Foto: @pauloslachevsky (intervenida)
Palestina somos toda la población que resiste el orden del capital
En Gaza, el ejército israelí ha desplegado un régimen de exterminio que condensa dos lógicas de destrucción masiva originadas en la Segunda Guerra Mundial, pero reconfiguradas hoy como dispositivos de guerra civil total donde la masacre deviene técnica de gobierno. Nos referimos, por una parte, a la producción tecnológica de armas de destrucción masiva en una escala industrial sin parangón, cuyos bombardeos sobre ciudades e infraestructuras (como Dresde, Hiroshima, Nagasaki) destruyeron vastos planos territoriales, acuñando la lógica de bombardeo total sobre poblaciones civiles, que hoy reverbera en Gaza mediada por tecnologías de precisión y control contemporáneas (drones, IA militar, vigilancia satelital) al destruir de manera planificada la vida material y colectiva en Palestina. Por otra parte, nos referimos a la administración sistemática de la muerte sobre una población racializada que, inscrita en una genealogía de exterminio colonial, se actualiza en el régimen planetario de excepción permanente. Esta convergencia no remite simplemente a un conflicto local, sino a una forma de gubernamentalidad que generaliza la excepción como regla y convierte el exterminio en principio operacional de la política contemporánea, pese a la larga lista de tratados y convenciones que declaran el valor irreductible de la vida humana. Lo paradójico es que la comunidad internacional queda con parálisis frente a esta síntesis bruta, porque la máquina de guerra sionista ha sido también una máquina epistémica del lugar de la «víctima». Condición que utiliza como resorte para neutralizar su asimétrica infamia militar al conjurar su pasado traumático (en los campos de concentración nazi) y, al mismo tiempo, legitimar su ocupación mientras necropolitiza toda la región, en la repetición infinita de su tragedia, ahora como victimario.
La acusación de “antisemitismo” que el sionismo israelí dirige sobre cualquier pueblo que no sintoniza con su ejercicio imperial, y que el mundo occidental respalda por efecto del viejo orientalismo (Said), se achaca también a la resistencia que el pueblo palestino ejercitó por años frente a la ocupación, utilizando la nomenclatura actualizada de “terrorismo”: acusación-trinchera que pasa por alto la pluralidad racial en la que convivieron por milenios las comunidades nativas antes de la nakba; y que hoy las democracias neo y liberales utilizan a destajo para criminalizar a quién se oponga a su totalitarismo de mercado. Evidentemente este bluf de la política internacional también refiere a la complacencia de occidente por la instalación del capitalismo y su maquinaria de acumulación que desde los noventa del siglo xx, con la invasión del Golfo Pérsico, sigue siendo una operación en curso en Oriente Medio.
Estas operaciones del capital-guerra disuelven continuamente la distinción civilidad y barbarie, diluyendo a su vez cualquier analítica dialéctica que pretenda sostener un tratamiento ético de las categorizaciones epistémicas de la realidad. Porque la barbarie sofisticada que las tecnologías de guerra propician, banaliza la masacre al delegarla en la programación algorítmica que se ejecuta desde un no-lugar geográfico del conflicto. Espacio seguro que ocupan operadores y coordinadores que asisten militarmente a distancia. Y cuya acción mediatizada por controles tecno-lógicos y visión digitalizada se ejecuta a través del joystick que deja offside nuestros derechos humanos y las endebles eticidades de manual militar, de sobremanera cuando se utilizan sobre la población civil.
¿Qué duda cabe que la ocupación israelí en palestina es un genocidio? Fue el jurista polaco y judío –con estudios de lingüística– Raphael Lemkin, quién acuñó la noción de «genocidio» en 1944 para dar cuenta de aquellos crímenes innombrables que referían a la destrucción de una nación o grupo étnico, entendida como un conjunto coordinado de acciones que se infligen sobre la vida de un grupo completo. La definición jurídica vigente se indica en el artículo II de la Convención de 1948: intención de destruir, total o parcialmente, a un grupo nacional, étnico, racial o religioso.1 ¿El devenir espectáculo de la masacre sobre el pueblo palestino que presenciamos a través de nuestras pantallas celulares no aplica para esta definición? ¿Estamos constatando la desintegración definitiva de estas formalidades jurídicas internacionales?
