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Qué pena escurre el alma
13 de enero 2026

Qué pena escurre el alma

Hacer queso fresco no era fácil. Su mamá le decía que había tres maneras en que el queso podía no resultar: cuando se sentía una gran culpa o una gran pena. La tercera forma era que definitivamente no tenías la mano para hacer quesos y, en tal situación, debías dejarlo por respeto a la receta. 

Pero ella siempre tuvo buena mano para el queso. Se acuerda de la vez exacta en que su mamá le enseñó a hacerlo. Tenía doce años y ya le estaba encontrando cuerpo para ayudar en la casa, así que primero la mandó a limpiar y vio que la niña hacía las cosas con decisión. La mamá pensó, entonces, que lo hacía porque imitaba su ejemplo y, muy en el fondo, lo lamentó, porque supo que el destino de su hija no sería muy diferente del suyo, una vida de servidumbre. Después de lamentarse no más de unos días, le dijo a la niña que ya venía siendo hora de aprender a cocinar. Ni siquiera dejó que hiciera pasteles de barro; la mandó inmediatamente a hacer comida de verdad. 

–Ya mija –le dijo–, lo primero que tienes que hacer es levantarte bien temprano a comprarle la leche al lechero, que pasa todos los días a las ocho. Antes de eso, tienes que tener listo el aseo y el desayuno de tu papá, mientras yo hago las costuras para que tengamos de comer. Cuando compres la leche, huélela bien, no vaya a ser cosa que el lechero te quiera hacer lesa. Si te huele a vinagre o a cortado, no la compres y porfíale para que te dé una botella nueva. Una vez que tengas una buena botella de leche, ponla toda en una olla a calentarse en la cocina a leña a fuego medio hasta que quede calientita, pero no hirviendo. Después tienes que hacer que se cuaje, tu abuela me enseñó que queda mejor cuando se hace con limón que cuando se hace con cuajo, así que hazlo con limón, así ha sido siempre el sabor de los quesos de la familia. Deja que la mezcla repose un cuarto de hora. No te quedes parada esperando, porque la mezcla se taima. Ponte a hacer otra cosa mientras, pero estate atenta. Cuando pase el cuarto de hora, pones la mezcla en un pañito y lo dejas que se escurra, después lo pones en un molde, le pones un poquito de sal y lo dejas reposando en la bodega para que esté frío. Si no te funciona es porque tienes una culpa o una pena muy re grande, o no tienes dedos para el piano, no más. 

Así que la niña se levantaba todos los días a las seis, a las seis con cincuenta y cinco empezaba a escuchar «el panadero con el pan, el panadero con el pan» y a las siete en punto compraba el pan del día con el dinero que su mamá le dejaba en el velador la noche anterior antes de acostarse. Siempre le dejaba lo justo para tres marraquetas y tres hallullas. Ella siempre tocaba solo la mitad de una hallulla. De las siete con cinco a las ocho –dedicaba cinco minutos al ritual de comprarle el pan a Don Lalo, que era como un abuelo para ella– hacía el aseo de la casa escuchando los clásicos inolvidables de José Luis Perales y de Camilo Sesto y luego hacía el desayuno para su papá, que se levantaba a las siete todos los días y con harta hambre. 

Empezaba la faena del queso a las 8 en punto, el lechero era siempre puntual y, para su fortuna, la leche siempre olía igual, sin ningún dejo de vinagre o de líquido agrio, de hecho, le gustaba ese aroma medio dulzor que tenía. Así que rápidamente empezaba a seguir las instrucciones de su madre. Ponía a calentar la leche, esperaba que llegara a su punto, la cuajaba con limón y la dejaba por un cuarto de hora, mientras barría –como que no quiere la cosa– por debajo de la cocina a leña. Pasaba el cuarto de hora, ponía la mezcla en un pañito para que se escurriera, luego la ponía en el molde y después a la bodega. 

Entre tanto quehacer, se olvidaba a veces de que el queso estaba en la bodega esperándola, pero cuando lo iba a ver, había un queso bonito, reluciente y oloroso. Esto pasaba todos los días como a las seis de la tarde. Así que mientras su mamá picaba tomates, ella ponía la mesa y llamaba a sus hermanos y a su papá a tomar once. Todos estaban tan acostumbrados a comer sus quesos frescos que ni las gracias daban. 

