PEDIR PERMISO/PEDIR PERDÓN – Carcaj.cl
PEDIR PERMISO/PEDIR PERDÓN

Baile de bodas, de Pieter Bruegel

13 de abril 2026

PEDIR PERMISO/PEDIR PERDÓN

Hace unos meses tuvo lugar el celebrado festival de música indie Primavera Fauna, en Ciudad Empresarial, reducto gentrificado por la mediana industria en pleno Huechuraba. No puedo evaluar el impacto del evento en los participantes, pero, a juzgar por las historias interminables de instagram, puedo: a) confundirlo con Jonestown, o b) recordar la tira cómica de Milo Manara de Lennon llegando a las puertas del cielo: hacía cantar “Sgt. Pepper” a los ángeles . Por angas o mangas el desfile burdo de imágenes transforma al ilustre festival en una caricatura o una grosería.

Probablemente tenga que ver con la envidia, habiendo buscado entrada yo mismo para uno de los dos días del festival. Mi búsqueda si, no fue impetuosa y menos socializada, pero es justo decir que en algún momento de la semana previa me imaginé ahí, y acepté ofertas. Fear of missing out le llaman: FOMO. Miedo a perderse una experiencia colectiva.

La verdad, nunca pensé que estaría ahí. Darlo por perdido es una consigna antigua que sigo predicando. Como un vagabundo, estiro la mano pero no espero la moneda. Hasta que cae.

Es una nausea muy peculiar la que provoca esa exclusión masiva que tus redes sociales te enrostran sin clemencia. Seguro nadie busca contribuir a ese entramado con sus historias y posteos. Pero lo hacen. Son parte de una actitud planificada y previsible que se itera una tras otra. Conviven con el anverso de la envidia.

Es legítimo entonces querer prorrumpir un pecadillo. Una historia de hartazgo como un rasguño a la piedra. No le dolerá a nadie, y quizá me sienta satisfecho, pero decido no hacerlo. Cierro la ventana. Swipe up. Me desconecto pero lo ensayo en mi cabeza, mientras meo. Nada muy elocuente. Solo un saludo al rebaño, y una despedida. No lo hago porque hacerlo es una peolotudez y una altanería. Y en tiempos de menoscabo hay que entender la enfermedad y ser crítico con uno mismo. Chaquetearse más para chaquetear menos.

Una serie de comportamientos se nos impone. Los asumimos como aprendemos a hablar. Como las palabras, los que más cuestan hay que buscarlos en el diccionario o entenderlos por contexto. Hay que atender, primero, y dudar luego. Pueden significar muchas cosas, y tener intenciones ocultas que ejecutamos. No es intuición, es una clase de atavismo.

La personalidad, hoy, disfraza un atavismo de intuición. Nos comportamos “fieles a nosotros mismos” que es lo mejor que nos podemos permitir. No sabiendo quiénes exactamente somos nosotros mismos, cualquier comportamiento que adoptemos lo hayamos válido, exploratorio, al menos, y lo exhibimos como un caleidoscopio, un artefacto para el otro.

He puesto el ojo al borde del cilindro de cartón y he visto, sobre todo, cristales quebrados que sirven de cuchillos. Todos llevamos uno o más oculto en el tino. Es cabal la astucia de confiar poco. Una tragedia como pocas.

La amistad se informa y se celebra un contrato de beneficio mutuo. Los cuchillos, inútiles, se oxidan. El corte imperfecto que ese fierro propina, cuando lo propina, envenena y mata. El contrato dilata esa posibilidad certera. Pero cuando no media un contrato, muchos cuchillos se afilan. Muchas muecas mordaces nos miran. Embisten y dejan su corte limpio, que sana y endurece. Fortifica.

Es así como nacen los países y se forjan las personas, con complejo de islas.

En mi adolescencia estudié Kárate en el dojo shotokan de Dragones de la Reina. El kumite, o combate, era parte integral de la clase adulta. Un punto lo define una intención no letal, un golpe constreñido en una zona no vital. Dos puntos y la victoria es un golpe constreñido en una zona vital. Si el golpe no se constriñe o es alevoso, el punto se anula. Un punto anulado puede ser un punto en contra, si provoca daño. Si el daño es importante, es un punto en contra y también se impone una vergüenza. Lo esperado es el arrepentimiento. Uno se da vuelta al oponente y en seiza, ofrece su espalda. El embate ha sido deshonesto o su impetuosidad no digna de la competencia. El otro ha sido derrotado, pero tú también has perdido.

