Fotografía: @pauloslachevsky (intervenida)
Apuntes para «Sur 90-xxi. Antología de poesía joven de La Araucanía»: la oportunidad que Ediciones UFRO desperdició
1. Una premisa urgente sin dirección
Sur 90-xxi parte de una premisa urgente: hay una generación de poetas jóvenes en La Araucanía que no ha sido recogida. Ese vacío existe. Durante mucho tiempo se ha esperado un libro como este que, al menos en su idea, sea tan necesario. El problema es que acumular veintidós voces sin un criterio claro no produce una antología, produce un censo. Uno bastante irregular. Pertenezco generacionalmente a este campo y conozco varias de sus voces. Precisamente por eso, el problema del libro es evidente.
Desde su inicio, el aparato crítico que enmarca el libro —antologado por el antropólogo Romero Mora, según firma, y el prólogo de Pablo Ayenao— revela una incomodidad con la selección que no se logra resolver. Ya es evidente que el antologador que se autoantologa sea quizás la torpeza más obvia del libro desde su portada. Pero más allá de cualquier consideración previa, Sur 90-xxi tiene un problema central: no ofrece ningún conflicto real, no hay fricción, no hay pensamiento situado. Es el uso decorativo de un campo que exige precisamente lo contrario: precisión, tensión, toma de posición. La edición y construcción del libro transmite descuido, ya sea sus repeticiones, redundancias y frases infladas, o en sus decisiones bajo un marco editorial que no está a la altura del material que pretende sostener.
El conjunto falla en algo básico, no instala una escena. No hay una imagen de generación, no hay un conflicto común, no hay una hipótesis sobre lo que estos autores están haciendo en el presente. Se habla de «poetas de los 90» —nacidos, en realidad, en los 90—, de «interconexiones», de «virtualidad», pero todo queda en la superficie. No hay lectura del momento histórico ni de sus efectos en la escritura. Esto completa un título sin dirección, y eso, para una antología que busca posicionar una generación, es un error básico.
Si los textos iniciales no instalan un marco crítico, los poemas tampoco dialogan entre sí de manera visible. Lo que queda es una suma de voces que comparten edad y territorio, no una tensión estética o una pregunta común, sin proponer una lectura de época. Otro problema: el proyecto se pensó en 2019 para autores menores de treinta años. Al publicarse años después, el criterio de «poesía joven» quedó atrapado en un limbo temporal. Y si Ayenao en su prólogo habla de complejidad, los poemas no sostienen ese nivel de lectura, o lo hacen de forma muy desigual, dejando una brecha entre lo que el libro promete y lo que el libro efectivamente hace. De manera que la antología queda mal enmarcada. No hay un pensamiento editorial sólido que la sostenga, y sus introducciones son dos textos que intentan cumplir funciones distintas y fallan por razones opuestas, uno por pobreza conceptual, el otro por exceso retórico.
De todos modos, más allá de algún nombre propio, lo que queda en mayor entredicho, es la capacidad de Ediciones UFRO por publicar un proyecto con esta ambición documental. Y un problema capital en Temuco que comienza a ser coercitivo: el círculo de la autocomplacencia. El editor cita al prologuista, la editorial cita al editor y al prologuista, y el prologuista adula al editor. Es un ecosistema cerrado donde todos se palmean la espalda usando el mismo vocabulario, anulando cualquier distancia crítica.
Revisemos punto por punto.
2. Palabras de bienvenida de Romero Mora. Una propuesta sin pensamiento
El prologuista, antologador y autor —sí, todo al mismo tiempo— confunde «contar cómo se hizo el libro» con «justificar por qué existe». De modo que la nota se limita a una cronología burocrática o un acta administrativa: narra el proceso —2019, pandemia, falta de fondos, nuevos intentos, financiamiento— pero no piensa el libro. Carece de tesis y de una lectura real del corpus. Elude las preguntas mínimas para un ejercicio de este tipo: ¿Qué define a esta generación? ¿Qué los diferencia de la anterior? ¿Qué está en juego en estos textos? En cambio, abusa de frases que suenan importantes pero no dicen nada concreto, siendo solo relleno retórico, como «fuerza y el mérito de esas obras» o «ampliación estética», que aparece como etiqueta vacía, nunca demostrada. Frases que se podrían intercambiar con cualquier prólogo de cualquier antología regional sin alterar nada. Desconozco si Romero vivió en este territorio durante los mismos años noventa o al inicio del milenio, para el trabajo de un escritor situado esto sería irrelevante, pero queda clara la orfandad y ausencia de diálogo con generaciones anteriores que quedaron eclipsadas por el larismo teilleriano, del cual nunca pudieron salir. Quitando del mapa al recordado Guido Eytel, o a los actuales —por entonces y por ahora— Orlando Pacheco y Hugo Alister, esta generación se enfrentó a un vacío radical de figuras dialogantes durante esa época.
