Nunca entré – Carcaj.cl
Nunca entré

Fotograma de "El Proceso", de Orson Welles (Intervenido)

11 de octubre 2025

Nunca entré

A la casa de Gabriela Mistral en Vicuña porque el auto de mi padre en el que íbamos hacia allá se quedó en pana tres veces antes de por fin desistir.

A la casa de Pablo Neruda en Isla Negra porque el bus que me llevaba también se quedó en pana a la altura de Casablanca y entonces preferí hacer dedo hasta El Quisco.

A la casa de Emilio “El Indio” Fernández en Coyoacán porque en el camino a la altura de avenida Universidad me agarró un aguacero con granizo y me recluí en un café de chinos del cual no salí hasta la noche.

A la casa de Frida Kahlo también en Coyoacán porque había una fila infinita para entrar.

A la casa de Roberto Bolaño en la colonia Guadalupe Tepeyac porque con Xóchitl nunca dimos con la dirección y acabamos comiendo unos tacos de suadero inmortales en la colonia Estrella.

A la casa de Octavio Paz en la colonia Mixcoac porque no sé si esa tal casa existe ni si se puede entrar.

A la casa de Rockdrigo González en la colonia Juárez porque durante el terremoto de 1985 se vino abajo provocando la muerte del mentado músico y de pasadita el hecho de que la gente mexicana con su macabra dulzura diga que el wey murió de un pasón de cemento.

A la casa de Manuel Puig en Cuernavaca porque nadie sabe dónde está.

A la casa de José Donoso en Cuernavaca porque no es claro si el escritor en realidad tuvo una casa en Cuernavaca.

A la casa de Diego Rivera en Xochimilco pues al parecer no está exactamente en Xochimilco.

A la casa de Diego Rivera en Cuernavaca a doscientos metros de acá porque no sé dónde está la puerta y el muro es súper alto.

A la casa de Charles Mingus en la cerrada de Humboldt en Cuernavaca porque cuando fuimos con la poeta Fauna Costeña era un hotel de lujo y años después cuando fui solo la casa y también yo estábamos en ruinas y la tupida maleza y mi terrible perplejidad impedían el paso.

A la casa de Osvaldo Guayasamín en Quito porque con la Sandra nos apunamos y preferimos ver tele en la pensión donde nos alojábamos.

A la casa de Miles Davis en Santa Mónica porque cuando estuve ahí no sabía que existía.

A la casa de Maradona en La Paternal pero tengo toda la intención.

A la casa de Mario Vargas Llosa en Arequipa porque en realidad con la Sandra ni se nos pasó por la cabeza buscarla y nos tomamos unos hongos.

Al Oracle Park de San Francisco porque cuando fui se había acabado la temporada de Grandes Ligas y debí conformarme con rodear el estadio y observar el mar donde van a parar nuestros sueños y las bolas que se van de jonrón.

A La Moneda porque ahí se paran unos compadres de uniforme dedicados a impedirlo mientras a mí me gusta mirarlos pensando cuestiones.

A la casa de Salvador Allende en Tomás Moro porque los milicos la hicieron pebre.

A la casa de Neruda en Valparaíso debido a una suerte de modorra repentina que me ataca cada vez que voy al puerto y que dirige mis huesos hacia el plan o algún muelle.

A la casa de George Simenon en el barrio de Outremeuse en Lieja porque cuando iba hacia allá vino una pandemia.

A la casa donde vivió y se suicidó Pablo de Rokha en la comuna de La Reina pues recién me entero de su existencia.

A la casa de Enrique Lihn en calle General Salvo porque supongo que es una residencia privada o tal vez la demolieron o tal vez no.

Al departamento o casa o donde sea que haya vivido Augusto Monterroso en Ciudad de México o en Tegucigalpa o en París o en Santiago o mejor en Guatemala donde por cierto se lo llevaron en cana cuando protestó contra la dictadura de Jorge Ubico pintando en un muro la consigna NO ME UBICO.

A la casa de Nicanor Parra en Las Cruces porque sería imprudente y de algún modo aterrador llegar y tocar esa puerta para que me abriera el mismísimo fantasma del antipoeta con un tren de juguete en la mano.

A la casa de Vicente Huidobro en Cartagena porque el zigzagueo de mechón alcoholizado no da para más.

A la casa de Juan Luis Martínez en Villa Alemana porque alguna vez podríamos respetar la idea de que Juan Luis Martínez no existió y Villa Alemana tampoco.

Al departamento de Rodrigo Lira porque sé exactamente dónde está y me da julepe.

Al departamento de Rebeca López y Mario Santiago en la colonia Cuauhtémoc porque ella prefería reunirse conmigo en el Café El Premio.

A la casa enferma de Jorge Teillier aunque debería ir nomás con una botella de vino y regar ese vaso marchito como un magnolio.

Al departamento de Borges en Buenos Aires porque según Piglia tiene goteras y con las mías ya tengo suficiente.

Al departamento de mi amigo Ronco en París porque nunca fui a París.

A las casas de Kafka en Praga porque además de nunca ir a Praga se me culpa de algo y con eso me basta para homenajear al más pulento.

A tu corazón desde que perdí las llaves y me he vuelto irremediablemente cursi.

A la casa de Cantinflas en Cuernavaca porque ni lo uno ni lo otro sino todo lo contrario.

Al Palacio de Cortés en Cuernavaca aunque paso caminando por ahí todos los días rumbo a una pequeña e innombrable librería.

Al cajón o al recipiente donde alguna vez entraré.

Martín Cinzano

(Guayaquil, 1977). Escribió el libro de crónicas Perdido, los poemarios Peatonal, Yo ya y los fragmentos de El piano de Waldstein, además de la nonononovela En pana. Coedita le revista cartonera PUF! en la colonia Obrera de la Ciudad de México.

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