Entonces nunca pensó que tuviera alguna culpa o pena, porque el queso siempre le resultaba. Pero ahora era un poco diferente, después de décadas haciendo el mismo queso con la misma receta y sonándole la misma cantaleta de su mamá en la cabeza. Incluso ahora, cuando ya iban a ser treinta años desde que ya no está con ella. Ha probado varias cosas, porque en principio creía que quizá era porque ya no hacía los quesos en casa de su madre, pero sabía que no era eso; llevaba como veinte años lejos de su casa y el queso le resultaba de lo más bien siempre. Tan bien que, como si de una costumbre se tratara, nadie le daba las gracias. 

No, no podía ser eso, tenía que ser el ambiente de la casa. En lo posible, ponía la radio para escuchar Camilo Sesto y el set de los clásicos inolvidables, para que el queso se acordara de que tenía que resultar. «Si me dejas ahora, no seré capaz de sobrevivir» tarareaba, como si le cantara a la mezcla, para que así no dejara entrever que quería puro tirarla por la ventana y dejar que se la terminaran las gallinas. Es que era para no creer la maña que tenía el queso con ella. No quería funcionar de ninguna forma. Se levantaba y se acostaba pensando en qué podía hacer diferente, sin alterar la receta de su madre. 

Lo malo era que ya sabía la respuesta que le daría su mamá «si no te resulta tienes tres opciones». Sabía muy bien cuáles eran esas tres opciones y estaba segura de que no era que no tuviera mano para el queso y, estando encerrada día y noche en su casa, faenando y esperando a que se le pasara la garrotera a una mezcla de queso, era bien poco probable que sintiera alguna culpa. Era pena, era una pena tan grande que ni la tela que escurría la famosa mezcla podía apretar. 

Cuando pensaba en eso, su cuerpo reaccionaba y el corazón le empezaba a latir como si con cada sacudida se le clavaran agujas en el pecho. Se empezaba a marear y tenía que bajarles el volumen a los clásicos inolvidables, porque, si no, la cabeza le iba a explotar o eso pensaba. «Perdóname, perdóname, si hay algo que quiero eres tú» cantaba Camilo Sesto antes de que lo callasen.  

Así que miraba la mezcla y se ponía a pensar en que la pena y la culpa eran bien traicioneras, sobre todo la pena, que por más que se esfuerce por esconderla, igual no más salía, echaba a perder los limones, volvía agria la leche, cortaba la mezcla antes de tiempo, subía la temperatura de la bodega y hacía que tuviera otra once sin queso fresco. Pero qué importa, si al final hacía unos años –dos o tres, no sabe muy bien– no hay nadie que disfrute comer sus quesos y que le diga «gracias por la once, mamita». 

«Búscame donde haya un sol» cantaba la radio, entonces empezaba a mirar por la ventana esperando a que apareciera la silueta de su niñito, que recortara el sol, pero las cosas no tenían por qué ser diferentes y ella lo sabía. No pasará nada nuevo y no aparecerá de puro milagro. Y efectivamente así es y así será. Y como la vida era así de dura, mejor buscaba algunas cosas que sí fueran de él, de su hijo. Y esas cosas no eran más que una, y siempre era la única carta que le escribió en todos sus años, esos años grises cuando se tuvo que ir al servicio militar al sur.  

Querida mamita. 

Estoy a hartos kilómetros de la casa, me siento bien solo. Aquí la gente es fría, no hablan mucho y se burlan si lo pillan a uno escribiendo por eso estoy escondido, ahora es de noche y así puedo escribir con calma, aunque no se me da muy bien esto de las palabras, así que mejor lo dejo hasta aquí no más solo quería que supiera que estoy bien. La quiero mucho mamita y pronto voy a andar de nuevo por allá no se preocupe.

Saqué un poquito de queso de la cocina de aquí, pero no hay nada como sus quesos, mamita.  

Estése tranquila. 

Su hijo, 

T. 

