesarias, se suministró mano de obra más barata a partir de la migración masiva. Todo esto alteró irreversiblemente la composición orgánica del capital (la relación entre capital constante y capital variable). Sin tener donde ser trasladada fuera de las ciudades, la masa de trabajadores desplazados de la industria pasó a formar parte de una población excedente del capital, en la forma de desempleados crónicos y de trabajadores subempleados, que no obtienen lo suficiente a través del salario para sobrevivir. El declive de la industria nacional resultó en el crecimiento del sector de servicios con bajos salarios, mientras el perfeccionamiento técnico-productivo aumentó la masa de mercancías a nivel global en detrimento de la cantidad de fuerza de trabajo necesaria para su producción. “El resultado general es que la acumulación de riqueza se produce junto con una acumulación de pobreza”[2].

Por el contrario a los años dorados del capitalismo que le siguieron a la 2° Guerra Mundial, —caracterizado por la alta tasa de empleo, un importante gasto público y el acelerado proceso de industrialización, que permitieron a su vez la “conquista democrática” de altos salarios y beneficios laborales—, la característica central del desarrollo capitalista hoy es el proceso de desindustrialización. Un proceso que tiene lugar en la actual crisis estructural del capital, que, como ya adelantamos, tiene por fenómenos derivados la pérdida de la hegemonía histórica de la lucha del obrero fabril, como sección del proletariado y, consigo, la crisis de la afirmación positiva del trabajo. Un aspecto que considerar en la desindustrialización es el poco interés que presentan las potencias por fortalecer la investigación en el aspecto de la mecánica y la industria, siendo áreas ligadas a instituciones específicas —o a grupos específicos, como la llamada “clase vectorialista”, por MacKenzie Wark.

Este “desinterés” por una agenda industrializadora ha tenido consecuencias, por ejemplo, a través del aumento del sector de servicios y de “cuidados” (tras su reciente privatización) en comparación del agrícola e industrial. Por un lado empresas de comida rápida, de envíos y de transporte se benefician de la inestabilidad laboral y el declive de la industria nacional, reduciendo la masa y el valor del trabajo vivo al mínimo suficiente, mientras que por otro lado, la masa de trabajadoras migrantes y racializadas responde a la demanda creciente del trabajo socialmente reproductivo, haciéndose cargo de los servicios de limpieza, los cuidados de niñxs, ancianos, enfermos y del trabajo sexual en reemplazo de la “mujer nativa” integrada al trabajo productivo[3].

Mientras, el desarrollo de políticas de liberalización económica, —que primero fueron empleadas en la dictadura de Pinochet en Chile y luego fueron generalizadas a buena parte del mundo— facilitó la reducción de la industria nacional y del gasto estatal en Europa y Estados Unidos desde mediados de los años setenta, permitiendo la reubicación de las fábricas de industrias específicas, como la microelectrónica hacia países con mano de obra barata —en comparación a la de los países industrializados—, donde unas pocas fábricas emplean una gran masa de trabajadores para hacerse cargo del consumo global de dichas tecnologías.

Todo esto, si bien fue la fuente del rápido crecimiento de algunos países asiáticos como China —entre la década de los ochenta y comienzos de este siglo—, ha generado un acelerado proceso de automatización del trabajo al interior de estos países en las últimas dos décadas, que ha alcanzado los efectos de los países post-industrializados de Occidente. Esto generaliza a todo el mundo la tendencia creciente de la producción de población excedente, la cual es precarizada hasta el punto de la pobreza, la reducción de las “ayudas estatales”, el aumento de los precios de las mercancías y la inestabilidad laboral instalan una crisis general de la reproducción social.

 Los principales países capitalistas han experimentado una disminución sin precedentes en sus niveles de empleo industrial. En las últimas tres décadas, el empleo manufacturero cayó un 50 por ciento como porcentaje del empleo total en estos países. Incluso países recién «industrializados» como Corea del Sur y Taiwán vieron disminuir sus niveles relativos de empleo industrial en las últimas dos décadas. Al mismo tiempo, el número de trabajadores de servicios mal pagados y habitantes de barrios marginales que trabajan en el sector informal se ha expandido como las únicas opciones restantes para quienes se han vuelto superfluos para las necesidades de las industrias en declive[4].

