Yo, el Otro y lo siniestro – Carcaj.cl
Yo, el Otro y lo siniestro

'La reproducción maldita', René Magritte

27 de agosto 2025

Yo, el Otro y lo siniestro

“Soy lo que parezco y no parezco lo que soy;
soy un enigma inexplicable para mí mismo;
¡Mi «Yo» se ha escindido!”.

E. T. A. Hofmann.

Siempre me ha producido la sensación de incomodidad el mirarme en el espejo, mirarme en las fotografías, o contemplar brevemente mi reflejo en algún cristal al caminar por la calle: la incomodidad se refleja en una desvinculación de mí y de mi imagen; es extraño. Tal vez el término más adecuado para nombrar ese fenómeno sea unheimlich[1] o siniestro: como manifestación de lo oculto según Sigmund Freud; porque algo que no debía conocer se revela, porque hay algo familiar en la propia imagen, pero también de profundo desconcierto. Algo se quiebra al afirmar, como Dioniso en la obra Las bacantes de Eurípides: “Yo lo veía, él me veía a mí y me transmitió sus misterios”[2]; Dioniso hace referencia a sí mismo, en el mirarse mirando obtuvo sus propios misterios; pero en mi caso: el mirar mirarme sólo me deja una sensación de incomprensión, repito, de extrañeza, siniestra, donde el misterio se disipa al reconocerme no en mí, sino en la imposibilidad del reconocimiento.

En la obra “El doble”, del psicoanalista Otto Rank, se destaca la superstición alemana, que asegura que la persona que vea a su sombra como un doble de sí, debe morir o morirá pronto, y así son múltiples las culturas que le conceden a la sombra un valor numinoso, entre el respeto y el temor, sin olvidar que también le conceden al “doble” un mal designio. Al margen de lo planteado, estas culturas le atribuyen a la sombra una relación con el alma o con el futuro, porque se entiende que es una extensión inmaterial del ser; por ejemplo, la persona que proyecte una sombra sin cabeza, estará destinada a morir pronto; y la persona con una sombra más robusta o bien delineada, es porque goza de buena salud. Así del miedo a la sombra como representante del doble, se ha pasado al miedo al propio reflejo, ya más detallado, sea en el agua o más concretamente en el espejo; y nacen al unísono creencias relacionadas con cubrir los espejos en la noche o no verse en un espejo roto por ser portador de mala suerte. El temor al doble persiste al día de hoy, siempre con el matiz de ser un mal augurio. Y siguiendo a Otto, no es de extrañar que el temor al propio retrato en una fotografía tenga la misma base. Pero en mí no está el vaticinio de la muerte, que podría asegurar Otto, sino la incomprensión de la propia imagen, ¿mi desconcierto es por alguna vivencia infantil reprimida o por la incapacidad de darme un rostro?

Sobre mi reconocimiento cabe añadir que, mientras escribo estas palabras recuerdo, una noche de consumir el tiempo en redes sociales, el conseguir – o tal vez me consiguió por el algoritmo-, una pintura de Joan Miró titulada Signos y constelaciones enamorados de una mujer, y consideré que se parecía un poco a mí, mucho más cerca de mí que mi reflejo en el espejo, que mi doble. La pintura representa puntos y líneas negras, rojas, dos “ojos” – o tres-, otras formas amorfas, azules y rojillos salpicados, estrellas o lunas discontinuas, un carnaval de la insensatez, el embeleso por una mujer misteriosa que no aparece jamás y se presiente que nada la evoca. El nombre de la pintura nos remite al amor nonato, a lo incomunicable del enamorado, de sus débiles manos que pugnan por asir la terrible esperanza, del amor, ese ángel terrible del que nos habla Cernuda[3], ¿es un cielo nocturno? ¿por qué creo mirarme en una pintura de 1941 cuando aún faltaban más de cincuenta años para mi nacimiento? No lo sé, tal vez la vida adquiere la extrañeza del cielo de Miró, y me es más familiar que mi yo. Es la inversión de la propia representación, el desconocimiento de sí, el oráculo de Delfos sin voz que grita desconócete a ti mismo. La pintura no representa a un hombre, no hay nada humanamente posible que me relacione a la misma, y es ahí que yace su unidad, en lo discontinuo y en lo irrepresentable, en lo que es imposible: se hace semejanza e identidad. Se deshace la extrañeza, lo siniestro no está, lo oculto no es revelado porque nada hay por revelar.