Esto nos lleva a la cuestión del resurgimiento de principios y valores totalitarios cuyas concepciones y prácticas políticas se legitiman mediadas por el paradigma liberal de las democracias capitalistas. ¿Cuánto fascismo (post o neo) conserva el liberalismo demócrata para asegurar la pervivencia del sistema capitalista? Cabe por cierto aquí, la pregunta por la verdad valorativa de los derechos humanos, y su entronización como ejercicio de memoria, también devenido espectáculo que, al acumular el horror de lo innombrable en imágenes y testimonios multiplicados exponencialmente por las tecnologías comunicacionales, ha mediatizado a su vez, toda experiencia como un insensible, que ingresa vía “contenido” medial en nuestra subjetividad. Así, el umbral de alarma queda desplazado, haciendo que lo intolerable se vuelva consumible. Esta acción de la tecnología, arista de los procesos de subjetivación del capital nos mantiene la mayor parte del tiempo capturados por algoritmos y aplicaciones digitales que desactivan nuestras defensas perceptivas primitivas –aquellas que, al captar mínimos cambios en el entorno, permiten la reacción inmediata ante una amenaza–, sustituyéndolas por un flujo estandarizado de estímulos que adormece la percepción encarnada. Es decir, la articulación cuerpo y entorno como base de toda alerta vital, ya sea en el sentido fenomenológico (de Merleau-Ponty), o como indica la cognición corporizada (en Varela y Thompson). Esto tiene como efecto la neutralización de nuestros reflejos neuro-corporales, suavizando la alerta que debería expandirse en todo nuestro sistema vital de autoconservación en medio de una catástrofe o de un simple peligro. Posibilidad neuro-eco-lógica de generar un mínimo de empatía para manifestarse contra el genocidio palestino (y, por cierto, respecto de la miseria de nuestras propias poblaciones marginales, empobrecidas y embrutecidas por las necropolíticas del capital) pues, dadas las condiciones de nuestra actualidad, el genocidio podría desatarse en cualquier lugar del planeta. Más aún cuando constatamos que no hay derecho internacional transversal en materia de derechos humanos, consigna basal que nuestras democracias de mercado perspectivizan continuamente, socavando el trabajo de memoria que por décadas han realizado familiares y amigos de ejecutados y desaparecidos durante las dictaduras y regímenes totalitarios en diferentes partes del mundo. Visualizamos ahí otro trazo de la acción biopolítica generada por la operación de la tecnología –que nos parece realmente fundamental– cuando desactiva la posibilidad del pensamiento por exceso de información. Y a su vez, paraliza cualquier acción comunitaria por medio de la violencia stásica generada en los territorios mediante la institucionalidad gubernamental cuando los pueblos, descontentos con la miserabilización de su existencia, practican ejercicios anárquicos para poner en cuestión el orden. Palestina somos toda la población que resiste el orden del capital. Por supuesto, no se trata de reducciones comparativas para trivializar la masacre sino muy en otra lógica, habría que hacer amplificaciones de sentido, cuyo ejercicio nos permita entrever que nuestra situación, la de cualquier persona, en cualquier ciudad, podría llegar a ese borde necropolítico que la gubernamentalidad biopolítica se apura en sofisticar para hacernos pensar que vivimos seguros y libres.
¿Por qué seguimos pensando que somos tan diferentes? ¿Será que aún concebimos la diferencia como un atributo trascendental, inscrito en una supuesta universalidad esencial de lo humano, cuya jerarquización taxonómica se naturaliza como si fuera destino biológico y no sedimentación histórica? Porque el respeto por las singularidades minoritarias ha sido capitalizado por un culturalismo demócrata que, bajo la retórica de la inclusión, ha edulcorado el racismo, el clasismo y el ejercicio patriarcal sin interrumpir los circuitos de acumulación y sometimiento que estos sostienen. Olvidamos que para el capitalismo –y sus operadores institucionales– el paradigma jurídico-político no es un límite, sino un repertorio flexible de enunciados que pueden traicionar ajustándose a la propia legalidad, en el amparo de una jurisprudencia excepcional que consagra, bajo apariencia de derecho, la continuidad de la dominación. Así, la somnolencia en que nos mantiene el orden policial total no es un efecto lateral, sino la condición misma de su eficacia. Este orden, que sin pudor despliega regímenes de extracción vital sobre cuerpos y subjetividades, inscribe su dominio en las arquitecturas jurídicas que sostienen la legalidad global. Así, cada ley y tratado internacional fija los marcos de una humanidad administrada; cada artículo consolida la maquinaria normativa que garantiza la continuidad del orden mundial de sujeción social; y cada inciso, en su aparente insignificancia técnica, especifica con precisión burocrática las modalidades cotidianas de nuestro sometimiento. De este modo, la ley no se limita a regular, produce y distribuye formas de vida, determina jerarquías de existencia y naturaliza los mecanismos de obediencia que aseguran la reproducción del poder, en un sistema de servidumbre cuya voluntariedad masiva desdeña y margina cualquier atisbo de resistencia.