Pero, por lejos, el principal cambio que ha generado la expansión de la dominación total de la máquina capitalista es a nivel psicológico y antropológico. Hay un cambio radical en el ser humano, en su concepción como tal, su lugar en el mundo, y su relación con el entorno —tanto humano como ecosistémico a nivel de biósfera—. La saturación de estímulos informativos y la aceleración de los ritmos de vida impiden procesar la realidad hasta el grado de convertirse en incompresible; la crisis capitalista que se expresa en el presente colapso civilizatorio ha desbordado nuestra psique, configurando un “derrumbe patológico del organismo psicosocial”[5].

Este derrumbe produjo un sujeto nostálgico, que añora no solo la estética, valores y tradiciones del pasado, sino que, por sobre todo, desea el control sobre sus propias vidas, su capacidad de reacción, su producción psíquica y reproducción social. El constante estado “psicótico” en el que se ve envuelto le lleva a estar profundamente desorientado, separado con el presente, con lo que sucede. De ahí proviene la diferencia más notoria del fascismo originario con los nuevos fascismos. La potencia juvenil del fascismo italiano, que se creía capaz de dominarlo todo a través de la guerra ha sido reemplazada por un sujeto senil e impotente, en una profunda crisis de pánico por la decadencia de la sociedad capitalista, por la que él como individuo es incapaz de hacer algo al respecto. La guerra y los procesos de exterminio selectivo son desplegados a modo de “patadas de ahogados”, un intento desesperado por salir de la crisis capitalista y psicosocial de la humanidad, donde el sujeto delega sus decisiones en hombres selectos que encarnan la forma estereotípica del hombre financieramente exitoso y capaz de todo. En alguien que encarna su malestar, que lo moviliza hacia una salida. Pero tal percepción es falsa, la única salida que se les entregará es una psicosis mayor, un acto de suicidio-homicida colectivo al que parecemos asistir todos. El capitalismo no puede poner reversa en su desarrollo, lo único que le queda es acelerar o intentos inútiles por retrasarlo.

La energía juvenil de la que se gozaba es suprimida por la hiperestimulación semiótica, incapaz de procesar los flujos informativos de la red, el cuerpo orgánico se encuentra cansado y deprimido, sumiso al acelerado ritmo de la infosfera y los automatismos financieros, que terminan resultando en una impotencia político-sexual para actuar sobre sus propias vidas y las áreas que la moldean[6].

Que caractericemos de nostálgico al nuevo movimiento reaccionario (que en anteriores ocasiones hemos inscrito dentro de un sujeto necrófilo) es crucial para poder comprender su funcionamiento y la lógica (o la falta de lógica) detrás de sus acciones. Es a partir de este aspecto central de la psiquis reaccionaria que podemos explicar la reaparición distorsionada de las formas típicas del fascismo clásico[7] o hasta precapitalistas en el presente. No es que hayan vuelto en sí, ni tampoco son solo su imitación. Se trata de una suerte de oxímoron, una mezcla entre el pasado reificado y la novedad de la sofisticación técnica para generar algo más. Los saludos fascistas, los disfraces del Ku Klux Klan en marchas anti-inmigrantes, el desprecio a la mujer, el culto a Pinochet, se tratan de una replicación distorsionada de las formas reaccionarias del pasado, son el anhelo nostálgico del hombre blanco por volver a disfrutar de las “épocas extraordinarias de licencia sexual, de violentas escenas orgiásticas de hipermasculinidad no reprimidas”[8].

  1. Que las cosas simplemente “sigan su curso” es la Catástrofe.

En este sentido es que sujetos como Donald Trump o Benjamin Netanyahu personifican casi perfectamente la lógica suicida del capital, su tendencia objetiva en su actual fase histórica por crear las condiciones para su autodestrucción. El movimiento reaccionario global es la expresión políticamente organizada de la impotencia y la psicosis autodestructiva de un gran segmento de la población. En otras palabras, esto que denominamos como movimiento reaccionario de nuevo tipo no es más que la movilización y politización de las pasiones de destructividad que se alojan en el carácter inconsciente e inherente de la sociedad y que se nutren de la decepción con el presente y, sobre todo, del fracaso de los proyectos de reconfiguración radical del mundo.

