En la naturaleza las cosas crecen, de Yiyun Li – Carcaj.cl
En la naturaleza las cosas crecen, de Yiyun Li
08 de noviembre 2026

En la naturaleza las cosas crecen, de Yiyun Li

El mundo del libro es sin duda un pequeño escondite para sumergirse en el silencio y permitirse imaginar la proyección de otros mundos. Un escritor te abre las puertas a la intimidad de sus pensamientos, acciones y en ocasiones sentimientos que se combinan con la historia personal del lector y sus capacidades para poder recibir el mensaje encriptado, que muchas veces se ve teñido por las experiencias del cotidiano.  

Cuando llegó a mi vida el libro, estaba procesando la despedida de familiares, un buen amigo, y la responsabilidad de ver morir una mascota. Cristian, amigo librero, sabe que no comulgo en las profundidades sino es para investigar y que mi curiosidad de manera reiterada, siempre me obliga a seguir con fe y esperanza en busca de nuevas verdades y realidades. Creo que esta es la razón por la que me encomendó la misión de reseñar este texto, me entregó el libro con una frase que aún recuerdo: para que no muera la sensibilidad en estos tiempos – me dijo. 

Anticipo al lector que esta reseña es solo eso. No trae respuestas, tampoco confirmaciones. Solo busca dar cuenta de una historia verídica, marcada por la vocación de hablar respecto del tabú que es la muerte, para permitir complejizar el negacionismo de un optimismo funcional o pensamiento mágico en lo cotidiano. 

Orígenes del Libro, una cuestión de hechos

Durante las páginas de este capítulo, no encontré frase que resumiera mejor la valentía, potencia de la autora y su honestidad atroz frente a los acontecimientos que relata:  

No hay una buena manera de exponer estos hechos, que deben ser aclarados antes de poder seguir con el libro. Mi marido y yo tuvimos dos hijos y los perdimos a ambos. A Vincent en el 2017, a los dieciséis años; a James en 2024, a los diecinueve. Los dos eligieron el suicidio y los dos murieron a poca distancia de casa. – Yiyun Li. 

Este es el segundo de los libros que la autora escribe a sus hijos con la intención de honrar la sensibilidad y peculiaridad que tuvieron. Es muy importante clarificar que ella busca comprenderlos y respetarlos, lo que incluye más que ninguna otra cosa, la elección de terminar con sus vidas. 

Yiyun es una escritora nacida en China y radicada en Estados Unidos hace más de 20 años, su sola vivencia la posiciona dentro de los lenguajes, símbolos y tradiciones de dos grandes potencias. Pero ninguna de ellas le dio el consuelo y el suelo necesario para escribir sus palabras. Algunas personas (en especial en China) hacen un escándalo cuando ella usa la palabra “morir” para hablar de las muertes de las que ha sido testigo en su vida, equiparando la decisión lingüística a la frialdad o maldad frente al acontecer. Los medios Chinos llegaron a anunciar que el abandono de su lengua materna habría traído esta desgracia, y que sin duda un traidor merece un castigo, llamándola asesina de sus hijos. También existieron Trolls que inventaron historias sensacionalistas acerca de su vida, evidenciando cómo el oportunismo profesional, la explotación del cliché y el morbo de los medios creaba una narrativa paralela que carecía de cualquier otro motivo más que anular a la escritora. En Estados Unidos expertos en psicología la psicoanalizan públicamente; astrólogos que buscaban información en su fecha de nacimiento quisieron hacer una autopsia de su destino; así como comentadores y lobbistas lamentaron su pérdida señalando las deficiencias inevitables con las que había nacido y que la hacen ser quien es. 

Me impactó la distancia y sabiduría con que la autora mira estas acciones: la lucidez alcanza sus pensamientos describiendo de manera potente, como es que hay personas que atesoran su malevolencia disfrazada de inteligencia. Se regodean en el dolor que les infligen a otro pero no por su comprensión, por el contrario. Yiyun interpreta esto como un narcisismo que se alojaría en una vasta infelicidad sostenida en una falsa profundidad o en una ilusión de poder y superioridad (o ambas cosas), donde la ignorancia y cobardía para admitir la falta de autenticidad invita a la gente a ser osada en sus acciones o palabras. 

En la naturaleza crecen las cosas, ahora, ahora, ahora…

Durante la despedida del segundo de sus hijos, numerosos fueron los intentos de amigos, vecinos, conocidos y no tan conocidos por satisfacer la necesidad individual que tenían por ver “bien” a Yiyun. Esto la lleva a relatar lo desatinado que puede ser ofrecer opiniones, consuelo o sugerencias en un momento donde ella solo ve el abismo. 

La palabra duelo es algo de lo que la autora reniega, visto que reniega la posibilidad de duelar y se torna más bien hacia la acción de mantener vivo el recuerdo de sus hijos, incluso en la ausencia, explicando que existe un nuevo nacimiento, aunque sea en lo etéreo. Esa ausencia presencia es sostenida y abismal, pero sobre todo constante y permanente. Fagocitando el deseo de renombrar, resignificar y perpetuar el abismo desde el ahora.

Al final del año en que murió James, su segundo hijo, la autora plantó mil doscientos bulbos que se sumaron a los setecientos y a los quinientos de los dos años anteriores. “En la naturaleza las cosas crecen” repite la autora mientras relata el paso del tiempo, donde el verde se impone frente a la nieve en el cambio estacional. En la naturaleza las cosas crecen hasta que les llega la hora de morir – señala de manera obstinada. Durante este apartado del libro, me detuve constantemente porque aunque suena esperanzador su escrito, no sale del abismo. La autora tuvo que comprender que el clima no siempre es amable y lo corrobora con la pérdida de sus cultivos. Una buena siembra no garantiza una buena cosecha. A veces hay que esperar al menos dos temporadas para ver un fruto crecer en un clima “adecuado”, con suficientes lluvias y un sistema constante de monitoreo y prevención que tampoco garantiza el éxito de una cosecha. 