A ella tampoco se le daba muy bien eso de las palabras, ni tampoco eso de la lectura, pero pensaba que esa carta era lo más hermoso que había leído, que la letra que trazaba cada palabra era la más perfecta y el tono el más poético. Cuando su hijo se fue, pensaba que sería lo más terrible que le podría pasar, que lo separasen de su lado y lo mandasen a la punta del cerro a puro sufrir. Pero había una cosa peor que esa y bien lo sabía. Peor que eso era recibir otra carta, una donde le dijeron que había un soldado con un número de identificación que había sido dado de baja por fallecimiento en cumplimiento de sus funciones. Todo eso en no más de tres líneas. 

¿Cómo podía caber una vida y una muerte en tres líneas?

La primera vez que las leyó, fue un golpe. La segunda vez, no pudo ni leerlas. La tercera, se puso a pensar en lo curiosa que era la palabra baja, como si su hijo se hubiera tropezado, como si todo hubiera sido un pequeño descuido. Quiso pensar que era eso, un pequeño tropiezo y que en cualquier momento lo vería por ahí cortando las mechas largas del sauce o emparejando las ligustrinas de la entrada, que ahora ya no tenían forma. Eso la ayudaba a vivir, a seguir con su rutina y a conservar la esperanza de que le volverían a funcionar sus quesos. 

Pero desde que leyó esas tres líneas, la casa se secó y secó todo a su alrededor. Desde ese día, los ingredientes de sus quesos se dieron de baja. 

El día después de leer esas líneas siguió abriendo las ventanas de la pieza del hijo, siguió quitándole el polvo a las fotos de sus equipos de fútbol, siguió mirándolo en la primera fila, inclinado y apoyado, con las manos sobre sus rodillas. Le terminó de tejer un pañito a crochet, lo puso sobre la tele que tenía en su pieza y puso encima la famosa foto. Escondió la fatídica carta debajo de una tabla del suelo y solo dejó la carta bonita. 

Solo había una cosa que rompía esa aparente normalidad. El ritual de los quesos, que manejaba a la perfección desde los doce años, no estaba dando resultado. Todos los días olía la leche, se aseguraba que todo estuviera en orden. Pero apenas la ponía a calentar, le costaba un mundo hacer fuego y, cuando lo lograba, como que le agarraba un miedo al hervor e, invariablemente, sacaba la leche antes de tiempo y se arruinaba todo el proceso. 

Con todo, el limón aun así lograba cortar la mezcla imperfecta, pero luego se encontraba con que la bodega estaba o muy húmeda, o muy calurosa, o le llegaba mucho viento. Entonces pensaba que era mejor así, porque le daría una pena muy grande poner el queso en su molde y acordarse de cuando llegaba un pequeño a pedirle un pedacito. Más pena le daría acordarse de cuando ella misma le hacía un quesito en su propia mano, acomodándola como si fuera un canastito. 

Cuando era pequeña, sus hermanos hacían pasar muchas rabias a su mamá. Ella, como niña chica y un poco invisible, escuchaba cuando una de sus tías consolaba a su mamá mientras picaban tomates para la once. Le decía «los hijos son como la juventud, prestados por un tiempo». Creía que esa era una afirmación para bien, hasta que le tocó vivirla. Hasta que le tocó recibir el préstamo más bonito y el más doloroso que la vida podría haberle hecho. 

Y así se iban sus días, con su radio y los rastros de esa vida que tenía cuando niña y que seguía teniendo con muy pocas variaciones. Salvo que ahora parecía que sí cargaba con esa pena tan re grande de la que hablaba su madre. Esa que impedía convertirse en fabricante de quesos. 

Así que mejor se iba a dormir, porque al día siguiente le saldría su queso fresco, seguramente. Los ingredientes amanecerían sin mañas, como siempre había sido. Porque él volvería cuando el queso resultara, pondrían la mesa, picarían los tomates y tomarían once juntos. Total, el queso nunca miente, si no cuaja es porque alguien falta.

Fernanda Rodríguez

Estudiante de Pedagogía en Lengua Castellana de la Universidad Católica del Maule (Chile). Su formación como escritora literaria es aún emergente; sus argumentos rondan la profundidad psicológica y conexión humana con la naturaleza. Le interesan especialmente temas como la muerte, la vejez y el espacio de lo no dicho. Concibe la escritura como gesto de observación y construcción de imágenes.

Un comentario en "Qué pena escurre el alma"

  • Brayan G. enero 16, 2026

    Hermoso. Tan real y cercano que provoca una nostalgia sincera, con la que es imposible no derramar alguna lágrima.

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