Es el subproducto de décadas de masacres escolares, conspiracionismo, epidemia de drogas, precarización laboral y decrecimiento demográfico de la “raza”[9] blanca occidental. Como diría Franco “Bifo” Berardi: “Las expectativas fallidas de un individualismo frustrado no generan un resurgir de la solidaridad, sino una nostalgia desesperada y la rabiosa voluntad de aniquilamiento”[10]. Por lo mismo, es que las políticas raciales de “ingeniería demográfica” (hyper-racism en los términos de la NRx[11]), la expansión territorial, la restitución del orden hetero-patriarcal y el rearme militar son abrazadas con tal entusiasmo por cada vez más grandes sectores de la población cuyas subjetividades han sido bombardeadas por la excitación autoflagelante de la alternativa fascista a la crisis, que se puede comprender como la materialización de las estrategias que la máquina capitalista requiere e impone.

Por ello, es que estas políticas no son un arrebato arbitrario, sino que tienen un fundamento detrás: la crisis, y cómo responder a esta sin terminar de reconocerla. El expansionismo militar de Netanyahu y el espiral homicidio-suicida que ha extendido por todo Medio Oriente, así como las pretensiones anexionistas de Trump y la disputa entre Rusia y la OTAN por Ucrania, pueden ser comprendidos como parte de una carrera imperialista por los recursos naturales y territorios estratégicos. Los numerosos recursos que estarán al alcance producto del deshielo son la oportunidad para las principales potencias mundiales de solventar la crisis energética y financiar el desarrollo técnico-productivo, al menos por un momento. El dominio de las regiones de Siberia, Groenlandia y el Ártico son una necesidad de seguridad nacional —como el mismo Donald Trump dijo para justificar su intención de anexar Canadá y Groenlandia—. Lo mismo ocurre en Medio Oriente, el golfo de México, el Canal de Panamá, Ucrania y en el Sur global, y es que, como no podía ser de otra forma, el capitalismo planea sobrevivir a la crisis ecológica a través de la intensificación de la destrucción de la naturaleza, la precarización salarial y la multiplicación e intensificación de las guerras.

La reciente intervención de Estados Unidos en la situación de Oriente-Medio tras casi dos años de comenzado el genocidio en Gaza ejemplifica muy bien las características de esta época. En la reunión entre Trump con su homólogo israelí se anunció el plan para el desplazamiento total de la población palestina en Gaza. El cual fue justificado como una suerte de gesto humanitario, pues, quién quisiera vivir en un “área de demolición” —sostuvo Trump—. En su lugar Estados Unidos construiría lo que parece ser un enorme centro turístico que fue nombrado por Trump como la “Riviera de Medio Oriente”.

Ningún otro evento reciente retrata de forma tan precisa el absurdo comportamiento del capitalismo frente a su propia crisis estructural. La incapacidad del capital para absorber el trabajo vivo en la producción —situación generada por sí mismo y su desarrollo contradictorio—, le llevó a provocar importantes procesos de desvalorización —a partir de guerras, catástrofes naturales y genocidios— para intentar restaurar las condiciones para la producción de valor. En este caso particular, al bombardeo y desplazamiento forzoso de la población palestina le sigue una enorme reconstrucción, que en palabras de Trump generaría el desarrollo económico de la región y proporcionaría “un número ilimitado de puestos de trabajo”. Pero tal intento por subvertir la crisis es inútil, ya que esta no tiene su origen en una falta de trabajo. Más bien, el desarrollo del capitalismo hace hoy imposible continuar con la centralidad social del trabajo como lo hacía antes.