Pero, ¿toda resistencia es terrorismo?, ¿todo ejercicio de autoconservación es criminal? Para comenzar unas consideraciones tales habría que calibrar conceptos y afinar nomenclaturas contextuales, habría que vaciar, por cierto, nuestras categorizaciones subjetivadas por los dispositivos mediáticos que la política contemporánea ha escolarizado, haciendo del ejercicio de información una difusa afrenta a la posibilidad del pensamiento. Quizá luego de tal despeje podríamos evaluar esas nociones tautológicas que las democracias contemporáneas ejercitan con una levedad insoportable que penetra el sentido común de las poblaciones sometidas a sus regímenes securitarios.
Consideremos, sin embargo, el ejercicio de autoconservación, independiente de la adjetivación que impone el capital. Porque pese a la masacre, Palestina resiste. Pero ¿qué es resistir más acá de la consigna? Mientras Israel se empeña en sepultar el plano territorial superficial de habitación Palestina; por las venas subterráneas de Gaza hay una resistencia efectiva en las redes de túneles dispersos, efecto de décadas de interrupciones a la circulación en superficie que los israelíes impusieron mediante la fragmentación territorial instalada con cada “puesto de control” o “corredor militar”. Entonces, ¿qué alegoriza este modo de resistir? ¿Habrá una capilaridad vital que se activa frente a la posibilidad de muerte en cuanto potencia de resistencia? ¿Una potencia que no trabaja con la racionalidad soberana, porque no pasa por un logos, sino que es efectuación de una vitalidad no-racional cuando nuestra habitación existenciaria es destrozada? Intentemos pensar en una resistencia que no depende sólo de una voluntad de oposición porque no surge de razones o argumentos ni contextos, sino de la pura energía vital que nos excede.
Según estas consideraciones, la noción de resistencia, incluso en su sentido electrónico, comporta en todas sus dimensiones una característica fundamental: se define menos por la oposición que por la capacidad de regular tensiones.
La palabra “regulación” proviene del latín regulatio, -ōnis, derivado del verbo regulare que significa “ajustar, poner en regla, gobernar”. Este a su vez, procede de regula que significa “regla, vara recta, norma”. Por tanto, “regulación” significa “acto o efecto de enderezar, ordenar o ajustar algo según una regla”. A su vez, la palabra “tensión” proviene del latín tensio, -ōnis, derivada del verbo tendere, que significa “tender, estirar, dirigir hacia, extender”. “Tensión” entonces, conserva en todas sus acepciones la idea original de algo que se “estira” o “se somete a presión”, ya sea un cuerpo físico o una situación anímica o social. Este minúsculo indicador etimológico nos señala que, en su sentido más originario, una regulación de tensiones remite a ordenar, encauzar o equilibrar fuerzas que se estiran o se oponen entre sí. Si la tensión remite al “conflicto entre fuerzas”, y la regulación al “acto de enderezar o ajustar conforme a una regla”, entonces regular tensiones implica la introducción de una medida o norma que impida que esas fuerzas agonales se rompan o se desborden, manteniendo un cierto equilibrio dinámico. Entonces, la noción de resistencia refiere a la gestión de conflictos, diferencias o presiones que atraviesan un sistema, una relación o un cuerpo, sin suprimirlas, sino manteniéndolas dentro de un orden que las haga coexistir o transformarse. ¿No parece esta definición acoplarse demasiado bien a la racionalidad del capitalismo neoliberal? De ahí que la única revolución que triunfó fue la revolución capitalista. ¿Habrá que pensar subversivamente si queremos pensar una existencia sin capitalismo?
Insistimos, no es nuestra intención la teorización reduccionista. Amplifiquemos entonces. Habría una tensión en el acto de resistencia, y toda tensión comporta, en su estado de tirantez, un juego de fuerzas que se padecen y se ejecutan, la tensión es una suerte de actualización, que es (a la vez) la acción de una fuerza que se aguanta tanto como la potencia de generar una fuerza que se libera para equilibrar esa energía que nos atraviesa. Es decir, se comporta como una fuerza acto/potencia que se verifica ya no sólo en su ejercicio o acción (de la potencia al acto) sino con la misma intensidad y fundamento en su no acción, en su pura posibilidad no verificada, esto es, en su potencia-no que moviliza cualquier resistencia, antes de todo argumento, antes de toda racionalización cuando aquello que se pone en cuestión es la propia vida. Si una resistencia es funcionalmente un dispositivo o disposición que regula, es decir, que equilibra flujos de energía para evitar que en su intensificación se fundan, quemen o exterminen los canales circuitados para conducir esa vitalidad comunitaria que implica toda red de circulación implicada en un organismo u organización; una resistencia entonces, o toda resistencia, es en mayor o menor medida una disposición que porta todo organismo que participa de un circuito o comunitariedad vital.