Como Sur 90-xxi sufre graves problemas de edición, el texto no sabe qué quiere decir entre lo institucional, lo lírico y lo testimonial. Primero con ese mal incurable: el victimismo administrativo. Romero Mora confunde un prólogo literario con una rendición de cuentas o un informe de rechazo de fondos concursables. Repite que no hubo financiamiento, llorando miseria con el cliché «mermados por la pandemia». Llenando la introducción de excusas y autocompasión, siempre en abstracto, liberando a cualquier burócrata editorial o institucional de crítica. Romero se defiende demasiado «no constituye la totalidad…», «hay voces ausentes…», «por uno u otro motivo…», pero sin comprender que toda antología es arbitraria por definición, y que no necesita pedir perdón por existir. Más tarde, cuando intenta abandonar el tono de contador para ponerse al fin «literario», cae en la cursilería de agencia turística.
El problema más drástico en este punto es la instrumentalización del territorio y su uso decorativo. El pasaje sobre «la Frontera» y «Wallmapu» parece un gesto de legitimación por sobre una reflexión real. Se menciona, no se problematiza. Es decir, se invoca como capital simbólico, sin conflicto ni tensión. Su lenguaje está inflado con lugares comunes, donde decir «territorio de heridas y caricias» con cursilería alarmante, es evitar el conflicto bajo una fórmula que le resta seriedad a la propuesta estética de las veintidós voces que pretende defender. Y en un contexto como el nuestro, eso roza la superficialidad. Mientras que en tercer lugar, aparece el síndrome del discurso del Oscar. Romero padece de una incontinencia. Agradece a la editorial, al corrector —que naufragó en su mar de redundancias—, a los autores, a Ayenao —a quien adula de forma desmedida—, a la familia y, en un clímax de obviedad, «a quien se detenga a leer». En resumen, explica lo mismo con distintas palabras. Una antología que pretende marcar un territorio suele ser un mapa crítico. No se trata de una tarjeta de saludos ni una libreta de dedicatorias personales. Y permitir un prólogo repetitivo, solo delata la falta de trabajo editorial.
3. Intentar un prólogo: Pablo Ayenao y la épica de las etiquetas vacías
En cuanto al prólogo de Pablo Ayenao, intenta sonar lúcido y contemporáneo, pero termina atrapado en una retórica inflada y errática. Primero con el síndrome del «adulto intentando sonar joven». Comienza con un esfuerzo agónico por ser «milenial» o «centenial», con frases como «Palabras como historias de Instagram, estéticas que inician sesión» y el remate «Versos como packs», frases que envejecieron en el momento en que fueron tecleadas. Ayenao logra que el inicio del prólogo se lea como el guion de un publicista intentando venderle poesía a los adolescentes. En consecuencia, utiliza una jerga pseudo-teórica —«interconexiones», «significantes», «dispositivos»— que no se sostiene ni se desarrolla, y deriva en imágenes vagas y frases intercambiables —«poesía copiosa y precisa», «urgencia del ser y del nombrar», «lírica del delirio»— que no dicen nada verificable sobre los poemas. Hay una ansiedad por nombrar corrientes, clasificar y agrupar, cuando sus categorías son arbitrarias y, en muchos casos, indistinguibles entre sí. Un prólogo literario debe tejer una narrativa sobre la obra, pero Ayenao decide armar una hoja de cálculo —la taxonomía de PowerPoint— en formato prosa. En vez de un prólogo, escribe un catálogo adjetivado. Enumera autores y les asigna una etiqueta, sin análisis real, sin citas, sin riesgo interpretativo; confundiendo densidad con acumulación.
