¿Sigue vigente la distinción entre naturaleza y cultura en estos días? – Carcaj.cl
¿Sigue vigente la distinción entre naturaleza y cultura en estos días?

Ilustración: Eight Shadow Figures, de Utagawa Hiroshige (1842 - Intervenida). Fuente: Public Domain Image Archive

26 de mayo 2026

¿Sigue vigente la distinción entre naturaleza y cultura en estos días?

La distinción entre naturaleza y cultura sigue vigente, no como una simple clasificación conceptual, sino como una operación histórica propia de la civilización occidental que ha permitido la dominación técnica de la naturaleza, proceso que desemboca en el Antropoceno[1], Capitaloceno[2] (Moore) o Tecnoceno[3] (Costa).

El célebre problema de la distinción entre naturaleza y cultura, formulado por Claude Lévi-Strauss, no consiste simplemente en la oposición entre dos dominios, sino en la búsqueda de un umbral que permita pensar su articulación. La identificación de la prohibición del incesto como regla universal muestra, más que una separación clara, una zona de indeterminación en la que naturaleza y cultura se entrelazan. Sin embargo, si en Lévi-Strauss esta distinción aparece como un problema estructural, la antropología posterior —como en el caso de Pierre Clastres[4]— permite reconocer su carácter no universal, mostrando la existencia de sociedades donde dicha separación no organiza la experiencia del mundo. Esto obliga a desplazar la pregunta: no se trata de establecer si la distinción es verdadera o falsa, sino de comprender las condiciones históricas en las que se vuelve operativa. En este sentido, la reflexión de Oswald Spengler sobre la técnica resulta decisiva, en tanto identifica en la civilización occidental una relación con el mundo definida por la voluntad de dominio, donde la naturaleza es constituida como objeto de intervención. Esta forma de racionalidad técnica puede ser reinterpretada, siguiendo a Yuk Hui,[5] como una cosmotécnica específica, es decir, como una articulación particular entre cosmos, moral y técnica que presupone precisamente la escisión entre humanidad y naturaleza. Desde esta perspectiva, fenómenos contemporáneos como el Antropoceno, el Capitaloceno o el Tecnoceno no pueden entenderse sin esta operación previa: la constitución de la naturaleza como exterioridad disponible para su explotación. La vigencia de la distinción entre naturaleza y cultura no radica, por tanto, en su valor descriptivo, sino en su eficacia histórica para organizar las formas de vida y las prácticas técnicas que han conducido a la actual crisis planetaria.

Si la distinción entre naturaleza y cultura no es universal, sino históricamente situada, entonces su vigencia actual no puede entenderse como la persistencia de una verdad antropológica, sino como la continuidad de un régimen específico de relación con el mundo, en términos marxianos. En este sentido, lo que caracteriza a la modernidad occidental/occidentalizada no es simplemente haber distinguido entre naturaleza y cultura, sino haber convertido esa distinción en una estructura operativa que organiza tanto el conocimiento como la acción. La naturaleza deviene así exterioridad radical: aquello que no solo es distinto de lo humano, sino que se presenta como disponible para su apropiación, transformación y explotación. Esta operación, lejos de ser meramente conceptual, se materializa en dispositivos técnicos, económicos y científicos que configuran el mundo contemporáneo.

Desde esta perspectiva, la técnica deja de ser un conjunto de herramientas neutrales y pasa a entenderse como el modo en que esta distinción se efectúa en la práctica. La interpretación de la técnica como voluntad de dominio, tal como sugiere Oswald Spengler[6], permite comprender que no se trata simplemente de intervenir sobre la naturaleza, sino de reconfigurarla como objeto manipulable. Esta transformación no es contingente, sino que responde a una determinada forma de racionalidad que separa al sujeto humano de un mundo natural objetivado. Sin embargo, como advierte Yuk Hui, esta no es la única forma posible de relación entre técnica y mundo. La noción de cosmotécnica permite pensar la técnica como siempre inscrita en un horizonte cosmológico y moral específico, lo que implica que la tecnicidad moderna occidental constituye solo una entre múltiples configuraciones posibles.

En este marco, las nociones de Antropoceno, Capitaloceno o Tecnoceno pueden ser leídas no simplemente como descripciones de una nueva era geológica, sino como síntomas de una mutación más profunda: el momento en que la distinción entre naturaleza y cultura alcanza una escala planetaria. La crisis ecológica contemporánea no sería entonces el resultado inevitable de la acción humana en general, sino la consecuencia de una forma específica de habitar el mundo, basada en la separación y jerarquización entre lo humano y lo no humano. Solo en la medida en que la naturaleza es concebida como exterioridad, puede ser transformada en recurso; solo en la medida en que es reducida a objeto, puede ser integrada en circuitos de producción y acumulación.

En este sentido, afirmar que la distinción entre naturaleza y cultura sigue vigente implica reconocer no su validez teórica, sino su eficacia histórica. No obstante, esta misma vigencia es hoy puesta en cuestión por la magnitud de sus consecuencias. La crisis climática, la pérdida de biodiversidad y la transformación irreversible de los ecosistemas obligan a reconsiderar los fundamentos de esta separación. Más que preguntarse si la distinción es correcta, se vuelve necesario interrogar las formas de vida que ha hecho posibles, así como sus límites. De este modo, el problema ya no radica únicamente en describir la relación entre naturaleza y cultura, sino en pensar las condiciones para su eventual reconfiguración, en un contexto donde la continuidad de ambas parece estar en juego.

En la actualidad, la distinción entre naturaleza y cultura ya no solo organiza nuestra comprensión del mundo, sino que describe una transformación consumada: si antes el ser humano habitaba la naturaleza y luego comenzó a transformarla, hoy vive inmerso en un entorno crecientemente artificial, producido por la técnica. Como advierte Günther Anders[7], este proceso ha generado una brecha prometeica, esto es, una distancia cada vez mayor entre lo que somos capaces de producir técnicamente y lo que podemos imaginar, comprender o asumir éticamente. Así, la técnica, surgida de la separación entre naturaleza y cultura, no solo ha intervenido la naturaleza, sino que ha terminado por reemplazarla como horizonte de la experiencia humana. En este sentido, el problema contemporáneo no radica únicamente en la validez de dicha distinción, sino en las consecuencias de haberla llevado hasta sus últimas implicancias.

Tal vez no habitamos un mundo donde naturaleza y cultura estén separadas, sino uno que ha sido construido como si lo estuvieran —y es precisamente esa ficción la que hoy comienza a volverse insostenible.


[1] Fernández Durán, R. (2022) El antropoceno: La expansión del capitalismo global choca con la biosfera

[2] Moore, J. (2020) El capitalismo en la trama de la vida: Ecología y acumulación de capital

[3] Costa, F. (2021) Tecnoceno: Algoritmos, biohackers y nuevas formas de vida

[4] Clastres, P. (1974) La sociedad contra el estado.

[5] Hui, Y. (2025) Arte y cosmotécnica

[6] Spengler, O. (1931) El Hombre y la Técnica, y otros ensayos

[7] Anders, G. (1956) La obsolescencia del hombre, vol. I.

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