Deleuze nos indica que todo aquel que recibe los golpes, también es capaz de darlos, en alusión al conatus (Spinoza), que refiere por cierto a una forma de resistencia que late en la naturaleza misma de las cosas, la esencia de cada cual, pero en cuanto “potencia”, esto es, que cada cosa se esfuerza, cuanto está en ella, por perseverar en su ser, en cuanto potencia infinita en un tiempo indefinido. Entendemos entonces que todo lo que padece en su resistencia, padece porque mantiene una potencia no verificada pero constitutiva (una potencia que no se ha ejercitado como acto), que remite a una fuerza potencial impensada, irracional, no registrada, por tanto, imaginal, creativa, poiética, que podría advenir ya no sólo para resistir, sino para desistir el padecimiento que resiste. Es decir, como subversión, inflexión, o al menos como reducción de esa resistencia-padecimiento para distorsionarse como resistencia-desistencia. Lo que intentamos pensar es una fuerza-potencia que se desmarque de las dinámicas de oposición capitalizadas por el totalitarismo mercantil que en su careta política subsume las operaciones de resistencia con sus monólogos demócratas al aterrorizar y criminalizar a todas las poblaciones que intentan resistir el orden capitalista. Esa resistencia que se mediatiza como terrorismo requiere una operación de desistencia material y epistémica que se ejercite por creación (Deleuze, Agamben) y no por oposición dialéctica, porque detrás de cada reducción dialéctica hay una apropiación teórica cuyos efectos de veridicción moralizan distinguiendo el bien del mal, la civilidad de la barbarie, la libertad de la opresión, difuminando por supuesto los sentidos comportados por cada categorización apropiada y puesta al servicio de la acumulación. Hay que desistir porque la resistencia que portamos como potencia, tal y como nos explicaba Spinoza, tiende a la representación, a la ficción, porque la realidad cruda, el caosmos, la intemperie radical de la existencia es insoportable, la inconmensurabilidad universal requiere de regímenes de regulación existenciaria, cultos, ficciones finalistas, teleologías y sentidos a la medida de la humanidad que tienden –al parecer inevitablemente– a la servidumbre voluntaria. Ahí es donde la dialéctica se afinca, en esa necesidad humana de dimensionar la intemperie radical que nos impone el universo, en una escala moral, científica, económica y política que nos somete por temor. Frente a la hermenéutica de Spinoza no es tan difícil comprender la deriva de las sociedades modernas en cuanto a sus regímenes excepcionales dispuestos por criminalización y normalización. Desde esta grilla resistir se vuelve una acción inoperosa pues no implica subversión alguna sino la reafirmación representacional de aquella dialéctica total que nos subsume al ensanchar el sentido de lo criminal a toda manifestación en contra del orden capitalista. Criminalización sobre la población civil Palestina que verificamos en cada justificación sionista post bombardeos a supuestos objetivos terroristas, mientras en el subsuelo gazatí se ensayan otros modos que parecen desvincularse de la mera oposición armada, que por cierto habría que pensar, luego de verificar su axiomática.
Resistir entonces, más acá del acto romantizado de quien padece y soporta las inclemencias agonales de las fuerzas que lo atraviesan, indisponen, someten o subsumen, requiere de una dosis de desistencia que permita marcar una habitación subversiva, por tanto, excedente de la totalidad dialectizada que suprime toda diferencia no contenida en el corte dialéctico. Desistir sería la seña de ese borde, la marca de alteración del orden dialectizado, el afuera que pliega, el espaciamiento de esa potencia-no que se distorsiona para alterarse más que para oponerse. Porque si la oposición es constitución y afianzamiento del orden, digamos la aceptación del juego y sus reglas; la alteración sería subversión e inservidumbre, el afuera creativo que olvida el temor a la existencia desligada de las “seguridades” del capital.
Notas
1 Tipificando los siguientes actos: a) Matanza de miembros del grupo; b) Lesión grave a la integridad física o mental de los miembros del grupo; c) Sometimiento intencional del grupo a condiciones de existencia que hayan de acarrear su destrucción física, total o parcial; d) Medidas destinadas a impedir los nacimientos en el seno del grupo; e) Traslado por fuerza de niños del grupo a otro grupo.