De manera que, una vez que agrupa a los autores, les dedica exactamente una o dos oraciones a cada nombre. El prólogo se convierte en una máquina clasificadora que reúne a veintidós nombres a la fuerza —«corriente épica», «poesía mapuche», «poesía del cuerpo», «poética barroca», «poesía testimonial»—. Y varios de estos nombres se podrían mover de un grupo a otro sin que nada cambie. El resultado es una letanía sin forma, con adjetivos grandilocuentes que no dicen absolutamente nada sobre la poesía. Decir que un autor «anida filosofías y esferas, estableciendo recodos», o que otra autora despliega un «imaginario pajaril, nunca domesticado» es el equivalente a leer un horóscopo —tan de moda en redes sociales—. Suenan a frases místicas y profundas que podrían aplicarse a cualquier cosa, pero carecen de rigor crítico, como las palabras de Romero. Y en lugar de analizar las poéticas, Ayenao lanza etiquetas vacías como «pulsión fúnebre», «espejo convexo» o «lírica del delirio» para salir rápido del paso y cumplir con la tarea de nombrar a todos. Incluso cuando aborda la poesía mapuche, el tono se vuelve declarativo y generalizante, rozando lo obvio, sin tensión ni lectura específica. Llamar «barroco sureño» a Ronny Vega y Fernando Neira, por ejemplo, es una etiqueta que dice algo sobre el prologuista y nada sobre los poemas. El barroco supone saturación formal con voluntad de estilo; en muchos casos lo que hay es otra cosa, es una acumulación sin control.
La insistencia en preguntas retóricas hacia el final repite la sensación de vacío. En vez de cerrar con una posición, se diluye en una épica forzada sobre «el vértigo» y «la lumbre». El resultado es un prólogo que pretende ordenar una escena, pero apenas la roza; mucho texto, poca lectura, y casi ninguna inteligencia crítica efectiva. En fin, los problemas del prólogo se multiplican, pero en lo medular, Ayenao no confía en los poemas que está presentando. Peca de flojera, en vez de construir una verdadera tesis sobre la poesía joven del Wallmapu, y se conforma con pasar lista de asistencia. Como un profesor de castellano proyectando diapositivas a las ocho de la mañana. O un youtuber haciendo un unboxing, no como un escritor presentando o discutiendo un canon, por regional que sea.
4. Desfase entre la promesa de discurso crítico y los poemas
El prólogo promete densidad —«interconexiones», «significantes», «dispositivos»— pero muchos poemas operan en registros mucho más directos, incluso ingenuos en algunos casos. La desigualdad entre los autores no es el problema. Ninguna antología de voces emergentes puede evitarla. El problema es que el libro no toma partido frente a esa desigualdad. El orden parece aleatorio o alfabético con variaciones. Abrir con Amanda Mosler es una decisión que el libro no defiende. Sus poemas oscilan entre imágenes que funcionan —«el oleaje es mi única certeza»— y versos que colapsan bajo su peso retórico —el extenso «Destino» acumula violencia, vísceras y apocalipsis hasta que la intensidad se cancela a sí misma. En Mosler, hay una imaginería insistente en lo corporal, lo violento y lo afectivo, sin control formal. El poema se desborda en acumulación: «Yo beberé la sangre… / me masturbaré… / suturaré tu cabeza…». Todo ocurre al mismo nivel de intensidad, lo que termina anulando el efecto. En otros, aparece el problema contrario. Una escritura plana: «Me fumo un cigarro y digo buenas noches». Esto funcionaría con una construcción previa, y queda como gesto mínimo sin la tensión que la edición descuidó.
La inflación afectiva es problema más extendido de Sur 90-xxi. En su mayoría, los poemas operan en máxima intensidad emocional desde el primer verso, sin construcción, sin caída, sin silencio. Paula Cuevas, Amatista, Cristóbal Villanueva, Marcela Isabel —voces con potencial real— a menudo llegan al poema con la herida abierta y se quedan ahí, circulando alrededor de la misma imagen de sangre, desgarro o vacío. No es que el tema sea ilegítimo; por el contrario, sin distancia o forma que lo procese, el poema no transforma, sino que reproduce. Leer veinte poemas seguidos en ese registro genera entumecimiento, no conmoción. Gerardo Ch Millanao, con su poema bilingüe, introduce una dimensión que ningún otro texto del libro tiene: la del cuerpo colonizado dentro del lenguaje, la lengua como territorio de disputa. Es el poema más político y el más formalmente arriesgado. Pero el libro no propicia el diálogo de su trabajo con los demás. Queda aislado.