Hay otra consigna al frente de esto. Un reconocimiento más allá de la marcialidad que se le podría atribuir al Kárate. Colinda cristaneidad con el budismo de la isla. Y la disciplina, que es observación y duda. Una sensación concreta de Justicia que se celebra sin contratos. Y aunque se argumente que la marcialidad nunca está más allá, y siempre embiste, lo importante no es el contexto, sino extrapolar la actitud y medir su impacto y cuantía.

“Ser considerado puede convertirse en una herramienta poderosa en tu lucha diaria y, a largo plazo, lograrás evitar convertirte en una persona irritable, envidiosa, fuera de control, seriamente deprimida y que se siente frustrada y engañada todo el tiempo.” Tao Lin no se inhibe al considerar este tipo de comportamiento como utilitario, y lo es realmente. Lo es para la consciencia, el inconsciente y las relaciones. Todo nuestro campo sintáctico, otrora endurecido, se permea. Decanta y supura una alevosía proteccionista que singulariza y pervierte la consideración sinérgica: la observación y la paciencia. De pronto, nos enderezamos, menos atentos a la alarma del yunque o el filo de costado, y casi podemos sentir una brisa que sosiega. La consideración ecualiza entre las disonancias de la ópera: el volumen, el tono y el tempo; la música se eleva.

“La multitud prefiere por lo común la fuerza anormal que desborda a la fuerza equilibrada que perdura”. Palabra de Balzac. Puede ser que ensayar la mesura sea un ancla romántica. Hippie incluso. La vida es una sagita bastante obtusa. Finalmente, el único triunfo animal es el de no morir. Pero eso no sustituye ni funda una melodía compuesta que implica una atención plural, una afinación, y un foco. O quizá sea cierto que lo que sostiene un concepto como raza sea precisamente dejarse morir para pensar el otro. Morir lo funda. Dejarse morir es el socorro que necesita uno y el otro.

Se baila un vals día a día. Y un rock & roll agitado. En un extremo de la falda que sacude el compás: un odio parido, eugenésico; un certificado deseo de aniquilación física y psíquica. Y en el otro extremo, la dulzura de la duda y el método que, separando los gajos de la naranja, deja ver el jugo y las semillas que la piel endurecida ocultaba. ¿El riesgo del swing? Empatizar con el horror.

Steiner elabora una tesis donde el nazismo busca liberarse de las ataduras monoteístas, de la ley de dios, y para ello busca aniquilar a dios, pero como este no existe, aniquila a sus creadores. Son los periplos de la liana, la duda y la resonancia. “Escuchar todos los pensamientos / habitar todos los corazones”. Hollywood lo ha descrito bien, con sus semi dioses que destruyen planetas para conservar la plenitud y equilibrio de la mitad que les sobrevive. Pequeñas escenas del gigante de piedra y sus lágrimas de cocodrilo.

Pero comprender el horror es distinto de iniciarlo por desconsideración: una mirada tan estrecha que su ángulo se pliega totalmente sobre sí mismo y ejecuta, sin miramientos, una voluntad. Comprenderlo arriesga cierta complicidad que se vive como culpa, cuando hay moral. Otra cosa es encender pasto seco en medio de una reserva nacional. Arrancar y ver, con un six pack y un bowl de papas fritas, la ciudad arder en las noticias. Y tampoco hay que describir a un criminal, también basta el zoom in a los descaros, los abusos y la coerción psicológica. Pecadillos de la familia, la amistad y el amor. Abanico de la vida diaria que se altera y supura.