Han sido muchos los intentos por separar al capitalismo de la guerra, el genocidio y el fascismo, como si estos existieran independientemente del modelo de producción imperante o como si fuera imposible que tengan lugar de nuevo, puesto que fueron superadas por el desarrollo del capitalismo. La ficción de un capitalismo pacificado, en un fin de la historia, de las guerras y los antagonismos, es una narrativa que tiene tiempo de ser propuesta, el mismo Francis Fukuyama quién la pensó a mediados de la década de los noventas se retractó hace algún tiempo de que nos encontremos en tal estadio de paz permanente.

El aspecto más perverso del genocidio en Gaza es que sepulta en lo más profundo cualquier intento por separar al capitalismo de la enorme cantidad de cadáveres sobre los que descansa. Por ignorar que las catástrofes mundiales son resultado de las contradicciones del metabolismo social del capital y que estas conducen a su propia autodestrucción… Palestina devela al capitalismo tal cual es. La ley del valor jamás fue interrumpida en dos años de genocidio: la venta de alimentos a sobreprecio (en Navidad del 2024 un pollo alcanzaba los 40 euros), la continuación del comercio sexual y del trabajo informal nos enseñan una verdad cruda, el capitalismo es capaz de funcionar hasta el final de los días. Ni siquiera las fantasías apocalípticas son ahora refugio del avance necrótico de la máquina capitalista.

  1. Las reacciones fascistas a la crisis del capital.

El fascismo entra en el juego por el fracaso recurrente de los burócratas y tecnócratas por regular y revertir la intensificación de la crisis estructural capitalista. Pero, esta alternativa a la crisis es ficticia, puesto que la solución fascista predilecta es la aceleración de las tendencias (auto)destructivas del capital; abraza la crisis, la acelera estrepitosamente, en vez de evitarla o, de mínima, gestionar la caída y conseguir un “aterrizaje suave”. La supervivencia del sistema significa la muerte de un importante sector de la población humana (y no humana, ya que incluye a distintas formas de vida de la biosfera que quedan subordinadas bajo el régimen antropocéntrico y antropogénico), mientras que para la población restante significa la precarización de sus actuales condiciones de supervivencia. Pero, esto no importa a ojos del sujeto reaccionario. La violencia autodestructiva es preferente al fatalismo depresivo por la crisis.

Se trata de reorganizar la dominación burguesa que está en peligro mediante el antiguo método de transformar la rabia social contra la sociedad en rabia al interior de la sociedad, la guerra social en guerra interburguesa, la bronca proletaria en delegaciones y negociaciones al interior del Estado, el cuestionamiento de toda la sociedad en cuestionamiento de una forma particular de dominación, la lucha contra el capitalismo en lucha contra una fracción burguesa y a favor de otra[12].

La amenaza del otro es crucial para la construcción de esta ficción. Incluso, la construcción estratégica, subjetiva, y la instalación de un otro, como herramienta heredada del colonialismo, es vital para instalar la urgencia por propiedad privada, por seguridad, por orden y por un yo homogéneo que se instale en disputa contra este otro, vuelto enemigo, exacerbando el estado de hostilidad y de suma cero. Se necesita de un otro en quien recaiga la responsabilidad de la crisis capitalista y sus distintas expresiones (económica, ecológica y heteronormativa, entre otras), un enemigo que, de ser eliminado, restablecerá el orden social. En el caso actual ese otro es la población excedente del capitalismo, sector relativa o totalmente excluido de los circuitos productivos oficiales y que sobrevive a partir de la “ayuda” estatal y de la economía “informal”[13]. Esta creciente población excedente está compuesta principalmente por inmigrantes, refugiados, desempleados crónicos, trabajadores precarizados, trabajadorxs sexuales, y sectores, que a partir de la criminalización de su existencia y prácticas figuran un rechazo por la identidad del “trabajador digno”, es decir el lumpenproletariado como “el reverso oscuro de la afirmación de la clase obrera”[14].

 No es de extrañar que el avance de los movimientos reaccionarios esté estrechamente ligado a la proliferación de los discursos Malthusianos que abogan por la reducción de la población mundial en base a filtros raciales y de clase. Así como la explotación de temáticas feministas y de género por sectores reaccionarios (tanto a la izquierda como a la derecha del espectro) en campañas islamófobas y antimigrantes. Al identificar la existencia de esta población racializada y excedente del capital como un peligro para las mujeres y disidencias sexogenéricas y sobre todo, para el avance político-legal en materia de género.