Morgana Drakaina, a pesar de operar también en intensidad extrema, tiene algo que los otros no: la psicosis como perspectiva epistemológica, no como ornamento. Fernando Neira en «Mal de altura» muestra que la prosa poética puede ser precisa. Ronny Vega en «Trewaco» logra una densidad sensorial que no se agota en la primera lectura. Aquí surge otro problema: la edición también falla en la extensión de las muestras. Algunas voces presentan seis, siete, ocho poemas; esa generosidad sería posible si los poemas sostuvieran el volumen, pero en varios casos exhibe las debilidades por sobre las fortalezas. Manuel Oliva, por ejemplo, tiene un poema interesante —«Imposibilidad», que es en realidad una crítica de clase al lirismo decorativo— y cinco poemas que son lirismo decorativo. La ironía es perfecta, pero ni el editor, ni el compilador, ni el prologuista lo ve. En suma, los poemas podrían ser más potentes si hubiese un trabajo de edición cuidada por cada uno. Apostando a la decantación en vez de la extensión. Esto no solo es un problema de los autores, nuevamente, es editorial. Y esta antología no cuida sus poemas ni a sus poetas.
Lonkoño y Andrés Osse representan un problema distinto, la prosa disfrazada de poesía. Los poemas de Lonkoño fluyen sin cortes significativos, sin que el verso aporte la tensión o el sentido que la prosa no permite. La decisión de fragmentarlos en líneas no los convierte en poemas; los deja a medio camino. Lo mismo ocurre con parte de la obra de Osse, donde el prosaísmo se convierte en diario íntimo transcrito. No es que ese registro no pueda ser poesía —puede serlo, hay grandes ejemplos en la historia de la literatura—, pero requiere que el lenguaje cotidiano se someta a una presión que aquí no aparece.
La ausencia de notas críticas por autor es otra omisión editorial significativa. Las reseñas biográficas cuentan en qué colectivos participó cada poeta y qué publicó, pero no dicen nada sobre cómo leer su obra, cuáles son sus referentes, qué están intentando. En una antología de autores desconocidos para la mayoría de los lectores, esa mediación crítica es parte del trabajo del editor. Sin ella, el lector llega sin contexto, y el libro no puede cumplir su función de presentar un escenario a quien no lo conoce.
5. Voces ausentes y conflictos de interés
Sin desmerecer ninguna de las voces de la antología, el libro ofrece algunos nombres relevantes desde hace algún tiempo en la región. Además de Gerardo Ch Millanao, aparece Charlotte von T., quizás con el trabajo más consistente. Sus poemas destacan por la insistencia simbólica —no descubriré nada al redactar esto— y que le permite construir un sistema reconocible. El problema no es la incompletud, sino la falta de criterio para un volumen tan extenso. Ya es evidente que el antologador se autoantologa. Cualquier manual básico de ética y rigor editorial dicta que el antologador no debe incluirse en su propia selección; hacerlo destruye de inmediato la ilusión de un criterio objetivo. Pero más allá de las ansias de protagonismo, surgen los conflictos de interés: por una parte, sabemos que Romero creó una editorial de plaquettes. Más allá de un catálogo irregular, en el cual los autores pagan por publicar —un problema ético visible en otras editoriales, como Bogavantes—, Romero arrastra sus problemas editoriales y los carga a esta antología. El libro deja de ser un mapa generacional para convertirse en un vehículo de promoción personal. Esto se confirma en la contraportada, donde la biografía del editor ocupa un espacio desmedido para anunciar sus futuros proyectos individuales.
Por otra parte, aparece una constante reciente en Temuco, como lo revisamos en «El prestigio extraviado. Crónica sobre la convocatoria Yosuke Kuramochi», un modelo de validación cerrada, operando lamentablemente, como un club de amigos. En este sentido, las omisiones son groseras y le restan contundencia a este ejercicio. Si se trata de personas nacidas en la década de los 90, falta una voz capital: Carla Llamunao. Además de ser una autora de la casa —profesora de la misma universidad—, su trayectoria habla por sí sola. Su error podría ser el de no pertenecer al catálogo de Tortuga Samurai, la colección de Romero. Lo mismo pasa con Lienkura Quiñiñir o Walter Schade. Si bien son parcialmente inéditos, ambos leyeron en la última edición del Festival de Poesía de la biblioteca comunitaria Guido Eytel con trabajos importantes y despojados de la ansiedad por publicar de la generación —sí, publicar convencionalmente, en especial hoy, no es un sinónimo de hacer poesía—. Esta falta de scouting editorial podría quedarse solo en eso, pero a sus ausencias se suma la del trabajo de Diego San Martín, poeta y responsable del proyecto editorial más cuidado de la región —La Compostera—; así también de Antoine Acevedo, que a pulso ha desarrollado la propuesta más arriesgada de poesía visual en el espacio público de la ciudad, como lo apuntamos en la reseña «Apuntes sobre poesía visual en Temuco» en Gulumapu Artes.