Lo siniestro es -siguiendo a Otto- temor a la dualidad, al doble, a la repetición. O estar en el desconcierto de no poder aceptarlo, y se produce la sensación siniestra, que me recorre al verme: como si yo no fuera yo, como si fuera Otro, ajeno completamente a mí: con otra vida, hábitos y anhelos. Ese Otro que conserva mi rostro, o una estupefacta máscara de mi rostro, que se desdibuja y distorsiona en mi imaginación; o en la medida de observarlo por varios minutos.

Jorge Luis Borges ha tratado el tema del doble varias veces, especialmente en su libro de 1989 La memoria de Shakespeare, que incluye el cuento titulado Agosto 25, 1983. El cuento empieza con un joven Borges, que se dirige a un hotel en horas nocturnas: da con minucias y anhelos, con el presentimiento del doble, y posteriormente encuentra al doble en la habitación. Es un Borges más viejo, enflaquecido, pálido, y describe la voz del Otro: “era la que suelo oír en mis grabaciones, ingrata y sin matices”, de alguna manera, estas palabras me impresionaron, a tal punto, que en la primera lectura afirmé que así se oía mi voz, que así la podía oír en las notas de voz que realizo y que por accidente escucho: la reconozco ingrata, como de alguien más, de ese Otro o ese doble, pálido y envejecido. “Somos dos y somos el mismo. Pero nada es raro en los sueños”, decía el otro Borges; así se especifica que el malestar del doble no proviene de los sueños, el sueño queda rezagado al plano de lo ficticio como la literatura, se reconoce su irrealidad y la gratuito de su temor. Muy pocas veces recuerdo haber soñado conmigo o con una forma extraña de mí. El malestar, el sinsabor, la dismorfia siempre posee realidad; debe salir el sueño, del pozo oscuro que es el sueño, y establecerse, en la vigilia, poblarla, invadirla con sus sombras y con sus voces. En la continuación del diálogo de los dos Borges, el joven le recrimina o reprocha al Otro: “Aborrezco tu cara, que es mi caricatura, aborrezco tu voz, que es mi remedo, aborrezco tu sintaxis, que es la mía”, ¿y no se aborrece un poco al reflejo? Y ante la muestra de autodesprecio el Otro le contesta: “Yo también -dijo el otro-. Por eso resolví suicidarme”. La muerte por propia mano como una forma de desprenderse del doble, que invariablemente, también lo acompañará en la muerte, imposible la huida de sí mismo; y le da cabida a lo declarado por Otto, la muerte como castigo o designio, se vuelve una profecía autocumplida.

¿Es el suicidio la respuesta al desprecio propio? ¿Qué tanto puede odiarse el hombre, odiar a su imagen, a su reflejo, a lo que es? Reconozco al odio como una de las formas del interés y de la esclavitud, no es el último escalón del completo desapego de la condición humana. Simone Weil arroja luz sobre esto al afirmar que «Tú no me interesas» es una frase que un humano no puede dirigir a otro ser humano sin cometer una crueldad y ofender a la justicia”[4]; y el odio implica interés, aunque sea negativo; porque es el reverso de Narciso, que es esclavo de sí mismo en su permanente autocontemplación, y seguiría siendo esclavo de sí en el jamás ver su imagen; no hay desinterés por el Otro, sino esclavitud.

Quizás para huir de la recomendación borgiana, intento mirarme como el hombre en la pintura La reproduction interdite de René Magritte; en ella hay un hombre de frente al espejo, pero en el espejo sólo refleja su espada, pero también hay un libro que se refleja correctamente: todo posee su correcto reflejo menos el hombre. Lo siniestro aquí no es verse, sino no poder verse. Esa incomodidad o secreto, que en lugar de ser revelado queda vedado; me lleva a preguntarme: ¿cómo sé realmente que soy el de las fotografías? Pregunta ridícula, pero a pesar de ello y a pesar de mí, me intriga. ¿Me veo realmente como soy en las fotografías o en el espejo? ¿No estaré también en la condena de sólo ver mi espalda? ¿Cómo me verán los demás? ¿Cómo me ven? Entre los quince y dieciocho años huía de las fotos, sean familiares o con amigos, similar a como el hombre de Magritte huye de sí mismo; yo huía por temor a verme en ellas y no poder reconocerme, no poder afirmar con seguridad: ese soy yo. Es lo que persiste en mí.