La demonización del hombre racializado es doble, por un lado es responsable de dejar sin trabajo al obrero nacional y por otro representa una cultura misógina e inferior. Independiente de sus especificidades, esta narrativa o, más bien, este mito originario de la crisis, —que designa a sus responsables en términos identitarios concretos— sirve de justificación ideológica y hasta legal para la persecución, represión y exterminio selectivo de ciertos sectores de la sociedad, como ya lo fue para el fascismo en el pasado. Mientras, la dimensión ecológica de la crisis capitalista y la proliferación de la guerra en todos los territorios adelantan un inmenso aumento de los desplazamientos humanos, que no hará más que profundizar y multiplicar la población excedente del capital y su precarización. Las políticas raciales para hacer frente a esta migración en Europa, Estados Unidos y parte de Sudamérica parecen apuntar hacia la replicación de la estrategia trumpista, del cierre de las fronteras, la creación de cárceles para migrantes indocumentados y la expulsión masiva de estos a otros territorios.

En relación con la crisis ecológica, es que los discursos neomalthusianos son llevados al extremo, vinculando la degradación del entorno natural, la escasez de recursos y la destrucción de la “comunidad nacional” con la sobrepoblación del planeta y la migración masiva derivada de esta, de la cual hacen responsable a una sector de la población mundial específicamente no blanco, proveniente de países no desarrollados, como por ejemplo de Centroamérica, Sudamérica y del Medio Oriente. A los que responsabilizan también de provocar intencionalmente los megaincendios que han afectado muchas partes del mundo (Brasil, Grecia y Chile), como parte de una conspiración internacional de una élite progresista y globalista. Suprimiendo en el proceso cualquier crítica estructural al capitalismo y su lógica depredadora. El grupo radical griego, Antithesi reconoce una relación entre el auge del denominado posfascismo y la crisis ecológica, e identifica la existencia de un ecofascismo o “fascismo verde” contemporáneo. “Este tipo de ambientalismo no ataca la explotación capitalista de la naturaleza, sino que desplaza la cuestión hacia la defensa del “suelo nativo” y el paisaje, y de la cultura y el modo de vida nacionales “tradicionales””[15].

            A raíz del carácter estructural de la crisis capitalista y su profundización en la depredación de la naturaleza, podemos identificar una alternativa reaccionaria distinta a la aceleración tecno-optimista de la crisis del capital, en tanto, ésta plantea en cambio, una desaceleración tecno-económica del capitalismo y del incremento demográfico. Esta expresión desacelerante de la crisis puede ser vinculada a la adopción de políticas aislacionistas, el cierre de fronteras y un rechazo relativo o total de la tecnología (o a ciertos tipos de tecnología), para en su lugar abrazar la autogestión, el renacimiento de la vida rural, la recuperación de formas precapitalistas de organización, la pureza del entorno natural y de la composición racialmente homogénea de la comunidad nacional. Una forma “sofisticada” de un proyecto reaccionario desacelerante y autogestionario de la crisis capitalista, puede ser ejemplificado en una hibridación entre una inversión fascista y nacionalista de las tesis decrentistas y la conformación de un Estado autoritario y corporativista que permita la implementación sistemática de una ingeniería demográfica para la reducción y expulsión de la población no-blanca, a favor “restauración violenta de la unidad del circuito de reproducción del capital social nacional”[16].

A raíz de todo lo explicado, es que consideramos cuanto menos discutible la ausencia real de una amenaza al capitalismo. Aun cuando no haya un nuevo sujeto o periodo revolucionario en proceso, el capitalismo continúa amenazado. Sólo que ahora esa amenaza está dada únicamente por sí mismo; el capitalismo, como bien creyó Marx, está destruyendo sus propios presupuestos de existencia. Podemos mencionar dos procesos interrelacionados derivados de la tendencia del capital hacia su propia expansión ininterrumpida e ilimitada como valor autovalorizante: la crisis del trabajo como forma de mediación social y la crisis ecológica planetaria.