En adelante, sus palabras refieren a sus diversas experiencias climáticas; como cuando una tormenta de nieve mató una cosecha completa de hortensias, o cuando el calor excesivo quemó todas las rosas que acababan de florecer, llevándola a preguntarse; ¿por qué habríamos de levantar puño contra el clima y las criaturas salvajes?  Hay un párrafo que, creo, logra sintetizar su viaje en la naturaleza; 

“Mi jardín no es una metáfora de esperanza o regeneración, las flores nunca tienen la misión de ser heraldos de luminosidad y optimismo. No hay rosas suicidas ni enojadas, no hay lirios deprimidos o rebeldes. Las plantas solo tienen un objetivo: vivir. Para vivir crecen cuando pueden, y si es necesario entran en un estado latente. Viven hasta que se mueren; y mueren en tanto lo decide la naturaleza o las matan otros elementos de la naturaleza. Un jardín es un marcador de posición. Las flores son marcadores de posición”. 

Su análisis es irreductible; leer, escribir, sembrar, crear, desde el propio relato son sin duda marcadores de posición, pero también son las luces de su autenticidad. Se trata de una filosofía de la impermanencia que en cada decisión y acción trascienden su abismo, hasta que emergen nuevos pensamientos, sentimientos y palabras más precisas para romper el silencio del tiempo presente.

El premio Pulitzer, una vida digna de ser vivida

“Sigo siendo yo misma a pesar de las catástrofes”, dice la autora, asumiendo que no necesariamente es obvio ni comprensible para sus amigos, conocidos o no tan conocidos, que no la tratan como si estuviera a la altura intelectual de su antiguo yo. 

El dolor que experimenta el cuerpo frente a una pérdida de esta índole puede ser inconmensurable. Es químico, es biológico, es físico. Y se puede experimentar en la pérdida de amigos, de sentido, de ecosistemas. Por todo lo dicho, a la autora se le otorga el premio Pulitzer 2026, que cuenta con una historia marcada por controversias institucionales, como vetos políticos y escándalos por falsificaciones periodísticas. El galardón otorgado a Yiyun Li reconoce la crudeza de su obra al abordar la pérdida sin recurrir al sentimentalismo ni a la literatura terapéutica. De alguna manera, la autora es elogiada por ofrecer un testimonio profundamente conmovedor y honesto, desde una aceptación radical sin buscar culpables, cura ni solución. 

Durante la lectura de este texto, estuve siempre con la interrogación sobre antecedentes familiares de depresión que dieran indicios para generar parentesco en el comportamiento de ambos jóvenes. Efectivamente, al final del texto la autora reconoce los intentos de suicidios a edad temprana y una infancia corrompida por el maltrato familiar. Si bien, no se puede asumir una depresión endógena, me parece pertinente relevar el análisis que hace Yiyun al comparar esta enfermedad con el cáncer que, silenciosamente resulta igual de devastador.

La gente suele sentirse incómoda cuando se habla de estos temas, acusando adjetivos poco precisos para expresar la incomodidad de lo no transformado.  Es incómodo asumir la vulnerabilidad del otro, pero también la de uno mismo. Pero ¿por qué es incómodo? La autora señala que el prejuicio y la fantasía de superioridad hace que estos temas sean difíciles de digerir. Nadie cree que es débil quien está luchando contra un cáncer, nadie cree que un artista es débil por querer imponer su expresión, nadie cree que es débil el escritor sumergido meses en sus palabras, pero todos ven y se ven como débiles frente a quienes sufren de depresión. 

Incluso quienes llevan años recibiendo terapia, de algún modo, se sienten con mayor respaldo moral frente a otros que no han recibido los cuidados necesarios. Esto para la autora sería nuevamente la ilusión de cierta superioridad de virtud y pensamiento, ignorando absolutamente que la existencia de diagnóstico o la permanencia sostenida de una terapia no niega la posibilidad de que el paciente presente tendencias destructivas y quizás más inquietantes para su medio. 

En un tono más distendido durante una conversación con el medio La Lectura de El Mundo, reveló entre risas que su esposo bromea con que algunas personas sufren de un “síndrome del Pulitzer prolongado” (como un covid persistente) tras ganarlo. Li aseguró: ¡Yo no tengo ese síndrome!, aclarando que ningún galardón altera la pregunta fundamental de su vida: qué puede hacer la literatura cuando es incapaz de cambiar los hechos reales o devolver a los muertos. 

En un sentido absoluto, para la autora la vida vale la pena ser vivida del mismo modo en que vale la pena empeñarse en el arte, explorar la ciencia, buscar la justicia. Sin embargo, el hecho de que algo valga la pena no siempre significa que una persona esté dotada con la capacidad para hacerlo, o que esa persona, habiendo recibido esa capacidad tenga la tenacidad para conservarla. En la brecha entre lo que vale la pena hacer y lo que es posible hacer es donde reside la aspiración de los jóvenes, y donde la decadencia espera para la gente mayor.

Termina el libro con una serie de ilusiones de la autora donde alterna entre posibles realidades y una forma distinta de obrar que cambia el desenlace vivido. Los hijos mueren y los padres siguen viviendo en un abismo, pero la autora ha comprendido (y de la peor manera) que eso no es lo peor. Más allá de los abismos y de un aparente estado de abismo de fondo. Yiyun invita a cuestionar el pensamiento para quedarse en un abismo más significativo; el propio. La gente solo puede herir nuestros sentimientos, no nuestros pensamientos, a menos que abandonemos la libertad e independencia de nuestra mente. 

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