Nada de esto sería un problema. Que toda antología sea incompleta es una obviedad. Sin embargo, acá hay un criterio oculto que nadie ha señalado, ni en la nota de Romero ni en el prólogo de Ayenao. Como hemos mencionado: el círculo de la autocomplacencia.
6. Más allá de una antología: la dirección errática de Ediciones UFRO
En otras oportunidades hemos señalado la errática dirección de las editoriales universitarias de la ciudad, en especial de Ediciones UFRO y UCT. No me interesa profundizar sobre esto aquí. De todos modos, ni Romero ni Ayenao pueden cargar con el peso de quedar al desnudo frente a decisiones editoriales que no les corresponden. Es cierto que hay una cadena de situaciones a la que ellos responden con mayor o menor acierto. Pero no pueden quedar a expensas del abandono de la edición profesional que marque una ruta o cuide el libro en sus distintas dimensiones, como lo vemos en su corrección editorial amateur —la redacción de los mismos paratextos— o en la desidia de Jose Manuel Rodríguez, el coordinador editorial, por desproteger las voces de autores emergentes. Su contraportada es la prueba definitiva de que nadie fuera del círculo íntimo del proyecto leyó o evaluó críticamente este libro antes de imprimirlo
Una editorial universitaria seria debiese aportar una mirada externa y rescatar el valor de la obra. Aquí se limita a copiar y pegar de manera literal las frases exactas del compilador y las del prologuista.
Sería necesario preguntarse: ¿por qué una editorial con este peso en la región ha tardado tanto en publicar un volumen con la poesía actual, por incompleta que sea? Y, ¿bajo qué cuidado o proceso seleccionaron tanto al antologador como al comentarista? El desprecio editorial por el trabajo de autorías locales se podría contrastar por el origen de los mismos Rodríguez y de Romero, lejos de Temuco, para comprender la profundidad de la región. No necesariamente por desdeñar las capacidades de cada uno, ahí están los resultados, visibles para todo el mundo; sino por algo aún mayor que se ha transformado en una constante: el extractivismo que ha secuestrado cada una de las instancias artísticas y literarias en la ciudad. Lejos de proponer una disputa localista sin sentido, sucede lo contrario; como si hubiese una ausencia de profesionales en la región que puedan llevar a cabo proyectos significativos, como pudo haber sido este.
Esto no debería tomarse a la ligera, especialmente debido a que esta universidad pública registró un desfalco de $40.000 millones en 2024, dejando como resultado a una administración bajo la lupa de la justicia y con cientos de funcionarios desvinculados por falta de fondos —insisto— públicos. Es decir, en un panorama tan delicado como este, la carencia de criterio es todavía más difícil de comprender. Finalmente, queda la pregunta sobre la ausencia de los especialistas del propio Departamento de Lenguas, Literatura y Comunicación de la universidad en Sur 90-xxi. Para una antología de esta naturaleza, no siempre lo correcto es academizarla. Pero en casos como este, la academización se confunde con el rigor. Y visto los resultados, la universidad ha perdido una oportunidad única por publicar una edición con sentido, que aporte a la discusión intelectual y cultural, en vez de cerrarse entre algunos conocidos que, aunque con mucha voluntad, carecen de las herramientas. Esto nos alerta de otro problema: la falta de especialistas en literatura regional —en la profunda historia y tradición de la literatura regional— actualmente en las universidades de la ciudad, con publicaciones —indexadas o sin indexar, universitarias o fuera de la universidad— que produzcan debate, conocimiento y análisis más allá de las modas académicas capitalinas o de las inercias de los fondos concursables y las comisiones evaluadoras. Y lo que era una gran oportunidad editorial, terminó siendo un manual de cómo estropear una antología urgente y necesaria.