Siguiendo la fórmula schupertiana para la reinvención capitalista, a la destrucción no le ha seguido su creatividad, no hay una nueva gran reconfiguración del capitalismo por la que este supere su crisis, sino —como ya mencionamos— únicamente distintas formas de gestión o aceleración de su colapso. Y es aquí en donde los nuevos fascismos tienen lugar. Pensar al fascismo desde la óptica de la crisis terminal del capital —y sobre todo el momento en el que nos encontramos de esta— nos permite pensar dos formas o momentos posibles de fascismo: uno “desacelerante” y otro aceleracionista, por hacer una distinción momentánea.


Notas

[1] Véase el empleo de este término como periodización del desarrollo del capitalismo en nuestro texto: Cyd, Movimiento eterno, crisis perpetua, 2024.

[2] Endnotes, N°4, Ibid, 2015.

[3] S. Farris, Reproducción social y poblaciones excedentes racializadas, contracultura.cc, 2024.

[4] Endnotes, N°2, Misery and Debt. On the logic and history of surplus populations and surplus capital, 2010.

[5] Berardi, F., Generación post-alfa, Ed. Tinta limón, p. 67.

[6] Colapso y Desvío, ¿Pasó de moda la locura?, Ed. Adynata, 2023.

[7] Gilles Dauvé entiende el culto por el fascismo histórico de la siguiente manera: “El antifascismo liberal trató al fascismo como una perversión de la civilización occidental, generando así un efecto inverso: la fascinación sadomasoquista por el fascismo, manifestada en la colección de cachivaches nazis”. G. Dauvé, Fascismo/antifascismo.

[8] Frantz Fanon. Piel negra, Máscaras blancas. Ed. Falansterio, 2016, p. 147.

[9] Comprendemos que, desde la antropología, hace algunos años se descartó el uso del concepto de raza, y se antepuso el concepto de etnia. Adscribimos a ese cambio “conceptual”, por todas sus implicancias. Más específicamente, señalamos acá el concepto de “raza”, entre comillas, para referir a una narrativa que, precisamente, reivindica la lógica racial y la autopercepción que tienen ciertos grupos en torno a la “raza blanca”.

[10] F. Berardi, Respirare, Caos y poesía, Ed. Prometeo Libros, p. 76.

[11] El Hiperracismo es el término que emplea Nick Land para referirse a una forma específica de racismo biológico pro-eugenésico que se diferencia del “racismo ordinario”. Ya que en vez de buscar preservar la pureza de una única raza, busca generar un filtro genético altamente selectivo a través del apareamiento selectivo en base a la relación raza-clase. El nivel socioeconómico según Land es el principal indicador del Coeficiente Intelectual de una persona. N. Land, Hyper-racism, Alternative-right.blog, 2014.

[12] Cuadernos de Negación, nros 2 al 5, Contra el Estado y la mercancía, 2017. p. 41-42.

[13] La descripción de las clases más bajas y precarizadas como parásitos que no aportan a la sociedad no es única de las derechas. La izquierda y en particular el socialismo de Estado tiende a desarrollar una crítica similar a estas clases subalternas que se diferencian de la clase trabajadora nacional, la cual sí es productiva y revolucionaria. La criminalización de este sector a partir del uso malintencionado del término Lumpenproletariado, —en tanto su comprensión como una sección de clase no educada, reaccionaria y peligrosa—, fue particularmente común durante los años de la UP contra la ultraizquierda chilena, como lo fue con el caso de la VOP. Así mismo, el moderno populismo de izquierda se acerca en extremo a la retórica derechista que es al mismo tiempo anti-minorías y anti-élites financieras a los cuáles vinculan con una conspiración internacional (George Soros y el progresismo).

[14] Endnotes, N°4, A history of Separation, The construction of the workers movement, 2015.

[15] Antithesi, La crisis ecológica y el auge del posfascismo, 2024. Trad. Amapola Fuentes.

[16] Antithesi, Ibid.

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