 Después de todo, siento que veo a una máscara y no a mí, una máscara de mí, ¿es preferible esto que la perenne imposibilidad de verse en el hombre de Magritte? ¿Nos quiere decir Magritte que lo peor no es reconocerse en la imagen sino en la conducta, no poder reconocerse en los actos propios? Por eso no muestra el hombre su rostro, porque no es lo importante, sino el cómo es, el cómo dice, el cómo se comporta con los demás, no lo que piensa, sino lo que hace. En el contacto con las demás personas asumo como habituales posturas, ademanes y expresiones que no haría en privado, en la reserva de la soledad, ¿no todos construimos un personaje para presentarnos en el teatro de la vida? ¿y cuánto hay de mí en el personaje y cuánto hay de las necesidades de sociabilidad? Se extiende, ahora, no sólo a mi imagen, sino a mi conducta, el sentir extraño.

De niño padecí un terrible pánico escénico, todos los ojos observándome, horadándome, provocaba un temor irreconciliable, que con el tiempo logré superar, pero a fuerza de confundirme en una persona[5], adoptar un conjunto de acciones ajenas, como los actores en una obra de teatro asumen un papel, un personaje para representar en escena; dicho personaje poco, nada tienen que ver con el actor, sirve como un escudo o una cáscara que cubre a su verdadero ser; es similar al Otro, porque es el doble, pero ya no como reflejo de sí, un reflejo impersonal o carente de poder, sino un doble con poder y con vida; capaz de confundirse con la auténtica personalidad, ya no del actor, sino de la persona; recordando que persona proviene de una palabra griega que significaba actor teatral. El doble no sólo está en el reflejo, también está en los actos.

 Ello ha generado otro de mis fantasmas, la depresión y sus consecuencias, entendida desde la perspectiva de Mark Fisher, cuando afirma que: “Para el depresivo, los hábitos anteriores del mundo de la vida parecen ser hoy, precisamente, un modo de simulación, una serie de gestos pantomímicos (“a circus complete with all fools» [un circo lleno de tontos]) que ya no son más capaces de -y que tampoco quieren- representar: nada tiene sentido, todo es una farsa”[6]; y es por el cansancio de la representación de la persona: se da esa falta de querer continuar con la pantomima, con la farsa, se decae en un sinsentido similar al de Vladimir y Estragón a la espera de Godot. Se forma una soledad, una especie de aislamiento: porque lo que miran los demás seres humanos no es al ser auténtico, sino a la simulación; que a la postre genera el experimentarse a sí mismo como “una oquedad, completamente despojado, una cáscara: no hay nada excepto el interior, pero el interior está vacío”[7].Lo siniestro se da en dos planos: primero en el exterior, sea en la imagen y en la conducta, como desconocimiento y revelación. Y en el interior, como el vacío o la ausencia, que forma el primero. Porque la máscara y el Otro, siempre están afuera, devorando con anhelos devorados a lo que yace adentro. Concluyo que, a fuerza de la persistencia en sí, se forja la aceptación del síntoma, no ya como una consecuencia dañina, más bien como parte del ser, como parte de lo sagrado que hay en el ser humano según los planteamientos de Simone Weil. El Otro, lo siniestro y yo, somos uno.


[1] Sigmund Freud, Lo siniestro, traducción de Luis López Ballesteros, 2013 (1919). En la pág. 14, Freud destaca la siguiente definición: “Unheimlich sería todo lo que debía haber quedado oculto, secreto, pero que se ha manifestado”, sin olvidar que hay más definiciones.

[2] Eurípides, Las Bacantes, 2018 (409 a. C.), traducción de Rosa García Rodero. Dioniso estaba disfrazado como un seguidor de Dioniso, y la respuesta se da a una pregunta del rey Penteo, sobre cómo se inició en los ritos dionisíacos.

[3] Luis Cernuda, La Realidad y el Deseo, 2016 (1964), pág. 52, “En esa gran región donde al amor, ángel terrible, /no esconda como acero/ en mi pecho su ala/ sonriendo lleno de gracia aérea mientras crece el tormento”.

[4] Simone Weil, La persona y lo sagrado, 2024 (1943), pág. 16.

[5] Del griego πρόσωπον [prósôpon], que significaba máscara de actor, o personaje teatral.

[6] Mark Fisher, Los fantasmas de mi vida: escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos, 2018, Caja Negra, Buenos Aires, pág. 98.

[7] Mark Fisher, ibidem, pág. 98.

Adrián Chaurán

Nació en Lechería (Venezuela, 1999). Es autor de "Ala dulce y Homicida". Recibió una Mención Honorifica en el III Concurso Internacional de Poesía J. Bernavil 2022; es ganador del IV Concurso Internacional de Poesía J. Bernavil 2023 y obtuvo la máxima distinción del Primer Concurso del Grupo Editorial Encontrarte. Ha sido publicado en diversas revistas.

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