Si uno no quiere ser un paria o un inútil, como bien podría desearlo, el camino equidista de los extremos y quien guía esa fuerza centrípeta es la duda. Ni frialdad ni amarillismo, cartas de la política. Un desconvencimiento que sacuda credos pobres, heredados, familiares o convenientes. Desenfundar ante cada encuentro una pregunta, no un fierro. Se arriesga: un desposeimiento y la fragilidad hidropónica. Porque las raíces, la mayoría del tiempo, son espejismo de la idiotez y del miedo. La verdadera libertad, dijo un poeta, sería arrojarse al mundo sin padre ni madres. Entiendo que quiso decir sin un origen por el cual velar, para así velar por lo que se origina: la consecuencia, el impacto, el efecto. Dejar los reflejos para el deporte y los berrinches y, por supuesto, para la escritura de ensayos y poemas. Rara vez se beneficia la arquitectura social de los impulsos, salvo desde la crítica histórica.

Me parece importante desconfiar de la persona que una ha construido. No izar los gustos como bandera ni utilizar las referencias como ancla para posicionarse a contramarea. Muchas de estas definiciones se anidan en el miedo terrible a la exclusión. Pocas cosas sufren de la continuidad que le atribuimos a nuestra propia personalidad, porque ignoramos cómo cambia, se sacude, se permea. Observarse es una tarea que suscita desagrado y por eso la evitamos y construimos un mirage de nosotros mismos, que exportamos como currículo. Quiénes somos realmente no es una pregunta que tenga respuesta, a pesar de que el condicionamiento nos empuje a responderla, fruto de una búsqueda incesante de nuestro lugar en el mundo. Nuestro lugar es incierto, como una acción a la que aún no se le puede atribuir consecuencia, y si se le intenta observar no se ve porque se asemeja a un agujero negro: un lugar que se inscribe por el espacio que abtsrae. La duda, la abstención, son el punto de partida que permite explorar el mundo, escuchar sus voces y repiqueteos sin ansias ni premura. Esto aplica tanto a las virtudes avasalladoras como a la sumisión y el miedo de cosas que ronceamos una vez y nos escarificaron el alma. Recuperé el gusto por los porotos luego de 35 años solo cuando alguien me dijo que las papilas gustativas se regeneraban y que era probable que lo que no me gustaba podría terminar gustándome si lo probaba nuevamente. Así lo hice. Así hago y sin duda vence el trauma pero me digo, por oficio, que la moral no puede ser otra cosa que una actitud metódica.

Un cuadro:

“(…) para todos aquellos que disfrutaron de shows espectaculares en medio de la emoción colectiva: hubiese deseado estar ahí. Unas horas, al menos, quizá solo para el show de Massive Attack. Pero estar ahí. Se agradecen sus reportes, sus perspectivas. Puede que en algún álbum secreto, el mundo se enriquezca con sus imágenes e historias, su sampleo a baja calidad de audio celular que apenas distingue el himno que entona. Ahora, cuando pueda participar de un concierto, pensaré en todos los que se quedaron en casa cenando youtube y discos compactos, deseando estar en la cancha contra las columnas de amplificadores, las torres de luces y las pequeñas figuritas gráciles que tocan. Pero antes de desdoblarme y registrar el momento que estoy viviendo, por ellos devolveré mi smartphone al bolsillo, para no provocarles delirios ni deseos. Pero también para no sumarme a la carnada idiota y volverme embajador de marcas y eventos que lucran con mi abstracción y la de todos. Ejército de posers figurines que destruyen en simultáneo el arte de la fotografía, la disciplina del periodismo, la virtud de la música mientras endiosan el guerilla marketing en aspavientos y la alevosía que se permiten los torpes, los brutos y los tontos. Manada de estimulados. Pavlovianos. Menudos idiotas…”

Corolario: ¿Quién se beneficia de esta estampida? Únicamente los que prefieren pensar que su disgusto es legítimo, pero que se les medirá por su contrición.

¡Siempre precaverse de quién se ha acostumbrado a pedir perdón!

Alberto Parra

Alberto Antonio Parra Asenjo (Santiago, 38 años) es un escritor y músico nacido en Valparaíso. Su primer libro de poesía: “Monumentos” es una autoedición limitada de 100 copias. Con su banda “Vago Sagrado” han publicado 5 LPs con distribución en distintos formatos físicos (cd, cs y vinilo) en distintas partes del mundo. Actualmente trabaja en un segundo volumen de poesía y en un volumen de cuentos.

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